Archivo de Autores para martinsilenus

01
Ago
09

Dos minutos en la vida

Tres de la tarde con cuarenta y tres minutos y treinta y nueve segundos.

Él está de pie, en el teléfono público situado en la esquina que se encuentra frente al monumento, al que acaba de llegar con cierta prisa. Sólo tiene unos momentos antes de que termine su hora libre y debe regresar temprano a la oficina, pues quiere ahorrarse las explicaciones a su jefa, así que debe apurarse. Toma la bocina, la lleva a su oído derecho, e inserta un par de monedas. El semáforo que se encuentra a un costado de la esquina está en rojo. El sol brilla con todo su esplendor. El cielo, de un azul intenso y profundo, carece de nubosidades, por lo que el calor es inimaginable. Hay una camioneta bastante lujosa detenida, esperando a que la luz torne a verde para continuar con su camino. Pese a llamar en general la atención de los transeúntes, pasa desapercibida ante los nerviosos ojos de nuestro personaje. Lo anterior se debe a que tiene la mente concentrada en la llamada que se propone hacer, aunque algo, una especie de duda que le retuerce las entrañas, le impide pulsar los botones que han de conectarlo con quien él espera. Él sabe de antemano que no tendrá éxito en su actual designio, que ella no le contestará; o por lo menos cree estar seguro de ello. Siempre ha sido así. Siempre que está por hacer la llamada, siente como si estuviera iniciando una empresa destinada al fracaso. A decir verdad, no importa si su llamada termina siendo contestada o no, siempre es lo mismo. Es algo que no tiene sentido. Finalmente, después de un par de eternos instantes llenos de duda y nerviosismo, el teléfono da línea y sus temblorosos dedos marcan el número deseado, no sin cierta dificultad.

El teléfono suena. La zozobra aumenta. El teléfono suena otra vez y un par de veces más. Él pone su atención en su alrededor para ver cuál es el panorama que le rodea, intentado convencerse de que le es indiferente lo que pase. Además, teme que los extraños que pasan por el rumbo le estén observando allí parado, pues es seguro que todos se fijan en él. Totalmente indefenso ante ellos, quisiera ocultarles lo que hace pues no tienen por qué meterse en sus asuntos personales. Siente un gran temor por las miradas invasoras de quienes caminan cerca del lugar. Esa amenaza no la puede soportar. Siente que todos quieren interrumpir y violentar su privacidad. Gotas de sudor corren por su frente, y sigue examinando los alrededores en busca de algo. En verdad se siente vigilado, aunque  nadie ha reparado en él y mucho menos mostrado interés en lo que hace.

A decir verdad, esa incomodidad y el extravío de su mirada en realidad se deben a que no puede notar otra cosa que el teléfono sonando una y otra vez en la bocina. Eso es un martirio para él.

El semáforo continúa en rojo y el teléfono vuelve a sonar.

En un instante, su vista perdida hace contacto con algo. Se trata de la lujosa camioneta que no hubo visto con anterioridad y que sigue esperando a que se ponga el siga. Sus ojos se encuentran con que, en el asiento del copiloto, viene sentada una muchachita de entre trece y catorce años de edad a lo más, concentrada en comer una congelada de color anaranjado que su pequeña mano sostiene con vehemencia y que viene saboreando con  un placer indecible desde que apareció en la escena.

Quien está al volante del vehículo, una mujer que parece ser la madre de la jovencita, le viene diciendo algo a ésta; quizás un regaño, pues no se ve muy feliz. La chiquilla, por su parte no atiende porque toda su atención se concentra en degustar la golosina, lo que la hace que la escena sea deliciosa y cautivadora.

El sol calienta cada vez con más intensidad y teléfono sigue sonando pero él ya ni cuenta se da. Permanece atento al maravilloso espectáculo de la hermosa ninfa de nariz pequeña y delicada, labios breves y rosados, que al momento están cubiertos del color de la congelada, y ojos perdidos en el disfrute y llenos de vitalidad. Siente que sus piernas flaquean ante la impresión que le provoca ese ser encantador.

El semáforo cambia la luz roja por la verde, la suntuosa camioneta se pone en movimiento y la bella criatura parte de su vida para siempre. El teléfono deja de sonar pues la máquina contestadora se ha accionado: “Por el momento no hay nadie en casa, por favor deje su mensaje después del tono…”. Nunca más la volverá a ver.

Tres cuarenta y cinco de la tarde con treinta y nueve segundos.

13
Jul
09

A Laura

Finalmente la alcanzo. Voltea sorprendida y me toma del hombro. Me pregunta si todo está bien. No logro articular palabra alguna. Permanezco boquiabierto ante ella por unos instantes. Al no ver respuesta de mi parte, desespera. Sus ojos, usualmente tan llenos de cariño y compasión, tornan alarmados. Yo intento hablarle, decirle todo; pero no lo logro. Coloco mis manos sobre su rostro y cierro los ojos mientras cubro los suyos con mis dedos. Eso parece tranquilizarla, pues hace lo mismo. Pone su otra mano sobre el hombro que permanece desguarnecido. Parece que descansa su faz al contacto conmigo. Mueve la cara como simulando una caricia mía.

Un conjunto de imágenes y recuerdos llegan a mi mente. Recuerdos gratos, emocionantes. En gran parte de ellos hay alguien junto a mí, aunque no parece ser la misma persona en todos los casos. Siento sus labios y su nariz en mis palmas, como si me estuvieran hablando. De repente me invade una sensación de gran bienestar.

Las imágenes continúan ocupando mis pensamientos. Sonrío. Abro los ojos. La veo. ¡Allí está!

Sus manos, que no se han movido en ningún momento de mis hombros, ejercen cierta presión y me aproxima hacia ella lenta y dulcemente. Me abraza sin quitar mis manos de sus ojos y siento miedo. Miedo de su rostro oculto a mí. Ya no siento los dedos. Sin embargo, disfruto la caricia. Lágrimas empapan mis palmas de pronto. Me dice que retire mis manos. No consigo hacerlo.

Las lágrimas continúan y me vuelve a hacer la misma petición. Yo no puedo hacer nada. Un escalofrío invade mis miembros. Sé que ella no soportará esto por mucho tiempo. Sé que sus brazos me soltarán. Pero ello no sucede. Ya no me pide que aparte mis manos. Las lágrimas dejan de brotar de sus ojos. Su abrazo se siente más cálido. Comienza a llover.

La lluvia la hará retirarse, supongo. Me dejará aquí, y yo permaneceré inmóvil. Aquí mismo y esperando su retorno. No estoy seguro si la espera terminará algún día. Más bien pienso que será eterna. No obstante yo estaré aquí siempre. Hasta que termine mi castigo o ella regrese a mi lado. Pero no sucede nada aparte de que la lluvia arrecia. Ella sigue abrazándome y no parece tener intenciones de irse, por lo pronto. Me invade la desconfianza. Deseo que me suelte, que quite su cara de mis manos y huya de nuevo, como tantas veces lo ha hecho. Abro la boca como para intentar decir algo. Quiero pedirle que me libere, decirle que no está a salvo conmigo ni yo con ella.

No lo logro. Aumenta la desesperación.

Súbitamente ella abre los ojos y mis manos se apartan de ella con violencia. Sus brazos aligeran la presión y da un paso atrás. Me dice que está bien, que sabe que no deseo su compañía y se da la vuelta.

Cuando ha avanzado un poco siento que mis piernas se mueven. Me llevan hacia ella. “Espera por favor”  le digo.

Se detiene. Me siento tan bien por haber logrado decir algo. Me emociono y agrego: “Te amo, quédate a mi lado. Perdón por mis dudas.” Gira la cabeza y me ve.

“No puedo hacerlo, lo sabes bien”  La dulzura ha regresado a su voz y a su mirada.

“Sabes lo que siento, lo que hemos compartido. Sabes que fue maravilloso y que me has ayudado tanto. Pero también sabes que eso ha terminado ahora. Regresa a tu vida, pues ya no me necesitas. Vete ya que yo he de ir ahora con mi esposo.”

La lluvia cesa y ella desaparece.

24
Jun
09

La llamada

Desesperado, corrió hacia la ventana con estrépito y se apresuró a abrirla. Se paró sobre la punta de sus pies, estirando su brazo cuan largo era para alcanzarla. Su mano apenas lograba hacer contacto con la manija que la mantenía cerrada. Cuando vio que sus esfuerzos eran vanos, buscó a su alrededor. Encontró un escritorio viejo. Se veía que todavía era resistente, así que lo empujó hacia la pared. Sobre ese mueble, sus hombros quedaba precisamente a la altura de la claraboya, así que con facilidad tomó el borde inferior del marco y empujó hacia arriba: no se movió ni un ápice. ¡Estaba atorada!

