Nietzsche comienza su análisis, a partir de aquellos elementos presentes en la obra griega que se han impuesto arbitrariamente a lo que hoy conocemos como: ópera.  La musicalidad que prevalecía en la Tragedia, se ve de un modo presente en la puesta en escena de una ópera, sin embargo, las motivaciones, el argumento, las acciones y el movimiento distan mucho del antiguo acontecer griego, esto queda expuesto así: “Lo que hoy nosotros llamamos ópera, que es una caricatura del drama musical antiguo, ha surgido por una imitación simiesca directa de la Antigüedad: desprovista de la fuerza inconsciente de un instinto natural, formada de acuerdo con una teoría abstracta, se ha portado cual si fuera un “homunculus” producido artificialmente, como el malvado duende de nuestro moderno desarrollo musical. Aquellos aristocráticos, cultos y eruditos florentinos que, a comienzos del siglo XVIII, provocaron la génesis de la opera, tenían el propósito claramente expresado de renovar aquellos efectos que la música había tenido en la Antigüedad…” [1]

 

El hecho de que en el desarrollo de la humanidad y su actitud frente al arte, en específico, frente a los “efectos” causados por la Tragedia antigua, hayan truncado su curso a ver dicha obra, a partir de aquello que producían en los individuos, buscaron con esta “nueva” forma de hacer una obra musicalizada, sólo un alejamiento paulatino de lo que en verdad constituía a la tragedia, el desarrollo del arte moderno estaba impregnado de erudición, de lo que se trataba no era de una evolución, como lo fue en la antigüedad, sino más bien, de un burdo imitar algunos elementos, dejando a un lado la esencia del drama griego, es decir, no hubo una sana evolución de la música, el arte moderno se vio sucumbido, tanto en teoría como en la práctica, una realización docta de dicha obra.

 

Para nuestro filósofo, el resultado fue: una atrofia del gusto, esto debido a que en la obra ya no se buscaba el aprecio por la música, sino, el deleite para el ojo. “Los ojos debían admirar la habilidad contrapuntística del compositor: los ojos debían reconocer la capacidad expresiva de la música. ¿Cómo se podía llegar a esto?. Se dio a las notas el color de las cosas de que en el texto se hablaba, es decir, verde cuando lo que se mencionaba eran plantas, campos, viñedos, rojo púrpura cuando eran sol y la luz. Esto era música-literatura, música para leer”.  [2] Al parecer, esta critica a la atrofia del gusto, es por la división que se hace de los sentidos, el empleo de color en la ópera, hace que aquel que se encuentra frente a la misma, preste más atención a los cambios en tonalidades, su reacción ante dichos cambios desvía sus sentidos hacia un observar, alejándolo de una contemplación de la totalidad de la obra en cuestión, no olvidemos que el en drama griego, si bien, como se mencionó en el apartado anterior, se fueron introduciendo elementos escenográficos, máscaras y atuendos, estos tenían como función principal el hacer notar las diferencias entre los personajes, eran complemento, accesorio, no esenciales, contrario a lo que se tenía ( y se tiene ) en la ópera. El hecho de que el individuo tienda hacia una observación hace que su perspectiva de la obra se enfoque a uno de sus aspectos, es decir, tiene que partirse, ve una obra en pedazos, su contemplación está alejada de la obra. Es un hombre que aprecia por partes, un hombre sin una visión completa.

 

La actitud del hombre griego en todo lo relacionado a la tragedia, estaba más allá de una simple búsqueda de entretenimiento, esto se ve en la siguiente cita: “El alma ateniense que iba a ver la tragedia en las Grandes dionisiacas continuaba teniendo en sí algo de aquel elemento de que nació la tragedia. Ese elemento es el impulso primaveral, que explota con una fuerza extraordinaria, un irritarse, enfurecerse, teniendo sentimientos mezclados, que conocen, al aproximarse la primavera todos los pueblos ingenuos y la naturaleza entera[3]”. Se ha de tomar en cuenta que las comedias y las mascaradas de carnaval, tienen también su origen en festividades primaverales, conservan algunas similitudes con las Grandes dionisiacas, sin embargo estas últimas se caracterizaban por un aire de misticismo, el hombre griego no asistía a ellas por un placer mundano, su íntima relación con sus dioses le hacía participe de estas festividades, su espíritu se entusiasmaba. Caso contrario las festividades carnavalescas de la Edad Media, en las cuales, la religiosidad cristiana, impedía que los individuos se liberaran, si bien, las procesiones dionisiacas estaban formadas por un gran número de miembros, el espíritu de ellas era en honor a los mitos, aquellos de los cuales se formaba dicha procesión conocían el carácter y la esencia de los mismos, el espíritu de la Edad Media, era una copia de la festividad, el origen de sus conmemoraciones, permanecía inmerso en esta acción imitativa y docta de las antiguas consagraciones griegas.

