01
Ago
09

Dos minutos en la vida

Tres de la tarde con cuarenta y tres minutos y treinta y nueve segundos.

Él está de pie, en el teléfono público situado en la esquina que se encuentra frente al monumento, al que acaba de llegar con cierta prisa. Sólo tiene unos momentos antes de que termine su hora libre y debe regresar temprano a la oficina, pues quiere ahorrarse las explicaciones a su jefa, así que debe apurarse. Toma la bocina, la lleva a su oído derecho, e inserta un par de monedas. El semáforo que se encuentra a un costado de la esquina está en rojo. El sol brilla con todo su esplendor. El cielo, de un azul intenso y profundo, carece de nubosidades, por lo que el calor es inimaginable. Hay una camioneta bastante lujosa detenida, esperando a que la luz torne a verde para continuar con su camino. Pese a llamar en general la atención de los transeúntes, pasa desapercibida ante los nerviosos ojos de nuestro personaje. Lo anterior se debe a que tiene la mente concentrada en la llamada que se propone hacer, aunque algo, una especie de duda que le retuerce las entrañas, le impide pulsar los botones que han de conectarlo con quien él espera. Él sabe de antemano que no tendrá éxito en su actual designio, que ella no le contestará; o por lo menos cree estar seguro de ello. Siempre ha sido así. Siempre que está por hacer la llamada, siente como si estuviera iniciando una empresa destinada al fracaso. A decir verdad, no importa si su llamada termina siendo contestada o no, siempre es lo mismo. Es algo que no tiene sentido. Finalmente, después de un par de eternos instantes llenos de duda y nerviosismo, el teléfono da línea y sus temblorosos dedos marcan el número deseado, no sin cierta dificultad.

El teléfono suena. La zozobra aumenta. El teléfono suena otra vez y un par de veces más. Él pone su atención en su alrededor para ver cuál es el panorama que le rodea, intentado convencerse de que le es indiferente lo que pase. Además, teme que los extraños que pasan por el rumbo le estén observando allí parado, pues es seguro que todos se fijan en él. Totalmente indefenso ante ellos, quisiera ocultarles lo que hace pues no tienen por qué meterse en sus asuntos personales. Siente un gran temor por las miradas invasoras de quienes caminan cerca del lugar. Esa amenaza no la puede soportar. Siente que todos quieren interrumpir y violentar su privacidad. Gotas de sudor corren por su frente, y sigue examinando los alrededores en busca de algo. En verdad se siente vigilado, aunque  nadie ha reparado en él y mucho menos mostrado interés en lo que hace.

A decir verdad, esa incomodidad y el extravío de su mirada en realidad se deben a que no puede notar otra cosa que el teléfono sonando una y otra vez en la bocina. Eso es un martirio para él.

El semáforo continúa en rojo y el teléfono vuelve a sonar.

En un instante, su vista perdida hace contacto con algo. Se trata de la lujosa camioneta que no hubo visto con anterioridad y que sigue esperando a que se ponga el siga. Sus ojos se encuentran con que, en el asiento del copiloto, viene sentada una muchachita de entre trece y catorce años de edad a lo más, concentrada en comer una congelada de color anaranjado que su pequeña mano sostiene con vehemencia y que viene saboreando con  un placer indecible desde que apareció en la escena.

Quien está al volante del vehículo, una mujer que parece ser la madre de la jovencita, le viene diciendo algo a ésta; quizás un regaño, pues no se ve muy feliz. La chiquilla, por su parte no atiende porque toda su atención se concentra en degustar la golosina, lo que la hace que la escena sea deliciosa y cautivadora.

El sol calienta cada vez con más intensidad y teléfono sigue sonando pero él ya ni cuenta se da. Permanece atento al maravilloso espectáculo de la hermosa ninfa de nariz pequeña y delicada, labios breves y rosados, que al momento están cubiertos del color de la congelada, y ojos perdidos en el disfrute y llenos de vitalidad. Siente que sus piernas flaquean ante la impresión que le provoca ese ser encantador.

El semáforo cambia la luz roja por la verde, la suntuosa camioneta se pone en movimiento y la bella criatura parte de su vida para siempre. El teléfono deja de sonar pues la máquina contestadora se ha accionado: “Por el momento no hay nadie en casa, por favor deje su mensaje después del tono…”. Nunca más la volverá a ver.

Tres cuarenta y cinco de la tarde con treinta y nueve segundos.


3 Respuestas a “Dos minutos en la vida”


  1. 1 Thimocrates
    23 Agosto 2009 a las 11:02 am

    Qué onda. ¿La brevedad del relato corresponde a la brevedad de la belleza de la niña? Serías muy gracioso que así fuera.

  2. 2 martinsilenus
    23 Agosto 2009 a las 11:17 am

    ¡NO! jajaja.
    yo creo que la brevedad del relato corresponde a la brevedad del tiempo, a la fugacidad con que pasan los momentos de dicha (de cualquier tipo), en comparación con todo lo demás; principalmente para un personaje como el del relato, para el cual parece que todo es de pasada, tal como lo es la presencia de la belleza de la niña en su campo de visión.
    es algo así como la muestra de que la dicha verdadera siempre es breve y a veces inalcanzable, pues la chica estaba de paso y ni notó la presencia de este sujeto.
    sí sería muy gracioso, pero temo que esa no era la idea que quería dar, aunque es interesante la interpretación, podría pensar, en ese sentido, que tal vez la belleza apreciada como la aprecia el personaje en verdad no lo es mucho y no vale la pena. no creo, pero podría pensarse así.
    muchas gracias por leerme. espero que hayas disfrutado la lectura.

  3. 3 Thimocrates
    25 Agosto 2009 a las 8:53 pm

    Pero entonces ¿la belleza de la mujer o la dicha de por una mujer puede ser de otra forma? Esto entiendo que rebaza algunas de las cosas de tu cuento pero al terminarlo de leer me viajé y llegué preguntarme qué demonios hace que siempre que enmarcamos situaciones donde nos pasa algo hermoso, se vayan tan rápido como el raudo viento. Es un tema complejo, pero me gustó mucho, disculpa el mal viaje.


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