Sintió que todo estaba perdido: no lo lograría. ¿Cuál era el sentido empeñarse en su intento por abrirla, si estaba sellada para siempre? Se sintió desfallecer.

Sin embargo, cuando estaba por abandonar la lucha, la ventana se abrió de un golpe y un viento gélido golpeo su rostro, su tronco y sus miembros con fiereza. Ese golpe lo reanimó; devolvió el espíritu a su ser. Se sintió vivificado, como si acabase de despertar tras una noche apacible y descansada. Se asomó fuera.

Dirigió sus ojos al cielo azul obscuro y libre de nubosidades que había esa noche. Se veía brillante a pesar de la obscuridad, pues estaba lleno de estrellas que brillaban con intensidad, como si tuvieran algo que decir con urgencia. Sin el barullo lumínico que dominaba la faz durante el día, podían hacerse visibles sin mucho obstáculo.

Mientras el ánimo de nuestro protagonista se extasiaba mirando de un  lado a otro de la bóveda, gozando de la libertad que el viento le hacía sentir, su mirada se sintió atraída hacia un lugar específico del cielo que se veía vacío de astros y cuerpos celestes. Fijó su vista en ese lugar, hasta sentir que se perdía en la inmensidad que aparecía frente a él y le recordaba su pequeñez. En ese preciso lugar se dibujó un contorno femenino, y después la completa imagen de una antigua muchacha, querida suya.

Recordó discursos escuchados en voz de aquella chica cuando era más joven, acerca de la magnificencia del universo y la consecuente pequeñez de los entes terrenales y sus asuntos. “Al pensar en lo insignificantes que somos comparados con el todo, no queda otra opción que admitir que nada es importante. Nada de lo que hagamos, pensemos, suframos o produzcamos representa una alteración en el cosmos, que seguramente seguiría girando pasara lo que pasara con las criaturas individuales.”

Había estado enamorado de esa joven, y aun las más terribles palabras que pudiera pronunciar le sonaban a él hermosas, seductoras. El encanto que antaño sentía al estar a su lado, hacía que su juicio se obnubilara y no supiera ni lo que escuchaba ni lo que decía. Por ello, pese al gran bagaje intelectual y al espíritu crítico que poseía, nunca objetaba nada a lo que ella le decía, así fuesen las mayores falacias o sofismas. Se limitaba a asentir con la cabeza, pensando en ella y su belleza. Él quería pasar su vida a su lado y no podía concebirse a sí mismo con alguien más.

Toda esa situación no pasaba desapercibida a la chica, que, viendo el magnífico poder que tenía en el entonces muchacho, supo que sería mejor alejarse de él. Nunca había amado a alguien de la manera en que lo amaba a él; pero precisamente por esa razón no podía permitir que la nobleza de su voluntad  se viese reducida a nada tan sólo por su influencia. Además, sabía perfectamente que con una oportunidad de esa magnitud, su espíritu terminaría por claudicar y buscaría aprovecharse. Y es que ¿quién no lo haría? Era muy difícil imaginar a alguna persona que lo pudiera resistir. Tras mucho meditarlo y varias noches de insomnio, lo decidió. Optó por alejarse para siempre sin decir una palabra.

Al recordar el gran pesar que acometió su corazón desde la partida de su amada, y que no se había retirado completamente de allí ni por un instante, sus ojos se llenaron de lágrimas y lentamente empezaron a caer por sus mejillas. Nunca había podido entender por qué se había ido, si era un hecho que se amaban, o eso había creído. Él había estado dispuesto a dar su vida por ese hermoso ser; a ir a su lado hasta los confines mismos del universo infinito de que solía hablar tanto. No obstante, ella se fue y sólo podía ser señal de que todo había sido una mentira.

Lo que más angustia le había provocado era que se fuera sin más. Ni siquiera se había tomado la molestia de decir adiós. El joven habría hecho cualquier cosa que fuera necesaria para hacer que se quedara a su lado. No habría habido nada que no hubiera enfrentado por ella, para remediar lo que le molestaba.

Nunca la pudo perdonar por eso. Cada vez que su imagen regresaba a su corazón y a su memoria, un dolor inmenso surgía desde lo más profundo de sus entrañas, por el vacío que se hacía evidente en su alma. Por lo menos así había sido al principio. Lo cierto es que con el tiempo el dolor devino molestia y finalmente ira, aunque el vacío o carencia permanecía. La odiaba por abandonarlo y la culpaba de todos los malestares ocasionados por ese sentimiento de falta a partir de ese día. Le disgustaba todo el tiempo que había desperdiciado amándola y pensando en ella. Las múltiples lágrimas derramadas habían sido en vano, pues ella era un ser frío y malvado que solamente deseaba divertirse lastimándolo. Y lo había logrado, pues el vacío permaneció siempre, lo cual lo hacía sentir más rencor hacia ella.

Con el tiempo, logró apaciguar esos sentimientos; pero al simplemente no hacerles caso, emergió una gran frustración que lo hizo dejar de creer en todo. Solo el pensamiento de que ella era la causante de tan horrible sentimiento no se esfumó.

Sin embargo, al mirar ese cielo por un tiempo indeterminado y ver también la imagen de esa persona tan querida antaño, contrario a lo que él mismo hubiera esperado, experimentó una especie de extrañeza o añoranza. El rencor había desaparecido, y la frustración por lo pronto no se hacía presente. Era como si de repente le hubiera dejado de importar todo lo sufrido por ella. Sin embargo, tampoco sintió alegría. Más bien fue como si el vacío dentro de él dejado por la ausencia de la chica dejase de acongojarlo. Esta vez no le hacía sentir resentimientos de ninguna clase.

Esta ocasión, la carencia parecía más bien esperanzadora, pues implicaba la seguridad de que podía buscar algo más, que colaborase con su propio ser para darle complemento. La muchacha no se había llevado nada, la posibilidad de querer otras cosas, de amar a otras personas siempre había permanecido en su espíritu; era que él no había querido verlo por tanto tiempo, comenzó a sospechar. Esta vez el vacío parecía indicarle la seguridad de que sí hay algo que hacer; de que la vida y el deseo por vivir sí tienen sentido: justamente la búsqueda. Aunque se resistió a aceptar que todo lo vivido había sido su culpa en lugar de la de ella.

Después de un conflicto interno, empero, su fatigado ser terminó por conceder el beneficio de la duda. Una sensación extraña y desconocida, aunque no por ello desagradable lo invadió y colmó. Era algo placentero. Hacía demasiado que no sentía nada semejante, así que se dejó llevar. Por un momento sintió que eso era todo y que su vida terminaría allí y entonces, mientras él se acercaba a la imagen de la antigua amada, encontrando la reconciliación y la tranquilidad gracias a ese amor. Se encontraba extasiado, como perdido en la obscuridad del universo al que esas visiones lo habían conducido. Estaba apunto de morir, y el aceptaba el próximo retiro de este mundo. Lo que había que buscar estaba en la imagen, y muriendo a su lado lo encontraría. Así habría valido de algo el pesar de la existencia tan prolongado.

Un par de instantes faltaron para que su partida se realizara; pero cuando ya parecía irremediable, una estrella fugaz, cuyo inusual resplandor, entre negro y rojizo, atrajo su atención de inmediato. El extraño astro atravesó la bóveda, llegando al punto en que se encontraba la imagen de la joven abrazada por él y la hizo desaparecer. Con esto él regresó a la ventana y cayó desde el mueble en que aún se encontraban posadas sus piernas.

Tardó un minuto en restablecerse, pues la experiencia recién vivida había sido de una intensidad inusitada. Talló sus ojos y se puso de pie, aunque no buscó regresar a la ventana ni salir de la habitación por ningún otro lugar: ahora podía verlo con claridad. De nuevo le había sucedido lo mismo. Se había dejado caer en el engaño producido por su propia emoción desmedida y estuvo a punto de perderlo todo por un recuerdo al que se había mantenido aferrado durante todo ese tiempo, pese a las imágenes de ira y reesentimiento. Pero eso no era lo que la chica había querido en aquellos tiempos, ni era el motivo de la aparición de su imagen en los cielos. Simplemente había caído en la trampa de sus propias imaginación e interpretación.

