27
Jul
09

Recuperar la palabra

Para nadie

No os preocupéis del mañana,

que el mañana se preocupará de sí mismo.

Cada día tiene ya bastante con su propio mal.

La soledad y la fiesta parecen ser los extremos de la vida social. De un lado, la desconfianza extrema en el hombre banaliza la diaria convivencia y relega la disposición comunitaria a una breve suspensión del caer de los días; de otro, la extrema confianza en el hombre pulveriza los tratos cotidianos y confina al desamparo los pasos que afianzan la travesía de la vida. Qué tan confiados seamos y cómo se viva la fidelidad parece el fondo del asunto; como si la vida fuese cuestión de créditos y mercados.

En el mercado platicaba Sócrates, hilando sus días con las palabras, tanto de los sabios del pasado, como de los hombres de su tiempo -amigos, conocidos, advenedizos y personajes de gran fama-; la conversación socrática era totalmente provinciana: hablaba de lo suyo, entre los suyos y con su modo vernáculo de expresión. Mi deslustrada memoria sólo ubica un pasaje, más allá del agradable chascarrillo aristofánico, en que Sócrates se encuentra cerca de los extremos de la vida social: al inicio del Simposio medita en la soledad antes de acudir a la fiesta, mas la peculiar fiesta que ahí se narra deja a un lado el vino y da lugar a la palabra; fuera de eso, parece, la vida de Sócrates no pasó más que de hablar. Los maestros medievales, por su parte, llevaron la vida hablando con los discípulos y compañeros del monacato, hablando de su fe a los hermanos de la fe; habiendo voto de silencio, llevaron su vida hablando a Dios. Los maestros medievales no podían dejar de hablar, así dispusieron su vida, así urdieron sus días. Los primeros modernos estaban al pendiente de los discursos del momento: los escuchaban, pedían la palabra y se integraban a la plática. Descartes y Leibniz son buenos ejemplos de hombres entregados al cultivo de la vida en el huerto epistolar. Los primeros modernos forjaron una provincia internacional de la palabra. Nuestros tiempos, en cambio, parecen deshabituados a la plática, más asiduos a los extremos, globalizados y cosmopolitas pero aversos hacia las provincias de la palabra; de otro modo, no hallo manera de explicar el gélido silencio en que los actuales hombres de letras han confinado a Caritas in veritate, la más reciente encíclica de Benedicto XVI.

No creo, en verdad, que la indiferencia al nuevo mensaje papal se deba a una actitud anticlerical, pues muchos de esos hombres de letras permanecen en constante acecho del mínimo desliz expresivo del obispo de Roma. Tampoco creo que se deba a una, presumida cuanto denunciada, tendencia al cientificismo predominante en el ámbito intelectual; pues la mayoría de ellos se jacta de superar dicha tendencia y hablar desde la libertad de sus palabras. Mucho menos creo que la indiferencia se origine en la radical heterogeneidad de los temas y preocupaciones del Papa y los intelectuales, pues gran cantidad de los últimos ha hecho su prestigio en el mundo de las letras, o su carrera en el mundículo académico, tratando los mismos temas que en la encíclica preocupan al sucesor de Pedro. No se haría mal en preguntar cuándo tendremos el gentil e iluminador comentario a la encíclica de todos aquellos que se fingen preocupados por la actual crisis económica, o por la naturaleza del sistema capitalista, o por las estructuras “metafísicas” detrás de nuestros modos técnicos de producción, o por las consecuencias éticas del desarrollo tecnológico, o por el aborto y la ingeniería genética, o por la vida política en general -incluida la felicidad (término que sólo aparece en dos ocasiones a lo largo de la encíclica, y sólo en una de ellas como elemento de la salvación, y por ello en ninguna como fin en sí mismo)-. La indiferencia se debe a otra causa, causa que avizora la carta misma: nos hemos confundido sobre lo que realmente vale la pena.