 

Ahora pasemos a uno de los elementos primordiales de la Tragedia Griega el cual es: la música. Esto no debe entenderse como una obra instrumental, sino, desde la musicalidad contenida en la poesía, el coro era el portavoz de la esencia mítica, si embargo, como nuestro autor relata, la corrupción de la presencia musical fue desvirtuada con la entrada del cristianismo, siguiendo esta idea, Nietzsche dice: “Es bien sabido, en efecto, que la tragedia no fue originariamente más que un gran canto coral (…) En los mejores tiempos el efecto capital y de conjunto de la tragedia antigua continuaba descansando en el coro: éste factor con que se tenia que contar ante todo, al que no era lícito dejar de lado (…) en la música coral unísona de los griegos; ella forma la antítesis mas poderosa del desarrollo de música cristiana, en la que la armonía, auténtico símbolo de la mayoría, ha dominado durante largo tiempo, hasta el punto de que la melodía quedó asfixiada…”[4].

 

El arte musical griego, era concebido como una unidad formada por poesía, música y danza, dicha unidad daba como resultado una armonía. La teoría armónica griega consistía en el estudio de los sonidos, los intervalos, los géneros y los modos, no se basaba en los sonidos o notas, sino en la distancia o intervalo que separaba un sonido de otro. En si, la música instrumental fue acompañamiento de la poesía, siguiendo a Nietzsche: “La música estaba destinada a apoyar el poema, a reforzar la expresión de sentimientos y el interés de las situaciones, sin interrumpir la acción ni perturbarla con ornamentos inútiles.” [5]

 

Para nosotros que hemos estamos inmersos en la corriente, resultado de la modernidad, pocas veces tenemos la capacidad de disfrutar el texto y la música, los vemos como entidades separadas. En nuestra sociedad es fácil observar el gusto de la mayoría en el que la ausencia de una cercanía con la armonía entre palabra y música, nuestro gusto musical recae en un disfrute simplón de una tonada agradable, un ritmo monótono, si bien lo que pueda decir el texto de la canción sea burdo o sin sentido, el hecho de que podamos seguir “el ritmo”, da como resultado un goce a los sentidos. Pocas veces nos hemos puesto a escuchar si es la música acompañante de las palabras, si esta transmite la atmósfera que el texto pretende, no debe sorprendernos que esta atrofia del gusto haya dado como resultado, en la actualidad, corrientes como: el reaggetón, del cual sólo puedo decir que es un insulto a los sentidos.

 

 

 

¿Y qué exigen, en suma del arte? Que les libre, durante unas horas o unos instantes, del malestar, del aburrimiento, de la conciencia vagamente atormentada, y que interprete, si es posible, en un sentido elevado, el defecto de su vida y de su carácter, para transformarlo en un defecto en el destino del mundo: muy diferentes de los griegos, que veían en su arte la expansión de su propio bienestar y de su propia salud, y a quienes les gustaba contemplar su propia perfección, una vez más, fuera de ellos mismos; fueron conducidos al arte por el contento de sí mismos, mientras que en nuestros contemporáneos han sido llevados a él por el disgusto de sí mismos. [6] De esta manera es como nos acercamos al arte, por un disgusto de nuestra realidad, el acercamiento es un escape, el acudir a un concierto de piano, o a una galería o un museo, forma parte de nuestro intento de alejarnos de lo mundano, de lo cotidiano, siendo que en la época antigua, el arte y la relación del hombre con el mismo, era un aspecto que estaba en el, era inherente a él. Basta con ver las grandes cantidades de personas que se reúnen en una exposición de objetos de una civilización antigua de gran importancia, y pasado dicho evento, regresan al recinto hasta la próxima magna exposición, o debemos preguntarnos el por qué nuestras visitas a los templos mayas o al estudio de la civilización azteca, o al conocimiento de las doctrinas, el pensamiento, la religión y la vida cotidiana; esta reducido a algunos o peor aún de extranjeros. Esto último nos cansamos de criticarlo, pero nunca rebasa la mera crítica.