El anhelo por recibir las respuestas a todo desde fuera de él mismo cesó; ahora tendría que buscar por sí mismo la salida a su desesperación; el complemento a su vacío. Estaba dispuesto a intentarlo sin caer en los extremos, pero una incógnita permanecía en su mente. ¿Qué había sido esa estrella fugaz? ¿Por qué lo salvó? No lo sabía; y estaba seguro de que pretender explicárselo en ese momento sería exagerado, por lo que asumió que esa sería una de sus búsquedas: ahora tendría que encontrar el significado de ese hermoso astro y el por qué de su brillante obscuridad; y lo buscaría no perdido en elucubraciones, sino en sus experiencias más inmediatas, pues se daba cuenta de que no era algo lejano a sí mismo…

05
Jun
09

Una historia de la democracia

El cuerpo de la rata ya apesta. Moscas y cucarachas rodean al hediondo cadáver, ocupando por completo la pequeña habitación en que se encuentra, antaño nuestro hogar. Se trata de un bonito cuarto, o por lo menos así lo era antes de que se transformara en la guarida del soberbio animal. Cuando llegó por primera vez parecía una simpática criatura más, que colaboraría para que la vida aquí fuera buena y justa para todos los habitantes del lugar, en su mayoría pequeños roedores y aves que solían vivir en el bosque de M hasta que habían dado con esa misteriosa habitación en el claro del bosque por el misterioso designio de Fortuna.

Solíamos tener un modo de vida establecido y transmitido de generación en generación: cada especie tenía su rango y, dependiendo de éste les tocaba una parte de la habitación, así como las funciones a desempeñar para que la vida fuera llevadera. Simepre fue dificil, pero vivíamos bien; nadie aspiraba a tener o hacer ni más ni menos de lo que, según el sistema de rangos, le correspondía. Las lechuzas, por ser las más sabias de todos eran las consejeras; a las demás aves nos correspondía vigilar que no hubiera amenzas; los ratones de campo, los conejos y las ardillas se ocupaban de recolectar los alimentos; y la dirección de todo estaba a cargo de la estirpe de las serpientes. Éstas eran valientes, no eran estúpidas y eran las que más cuidado daban a a su imagen en general, pues les gustaba lucir siempre hermosas e impecables; deslumbrantes ante los demás, ya fueran nativos del lugar o bien extranjeros que se encontrasen de paso.

Nadie se esperaba que la amable rata se convirtiera en una fiera tan horrenda y enojona, rencorosa y frustrada por la consciencia de la fealdad que se fue apoderando de ella con el transcurrir del tiempo. Resentida del buen orden que prevalecía en la comunidad, de la eficiencia de los roedores, de la agilidad de las aves, de la inteligencia de las lechuzas. Principalmente estaba celosa de la belleza y brillo de las serpientes, a quienes se dedicó a desprestigiar más y más, inventando rumores de que no les interesaba el bien de los demás, o bien de que nos despreciaban profundamente y que se jactaban de que todos trabajábamos para ellas y hacían lo que fuera su antojo, que nada nunca cambiaría el orden de las cosas y que nadie se daría cuenta de que no éramos otra cosa que esclavos.

Nadie prestó atención a la transformación de la rata por la aparición repentina del descontento hacia las serpientes. Un buen día, mientras éstas se encontraban dormidas en su lecho, la rata aprovechó para armar una revuelta y capturarlas y expulsarlas del hogar. Lo que no se supo ene se momento fue que la rata, que ya había crecido lo suficiente para poder controlar a las serpientes, que eran pequeñas después de todo, se libró de ellas cortándoles las cabezas a pesar de las súplicas de los reptiles, en una lluvia de sangre que dejó manchado al sagrado ábol de R, el favorito de las serpientes, al lado del cual se desarrolló el terrible acto.

A partir de ese momento, la rata tomó el lugar de las serpientes, presentándose ante todos como la más justa y comprensiva. Repartió una buena parte de los bienes que antes eran solo de las gobernantes, aunque se reservó la mayor parte para su propiedad exclusiva.

En un momento dado, la rata cambió, se dejó de apariencias y expulsó a todas las criaturas menos a los pequeños ratones de campo, que, por alguna extraña razón seguían confiando en ella. Así pasó algún tiempo, hasta que un día al roedor le dio un ataque ocasionado por una especie apoplejia y se puso a emitir unos gritos terribles. Los ratones salieron espantados a avisar a los demás, que habíamos permanecido cerca del antiguo hogar, por si algún evento inesperado nos llevaba de nueva cuenta al interior. Todos nos acercamos a la entrada del hogar y nos pusimos a ver qué sucedía. Así pasó casi toda la noche hasta que finalmente los gritos cesaron y el el animal cayó al suelo. Todos sentimos una gran emoción por eso, pero ésta se quedó contenida en nuestros pechos debido a lo horroroso que había sido el espectáculo de la muerte de la rata.

Pese a todo, los ratones la lloraron y comenzaron un debate para programar un entierro. Mientras tanto, el cuerpo yacía sin vida, descomponiéndose con rapidez. Llegado el acuerdo entre los ratones, después de algunas horas de discusión al respecto. Cuando todos nos disponíamos a entrar para dar cuenta oficial de la desaparición de la rata, la sorpresa llenó a todas y cada uno de los animales que allí estábamos: el cadáver de la rata se había incorporado y, tras cerrar la puerta con dureza, empujando a todos hacia fuera, y venciendo a la muerte que no había logrado llevársela al reino del más allá, proclamaba su dominio permanente en ese lugar, con lo que el reino del apestoso cadáver del roedor se ha prolongado, desde entonces, de manera indefinida. Ahora, el espantoso hedor que el cuerpo carente de vida despide nos mantiene a todos, incluso a los ratones, lo más lejos del lugar que sea posible, en espera de que algo suceda.

17
May
09

Absurdo y Belleza

I

Tendido en su cama. Con nada ante sus ojos y nada a sus espaldas. Con la frialdad casi inhumana de saber que ya no hay nada que buscar o encontrar. Frialdad humana al fin y al cabo, pues solamente un individuo humano puede darse cuenta de la nada que todo lo llena y lo hace vacío; vacío de sentido y de cualquier cosa por la cual esforzarse. No tiene caso perder el tiempo creyendo tonterías. Tonterías que hacen sentir bien, y lo hacen todo soportable; pero finalmente mentiras que sólo hacen que sea peor el momento en que la verdad se revela. La verdad de que no hay verdad, no hay amor, no hay virtud… No queda nada. Sólo queda nada y eso es todo.

            Pensamientos así cruzaban su mente al estar allí, solo y acongojado. El silencio llenaba sus oídos y eso lo desesperaba. Quería oír algo, cualquier cosa. Un ruido. Una melodía. Una voz. Un susurro. Lo que fuera. Sólo por el oído podría recuperar algo. Algo de todo lo perdido y que hiciera a la nada irse, Algo que descubriese que esa nada es lo aparente y no al revés. Pero ese algo no llegaba. Ella permanecía, abarcándolo a él y todo lo demás. Y no se iría nunca. Incluso el tiempo había desaparecido frente a ese gran vacío.

            En ese momento ni siquiera había tiempo para él, sino nada. Todo aparecía estático, pues la nada había sustituido al ser.

            Tenía bastante que no le ocurría. Antes le pasaba con frecuencia: cuando estaba solo lo llenaban esos sentimientos. Se deprimía. Algunas veces llegaba a pensar que ése era su estado primigenio y verdadero. Eso lo inquietaba y le daba miedo. Miedo de que todo fuese una mentira. Pero de un tiempo a la fecha, había llevado su vida tranquilamente, lejos de los miedos de antaño, por eso no alcanzaba a comprender por qué habían regresado ese día.

            Cuando la angustia fue tal que no pudo soportarla, levantóse de la cama y se encaminó hacia la puerta de la habitación. Un llamado lo detuvo.

            -¿Qué sucede? ¿A dónde vas a estas horas? Regresa a la cama. ¿No podías dormir? ¿Es eso? Ven acá.

            Tras escuchar esto estuvo a punto de regresar al lecho, a la seguridad de los brazos de ella. Siempre lo había hecho. Todo terminaba bien de esa manera. Él sabía que solamente tenía que hacerle caso, volver a acostarse a su lado y olvidarse de sus especulaciones.

Allí estaba, frente a él, la solución al malestar que lo invadía. No obstante, esta vez no pudo hacerlo. Permaneció de pie frente a esa persona que, desde que la conoció, le brindaba fuerza, confianza y le hacía sentir que pertenecía a un lugar, a ese lugar: a su lado. Siempre.

 

 

Con ella había compartido su vida desde el primer momento en que la hubo visto. Esa ya lejana tarde en la facultad, entre una gran aglomeración de estudiantes. Ella estaba sentada, al pie de un pequeño árbol que estaba junto a las oficinas de la coordinación académica. Quieta y tranquila. Era la única que no parecía urgida por hacer o decir algo a quien estuviera al lado, aunque se tratase de un desconocido.

            Su tranquilidad de espíritu fue lo que lo atrapó de inmediato. Él estaba de pie a unos metros del árbol, hundido en meditaciones mientras fingía atender una charla vacía con los que habían sido sus compañeros de clase.

            Sus pensamientos estaban en la soledad. Abstraído en lejanas meditaciones y continuando mecánicamente la conversación con quienes alguna vez consideró amigos, fue que la vio. Hermosa y tranquila a pesar del ajetreo y el bullicio que la rodeaban. Sentada nada más.

