Archivo de Autores para gazmogno

02
Ago
09

ll

En las manos llevabas algo
que no pude adivinar.

Pasaron los años
y comprendí el misterio…

Era mi corazón.

14
Jul
09

Beethoven

Toda mi vida he esperado por este momento. Con boleto en mano entro al Palacio de Bellas Artes. Mi emoción se mezcla con los murmullos de mortales que buscan y anhelan la liberación; y en esa búsqueda han dado en este lugar, a esta hora…igual que yo.

 

El protocolo no hace más que intensificar las expectativas, las ansias de gloria. Por fin entro a un pasillo que recorro lentamente, como si fuera el Purgatorio que me habrá de llevar al cielo, sin más prisa que la de mi espíritu que quisiera trascender el tiempo hasta el instante en el que serán rotas sus cadenas y se elevará libremente entre coros celestiales escritos hace ya mucho tiempo, e inmortalizados en una sinfonía coral.

 

Tomo mi asiento y contemplo el recinto como quien sabe que ha llegado a su destino y únicamente un pequeño paso lo separa de él. Así, frente a la puerta del paraíso observo cómo la sala comienza a llenarse y, poco a poco, entra la orquesta. Arriba, los murmullos producen sonidos amorfos que apáganse lentamente. Abajo, los instrumentos chillan y se quejan por la espera tan prolongada, por la afinación, por el deseo. Dos niveles caóticos que habrán de unirse en el momento preciso.

 

Este caos forma una escena en mi mente; escena que comienza, como todo, con tinieblas. Bruma espesa que se difumina ante una figura que aparece de repente. Con ella surgen sonidos acompasados que recuerdan fatiga; sonidos que se convierten en pasos, pasos que anuncian tragedia.

 

La figura se define y comienza a hacerse familiar: un hombre de edad, ligeramente encorvado, con cabellos canos y crecidos ocultándole el rostro, y las manos, una sobre otra, apoyadas con pesadumbre detrás de la espalda. La figura se acerca y  puede observarse su rostro que, aunque cubierto por sus cabellos canos, refleja tristeza; tristeza inefable que ningún poeta podría describir; tristeza convertida en orgullo; orgullo convertido en gloria.

 

El hombre es sordo, se nota por sus pasos tímidos y su tambaleo al caminar. ¿Qué miserable destino es el que ha convertido a este hombre en un símbolo digno de una tragedia griega? Sobre sus hombros lleva todas las dolencias del mundo, con ellos carga todas las penas de la humanidad; por eso su pequeña joroba. ¿Por qué es este hombre tan importante en mi vida? ¿Por qué su imagen, hecha ya símbolo, representa para mí la máxima expresión de la pasión, de la vida, del romanticismo?

 

La escena se esfuma de mi mente con la entrada del primer violín. El caos comienza a ordenarse con los aplausos. El protocolo comienza a hacerse fastidioso.

 

El director prorrumpe con una entrada triunfal que aplasta los últimos vestigios del caos. El protocolo concluye con la presentación del primer violín y los aplausos al director; los músicos se ponen en posición; la expectación crece.

 

Las puertas del paraíso comienzan a abrirse, la atmósfera se tiñe de eternidad y esos instantes de incertidumbre se alargan y desdoblan interminablemente liberando mi imaginación y mis recuerdos. Imágenes se agolpan en mi interior; imágenes contradictorias, ora de anhelo, ora de angustia.

 

De entre esas imágenes vuelve a surgir la misma figura del hombre encorvado con las manos detrás de la espalda; imagen misma de la melancolía. Pero… ¿quién es? Aunque la certeza es indudable no me atrevo a pronunciar el nombre. Sólo puedo pronunciar un adjetivo que se ha vuelto, junto con la figura, un símbolo en mi vida: artista… EL artista.

 

Este hombre es para mí, no sólo el romántico, sino el artista mismo por antonomasia; y un artista es aquél que se eleva de su condición mortal hacia las alturas de lo etéreo; que en un destello explosivo descubre los secretos del misterio, los rincones de lo eterno, las sensaciones de lo divino. Con el arte ennoblece la vida, crea vida, es él mismo vida. Siempre buscando la belleza, dándole forma al ideal. Pero en este andar hacia lo eterno se destruye como mortal, se aniquila como materia. ¿Por qué?… es una pregunta que me ha destrozado la cabeza por años, y la única respuesta que he logrado encontrar en mí es la de que el arte trasciende los límites humanos, trasciende la razón y en esa trascendencia la pasión se vuelve camino; eleva sus alas hacia el éter divino; se esparce por los infinitos aquelárricos del tiempo proclamando a grandes voces la destrucción del cuerpo, anhelando la eternidad toda. Por eso la tragedia; por eso la locura y la misantropía.

 

El artista necesita destrozar su razón para ver el infinito. Por eso la filosofía no llega, ni llegará nunca a nada más que a una cultura general del pensamiento, pero únicamente de eso, el pensamiento; porque es opaca, rectangular y limitada. Mientras el artista corre entre las llamas del infierno sabiendo que algún día se consumirá tornándose humo hasta alcanzar el éter, el filósofo observa esas llamas desde un escritorio intentando analizarlas, clasificarlas y definirlas.

 

Esa es la tragedia del artista, ese fue el destino de Beethoven.

 

Ante estas cavilaciones descubro que he logrado pronunciar su nombre: Ludwig van Beethoven. Este fue el nombre mismo de la tragedia, del dolor. Ludwig fue el mortal que vivió desesperadamente la fatalidad. El que siendo músico se vio impedido por el destino a no escuchar su propia música por su sordera; que entre las angustias elevó los ojos, consumidos por lágrimas, hacia el universo, intentando comprender su soledad, muriendo lentamente dentro de un cuerpo tosco y demacrado; un cuerpo inútil… y sordo. Van fue el romántico que luchó contra el destino y su sordera; que encaró al mundo y decidió despedazarse en nombre de la inmortalidad, cumpliendo así con la tragedia. Y Beethoven fue el espíritu salvaje que vagó por el infierno, atrapado en Ludwig, hasta lograr su liberación a través de la música y convertirse en un Dios al componer la…

 

Una nota aniquila mis fantasías, entra inmisericorde en mí colapsando mis sentidos, alargándose y llenando el recinto y los corazones de centenares de hombres que comprenden lo que está sucediendo. Es un oboe que surge del silencio dando comienzo al primer movimiento de la Novena Sinfonía.