 

 

El arte debe ante todo embellecer la vida, hacernos, pues, tolerantes los unos a otros y tan agradables como sea posible; con esta tarea como mira, modera y nos sirve de freno, da forma a las relaciones sociales, impone leyes de convivencia, de propiedad, de cortesía a aquellos cuya educación  no está terminada (…) el arte debe ocultar y transformar todo lo que es feo, esas cosas penosas, terribles y desagradables (…) debe obrar así sobre todos en lo que se refiere a las pasiones, a los sufrimientos del alma y a los temores haciendo trasparecer, dentro de la fealdad inevitable e insuperable, lo que en ellos de significativo (…) el arte de las obras de arte no es más que un accesorio. El hombre que siente dentro de sí un excedente de estas fuerzas que embellecen, ocultan, transforman, terminará por tratar de liberarse de este excedente por medio de la obra de arte y, en ciertas circunstancias, será todo un pueblo el que obre así. [7]

 

El arte, en la actualidad, ya no es creación, el hombre ya no encuentra en el una manera de expresar su bienestar, ya no es una necesidad social, el arte ha perdido esta característica, en la cual tiene su base, nuestra modernidad nos lleva fatalmente a un olvido del arte, la ciencia ha impuesto su supremacía ha intentado mantener una ideología de dar resultados placenteros, en los cuales el hombre tiene que ser pasivo y dejarse llevar. Lo que nosotros llamamos arte, no es más que un mero adorno cultural, donde los sentidos se ven violentados  por un sin fin de elementos que evitan la comprensión, el acercamiento, la contemplación de una unidad, puesto que ya no existe tal. Estamos tan alejados de la antigua relación del hombre griego con el arte, que esta no sólo se mide en tiempo o espacio, se mide por pensamiento y obra. El hombre moderno, tristemente, ni siquiera se detiene a pensar en su mundo, en su acción, en su nula cultura, el arte ya no es natural para el, su contemplación tiene que ser regida por una serie de normas, leyes o corrientes, su relación con el arte se ve mediada por doctrinas. Es acaso que; ¿el hombre ha perdido la capacidad contemplativa?, en la vorágine de sucesos modernos, el hombre, ¿ya no tiene necesidad de arte?. Temerosamente puedo contestar que no, o quizá no sea temor lo que me lleva a responder de esta manera, no, tampoco es un deseo esperanzador, es más bien, algo que me parece incomprensible, pero que no me es posible explicar más a detalle, al menos no por el momento.

 

Hemos visto que la tragedia griega contiene muchas características que al ser plasmadas en escena, permitían la conexión y comprensión del hombre griego. En la actualidad, el intentar reproducir una tragedia griega en nuestro mundo moderno resulta no más que imposible, por muy fiel que se quiera hacer un puesta en escena de la dramaturgia griega, siempre faltará el elemento más importante: La palabra y el canto; jamás podremos saber cómo sonaba el griego ateniense del siglo V, ni hablado, ni cantado: cómo eran las modulaciones e inflexiones de la voz, cómo era la entonación y el ritmo de frase. Nosotros muy difícilmente podríamos contemplar y comprender el espectáculo con el mismo ánimo; estamos fatalmente impregnados de la religiosidad cristiana, de conceptos neoclásicos y de teorías psicológicas, nuestra visión de la realidad y de la obra de arte, quizá le resulte a un griego de ese siglo como incomprensible.

 

JóLAKöTTURINN.

 


[1] Nietzsche, Friedrich, El Nacimiento de la Tragedia, Alianza Editorial, Madrid, Pág.  206.

 

 

[2] Ídem. Pág. 207.

[3] Ídem. Pág. 212

[4] Ídem. Págs. 216-217

[5] Ídem. Pág. 220

[6] Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, Alianza Editorial, Madrid, Pág.  73.

[7]Ídem. Pág.  78

About these ads