            Los ojos de ella se encontraron con los suyos. Un frío recorrió todo su cuerpo. Pensó que lo rechazaría, que se levantaría y buscaría otro lugar al cual ir, lejos de esa patética mirada. Pero no fue así. Justo antes de que él moviese el rostro para no fastidiarla, una tierna sonrisa se dibujó los hermosos labios de la joven. ¡Por supuesto! La belleza era la respuesta que había buscado toda su vida. La belleza concretada y personificada en esa chica de castaños cabellos, sostenidos por una pinza de color negro, y de tez que, sin ser pálida, tenía una claridad que sólo algún ser demoníaco o divino podía tener. Sus ojos llenos de inocencia y compasión, aunque sin ser ingenuos, sino más bien perfectamente centrados, lo cautivaron junto con la sonrisa discreta que había aparecido delineada en los jóvenes labios. No había duda. Él se aproximó y comenzaron una charla tan cordial, que cualquiera hubiera dicho que eran amigos desde la infancia. Pasaron horas juntos y se sintieron tan bien que quedaron en volver a verse al otro día muy temprano.

 

            Después de ese episodio, se conocieron y estrecharon relaciones poco a poco, consolidando una hermosa amistad que, se mantuvo y fue creciendo hasta que dejaron que el amor fuera entrando en sus vidas, acercándolos uno al otro y revelándoles la mayor dicha que un mortal puede encontrar con el solo hecho de sentirse cerca de alguien: el misterio del amor. Él había encontrado en ella y en la belleza, de la cual la consideraba sacerdotisa, la razón de vivir y de aguantar los sinsabores de que había estado repleto su existir. A partir de entonces, no los hubo más. Había vivido feliz con ella por un buen tiempo.

Sus vidas eran ahora otras: ya no eran más estudiantes, eso había quedado atrás. Ella daba clases de Historia en la Universidad y él gustaba de escribir. Siempre había alguien interesado en comprar lo que hacía y venderlo. Eso les dejaba dinero suficiente para vivir sin apuro. Además, estaban juntos, que era lo principal.

 

II

Con todo, ahora que la nada había vuelto, no pudo regresar a la cama. Ella se preocupó y se incorporó para aproximarse a él. Tomó sus manos. Para su asombro, la mano que tomó se sentía ajena, extraña, desconocida e inerte. La sintió fría y hostil. La soltó de inmediato. El dueño de la mano la empujó para que se alejara y salió del cuarto.

            Ella sintió por un momento ganas de llorar, de gritarle y de correr tras él. ¿Qué había sucedido? Pero no hizo nada aparte de quedarse sentada en la cama con la mirada sorprendida, fija en la puerta por unos instantes más. Solía pensar que si algún día sucediera algo que los separase, ella sería muy triste y no lo soportaría; que su vida terminaría en ese momento. No fue así, sin embargo. Él se fue, pero ella ni siquiera derramó una lágrima por ello. Simplemente cerró la puerta y se recostó. El sueño la hizo dormir apaciblemente por unas horas más. Nunca volvió a pensar en él, pese a lo grandioso que había sido compartir un fragmento de su vida a su lado. Se le hizo evidente que de ninguna manera él hubiera sido algo más para ella. Él tenía que irse pronto. Lo hermoso que había sido había ahora terminado y así lo aceptaba. Lo vio tan claramente que ni por un instante lo extrañó o se sintió como había pensado que sería.

            Él se fue de su vida tan fácil como había llegado. Tan vacío y absurdo como había llegado. A ella no le haría falta porque no era igual a él, aunque ciertamente lo recordaría con alguna especie de ternura. Siguió con su vida y siempre fue feliz.

 

 

Con el pasar del tiempo, él desapareció completamente, incluso de sus recuerdos.

 Tan insignificante era.

La belleza no necesita carencias ni defectos, no los tiene y se aleja de ellos por naturaleza.

29
Abr
09

El imperio Snerravindr

I

Su mente estaba en otro lugar. La buscaba a ella solamente. No perdía tiempo intentando asimilar la situación que él mismo estaba viviendo, ni en reflexionar si el daño que le habían hecho significaba un serio peligro para su vida. Había salido vivo del ataque de los guerreros Snerravindr, y ahora estaba encerrado en una estrecha celda de un extraño metal de color rojizo; pero eso parecía estar lejos de sus pensamientos. Tenía algunas heridas de gravedad, pues había sido arrojado en contra de las duras paredes de roca de la gruta en que se escondían de sus perseguidores cuando sucedió el ataque. Y es que nunca se le hubiera ocurrido que fuesen a buscarla incluso allí, en los límites más apartados del sendero; pero así había sucedido, lo cual sólo podía significar una cosa: su querida amiga representaba un gran obstáculo para el buen desenvolvimiento de los planes del emperador.

Su torso sangraba, pues al impactarse contra el muro, el filo de algunos minerales salientes habían desgarrado sus miembros. Además de que, en su intento de proteger a su compañera, se había enfrascado en una pelea con el que parecía el líder de sus atacantes, con lo que recibió  numerosos golpes que hubiesen sido mortales para cualquiera de sus congéneres, hasta quedar inconsciente. Había despertado hacía pocos minutos, y se había encontrado en ese lugar, solo y con un gran dolor en todo el cuerpo. Muchas cosas se le ocurrieron en ese momento, pero sólo podía pensar en si ella había logrado escapar o no. Alzó la vista como buscando algo y revisó todos los rincones del cuarto hasta que en la pared contraria, sobre una vasija de color celeste, vio un hermoso brillo multicolor que lo tranquilizó. ¡No las había perdido!

La puerta del calabozo se abrió para que hiciera su entrada una criatura de unos dos metros de altura, la cabeza cubierta por una máscara roja de un animal que semejaba a un jabalí y el cuerpo cubierto por una larga túnica oscura. Un extraño signo sobresalía en el centro de la lóbrega prenda, debajo del mentón de este personaje. El recién llegado se detuvo frente a él y escudriñó en lo más profundo del ser del cautivo con una mirada llena de furia, rencor y malignidad. Lo tomó por el cuello con sus gruesas y ampulosas manos que lo levantaron unos diez centímetros del suelo. Le preguntó qué había sido de ella, dónde se encontraba ahora y cómo era que había escapado de la poderosa guardia imperial, para luego arrojarlo al suelo con fuerza. Se hubiera podido pensar que, en el deplorable estado en que se hallaba, hubiera optado por responder a las preguntas para salvar la vida, pero no lo hizo y no lo haría por ningún motivo, debido al fuerte vínculo que lo unía a ella. Por ello, el enorme visitante salió del calabozo tras darle un puntapié en la boca del estómago, al tiempo que daba la orden a los centinelas de que lo llevaran a la sala de torturas.

Mientras lo llevaban a la sala y preparaban el extraño aparato que sería su suplicio para hacerlo confesar, cerró sus ojos concentrándose en el día anterior. Ella lo había abrazado para despedirse, para después echarse a correr con dirección al hogar que habitaba en esa temporada, y así poder descansar su última noche en ese mundo. Bajo la luz del astro lunar que iluminaba ese hemisferio, sus cabellos se veían de un tono grisáceo brillante, que impedía a su mirada percibir las gotas de lluvia cayendo sobre ellos. Los dos sabían que ella debería partir, lo más pronto posible, quizás para no volver nunca jamás, pero era por el bien de todos. Y es que su ahora lejano encuentro había sido por completo inesperado, aunque justo por eso maravilloso. Ella había dejado en claro desde un principio que su estancia en esos lugares no sería muy larga, unos meses tal vez; pero que cuando fuera el momento, habría de partir para cumplir con su importante misión.

Él había pensado en cómo sería ese momento: no era algo que estuviera dispuesto a aceptar con tanta facilidad. No una despedida; no tan pronto. Tan sólo habían pasado un par de semanas, desde que se habían confesado amor mutuo. Una semana transcurrida desde que habían compartido el lecho por primera vez. Él había vislumbrado entonces que estaría dispuesto a pasar la vida con ella, aunque sabía perfectamente que eso era imposible.

Esos últimos días su imaginación estuvo ideando el momento en que ella acudiese a decir adiós. Él la besaría, la estrecharía con todas sus fuerzas y jamás la dejaría partir de su lado. Ella correspondía a sus emociones, eso era evidente, así que se dejaría transportar por el amor que los envolvía a ambos, olvidándose de todo lo demás. Pasarían esa noche juntos por última vez, haciendo el amor durante horas, una y otra vez, fundiéndose en una mezcla de cuerpos, sudores, sensaciones, amores, caricias, salivas y emociones, tal y como venía sucediendo todas las noches desde el sábado anterior.