 

Mi espíritu se tranquiliza y se deja conducir entre paisajes deformes que, poco a poco, están cobrando forma. Paisajes de una belleza indescriptible. Colores surgen de la bruma y cada nota da armonía al desorden. Cada nota propone un sabor, un color, un olor y la sensación de estar elevándose en el éter. El tiempo se torna inestable; se alarga y se acorta a capricho de la música; se subordina a ella mientras el espacio se vuelve irreal, acartonado. La realidad cambia; yo simplemente escucho.

 

El primer movimiento concluye; en el silencio quedan suspendidas las notas como instantes eternos. Mi mente escapa a la insoportable angustia que provoca este cese y se refugia de nuevo en preguntas y en sentimientos que no logran resolverse. ¿Por qué la tragedia? ¿Por qué la necesidad del sufrimiento para descubrir la belleza? ¿Acaso aquél es necesario para trascender a los mundos celestes? Cómo es posible que un hombre cuya vida toda ha sido tragedia logre sacar de sí algo de la belleza que acabo de escuchar.

 

Estas interrogantes se desvanecen cuando el segundo movimiento comienza. De naturaleza distinta al primero se escucha la ascensión de un espíritu hacia la gloria. Cada compás, cada silencio es una marcha hacia el Olimpo, un desafío a lo mortal, a lo perecedero. La voluntad del hombre asumiendo su carácter de Dios, y como tal, creando su propia obra en el éter mismo. Siempre dándole forma a la belleza.

 

Las puertas del paraíso cada vez están más abiertas, dando lugar a los destellos de aquella luz que sólo un espíritu celestial es capaz de transformar en música. No hay duda ya: el artista es el mensajero de los dioses… pero no, no Beethoven; este segundo movimiento me lo confirma, él no era un simple mensajero de los dioses, era algo más…

 

En estas divagaciones me encontró el final del segundo movimiento, y con él una imagen recurrente; imagen de un virtuoso que, siempre que pienso en Beethoven, aparece para disputarse el trono: Wolfgan Amadeus Mozart, el genio, el niño prodigio, el elegido por los dioses. Mozart sí fue un mensajero de los dioses; un canal que nos transmitió sus mensajes, pero… ¿Beehtoven?

 

Al formularme esta pregunta soy arrancado de mis profundidades por una de las piezas más bellas que he escuchado en toda mi vida. El tercer movimiento comienza con colores pastel, con sensaciones blandas, con belleza de olor a rosas que no llega a lo sublime, simplemente danza alrededor de lo bello.

 

Con cierta semejanza al primer movimiento es como un puente que liga la marcha triunfal del segundo movimiento con lo que ha de venir. Yo me limito a escuchar mientras mi corazón se hincha de belleza y el titánico conflicto de músicos se resuelve intuitivamente, aunque sin una certeza, inclinándose la balanza hacia Beethoven.

 

En el éxtasis etéreo de los espacios infinitos que describe el tercer movimiento me encuentro cuando la orquesta, con una elegancia aristocrática, concluye. El auditorio observa silencioso. El espacio de tiempo entre un movimiento y otro se prolonga por la aparición del coro que toma su lugar. Todos sabemos lo que va a pasar; todos lo deseamos. Hemos esperado tres movimientos y las puertas del Paraíso están a punto de abrirse completamente; los nervios se desatan, la respiración se acelera y el deseo anhela salir por cada uno de los poros hasta llegar al éxtasis completo.

 

¿Qué es la belleza? me pregunto intermitentemente entre lo que acabo de escuchar y lo que ansío presenciar, pero algo en mi interior me obliga a callar, reprochándome que deje la filosofía a un lado y me dedique a contemplar; que la belleza no se define, sino se vive; que no se clasifica, sino se siente; que no se puede atrapar, sino que se es atrapado por ella; que es la esencia del arte y de la vida, es decir, un misterio que se recrea a sí mismo, se desdobla; nace y muere a su propia voluntad y no tiene explicación ni lógica, ni siquiera para sí mismo. Es un espejo reflejándose a sí mismo en la eternidad.

 

Los chelos rompen el silencio proclamando el cuarto y más sublime de los movimientos. Las notas chocan unas con otras y forman espirales que apuntan al Olimpo. Los mismos dioses callan y están atentos a lo que viene. La eternidad se empieza a construir. Poco a poco se junta la esencia de los tres movimientos anteriores junto con fragmentos de otras obras de Beethoven que proclaman la unidad. Es la lucha final, el hombre que se alza en busca de la divinidad.

 

Sorpresivamente se empieza a formar una melodía; primero silenciosa, grave, que poco a poco se va afinando, agudizando. Cada vez entran más instrumentos, nuevas tonalidades. Todos sabemos de que se trata pero callamos ante la estupefacción, el estallido es inminente: el himno a la alegría instrumental colapsa al auditorio, y a mí me arranca alguna que otra lágrima que surge desde lo más profundo de mi éxtasis.

 

Los cantos comienzan. Es la primera sinfonía coral jamás escrita. Las veces se elevan; primero el barítono, luego el tenor; entra la soprano creando una polifonía que asemeja al canto de los dioses. La orquesta se desgarra acompañándolos, el momento se acerca, todo se une, se ordena; el coro se prepara…

 

Un pequeño preludio que comienza con un oboe anuncia el Paraíso. Del éter surge un ángel que nos envuelve con su voz, nos prepara para la catarsis; presenta a los instrumentos que comienzan a tornarse agresivos, esplendorosos, altivos. La expectación llega al máximo; la orquesta se hace pedazos, el auditorio se aniquila: comienza la implosión… las cadenas empiezan a ceder… los espíritus se unifican agolpándose unos con otros, liberándose mutuamente y todo se colapsa en un gigantesco estallido que explota hacia el infinito: la gloria máxima, la unidad, la totalidad se han alcanzado: lo subjetivo y lo objetivo; la orquesta y el auditorio; todo es uno mientras los ángeles nos toman de la mano y nos llevan ante la presencia del ser supremo entonando a coro el himno a la alegría; la risa de Beethoven desde el Olimpo se escucha por todas partes… yo me desgarro y me fundo con ella ahogado en lágrimas que me son arrancadas involuntariamente: yo ya no soy yo; Fichte estaba mal, en este instante lo comprendo: no yo es igual a no yo, a algo más.

 

Ésta es la única pieza musical que ha logrado arrancarme lágrimas, que ha logrado enseñarme la eternidad, aunque sea tan breve como lo que dura el himno a la alegría coral. Ya no hay duda, Mozart es un mensajero de los dioses, pero Beethoven logró ser uno de ellos. Mozart fue sólo un instrumento, a él le dictaban su mensaje los dioses, pero cuando les dejó de ser útil lo aniquilaron en medio de un Réquiem, de su Réquiem.