Benedicto XVI compone la encíclica teniendo enfrente la crisis económica mundial. Desde el inicio deja claro que el temor y la confusión derivados de los fenómenos adyacentes a la crisis del sistema financiero mundial han permitido ver los errores del progreso de los últimos cincuenta años, y al mismo tiempo advierte que la única manera de superar efectivamente la crisis es subsanando las carencias del desarrollo que ha formado nuestros días. O en otras palabras, pudiendo haber un número suficientemente vasto de causas de la actual crisis económica, Benedicto XVI afirma que hay una fundamental: el progreso ha sido incompleto. O dicho llanamente: un progreso incompleto no es progreso real. Desde ese planteamiento el Papa decide recordar a los lectores, mediante el comentario de la encíclica Populurum Progressio de su antecesor Pablo VI, la posición oficial de la Iglesia ante el desarrollo. En su interpretación, Benedicto XVI identifica a la fraternidad como el verdadero fin del desarrollo de los pueblos, pues sólo es posible que todos trabajen juntos en vistas al bien común cuando la guía rectora de la acción es la caridad -amor al prójimo-. Si el desarrollo es resultado de una actividad de amor, los hombres de los pueblos en desarrollo trabajarán juntos por el bien de sus hermanos, logrando así el desarrollo fraterno de la totalidad del hombre: económico, moral, político, cultural y espiritual. Reconoce, además, que si bien han cambiado las circunstancias que daban sentido a la Populorum Progressio, en el mundo globalizado las señales básicas de Pablo VI siguen teniendo sentido, pues es precisamente en el mundo global donde se ha de buscar que los hombres se encuentren más allá del trato comercial, que se encuentren en la caridad. Sin embargo, y este es el punto de mayor profundidad en la carta, la caridad sólo es posible si se funda en la verdad, verdad de razón y fe, si –finalmente- superamos el relativismo de nuestro tiempo: el nihilismo. Es aquí donde hay que relacionar Caritas in veritate con Deus caritas est y Spe salvi, las dos encíclicas anteriores del obispo de Roma. Por la relación se advierte que la única manera de superar el nihilismo es la esperanza, y la esperanza sólo tiene sentido en el amor de Dios. Para Benedicto XVI, por tanto, la crisis de nuestro tiempo, que en su expresión económica es una pequeña fístula, es la crisis de la fe. Carentes de fe vagamos asqueados por el mundo infinito sedientos de un consuelo pasajero. Si se ha de hacer algo ante la crisis, advierte el Papa, primero habrá que reconocer el problema; leer la reciente encíclica sería un buen primer paso.

Caritas in veritate es más que una indagación metafísica sobre el problema de nuestro tiempo, de hecho esa discusión sólo está al fondo. En esencia la nueva carta ofrece orientaciones básicas para la acción en estos tiempos de crisis. Si bien advierte que la única salida real de la crisis económica es el desarrollo pleno del hombre, no deja la advertencia en la vaguedad, sino que describe, aproximadamente en tres pasos, cómo se ha de lograr ese desarrollo pleno. En primer lugar se ha de promover el trabajo de los hombres en comunidad mediante el afianzamiento de los lazos fraternos que constituyen la sociedad civil. O dicho de otro modo: no hay bienestar económico sin justicia en la sociedad civil, no habrá salida de la crisis económica sin democracia. En segundo lugar, y a fin de garantizar el desarrollo de la sociedad civil, se ha de proteger al núcleo básico de todo grupo social: la familia; y protegiéndola se han de garantizar los derechos básicos de los hombres, pues es precisamente la familia la que garantiza el bienestar de sus miembros mediante el celoso cuidado de su dignidad. O dicho de otro modo: no habrá democracia sin tradiciones familiares, y las tradiciones siempre tienen su fundamento en la fe. Y en tercer lugar, se expone en la encíclica, si el hombre encuentra un sentido en su núcleo social más cercano y vivo, no degenerará en actitudes contrarias al bien humano, y por tanto obrará de acuerdo al bien, guiado por la caridad. O en otras palabras: si se quiere poner límites a los usos del desarrollo tecnológico, hay que educar bien a los usuarios de la tecnología; la mejor educación, se sugiere en la carta, es la de la fe. Así, propone Benedicto XVI, será real la superación de nuestra crisis.