Nada de eso ocurrió, empero, cuando llegó el momento esperado. Al estar de pie, frente a ella, ante su enorme y hermosa presencia, que se le imponía y que le hacía sentirse en paz con todo, con el país extranjero, con las guerras intestinas, con los malestares fisiológicos que le habían venido aquejando últimamente, con los entes extraños que circundaban su mundo desde que había terminado el último ciclo; al estar allí, no pudo hacer nada. Se quedó inmóvil mientras ella salía del hogar y avanzaba a través del colorido jardín hacia la verja junto a la cual él esperaba de pie. Una gran sonrisa que dejaba ver ligeramente su dentadura por entre los rosados labios, estaba dibujada en su rostro. Él sintió que un escalofrío lo recorría, enchinando su piel y haciendo hormiguear a sus entrañas, al verla aproximarse desde tan lejos, desde tan cerca.

A la mitad del camino ella se detuvo, extendió los brazos y lo invitó a acercarse con una mueca que irradiaba cordialidad, gracia y coquetería. A él le costó trabajo salir del pasmo en que se encontró, así que tardó unos segundos en reaccionar al gesto de su querida amiga. Finalmente se movió hacia ella, una vez que el hielo que envolvía su cuerpo se derritió debido al calor ocasionado por la flama de ambos y de la amistad que los unía desde el primer encuentro de sus caminos, hacía ya tantos días.

El abrazo duró una eternidad llena de dicha. Una eternidad feliz, en medio de todos los acontecimientos caóticos que se habían presentado en el planeta desde el asenso del nuevo emperador al poder, una año, once meses, veintiséis días y diez horas atrás. Esos conflictos que lo habían llevado a él, guardia del sacro templo, construido en la segunda estrella escolta del mundo de la armonía, a resguardar la frontera del Sendero de la Vida, que era el único que hasta ese momento escapaba al dominio del emperador y sus huestes.

La inesperada magnificencia de ese evento había borrado incluso sus ideas de que algo más pasaría; ya no hizo falta, pues con el abrazo comprendió que cualquier otra cosa que pudiera haber pasado sólo ocasionaría su renuencia a dejarla ir, y ello no convenía debido a la importante misión que tenía ella en la solución de la merma del equilibrio y la armonía, por tanto tiempo mantenida por el legendario Alrik y la influencia de los Gormmunt, y ahora rota por los recientes acontecimientos, que incluían el establecimiento del nuevo imperio.

A la mañana siguiente, antes de prepararse para ir a la frontera, mientras el sol se levantaba en el horizonte entre las lejanas montañas, y él recorría el jardín de su hogar preguntándose si ella ya se habría marchado y si se volverían a encontrar algún día -se preguntaba cuál sería la importante misión de que le había hablado, y si ésta en verdad sería tan importante como para dejar atrás todo el intenso amor que los había unido- ella apareció de entre el grupo de árboles que estaban a unos metros del río Väinä. Su rostro se veía alarmado, así que él corrió a su encuentro. Sin tiempo que perder, su amiga lo tomó del brazo y lo jaló al mismo tiempo que echaba a correr, sin dar mayor explicación.

Después de un rato, una vez que se habían alejado considerablemente, él volteó para echar un vistazo al hogar, pues algo le decía que esa sería la última vez que lo vería. Sin embargo, sus ojos  sólo vieron un tremendo incendio en el hogar. Fuego salía por todas las ventanas, y un soldado de negra armadura iba cruzando la puerta hacia el jardín. Él intentó detenerse pues deseaba ir a defender aquel lugar, pero ella le dijo que lamentablemente no podían hacer tal cosa; debían continuar la huída o pronto los alcanzarían. Él siguió corriendo.

Cuando la marcha parecía prolongada a tal grado que sería dudoso que los persiguiesen aún, con lo que quizás podrían descansar un poco, se detuvieron para tomar aire. Antes de que pudieran proferir palabra alguna, pues él deseaba una explicación que lo aclarase todo, a lo lejos, pudo escuchar como el ruido provocado por una estampida huyendo a toda velocidad de un depredador: eran las tropas enfilándose hacia ellos. Fue entonces que tomó la terrible decisión de utilizar una de las siete rocas sagradas que le habían sido otorgadas por sus superiores para escapar. Estas rocas le brindaban la facultad de transportarse al lugar de ese mundo que quisiese, incluso a cualquiera de los cuatro senderos o a las montañas limítrofes. Tenía que usarlas con cuidado, pues eran las únicas que quedaban en su regimiento y el desenlace de alguna batalla podría depender de ellas. Con todo, se trataba de la seguridad de su amada compañera, por lo que no dudó en hacer uso de una. Sacó la bella roca de color morado, la apretó con su mano derecha y al instante siguiente los dos estaban en una de las montañas.

 

Eso había sucedido tan sólo unas horas antes, y él no lograba asimilar su situación actual: encadenado de brazos y piernas, cada uno estirado duramente hacia lados opuestos entre sí, su torso desnudo y la sangre cayendo en un charco que se había formado en el suelo de piedra bajo él. Sabía que en cualquier momento llegaría el verdugo a azotarlo, quemarlo o tasajearlo con instrumentos inimaginables, así que jaló con todas sus fuerzas, pero nada más consiguió desagarrarse sus propias extremidades. Completamente debilitado, dejó caer su cabeza sobre su pecho, resignado a que no había escapatoria. Unos instantes después sintió cómo la carne de su tórax se desgarraba una y otra vez por la acción de una especie de cuchillo. Contuvo sus gritos el mayor tiempo posible hasta que, por fin dejó salir un espantoso alarido que seguramente se habría escuchado en todo el sendero, suponiendo que la prisión se hallaba dentro de los límites de las altas montañas. Cuando el grito terminó, su cuerpo y su alma no pudieron más y flaquearon, perdiendo nuestro protagonista el sentido.

11
Abr
09

El infierno y yo (tercera parte)

III

El sonido provocado la corriente del infernal líquido fue lo único presente alrededor mío por un buen rato. Las risas que tanto me habían atormentado antes se habían extinguido ahora, ciertamente, aunque nada parecido a la serenidad vino con su desaparición. Ahora la terrible impresión que mi aparente afonía había dejado en mi ánima provocaba que aquel débil sonido resultara tan ensordecedor e insoportable que, en mi desesperación, llegué a desear que mi oído se esfumara con tal de dejar de ya no oír el ruido. Pero nada semejante sucedió; más bien aquél parecía incrementar su intensidad a cada momento que transcurría. Sentí una impotencia como nunca antes me hubiera imaginado que pudiese llegar a experimentar. Permanecí tumbado por un buen rato. Los ojos cerrados con todas mis fuerzas mientras apretaba los puños de igual manera, intentando no hacer caso a los impulsos sonoros que me atacaban.

Pasé así un buen rato hasta que milagrosamente dejé de escuchar el sonido. ¿Cómo había sido posible? Me pareció increíble que el tormento cesara así nada más. Sin embargo no pude negar lo evidente, así que decidí relajar mis músculos y permanecer bocabajo sobre el suelo rocoso y sin abrir los ojos para descansar un momento.

La inquietud por saber si efectivamente el ruido había desaparecido, o bien mi oído se había ido, impidió que mi alma se relajase, empero. El supuesto momento de descanso no fue tal, así que no me quedó otra alternativa que ponerme de pie. La duda me aguijoneaba sin piedad hasta los huesos. ¿Qué tal si no sólo hubiera perdido la voz sino también la capacidad de escuchar? Sabía que tenía que intentar prorrumpir algún otro sonido con mi voz para comprobar si esto era cierto, pues ignoraba si había algo más por allí que pudiera emitir sonidos. Resultaba imperativo comprobarlo, para saber a qué atenerme, pues no podía permanecer en la incertidumbre que sólo me hacía vulnerable a cualquier ataque o agresión demoníaca. No obstante, no me animaba a hacerlo. ¿Qué haría si efectivamente me hubiera  quedado sin la capacidad de emitir sonidos orales? No era, por supuesto, que quisiera hablar con alguien ni mucho menos. De hecho no estaba seguro de que había alguien o algo que pudiese ser mi interlocutor. Eso no me interesaba en lo más mínimo, pero es que no dejaba de pensar en qué clase de individuo más despreciable sería yo si, careciendo de voz, pretendiera ser tan superior a todos los demás, como siempre había sabido. Por un momento cruzó por mi mente la impensable idea de que esa superioridad era totalmente injustificada. Tal vez yo no era más que cualquier otro mortal, vil y limitado en mi ser… ¡No! Tenía que dejarme de cavilaciones estúpidas y pensar en lo que tenía que hacer a continuación. Abrí mis ojos y me llevé una sorpresa inesperada por lo que había enfrente.