 

Beethoven fue un mortal que les arrancó la voz a los dioses, que se elevó tan alto como ellos, retándolos, combatiéndolos hasta que se ganó un lugar entre ellos. Por eso quedó sordo, porque para elevarse hasta el Olimpo tuvo que sacrificar su oído para poder trascender lo mortal y escuchar su interior. Perdió el sonido para inventarlo; por eso su tragedia: sacrificó su mortalidad para ganarse la inmortalidad. Logró lo que ninguno: llegar a la eternidad dentro de lo finito; y la prueba de esto es su novena sinfonía.

 

Y así, poco a poco termina la que considero la obra maestra de la música de todos los tiempos y comprendo la necesidad de la tragedia y de la locura para perpetuar la belleza; la necesidad absoluta de la pasión y la cumbre de ella que es el romanticismo. Éste, para mí, llegó a ser la máxima expresión del arte y de la vida. Su recurso principal es la pasión, su esencia la belleza misma. No existe más sublimidad que el arte romántico y como líder el gran melancólico: el sordo de Bonn.

 

Mi interrogante, al salir del Palacio de Bellas Artes: ¿cómo es posible que un solo hombre haya logrado crear algo tan sublime, tan divino, tan perfecto?, ¿cómo es que una obra, una sola obra logre perpetuarse eternamente en los corazones de todos los hombres, y causar el mismo impacto en todas las épocas?, y la pregunta principal, que no he podido ni creo poder responder: ya que el arte es la expresión y fin último del hombre; ya que es lo único por lo que puede ascender a la inmortalidad, tomándolo en cuenta como mimesis ¿es el arte una copia de la vida o la vida es una copia del arte? Muchas veces, tal vez la mayoría, me inclino por la segunda.

Gazmogno

25
Jun
09

No Pude

No pude, simplemente no pude. Regreso a la noche oscura con un sentimiento de derrota, de fracaso – ¿y todo por qué?… Pero la lluvia me refresca un poco el ánimo y no otro sino Ringo me habla y me recuerda que “cada vez que veo su rostro me recuerda los lugares a los que solíamos ir…” En este caso sólo es uno; de ahí vengo… fracasado.

 

No pude, lo repito. Pero no por falta de ganas – quizás faltó un poco de valor – pero más allá de todo fue el momento el que no cedió. Y los momentos son muy importantes, sobre todo en casos como este; casos en los que se juega uno la vida – pero no al volado, no. Uno se juega la vida en los misterios -¿dirá que sí? ¿Dirá que no? ¿Será ella? Y más importante aún, ¿seré yo? But it ain´t me babe, no no no, it ain´t me, babe, it ain´t me you´re looking for, babe…

 

No pude, por tercera vez lo digo. Por maldita tercera vez, que como dicen la tercera es la vencida. La tercera, no más. Esta fue la segunda y no pude. Esta vez quedamos iguales. La primera fue su ausencia, ésta la falta del momento. Mañana será la tercera… mañana será otro día – en juramento con Scarlett… Tara no volverá a caer y no volveremos a sufrir hambre.

 

Todo por una mujer. Antes hubieran sido dos o tres, pero esta vez sólo es una – ¡y qué una! No como aquellas otras… las Otras, tan ajenas ahora, y aún así tan íntimas, tan próximas. Las otras, las bukowskianas. “Todas las mujeres que he conocido son putas ex prostitutas o locas.” Pero a mí siempre me tocan las de la última categoría. Locas, locas, locas – sin Piazzolla, claro. Me pregunto en qué categoría terminará ella…

 

Ella, que ahí ha estado… y no está – ¿estará? “Recuerdo cuando nos sentábamos en Trenchtown observando a los hipócritas” ¿Pero qué estoy diciendo? ¿En Trenchtown digo? ¿Hipócritas? ¡Pura basura! Eso es lo que es… pura… basura. “Good friends we have, oh good friends we lost – de aquí en adelante dejaré de poner comas, cursivas o cualquier otro signo de citación – along the way. Ah, aquellos buenos amigos. Y el amor. Hace mucho tiempo amé profundamente a una argentina… y todo terminó con la pérdida de un buen amigo. Él también la amó – tal vez más de lo debido… terminó desquiciado. ¿Y quién no termina desquiciado cuando se trata de mujeres? She´s going to break your heart in two, it´s true. La puta de Nico… puta… ¡todas putas! Before you start you are already beat. Beat-nick, Beat-les – que con otra s en el nombre, la historia de la música habría sido distinta, tal vez.

 

¿Dónde estaba? Voy y vengo, vengo y voy… vengo – con un pronombre reflexivo en primera persona del singular para los buscadores de esas cosas que siempre digo y que no siempre caen bien – y es difícil escribir con tanto en mente y tan pocos dedos para teclear el teclado, con tan poco tiempo y tan lineal para llevar una palabra después de la otra, y siempre en ese mismo orden. Habría que cambiar el tiempo al escribir. Escribir como realmente pensamos, o como pensamos que escribimos. En varias dimensiones… con los verbos todos juntos antes de los sujetos y los sujetos confundidos con los adverbios y en una mezcolanza toda revuelta y encimada que sorprendentemente tiene toda la coherencia y la lógica del universo propio. Pareciera que al escribir eso que se enmaraña dentro lo único que hiciéramos es ir jalando el hilito de ideas… lineal cuando sale de la cabeza, pero que no contempla los otros niveles, las encimaduras – sí encimaduras… Como el jazz – sí, tengo la manía de Cortazar de relacionarlo todo con el jazz, ojala tuviera también un poquito de su talento. Es como si tuviéramos toda una orquesta de Nueva Orleans tocando en nuestra cabeza. Cada idea es un instrumento, cada frase que sale de esa idea es un tema que va combinándose con toda la maraña de armonías que se mezclan y remezclan.

 

Waaaa, wuuu wu wuu wuuuu – para quien no sepa que es lo que está pasando en mi entorno les cuento que Jim Morrison está fingiendo que es una guitarra eléctrica. Yo he fingido que escribo, y a veces he fingido hasta que vivo. Pero generalmente me siento como una piltrafa cada vez más dislocada de todas sus partes. Y eso justamente es lo que he tratado de hacer en este escrito. Una gran dislocación. Una gran putería… quisiera prescindir de los signos de puntuación – ¡Wow, qué original!- y confundirme con todas las dimensiones que me acosan y que no logro visualizar en su totalidad. Solo visualizo el fracaso de hoy… y la mierda.