Palabras de esperanza, sin duda. El Papa no desconfía que podamos salir de la crisis, que en nosotros esté la solución a nuestros problemas. Lo dice con claridad: “la idea de un mundo sin desarrollo expresa la desconfianza en el hombre y el dios”. Ese es su supuesto intocado. Creo que el progreso es su fe.

A primera vista el Papa no propone nada nuevo o nunca antes dicho por los hombres de letras mencionados antes; al contrario, sus coincidencias son mayores que sus divergencias. ¿Por qué, entonces, la indiferencia? Sospecho que se debe a que los hombres de letras están más ocupados en las soledades y las fiestas que en las pláticas provincianas; que el mundo globalizado les da más satisfacciones, distracciones y oportunidades para pasar el rato, que la plática con los suyos de los temas que supuestamente les interesan -si es que aún les interesa algo-; que hay más invitaciones -y presiones- para reunirse en fiestas que en lecturas; que, finalmente, prefieren la vocinglería parlotera de la juerga a la  musicalidad permeante del diálogo. Los hombres de letras que desprecian el diálogo con esta provocadora carta son signo de nuestro tiempo: así somos, nos estamos quedando sin palabras. Hemos decidido llevar nuestra vida hadados a una soledad inane en medio de nuestra extenuante fiesta infinita: síntesis de los opuestos, que no buena vida.

Námaste Heptákis

Addendum: Seguimos pidiendo la liberación del Auditorio Justo Sierra.


2 Respuestas a “Recuperar la palabra”


  1. 1 smerdiakov
    27 Julio 2009 a las 11:27 pm

    Gran texto, sobretodo si pensamos que tu glosa e interpretación, que las acciones que propone el papa servirían para desmontar el propio estado vaticano y que se vayan a la mierda con la cantidad de riqueza que acumulan, ¿cómo resolvemos el problema de la consecuencia, de la palabra al acto? Tal vez ningún “intelectual” lee la encíclica porque no vale la pena hacerlo, pura perdida de tiempo, palabrería, discurso piadoso “bello, bueno y verdadero”. En efecto, la crítica al progreso ya es vieja. Tremendo lugar común. La respuesta no está en una institución conservadora, misma que prohibe condones en África, continente con el mayor número de enfermos de sida. Celebran la vida y también celebran la muerte. Y si no es indiscreción, y como duda honesta, ¿qué vas a hacer cuando liberen el Auditorio Justo Sierra? ¿Por qué quieres que lo liberen?