Me había puesto tan nervioso que en ningún momento reparé en el hecho de que, extrañamente, el muro había desaparecido y la oscuridad había atenuado. No podía asegurar en qué momento había ocurrido, pues parecían haber pasado años desde que había empezado todo esto. Ahora se podía ver, no sin dificultad, que en el lugar en el que según alcanzaba a recordar se encontraba la enorme pared, había un valle enorme y por completo desolado. A lo lejos pude notar una especie de rivera que atravesaba el valle a todo lo largo. Tuve la certeza de que allí encontraría las aguas que tan ansiosamente había esperado encontrar cuando me vi frenado por el muro, aunque ahora ya no sentí el mismo impulso, pues no escuchaba ni siquiera un ligero rumor que lo constatara. Con todo, anduve hacia la rivera hasta darme cuenta de que, en efecto, un oscuro de líquido corría por allí.

Más allá del extraño río y algunos amontonamientos de rocas y algunos otros materiales desconocidos, no había nada ni nadie, ni un alma siquiera. No había un alma allí, ni a lo lejos ni a lo cerca. La soledad y el silencio absolutos reinaban en ese lugar también. Sentí frío en mi pecho y mi cuerpo tembló casi imperceptiblemente.

Mi afán de averiguar qué sucedería si mojaba mis manos con esas aguas se había desvanecido. Era como si con mi voz y mi oído, se hubieran marchado mis aspiraciones y curiosidades, así que no hice otra cosa que tomar asiento en una roca que estaba al lado del lecho del río, apesadumbrado. No podía dejar de pensar en mi incapacidad de emitir o percibir sonidos, la cual me aterraba.

Me encontraba solo, sin otra cosa a mi alrededor que las aguas infernales corriendo silenciosamente frente a mí y echándome en cara la ausencia de oído y voz. Era terrible, nada que me distrajese o llamara mi atención. Estaba yo conmigo solamente. El lugar en el que estaba se convirtió poco a poco en una especie de calabozo en donde me sentía como encadenado al lado de lo peor en lo que podía pensar: al lado de mí mismo. Por primera vez desde que tengo memoria, tuve que enfrentarme a mí. ¡No podía soportarlo! ¡Ese no se suponía que tendría que ser el castigo! Los castigos implicaban otra cosa: torturas, martirios y tormentos de otros tipos; más parecidos a los implementados por los hombres en diferentes momentos de la historia. ¿Por qué no me enviaban a ser azotado, mutilado, quemado o sangrado? ¿Por qué me dejaban sin castigo? ¿Por qué conmigo mismo? Soportar una eternidad con alguien tan despreciable y sin mediación alguna, sin trabas u obstáculos de ningún tipo que atenuasen la terrible situación. Sería insoportable. Prefería la muerte nuevamente. A decir verdad, era para lo único que jamás me preparé, pues era algo impensable. ¡No para mí mismo!

Ante estas terribles circunstancias, no supe qué hacer. Me llevé las manos al rostro y rompí a llorar desconsoladamente. Mi llanto semejaba al de un joven al que su amada ha roto el corazón. Fue una escena miserable y lastimera. Mis espectadores, pues estaba seguro de que los había, a pesar de haber constatado con mis propios ojos que no había nadie, seguramente se sentirían defraudados: el infierno me había derrotado.

24
Mar
09

No es tan grave…

Personajes.

Alfredo Aguilar. Hombre entrado en años, cansado y nostálgico; defraudado por los nuevos tiempos, modas y tendencias modernos, aunque aferrado a creer que no todo está perdido. Trabaja de sirviente/mayordomo en la residencia de la familia Gómez de la Rosa, una de las familias más ricas y renombradas de la ciudad.

Señora de la Rosa. Mujer elegante, guapa y ostentosa de no más de cuarenta años, madre de familia. Buena persona, sensata y juiciosa hasta cierto punto; consentidora de sus hijos, a quienes permite lo que sea, en compensación por el escaso tiempo que pasa con ellos.

Francisco Javier. Hijo mayor de la señora de la Rosa. Púber de 14 años rebelde, caprichoso y grosero. Egocéntrico en demasía.

Tania. Hermana de Francisco. Chiquilla de 11 años no tan egoísta como sus hermanos, a pesar de su corta edad. Tiende a ser pertinente hasta donde su situación de vida se lo permite, cosa que le suele causar algunos conflictos con ella misma y con sus hermanos.

Miranda. La menor de los hermanos Gómez de la Rosa. Niña mimada, inocente y egoísta, por la vida fácil y privilegiada que ha llevado siempre.

Ismael Nava Aguilar. Joven de 17 años, sobrino de Alfredo. Joven idealista y comprometido con lo que cree; convencido de que el mal camino que ha tomado el mundo puede ser corregido si todos se decidieran y colaboraran para ello. Defiende sus ideales ante todo con una emoción desmedida.

 

ACTO 1

 

ESCENA 1

(La escena se desarrolla en la calle en la que se encuentra la residencia Gómez de la Rosa. Alfredo e Ismael caminan con dirección hacia ella. Se ve que Alfredo tiene algo de prisa. En el pequeño parque que está enfrente de la mentada residencia están Francisco, Miranda y Tania buscando alguna manera de entretenerse y comiendo todo tipo de golosinas. Ismael lee el periódico).

 

ISMAEL: (Se detienen) ¡Has visto eso! Es la estadística de la basura que se produce al día en la ciudad y el número de basureros que existen. Los tiraderos ya resultan insuficientes ante todos los desechos que produce una ciudad con una población tan inconsciente como la nuestra. ¡Es inaudito! Además ve la basura en las calles, éstas ya parecen otro tiradero más. ¡Y a la gente no parece importarle en lo más mínimo! Aunque se pregone por doquier que hay que recapacitar al respecto, sucede que todos siguen adquiriendo y utilizando más y más productos que no son reciclables ni biodegradables, y que, encima de todo, son muy perjudiciales para la salud, tanto nuestra, como de nuestro suelo, nuestra tierra y sustento. ¡Es intolerable! ¡Tenemos que hacer algo!

ALFREDO: (Medio ausente y con una cara que denota una gran tristeza) Tienes razón… Y quién sabe hacia dónde apunta todo esto. El destino parece cada vez más incierto. Es como si estuviéramos cavando nuestra propia tumba. (Suspira).

ISMAEL: ¡Eso no puede seguir así! No alcanzo a comprender por qué la gente es tan idiota. Creen que con sólo no pensar en ello es como si el problema no estuviera allí. Piensan: “es sólo una basurita, es sólo un cigarrito, ¿cuánto daño puede causar? Además, a la tierra y el suelo no puede afectarles eso. Y a mí menos…”. Parece que únicamente reaccionarán cuando se vean a sí mismos viviendo inmersos entre pura basura… para lo cual no falta mucho. Por ello, hoy iré con unos compañeros a manifestarme en contra de la inconsciencia ante estos asuntos.

ALFREDO: Y lo malo es que quienes menos se preocupan son los que habrán de verse, de entrada, menos perjudicados por eso. Es como siempre, los primeros en pagar los platos rotos son las personas que menos tienen…

ISMAEL: … y que, paradójicamente, son los que más cerca están de ver el problema y hacer algo, aunque por el momento no es así. A diferencia de las personas como para las que trabajas…

ALFREDO: Eso me recuerda que ya voy tarde. La señora de la Rosa me dio permiso de llegar hoy hasta estas horas para que pudiera ir a la misa de tu abuela, y ya sabes que no me gusta abusar de su confianza y llegar más tarde de lo que digo.

ISMAEL: Te apuesto a que no se molestará. Ella no es tan mala persona, después de todo. Además de que seguramente no estará. Ella suele estar muy ocupada ¿no? Lo malo son sus insoportables hijos, tan caprichosos y maleducados.

ALFREDO: Yo no creo que sean tan malos. En especial la señorita Tania. Lo que pasa es que no los conoces bien ni los has tratado nunca.

ISMAEL: ¡Gracias a Dios que no los conozco más! Ni me interesa. Los tres se ven iguales.

ALFREDO: Sea como sea, mejor será que me apresure. Nos vemos en la noche.

ISMAEL: Adiós. (Permanece pensativo un momento mientras su tío corre.) Pobre viejo. Se ve tan cansado y es tan ingenuo. Esos niños son una lata. (Se aleja del lugar. Sale).

 

 

ESCENA 2.

(En la puerta de la residencia, al detenerse para abrir la puerta, Alfredo escucha las conocidas voces de los pequeños de la Rosa. Se escucha como que están discutiendo. Voltéase y los ve peleando. Decide acercarse para ver qué sucede).

 

ALFREDO: ¡Niños, niños! ¿Qué pasa? ¿Por qué discuten?

TANIA: ¡Alfredo! Ve lo que están haciendo. (Señala hacia donde está su hermana menor, bajo un árbol alrededor del cual se hallan múltiples envolturas de dulces, y los restos de cajas de teléfonos celulares, pisoteando florecillas y rociándolas con Coca-cola).