 

Pero no hay que ser tan dramáticos, la lluvia ha parado – que en todo caso eso no es muy satisfactorio. If it wasn´t for bad luck, I wouldn´t have no luck at all. A veces pareciera que el destino se empeña con ironizar mi camino, y ahí es cuando uno tiene que aprender a reír. Reír con todas las ganas, con todo el cuerpo, con toda el alma… reír hasta estallar. Eso es lo que busco… el estallido. Pero, ¿cómo lograr ese efecto en un escrito? ¿Usando onomatopeyas? ¿Boing? ¿Boom? ¿Tschak? ¿Palabras altisonantes? ¿Letras al azar intentando la plasticidad? Y el momento que no cedió…

 

¿Habría dicho que sí? ¿Habría dicho que no? Pero no todo es tan oscuro… sólo que en este momento no logro ver bien la claridad. Y en este instante surge la pregunta: ¿Cómo terminar una mierda como ésta? Ya en alguna ocasión hablé de la orina y algunas de sus vertientes y formas… en este espacio no pienso hacer lo mismo con su coetáneo. Solamente apuntar la cuestión de la finalidad de la cagada… y no hablo de la finalidad como su telos, sino como su terminación temporal, su conclusión. ¿Cuándo sabe alguien que ya terminó de cagar? Digo, no hay un verdadero aviso, algo así como el pedo final que concluya la sinfonía de porcelana. No. Tampoco es como la orina que uno sabe que acabó porque ya no sale nada, ya que cuando uno caga, a veces uno puja y sin advertir sale un trozo más. O a veces uno sabe que todavía hay un gran mojón escurriendo por los intestinos, pero se está conciente que por más que uno puje ese ente simplemente no saldrá, así por sus pelotas. Entonces, ¿cómo sabe uno que ya termino de cagar? Mi conclusión es la siguiente – y aprovecho para concluir de igual manera toda esta sarta de pendjadas. Uno termina de cagar, generalmente – y a lo que se le llama una buena cagada y no una cagada interrumpida por x o y razones, o una cagada diarreica interminable que se tiene que detener porque el orto ya no aguanta de dolor – cuando queda satisfecho. Cuando los ojitos ya no le lloran y las rodillas ya no tiemblan. No importa que todavía haya más por expulsar, pues uno sabe perfectamente que eso puede esperar un rato más. Se termina una buena cagada cuando uno puja tantito, ve que ya no hay nada inmediato, y ya se siente bien. En este caso admito que todavía hay un enorme mojón de ideas y delirios que sé que no saldrán por más pujidos que dé, así que, como ya no me lloran los ojitos, ni me tiemblan las rodillas lo tomo como señas de que fue una buena cagada y termino con un pedo que dice: No pude… pero tal vez mañana lo haga.

 

Gazmogno

06
Jun
09

LE ROI DANSE

Mi vida se fue aquella noche

en que me vestí de Luis XIV.

 

Ella se quitaba la ropa

mientras cristo era iluminado por una vela

que descubría mi desnudez ante ella.

 

Yacíamos en un convento,

en el pecado, en lo prohibido.

 

Intenté quitarme el traje del pudor y lo logré.

 

No hablábamos de amor,

hablábamos de amar

y de la fantasía de Luis XIX

y la cortesana desnuda.

 

Le roi danse frente a Cristo

y cae frente a los ojos de ella.

Cae frente al amor,

cae frente al miedo.

 

Intenté ponerme el traje del amante y no lo logré.

 

La pureza seguía carcomiendo mi carne,

y persiste aún cuando ya no soy Louis

y la cortesana ya no se desnuda.

 

Le roi ya no baila, ya no cae en sus ojos.

 

No hablábamos de amar,

hablábamos de enseñar,

y ahora que trato de quitarme

el traje del miedo,

ya no hay cortesana

que se quite la ropa.

 

Le roi danse de nuevo, pero ahora solo.

 

Luis XIV murió en 1715,

Yo fallecí aquella noche.

 

Gazmogno

18
May
09

Tantra

Contigo en Padma
destejo mi horizonte
del Nilotpala

Gazmogno

30
Abr
09

La última de las maravillosas y extraordinarias aventuras del super agente secreto Cöpen Haggën (mejor conocido como Der Dänizscherzstung) que, después de salvar al mundo de los maquiavélicos y apocalípticos planes de su archi-némesis el Doctor Ciruela (quien quería convertir en mutantes al ejército de zombies que él mismo había creado a partir del virus de la Peste Malásica para apoderarse del globo terráqueo), terminó en el hospital luego de desbarrancarse de Montaña Ciruela en una lucha a muerte con el último de los zombies, el terrible General Braineater.

√\~√\~√\~√\~√\~√\~~√\~~~~~~~ «¡desfibrilador!» ~~~~√\~√\~√\~√\~√\~~~~­­­­­­­­­­

Gazmogno

12
Abr
09

El artista de la muerte

El artista se encontraba en su taller, pensando, analizando su situación. En sus manos cargaba un revólver al que miraba y acariciaba como a una amante. A su alrededor, colgados de las paredes o en caballetes, mostrábase una increíble colección de cuadros aludiendo a la muerte. Diversas escenas, personificaciones, caricaturas; hermosas alegorías. La muerte como mujer, como esqueleto, como abstractas pinceladas.

 

Estos cuadros eran obra del artista, resultado de una extraña obsesión que arrastraba desde niño, pues decía que había sido criado por la misma muerte. Aludiendo a esto, había un cuadro que mostraba a un pequeño cogido de la mano por una figura en forma de esqueleto que cargaba una guadaña. En la pintura era de noche y caminaban calle abajo, alumbrados por faroles que difuminaban una niebla tenue.

 

Jugueteando con aquel revolver observaba todos y cada uno de sus cuadros, pintados como una plegaria, como invocación de un sueño que le consumía. El sueño del misterio. Cada cuadro representaba una oración, un ruego hacia aquél misterio del más allá.

 

Esta vez sería definitivo; tenía que encontrar las respuestas por tanto tiempo buscadas. Tenía que penetrar completamente en aquella oscuridad.

 

Por fin introdujo lentamente el cañón del arma en su boca sintiendo el plomo helado congelar su paladar. Poco a poco fue cerrando el dedo índice apoyado en el gatillo… ¡El estruendo le sacudió el alma!