  2. 2 martinsilenus
    29 Julio 2009 a las 11:18 pm

    como aún no he leído Caritas in veritate (en el trabajo no puedo entrar a la página de la Santa Sede, y fuera de ella paso muy poco tiempo en el ordenador como para leerla completa), creo que estaría de más comentar en este momento lo que dices acerca del contenido del texto; eso lo haré en 3 o en 10 días. Sin embargo no quería dejar de decir cuatro cosas, de las cuales me gustaría conocer la opinión Námaste y de todo el que lea esta entrada y estos comentarios:
    Primera. Que pienso que la actitud de los “intelectuales” ante las encíclicas papales o los textos religiosos en general (algunos se salvan por ser cosa de modas y curiosidades de pensamientos extravagantes)se debe a que no es algo que colabore mucho a la propaganda que se encargan de ostentar unos y otros. en efecto hace una crítica al desarrollo (el cual, pese a que sí es de alguna manera un lugar común, creo que es un lugar inevitable que debe abordar todo aquel individuo occidental que pretenda pensar algo del presente; claro que no toda crítica al desarrollo ha de ser igual, y algunas sí ostentan la misma propaganda intelectual, sofisticada, trovadora, humanista, o de estudiante de humanidades), pues en el desarrollo vivimos y hemos vivido toda nuestra vida. con esto quiero referirme a que incluso los oprimidos y las clases bajas piensan es que el desarrollo y sus productos y el bienestar que indudablemente produce debe ser para todos y no sólo para unos cuantos. y toda esa propaganda intelectual es síntoma, de acuerdo, del inmenso escepticismo y apatía ante la palabra y la verdad, cuya relación, al igual que indudable me parece misteriosa y ambigua. es un escepticismo y una apatía ocasionadas por la parcialización de la mirada hacia el mundo que se muestra ante nuestros ojos, y que sólo oscurecen cualquier posibilidad de la búsqueda de la verdad, así como de la vida humana feliz (o feliz humana, como se quiera ver).
    Segunda. Me parece que la vida socrática es una clara muestra de uno de los amores más fieles y de las fidelidades más amorosas en que se puede pensar, y en cierta medida la recuperación o reivindicación más allá del artículo de enciclopedia que de ella haces. no me había dado cuenta de eso, pues hasta unos instantes previos a empezar a escribir esto, estaba convencido de que la mejor alternativa para la vida humana se encontraba en el amor y no en la palabra (en el sentido amplio de logos y no sólo de término). ahora vislumbro que quizás es el amor en el lenguaje, en la palabra, pues humanos somos porque tenemos palabra (logos), el más humano de los amores. creo que he de pensarlo un poco más, pues todavía no me queda del todo claro qué pasa con el amor que aparentemente se da apartado de la palabra y del lenguaje, o si eso es posible más allá de creencias y de trucos (justamente de la palabra y del lenguaje, que brotan de él o de ellos).
    Tercera. un pesimista no necesariamente malintencionado podría preguntar si ese amor a la palabra, al lenguaje, y en ellos, no es más bien un desamor o un amor imposible, y, en ese sentido, el aferrarnos su posibilidad sería no querer ver que hace tiempo que es claro que no hay nada que hacer, salvo entregarnos a los juegos vacíos del lenguaje y de la lascivia y dejarnos llevar por donde sea que nos lleve la vida: al aburrimiento o a la angustia. yo por cierto, creo que ese pesimista no está bien, aunque a veces es difícil hacer que se calle la boca.
    Cuarta. lo que comentas, smerdiakov, respecto a al estado vaticano, a la institución que en él tiene su sede y los discursos que en ella se manejan, no sé por qué, pero me pareció no escapan a lo que tu escrito hace referencia de por qué los intelectuales no se ocupan de leer el escrito del papa me gustaría saber qué opinas de esto. en cuanto a si estoy de acuerdo o no con lo que dices, yo creo que, independientemente de mi juicio acerca del estado vaticano o de la iglesia católica o de los discursos aparentemente contradictorios y todo eso; lo que dices es demasiado temeroso ante la muerte (más o en la misma medida que al VIH sida; y no son lo mismo) por lo que se podría aclarar la postura ante la celebración de la muerte (recordando que cada noviembre en nuestro país también se celebra la muerte) y la manera particular en que sostienes que la celebra la iglesia.

    p.s. en relación con la devolución del auditorio Justo Sierra, creo que se pide que lo liberen porque no es de las personas que en él se encuentran y en él guardan sus cosas y en él organizan eventos o lo que sea: es de la Universidad, de los universitarios, y es para que en él, como en cualquier otro recinto universitario, se lleven a cabo actividades de la universidad, lo cual no es el caso tal y como se encuentra desde que se le llama “che Guevara”. ¿estoy en lo correcto?


Escribe un comentario




Acerca de Nosotros:

Somos un grupo de gente que vaga por el mundo buscando comida y de vez en cuando escribe.

Categorías