FRANCISCO: ¡Cállate tonta! No te metas. No porque tú seas una aburrida nosotros no podemos divertirnos como queramos. (Le da un empujón).

TANIA: ¡Alfredo! Diles algo por favor. (Corre hacia él).

ALFREDO: A ver, a ver. No se empujen. ¿Qué sucede? (Miranda, al ver a Alfredo, tira la lata de Coca cola que tiene en su mano y se retira de donde estaba).

MIRANDA: Hola Alfredo ¿Por qué no viniste hoy en la mañana? Te extrañamos.

FRANCISCO: Te extrañaron ellas, que son unas tontas. Yo no, porque siempre te la pasas molestándome.

TANIA: No seas grosero. ¡Alfredo! Qué bueno que llegaste. Mira, estos dos están arrancando flores, ¡pobrecitas! Y tirando basura de lo que nos trajo el secretario de mamá.

MIRANDA: Mira, mira Alfredo. Mami me compró un celular nuevo, con cámara, grabadora y tantas otras cosas.

ALFREDO: Está muy bonito. Pero tiraste la caja al suelo. Mejor levántala y tírala en un bote de basura.

FRANCISCO: No le hagas caso hermana. Tú puedes dejar la basura en donde te dé la gana. Vámonos. (La toma del brazo y se van a su casa. Tania y Alfredo los ven irse. Después él y Tania se ponen a recoger la basura y depositarla en el bote).

 

TELÓN

 

 

ACTO 2.

 

ESCENA 1.

(Dentro de la residencia. La habitación está hecha un desastre. Francisco y Miranda están quietos viendo la T. V. mientras Tania hojea un volumen de cuentos de Oscar Wilde. Alfredo se dedica a limpiar lo que puede en tanto los niños están tranquilos.)

Entra la señora de la Rosa.

 

SEÑORA: Hola mis niños. ¿Cómo están? ¿Les gustaron los nuevos teléfonos que les compré? Vengan a darle un abrazo a su mamá.

MIRANDA: Sí, el mío está muy bonito. ¡Muchas gracias mami! (Le da un beso en la mejilla).

FRANCISCO: A mí no me gustó. Ese no era el que yo quería. Te dije que el modelo XS94ZB000040. (Lo arroja al suelo y se rompe)

SEÑORA: Perdóname, amor. Mañana te consigo el que quieres. Alfredo por favor limpia eso y tíralo a la basura. (Francisco se le adelanta, toma los restos y los arroja a la calle).

 

Salen los niños.

 

 

ESCENA 2.

(Mismo escenario).

 

SEÑORA: Por cierto, Alfredo, ¿Cómo te fue en la misa a la que ibas?

ALFREDO: A decir verdad, fue una bella ceremonia; aunque cada año va menos gente. Ya ni siquiera van mis hermanos: parece que ya se olvidaron de su madre. (Agacha la cabeza con tristeza).

SEÑORA: Eso es bastante triste; pero así son las cosas ahora… ¿Y tu sobrino Ismael? ¿Él sí fue? Es un joven inteligente y respetuoso. ¿A qué se dedica ahora?

ALFREDO: Él sí fue. De hecho, me acompañó hasta aquí hace rato. Me estaba comentando que ahorita anda molesto por el problema de la contaminación. Iba a ir a una manifestación hoy.

SEÑORA: Eso es un asunto importante. Me parece bien que los jóvenes como él estén preocupados por cosas de importancia como esa.

ALFREDO: Así es; pero no sé qué tantas esperanzas se pueden tener al respecto. La gente sigue tirando basura siempre y las industrias contaminando con sustancias.

SEÑORA: No hay que ser pesimistas. Lo de las industrias es cierto, pero lo de la basura en la calle no es tan grave; basuras pequeñas, colillas de cigarros por ejemplo, no hacen tanto daño. Las cosas no han de estar tan mal como las pintas. Veamos las noticias.

 

(Enciende la T. V. y le pone al noticiero. Están diciendo que hubo un accidente. Alguien arrojó un cigarro en una gasolinera, cerca de la cual iba pasando una manifestación  en contra del tirar basura y la contaminación. Parece que una de las bombas de la gasolinera tenía una pequeña fuga y estalló. Tres trabajadores están muy graves, al igual que algunos de los manifestantes. Al identificar a los heridos de mayor gravedad, el locutor menciona el nombre de Ismael Nava. Tanto Alfredo como la señora de la Rosa se ponen blancos. Están pasmados. En tanto, entran los niños peleando por un paquete de una golosina. Tania desiste y se marcha enojada. El paquete se rompe y su contenido cae. Francisco, enojado, tira la bolsa por la ventana hacia las flores que hay fuera de la casa. Miranda se pone a llorar.)

TELÓN

07
Mar
09

El infierno y yo (segunda parte)

II

Cuando me hube calmado un poco, lo suficiente para continuar andando sin que el temblor de mi cuerpo me sacara de equilibrio, reanudé mi camino a pesar de la casi absoluta falta de visibilidad. Si bien un cierto nerviosismo me acompañaba todavía, decidí que si no pensaba en mi inquietud ya nada pasaría y podría enfrentarme finalmente con mis castigadores, que seguro me estarían aguardando con impaciencia. Con todo, la prisa con que se movían mis piernas daba muestra de que nunca más lograría tranquilizarme por completo.

Después de caminar, como huyendo de algo o de alguien, por un largo rato, me topé con una especie de muro de roca que me hizo caer por lo súbito de su aparición ante mí. El frentazo que me di me desconcertó bastante, pues había llegado a asumir que no había nada en los alrededores, aparte de la compañía de las sombras absolutas y silenciosas. Con ello, el temor regresó con más intensidad que antes. No pude sino pensar que podía haber toda clase de cosas terribles tras el oscuro velo que me rodeaba. ¡Así no lograría ver a mis verdugos aproximarse y podrían tomarme desprevenido! ¡Eso era cobarde! Jamás antes me había esperado ese tipo de indignidad en el tártaro. Todo menos eso.

Sin embargo, nada sucedió. Un profundo silencio lo llenaba todo. De repente, advertí un débil sonido similar al fluir de un río que aparentemente provenía del otro lado del muro. El ánimo volvió a mi ser y me puse a especular. Imaginé que la gran pared debía ser muy gruesa pues apenas lograba escuchar un débil rumor, aunque ya no sabía qué podía esperar. Tuve curiosidad por saber si en efecto se trataba de un río, y qué repercusiones  podría acarrear el contacto con sus aguas. ¿Cómo se sentirían en mis manos las corrientes infernales? Tenía que ser una experiencia sublime, pues seguro provocaría sensaciones tan deliciosas y terribles que ningún alma mortal podría soportar. Ni que decir si las llegase a beber. ¡Era algo que tenía que experimentar!

Con todo, con la pared obstruyendo el paso no podría averiguarlo. No podía permanecer allí un segundo más. Caminé junto al muro, palpándolo con mi mano derecha para ver en qué punto terminaba, y así poder franquearlo. Bien podía ser que me encontrase con que mis pies eran mojados por los infernales líquidos sin previo aviso, sorpresa que sí estaba dispuesto a aceptar. Esto último llamaba mucho mi atención, pues tal vez mi castigo tendría que ver con el tremendo efecto que me causaría el contacto con el extraño fluido.

Estaba dispuesto a asumir cualquier dolor, por más intenso que fuera, y lo soportaría sin claudicar un solo instante. Así demostraría a todas las criaturas, demonios, espíritus, e incluso ángeles y el mismo Dios, que seguramente estarían al tanto de lo que ocurriese en el infierno desde mi llegada, que yo no me subordinaría ni me postraría a los pies de nadie jamás. También le ensañaría a todos que yo era más peligroso que Lucifer, quien, por lo demás ya no era merecedor de su tradicional fama: no podía habérsele escapado eso a nadie. No obstante todo ello, no pasó nada. Anduve y anduve por muchísimo tiempo.

Llegó el punto en que me fastidié. ¡Maldito muro! ¿Acaso no terminaría nunca? ¿Se trataba de una broma de mal gusto? Todavía podía escuchar al río correr, lo que aumentaba mi frustración, pero no podía hacer nada al respecto. Me enfadé majestuosamente al ver truncado mi deseo de descubrir el río o cualquier otra cosa que me esperase en aquel lugar. Mi andar se aceleró.

Cuando mis piernas ya se habían agotado y no podían dar un paso más, me dispuse a tomar asiento en medio de esa oscura nada sin importar otra cosa. El sonido del agua me mantenía inquieto, empero, pues no dejaba de pensar en mi fracaso: ¡Me había vencido un muro inerte! ¡Era inaceptable! Ni siquiera se trataba de ninguna bestia de siete cabezas, demonio, dragón diabólico o leviatán que se hubiera propuesto torturarme y derrotarme. La lucha había sido inexistente y eso era lo peor de todo. Yo, tan superior a todos los demás seres, había optado por sentarme, reconociendo la victoria del muro.