 

Abrió los ojos esperanzado mirando a su alrededor… los mismos cuadros en su mismo estudio. Enfurecido se levantó del suelo, pateó el arma y vociferó escupiendo la sangre que chorreaba.

 

“¡Maldita sea!”- aulló entre espasmos y convulsiones corporales- “¡¿Por qué me niegas el privilegio que otorgas a tantos y que les es tan funesto?! ¡Yo soy el único que te ama, que te necesita, que te desea! Lo he intentado todo y bien lo sabes. Me he ahorcado, envenenado, cortado las venas y el único que acude es el dolor, que parece haberse cansado, pues últimamente no le he visto por aquí. Eres la amante más caprichosa.”

 

Efectivamente lo había intentado todo, más que pintor era un artista del suicidio; pero por alguna extraña razón siempre se salvaba. Hasta había contratado a un asesino para que lo matara, pero el único “afortunado” fue el matón, pues la muerte le paró el corazón del impacto que recibió al ver que su víctima no moría después de cinco balazos en el pecho y el tiro de gracia. La muerte se burlaba de él en su cara.

 

Casi siempre, en sus sueños, se hallaba caminando por un bosque oscuro en el que aparecía a lo lejos la figura de una hermosa mujer sosteniendo la mano de un infante y cargando una filosa guadaña. Al verlos comenzaba a correr hacia ellos, pero la imagen se hacía cada vez más borrosa hasta que desaparecía. Desesperado se echaba a llorar desvaneciendo, así, el sueño y regresando a la realidad.

 

El tiempo seguía su interminable curso, y el artista seguía pintando y suicidándose casi diario – digo “casi” porque algunas veces, creyendo haber encontrado a la muerte en alguna hermosa mujer, la seducía con la esperanza de penetrar en aquel misterio que tanto daño le hacía. Generalmente era después de estos días cuando le llegaba aquel sueño en el que intentaba alcanzar a la muerte.

 

El cuadro del niño y el esqueleto se transformaba cada vez que tenía aquel sueño. A veces cambiaba la perspectiva, otras la posición de las figuras, pero siempre había un cambio. Una vez descubrió al fondo del cuadro la sombra de un hombre con la mano extendida hacia las siluetas. A esto no le daba mucha importancia.

 

Una noche, después de haberse acostado con una desconocida, tuvo de nuevo el sueño, pero esta vez la perspectiva fue diferente. Ahora él era el niño agarrando de la mano a su madre y mirando a un hombre que corría hacia ellos desesperadamente, sin poder alcanzarlos.

 

“¿Quién es aquel hombre mamá?” preguntó el niño asombrado. “Es un loco hijito” replicó la madre.

 

Al día siguiente se despertó, se quitó la pijama y, al entrar al baño, contempló su infantil rostro en el espejo mientras se arreglaba. Al llegar a la escuela les mostró a sus compañeritos de primaria sus dibujos sobre la muerte, quien, según él, era su mamá.

 

Gazmogno

25
Mar
09

A Day in the Life

 

 

Lo primero a considerar, en cuanto al aspecto formal, es que podemos dividir A day in the life en seis partes. Tres de ellas resultan principales, mientras que las otras tres fungen como puente o resolución de las primeras, respectivamente.

 

Ahora bien, cuando nos adentramos en la canción, lo primero que percibimos son los restos de los aplausos brindados a la Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band, quien cierra su actuación con un reprise de la canción del mismo nombre. Esto nos indica que A day in the life no va a ser interpretada ya por la banda del Sargento Pimienta; que esta canción en específico, sale del contexto del Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band como álbum conceptual en el sentido de que no será ejecutada por una banda imaginaria, existente sólo en cuanto concepto, sino que serán los mismos Beatles quienes la interpreten. A day in the life: un día en la vida, en la cotidianidad; ya no habrán viajes de LSD con Lucy ni ayuda de nuestros amigos, y si encontramos a Rita, tal vez ya no sea tan lovely.

 

El inicio de la canción propiamente lo indica el rasgueo de una guitarra, que pareciera no sólo provenir del fondo mismo de los aplausos que anteriormente mencionamos, sino acallarlos, disiparlos. Este rasgueo, que en primera instancia resulta lánguido y opaco, es el que marca el ritmo; un ritmo pausado que, al entrar el piano, invade nuestro ser y poco a poco comienza a teñirlo de melancolía. Este sentimiento se acrecienta cuando escuchamos la voz que, al entrar con el bajo, matiza el tinte melancólico dándole un pequeño giro. ¿Hacia qué dirección nos lleva?

 

El tono de voz resulta agudo y lineal, demasiado lineal. Esta falta de modulaciones, junto con el eco que se escucha y la manera en la que Lennon canta nos produce una sensación de distancia, de lejanía, aunque la voz sea lo que predomine y lo que más resalte. Esta distancia y esta linealidad se mezclan al ritmo tiñendo la melancolía de nostalgia. Antes de escuchar la voz entramos en un estado limítrofe, donde la tristeza nos invade a tal punto de borrar, poco a poco, la delgada línea que divide la vida de la muerte. Cuando la voz entra, este estado parece agudizarse proyectándose hacia atrás, hacia nuestro pasado: un pasado perdido. La distancia que nos transmite Lennon es la misma que media entre nuestro presente adolescente-adulto y nuestra niñez. Es el recuerdo de nuestra madre, es la nostalgia de nuestro primer hogar uterino. De hecho, si atendemos bien a la melodía, encontramos una gran semejanza con las canciones de cuna, que incluso al principio de la letra podemos ver como tal. Lennon es la voz pasada de una madre que le canta al niño que ha dejado de serlo.

 

Esta conciencia de distancia provoca la sensación de que estamos dentro de un sueño. Ahora bien, si dejamos que la música fluya encontramos que el bajo, en su transcurrir, obliga a nuestro ser a flotar dentro de ese sueño. Este instrumento es el que, dejando de lado la voz, lleva la melodía. Sus escalas son como un sube-y-baja que rompe con la monotonía de la voz provocando así, no sólo la sensación de estar flotando, sino la de una cierta calma. Y sentimos que esta calma no es total porque la misma música lo impide al entrar la batería. Ésta aparece en el momento en el que la letra toma un rumbo sarcástico y un tanto morboso (he blew his mind out in a car), que contrasta con el tono de la voz, pero se reafirma con la violencia sutil de la batería. Sin embargo, la calma no se rompe por completo, sino que adquiere un sentido peculiar: la melancolía y la nostalgia que sentimos se equilibran con un tipo de calma, aquella que es producida por la aceptación de algo que es imposible de cambiar, que aunque no erradica la tristeza sí apacigua la voluntad truncada.

 

Ahora bien, la batería se manifiesta con redobles y pocas veces se estanca en un ritmo constante, es más bien melódica. Esto rompe con la monotonía de la guitarra y del piano y se confabula con los saltos y el colorido que brinda el bajo. Y si nos detenemos a considerar esta inversión del ritmo y de la melodía (generalmente aquél es marcado por la batería y el bajo, mientras que ésta es llevada por la guitarra y el piano) vemos con más claridad por qué esta primera parte de la canción produce el efecto de estar en un sueño, ya que en todo sueño la lógica se invierte: lo inconsciente predomina sobre lo conciente y lo opaca.

 

Esta primera parte culmina con una alusión sexual que le abre paso al primer puente. No sólo lo que dice el último verso (I´d love to turn you on), sino cómo lo canta Lennon y la forma en la que el piano imita un jadeo dan la sensación del coito. Las palabras turn you on son sofocadas por el jadeo del piano que se transforma en una ascensión amorfa y desemboca en la tercera parte. Primero escuchamos algo como un enjambre que, poco a poco, se confunde con sonidos que rompen todo tipo de ritmo y de melodía: platillos, chelos, tambores, violines, todos entremezclados y en crescendo producen una sensación que no reconocemos bien si es el ascenso al orgasmo o el de la inconsciencia a la conciencia. El sueño parece estar llegando al clímax; la calma es destrozada y deja en su lugar un sentimiento de angustia, de incertidumbre.

 

¿A dónde nos conduce este ascenso? Su culminación es rápida, tal vez demasiado rápida como para ser de un orgasmo. Si escuchamos con atención podemos distinguir, en el clímax de la ascensión, unos violines que marcan el ritmo y que serán suplidos, en la tercera parte, por un piano que asemeja los latidos del corazón. Éstos marcan un ritmo constante y más acelerado que el de la primera parte, por lo que nos produce la sensación de que acabamos de despertar de un sueño, y de que los violines vagos del clímax no eran más que la percepción de los mismos latidos, escuchados desde la lejanía del inconsciente. Así, pues, la conciencia surge, y este despertar se constata por el sonido de un despertador que, junto con el ritmo acelerado, nos lleva a la sensación de que algo nos ha regresado abruptamente del sueño a la realidad. Esto se confirma con la letra (woke up, fell out of bed).

 

La voz que escuchamos ha cambiado, ya no es lineal ni distante, sino que se nos muestra rítmica y modulada. La batería la acompaña, pero ahora con un ritmo constante un tanto monótono que da la sensación de ser mecánico. Es la vida en la vigilia y su ritmo acelerado el que se nos muestra. La sensación de flotar se convierte en un sentimiento de rapidez, de rutina. El ritmo y la melodía se invierten de nuevo para situarnos en la realidad de lo cotidiano: dragged a comb across my head… found my way downstairs… I noticed I was late…

 

Aunque la letra y el bajo nos obligan a subir y a bajar constantemente, no evitan la mecanicidad ni la monotonía de la batería, que es lo que subyace. Esto nos hace sentir autómatas, son agota e incluso provoca que nuestro ser jadee de cansancio como lo hace el mismo McCartney cuando nota que se le ha hecho tarde. Pero este ritmo de vida no puede durar concientemente, no es humano, por lo que a la primera oportunidad nos escapamos, nos fugamos de la realidad que nos absorbe (Somebody spoke and I went into a dream).

 

Esta fuga constituye el segundo puente que es una reminiscencia del sueño de la primera parte. Esto lo sentimos porque no llega a ser un estado onírico completo, pues el ritmo sigue siendo el mismo que el de la parte anterior pero la voz nos lleva a la ensoñación, alejándose y acercándose con el tono de Lennon en el primer sueño. Sin embargo, algo sucede en este fantasear, algo que va más allá de una mera fuga, algo que interrumpe la calma autoproducida.

 

Sonidos que podrían ser de trompetas y chelos nos arrebatan dicha calma, nos arrojan violentamente a un lugar totalmente desconocido, que no tiene ya que ver ni con el sueño ni con la vigilia. Pareciera como si fuéramos azotados por una tormenta en el mar de la conciencia y nuestra pequeña barca estuviera a punto de naufragar. Las trompetas y los chelos se asemejan a los relámpagos y la voz es el rugir del viento y de las olas mezclado con nuestros gritos de angustia.

 

Al parecer hemos naufragado (¿muerto?) y nos encontramos en un lugar intermedio entre la nostalgia y la melancolía de la primera parte y la rapidez y la monotonía de la segunda: la voz recuerda aquélla, mientras que el ritmo es el mismo que el de ésta. Sin embargo, de esta mezcla surge algo irrisorio, algo burlesco y satírico. La batería marca el ritmo, pero acompañado de redobles que, junto con los demás instrumentos y con la letra, nos ofrecen una armonía distinta aunque similar a las anteriores. Empero, esta parte termina con la misma alusión sexual que la primera y le abre la puerta a la misma ascensión, con la diferencia de que en ésta, que resulta ser la conclusión de la canción, sí hay una resolución explícita: en el clímax de la ascensión se escucha un silencio, una estaticidad, un vacío que recuerda al que precede justo antes del estallido del orgasmo, y que concluye con un acorde de piano que dura aproximadamente 43 segundos. Esta resolución nos deja satisfechos, nos deja llenos y nos proporciona la calma que no hemos tenido en todo un día, un día en la vida.

Gazmogno

 

 

 

 

 

 

08
Mar
09

El Anfiteatro

 

            En un viejo anfiteatro representábase una escena inverosímil, mágica y al mismo tiempo ridícula. El silencioso monólogo de un mimo habíase trocado en un cuadro absurdo. Sentado, inmóvil, encontrábase reproduciendo, con una profundidad incoherente a su naturaleza, aquella escultura del pensador. Pero en vez de haber sido esculpida por las manos de Rodín, parecía haber sido cincelada por los versos de los poetas. Aquel espectáculo encerraba toda su melancolía y su tristeza. Un débil puño sostenía una cabeza pesada; sus cabellos negros, como aquella noche, escondían unas mejillas consumidas por la tristeza. El cuerpo no era la excepción, flaco, mutilado, cubierto por unos harapos a manera de disfraz. Un rostro mal pintado, blanquinegro, llevaba una pequeña y demacrada lágrima delineada como sarcasmo de su vida. Lo más terrible era su mirada; una mirada que contenía el vacío del tiempo, la pérdida de toda esperanza.