Era cierto que, desde mi llegada a esos lugares, no había visto a ningún otro ser más que a la caricatura de Satanás con que me había encontrado; pero era claro para mí que lo recién ocurrido había sido presenciado por una multitud de entidades demoníacas, lo cual era motivo de una gran vergüenza. Esos seres superiores, pues tenían que ser superiores a los infames habitantes del mundo de los vivos, pensarían entonces que yo era tan miserable y merecedor de desprecio como cualquier otro ser humano llegado a las tinieblas con anterioridad… y reirían. Seguramente se estarían burlando sin reparo y eso me hizo sentir intimidado y molesto.

Ya podía escuchar las risas de aquellos seres infernales, además de que era seguro que otros condenados también se estarían mofando del espectáculo que les había brindado sin desearlo. Inclusive el mismo Satán se habría olvidado del llanto y ahora estaría riendo. Sentí que la atención de todos estaría fija en mí y en el ridículo que había hecho.

Cuando sentí que las burlas se habían hecho más numerosas y escandalosas, desesperé y, dando un salto para ponerme en pie, emití con todas mis fuerzas un grito que seguro dejaría a todos pasmados y atemorizados, con lo que terminarían el chasco.

Para mi sorpresa, y a pesar de todo el coraje y enojo que hube puesto en ese grito, éste no dejó salir sonido alguno de mi ser, o por lo menos yo no me di cuenta de que así hubiera sido.

Permanecí de pie por un par de momentos más, en medio de las sombras, frente a la nada que no me dejaba ver la maldita muralla que frenaba mi avance, pero que allí estaba, con un miedo inmenso ante la eventualidad de mi posible carencia de voz. Finalmente, caí sobre mis rodillas sobre el piso rocoso, rendido y falto de todo ánimo para mantenerme firme. Sentí pavor ante el silencio y la oscuridad, que quizás eran mi destino, por primera vez.

El susurro del río seguía torturándome desde la lejanía.

18
Feb
09

El infierno y yo (primera parte)

 

I

Todo el mundo cree que al morir, en caso de irse al infierno, el diablo los recibirá con una sonrisa maliciosa y una mirada malévola, sabiendo de antemano todo lo que nos espera; y que se reirá con júbilo al ver a nuestras almas arder en las sempiternas llamas o bien sufrir por toda la eternidad con algún castigo terrible no imaginado nunca por ningún mortal. Que montones de demonios aguardarán nuestra entrada al averno para provocarnos el mayor dolor posible con la orden de su líder.

Algunos cultos y eruditos prefieren creer que cruzarán a bordo de la barca del viejo Caronte, para poder descender al círculo que les corresponde de acuerdo con la pena anunciada por Minos en las puertas del infierno, en cuyo fondo, el mismo Dite se encarga de devorar con sus tremendas fauces a los mayores pecadores. Eso prefieren creer ellos  porque evidentemente es más reconocido estar de acuerdo con los discursos de un poeta que no estarlo, en asuntos de tan grande importancia.

Al pensar en cualquiera de esas suertes perversas, a muchos les da pavor y prefieren ponerse a repetir rezos con tal de limpiar su alma, o bien aparentar indiferencia y despreocupación, que termina siendo casi lo mismo: finalmente nadie se salva del temor que causan asuntos tan tenebrosos.

 

Yo he llegado ayer, empero, y cuál no fue mi sorpresa al ver que quien me recibía efectivamente era Satanás en persona; pero su gesto era el que nunca hubiera imaginado: semejaba al de un joven a quien su amada ha partido el corazón. Hundido en sollozos, ni siquiera se percató de mi llegada, a pesar de que, para mi disgusto, arribé con un numeroso grupo de desdichados que habían muerto a la misma hora que yo y que no ahorraban aliento desde hacia rato al gritar penosamente ante tan terrible morada.

Mi estómago se me revolvió al ver tan patético espectáculo. ¡El mismísimo Rey de las Tinieblas lloriqueando como un pequeño! Enfadé y pasé de largo para ver si las narraciones acerca del sufrimiento y los castigos eran verdaderas, aunque ya no sabía qué esperar. La verdad es que me sentía decepcionado; tanto que ni siquiera pude ver lo que sucedió con los otros condenados, a quienes nunca más volví a ver. Todo allí era lastimero.

 

Tras dejar al diablo atrás, mi caminata continuó por algún tiempo en medio de la pura oscuridad que me rodeaba: “obscuridad y nada más”. En un principio, me apresuré, pues deseaba alejarme lo más posible de la escena que protagonizaba Lucifer. En esos momentos sentí, por primera vez en mi vida, mucha confusión, aunque pretendí negarlo. Negarlo con aparente indiferencia. De allí la prisa que me embargaba. Necesitaba apresurarme para no reparar en la confusión en que me hallaba en esos momentos, que no era pequeña. Y, así, de hecho, logré evitarla un rato.

Por mi mente cruzaban ideas de lo que me esperaba: según había escuchado en vida, se trataría de un castigo espantoso; pero desde tiempo antes de morir lo había asumido y ya sólo esperaba lo peor. Preferí no pensar en la desagradable impresión que había dejado en mí la primera visión en aquellos parajes.

Por otro lado, esa sería mi oportunidad para demostrar mi grandeza e infinita indiferencia ante el dolor y el sufrimiento, así como ante el mal y, por supuesto, su contrario, el bien. Esas cosas eran para espantar a los débiles, o bien para esperanzarlos con necedades. Conmigo no sería así. No era que no creyera en todo lo que contaban los religiosos. Había decidido aceptar esas cosas y creerlas sin más. Ciertamente me habían atraído mucho todas esas historias, por curiosas e increíbles, a lo largo de mi vida.

Estaba, entonces, convencido de que al morir iría al infierno, por todos los crímenes y pecados que hube cometido durante mi estancia en el mundo de los vivos. Tan seguro estuve siempre de ello, que siempre había ansiado verme cara a cara con Satán y retarlo, para ver qué reacción se dibujaba en el rostro de este último. Solía pensar que nos miraríamos uno al otro con encono, y que comprenderíamos al instante que éramos los únicos dos seres en posibilidad de rebelarnos al creador, aunque por lástima, más que por respeto, no haríamos nada nunca más que fastidiarlo con un sinfín de artimañas y tretas que seguro lo disgustarían sobremanera. Cada una de ellas sería una pequeña sugerencia de nuestro magno poder, así como una burla, al mostrarle que ni siquiera nos esforzaríamos por terminar con Él ni nada parecido.

¡Me había imaginado tantas cosas! Pero nada de eso sucedería ahora que había visto lo que el diablo era en realidad. Tendría que pensar en qué plan asumir para llevar a cabo todo el plan por mi propia parte.

 

Mi ira estaba calmándose después que había andado por un rato. Volteé la cara para estar seguro de que ni siquiera a la distancia se vería el llanto del diablo. No deseaba de ninguna manera que regresara la visión de esa imagen, ni siquiera de lejos.

No obstante, al dar media vuelta, seguro de ver la pura oscuridad en que me encontraba, pues era lo único que había delante, vi, con enorme repugnancia, que allí estaba Lucifer, sentado a mi lado llorando todavía.

¡No es posible!- pensé entonces- si hace ya un buen rato que no he dejado de andar desde entonces. Ese infeliz debió de haber desaparecido de mi vista hace mucho. ¿Cómo era posible que no hubiera avanzado nada, después de tanto andar?

Volteé hacia delante y eché a correr desesperadamente. Sentía un desagrado inmenso al presenciar ese espectáculo, tanto que rayaba en el miedo. Era algo intolerable. Corrí con todas mis fuerzas y cuando éstas comenzaron a desaparecer, me detuve. Tenía que mirar atrás y cerciorarme de que el diablo ya no estaba junto a mí; de que había escapado de aquél acontecimiento tan patético; pero algo me impedía hacerlo. Mi cuerpo tembló y un sudor frío comenzó a brotar de mis poros. ¿Qué pasaría si me daba cuenta de que el diablo permanecía a mi lado, inmerso en el mar de llanto que me ocupaba. ¡No era posible! ¡No podría soportarlo!

Titubeé por algunos instantes más, hasta que, tras una violenta lucha interna, mi orgullo logró hacer a un lado a mi ánimo y mi cabeza giró…

La visión no fue la que temía. ¡Lucifer había desaparecido! Respiré profundamente, aunque no había dejado de temblar con fuerza inusitada. El corazón palpitaba en mi pecho con una espeluznante emoción.

 

 

 

 

 

 




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