            Esa vulgar escena, contradictoria desde cualquier ángulo, representaba el drama de la vida. Por un lado la comedia, la farsa, la incoherencia misma del sarcasmo. Por el otro la tragedia, misteriosa y perfecta, como nunca pluma alguna llegó a trazar. El drama de los dioses, falsos y verdaderos, condensado en aquel cuadro aterrador.

            El acto había sido representado noche tras noche sin interrupción. Era una especie de ritual nocturno, pagano; mándala de condenación de un alma liberada por sus propias cadenas. Era la eternidad de un instante. Aquel universo de tinieblas en el que nunca salía el sol era la oscura prisión de aquel mortificado ser. Su antiguo anhelo de luz, de fuego, habíase tornado en una obsesión lastimera y su espíritu olvidaba cada noche con más intensidad ese ensueño, alguna vez tomado como verdadero. La esperanza habíale consumido de tal manera que terminó por exiliarla. La luna era el único destello luminoso que acariciaba sus pupilas. Amante y madre. Único espectador digno de sus actuaciones.

            El mimo vivía para su arte, pues no conocía otra cosa que no fuera el movimiento silencioso de sus pasiones. Jamás había salido de aquel oscuro anfiteatro. Se dice que había nacido allí y que allí mismo perecería. En cada función representaba algo distinto, algo nuevo; dramas tan sutiles que resultaban en comicidad a los ojos del vulgo. Las representaciones eran producto de sus sueños, porque éste mimo soñaba con tal intensidad y realidad que había momentos en que no podía distinguir el pequeño hilo que separaba la realidad del sueño. No se sabe si estos sueños los vivía mientras dormía, pues nunca nadie le había visto dormir, o si eran producto del trance de su actuación. Quizás actuaba lo que soñaba o, más bien, lo vivía. Eso sólo lo sabía la luna, único ente que había escuchado su voz y conocía su alma. Estos sueños eran su verdadera realidad…

            El momento de la representación se acercaba y el mimo, cabizbajo, presentía lo que pasaría, sería su última función; el telón bajaría para no volver a subir. Sin embargo estaba tranquilo, indiferente. Había perdido toda esperanza y esa visión trágica ya no significaba nada para él.

            Espectros y sombras comenzaron a llegar; lentamente iban ocupando su lugar seres grotescos, putrefactos. Un infernal desfile presentábase en las gradas: seres amorfos, demonios, monstruosos entes infestados de sangre y pus. Una aquelárrica visión de ángeles demoníacos mostrábase ante los ojos del mimo que inmóvil seguía en sus cavilaciones.

            Una vez colmado el anfiteatro, el mimo desvaneció sus ensueños. De un salto se puso de pie mirando con desdén al auditorio que gritaba y gorgojeaba palabras incoherentes e incomprensibles a manera de ovación. Escudriñó la grosería que se mostraba ante su sepulcral mirada, reconociendo esos intentos de rostro, esas metáforas malformes. A cada uno, parte de su tormento, conocíale perfectamente: cómo se reían, escupiendo a su alrededor sangre u otro fluido visceral, cómo aplaudían como imbéciles cuerpos decadentes. Algunos se ahogaban con su vómito intentado reír. Otros golpeábanse entre sí hasta quedar inconscientes. Miraba a cada uno con tristeza… hasta que vio tres espectros nuevos. Tres seres diferentes, casi hermosos, incluso reales.

            Maravillado los observó… los admiró. Uno de ellos, el de en medio, parecía humano, el primero que veía en su vida. Llevaba un hábito de monje con la capucha cubriéndole la cabeza. Lo único que divisaba era una sonrisa inmortal que brillaba en su rostro. Al lado de él, en cada extremo alzábanse dos colosos que doblaban su estatura. Ángeles parecían, gigantescos. Uno, blanco, llevaba en sus manos unas pesadas cadenas de oro. El otro, obscuro, traía en sus manos un grial de madera del cual brotaba sangre. Atónito los miraba, y con una melancólica y gris reverencia comenzó su actuación

            El anfiteatro estalló en silbidos y carcajadas formando una vulgar tonada con la cual bailoteaba y canturreaba patéticamente aquella grey infernal. Esa noche la actuación no iba dedicada solamente a la luna, sino a los nuevos espectadores que miraban atentos aquel sublime acto. Era la representación de un alma en pena, de una historia que se elevaba hasta el infinito de una manera espléndida. Representación de Dioses ofrecida lastimeramente a la vulgaridad. Una blasfemia artística donde la luna parecía bendecir únicamente al mimo y a aquellos celestiales seres que observaban embelezados.

            La actuación transcurría en medio de una atmósfera pestilente y putrefacta, mezcla de orines, vómitos y eructos. Parecía un ángel danzando en el infierno. Con los ojos cerrados movíase ora con delicadeza, ora con rabia, ora con melancolía. Movimientos y tiempos exactos, como si representara la vida misma en una obra destinada a perecer. De pronto abrió los ojos dirigiéndolos con tristeza hacia los seres celestiales. Un súbito estremecimiento recorrió su cuerpo junto con una sensación de confusión e irrealidad que le hería en lo más profundo.

            Un reflejo, una imagen ¡su imagen! Sus ojos penetraban sus propios ojos adentrándose en un infinito laberinto de caos, en un eterno viaje a la conciencia. Su mirada había dado con un enorme espejo sostenido por los dos ángeles, justo en el lugar donde debía estar el monje. Aquella era la primera vez que veía su imagen, era Narciso contemplándose en esas aguas de cristal. Por vez primera veía su espíritu, su esencia. Algo en el pecho que le recorrió cada rincón del cuerpo: su corazón comenzaba a latir. Había nacido en ese encuentro consigo mismo.

            De pronto nada existía, ni el ruido, ni el aquelarre, ni la luna, ni el anfiteatro. Todo había desaparecido ante su propia imagen. El reflejo comenzó a transformarse adquiriendo la figura del monje, al que pudo ver y contemplar como un hermano. Miró su hermosa e inmortal sonrisa; sus labios rojos, femeninos; sus manos blancas y delicadas como el marfil.

            La imagen del monje comenzó a moverse descubriendo lentamente la cabeza, dejando relucir su cabello largo y oscuro; mirada profunda. Quitóse sutilmente el hábito mostrando su cuerpo; un cuerpo blanco, centellante y femenino perfectamente delineado. El mimo, extasiado, recorrió con la mirada aquel misterio; su cuello delgado, sus senos firmes, su vientre suave y sus piernas largas.

            El auditorio miraba atónito la interrupción, y el descontento estalló en una oleada de insultos, peleas, gritos. Arrojaban lo que tenían a su alcance, botellas, piedras, arrojábanse unos a otros. Pero el mimo seguía estupefacto, inmóvil. La imagen del espejo comenzó a tornarse líquida y aquella figura virginal traspasó el cristal volviéndose más real, más hermosa. Los dos ángeles tomáronla de los brazos y, extendiendo sus alas, emprendieron el vuelo hacia el escenario deteniéndose justo encima del mimo. La celestial criatura movió delicadamente sus labios pronunciando cuatro palabras que rompieron el silencio hasta llegar a sus oídos, como mariposas revoloteando a su alrededor.

            Llorar es un milagro fueron las palabras que desgarraron su alma. El mimo comenzó a llorar y en su llanto concentrábase toda la melancolía, la tristeza y la belleza de los poetas; todo su sufrimiento caía al suelo como semillas, de las que germinaban toda clase de flores y ramajes que extendiéronse a lo largo del anfiteatro encarcelando a la monstruosa muchedumbre. Fantásticamente se cubría el lugar de un verdor oscuro lleno de opacas y descoloridas flores.

            Súbitamente el cielo fue desgarrado por un rayo de luz que se intensificaba a cada instante. El mimo contempló anonadado aquel rayo que iluminaba el recinto. Era el sol que salía a su encuentro y, por primera vez, distinguió en su totalidad los colores, las formas, las imágenes. Deslumbrado cerró los ojos mientras las sombras huían con lastimeros aullidos y la muchedumbre consumíase en llamas. El mimo abrió los ojos esbozando una sonrisa. Por primera vez saludaba un amanecer. Cegado por aquel milagro comenzó a reír.

            Cuando recuperó la vista encontrándose en un viejo anfiteatro en las penumbras de la noche. La luna llena mostrábase en todo su esplendor. Aquella noche se representarían los dramas de un alma en penas, como veníase haciendo noche tras noche, eternamente.

 

Gazmogno

 

19
Feb
09

Me ando con rodeos

“Lo importante no es mear mucho,

sino que salga espuma”

 

Me encanta mear, bajarme la bragueta y/o los pantalones para ponerme en la posición que sea más conveniente y simplemente dejarme ir. Así como así, llana y sencillamente soltar el esfínter y dejar que toda la orina se filtre por mi vejiga, masajeando la uretra tan placenteramente que uno no pueda sino sentir aquél escalofrío que siempre se siente durante una buena meada.

 

Mi abuelo siempre me decía que precisamente era en ese escalofrío en lo que consistía la meada, “Eso es lo que nos separa de los animales,” decía, “¿O acaso has visto alguna bestia estremecerse de placer al orinar?”

 

“Orinar” era la palabra que usaba. Pero orinar no tiene este sentido hedónico al que me refiero… hedónico, casi erótico – no por nada tanto el escalofrío como el orgasmo se originan en el mismo lugar… en la verga. No, “orinar” es muy propio – no tan técnico como mixionar, ni tan infantil como “hacer pipi/chis/pipis” –, pero simplemente es eso, demasiado propio: “Excúseme usted voy a orinar.” Le falta algo, le falta fuerza – tal vez la fuerza que lleva consigo una buena meada, de esas que hasta salpican. “Echar el miedo” o “firmar” resultan muy ambiguos y hasta sacatones – “orinita vengo” – como si uno tuviera miedo a decir las cosas como son: “Voy a mear.”

 

Para la gente de vejiga modesta, como yo, resulta todo un agasajo, pues uno anda meando en todos lados y a todas horas – literalmente a todas horas. Uno tiene que tomar sus precauciones, ya que aunque mear es todo un placer, no lo es mearse uno mismo – como no es lo mismo verla venir que sentirla llegar.

 

Aunque tal vez me equivoque. ¿Quién no ha estado alguna vez bajo la regadera, lavándose lo que uno se lava en esos lugares, cuando de repente – uno no sabe si es por el sonido del chapoteo del agua o por el hecho de sentirse totalmente libre y mojado – le dan a uno ganas de mear? ¿Y qué es lo que uno hace en esos momentos, se sale de la regadera para “orinar” en la taza como una persona decente? ¡No, uno se mea ahí, sin tapujos, debajo del chorro de agua, y de ser posible se regocija en sus propios orines!

 

Poner las manos bajo el chisguete es de las sensaciones más placenteras que la orina puede dar. Como cuando uno se mea en la alberca – cuyo efecto es más reconfortante entre más fría esté el agua – y siente ese calorcito tan envolvente junto con una sensación total de la liberación de la vejiga.  Corrijo: mear es un placer, como lo es también mearse a sí mismo, siempre y cuando uno no esté vestido – pues el calorcito placentero se torna en un gélido y pegajoso infierno que no se lo recomiendo a nadie.

 

Y es que ese calorcito es único. Por más que uno quiera revivirlo con el agua tibia del lavabo – o de alguna otra forma que se conciba y que no implique utilizar meados reales – no será lo mismo. Hay algo tan peculiar con la tibieza de la orina – en donde cabe notar que el color influye – que es como la diferencia que existe entre un anillo de oro y uno de vil metal dorado: podrán verse igual pero uno sabe – y siente en lo más profundo de sí – que no es lo mismo.

 

No hay nada como aguantarse, dejar que se llene la vejiga hasta el borde y aguantar todavía más. Uno va sintiendo como un globo que se infla poco a poco en la pelvis. La atención comienza a girar lentamente hacia este espacio que se colma, que se ensancha y que va volviéndose una tortura. El cuerpo se dobla y se re-dobla en un intento por aguantar; en un anhelo de soltarlo todo o estallar. Y el mundo pierde sentido – o mejor aún, cobra un nuevo sentido – la conciencia voltea hacia la vejiga con la mirada enloquecida y todo lo que no sea vejiga deja de existir, todo excepto un deseo, una proyección hacia algo que termine con esa tortura, hacia un paraíso que reconforte: un edén de porcelana…

 

Y es precisamente en ese momento que me encanta bajarme la bragueta, sacarme la verga y mear hasta desfallecer; hasta volverme uno mismo con la meada; cascada áurea estrellándose en la taza del baño – o en un árbol, o en el piso, o en la llanta de un automóvil. Salpicándolo todo y estremeciéndome de placer con ese maravilloso escalofrío que sólo una buena meada puede dar.

 

Gazmogno




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Somos un grupo de gente que vaga por el mundo buscando comida y de vez en cuando escribe.

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