Archivo de Autores para Námaste Heptákis

27
Jul
09

Recuperar la palabra

Para nadie

No os preocupéis del mañana,

que el mañana se preocupará de sí mismo.

Cada día tiene ya bastante con su propio mal.

La soledad y la fiesta parecen ser los extremos de la vida social. De un lado, la desconfianza extrema en el hombre banaliza la diaria convivencia y relega la disposición comunitaria a una breve suspensión del caer de los días; de otro, la extrema confianza en el hombre pulveriza los tratos cotidianos y confina al desamparo los pasos que afianzan la travesía de la vida. Qué tan confiados seamos y cómo se viva la fidelidad parece el fondo del asunto; como si la vida fuese cuestión de créditos y mercados.

En el mercado platicaba Sócrates, hilando sus días con las palabras, tanto de los sabios del pasado, como de los hombres de su tiempo -amigos, conocidos, advenedizos y personajes de gran fama-; la conversación socrática era totalmente provinciana: hablaba de lo suyo, entre los suyos y con su modo vernáculo de expresión. Mi deslustrada memoria sólo ubica un pasaje, más allá del agradable chascarrillo aristofánico, en que Sócrates se encuentra cerca de los extremos de la vida social: al inicio del Simposio medita en la soledad antes de acudir a la fiesta, mas la peculiar fiesta que ahí se narra deja a un lado el vino y da lugar a la palabra; fuera de eso, parece, la vida de Sócrates no pasó más que de hablar. Los maestros medievales, por su parte, llevaron la vida hablando con los discípulos y compañeros del monacato, hablando de su fe a los hermanos de la fe; habiendo voto de silencio, llevaron su vida hablando a Dios. Los maestros medievales no podían dejar de hablar, así dispusieron su vida, así urdieron sus días. Los primeros modernos estaban al pendiente de los discursos del momento: los escuchaban, pedían la palabra y se integraban a la plática. Descartes y Leibniz son buenos ejemplos de hombres entregados al cultivo de la vida en el huerto epistolar. Los primeros modernos forjaron una provincia internacional de la palabra. Nuestros tiempos, en cambio, parecen deshabituados a la plática, más asiduos a los extremos, globalizados y cosmopolitas pero aversos hacia las provincias de la palabra; de otro modo, no hallo manera de explicar el gélido silencio en que los actuales hombres de letras han confinado a Caritas in veritate, la más reciente encíclica de Benedicto XVI.

No creo, en verdad, que la indiferencia al nuevo mensaje papal se deba a una actitud anticlerical, pues muchos de esos hombres de letras permanecen en constante acecho del mínimo desliz expresivo del obispo de Roma. Tampoco creo que se deba a una, presumida cuanto denunciada, tendencia al cientificismo predominante en el ámbito intelectual; pues la mayoría de ellos se jacta de superar dicha tendencia y hablar desde la libertad de sus palabras. Mucho menos creo que la indiferencia se origine en la radical heterogeneidad de los temas y preocupaciones del Papa y los intelectuales, pues gran cantidad de los últimos ha hecho su prestigio en el mundo de las letras, o su carrera en el mundículo académico, tratando los mismos temas que en la encíclica preocupan al sucesor de Pedro. No se haría mal en preguntar cuándo tendremos el gentil e iluminador comentario a la encíclica de todos aquellos que se fingen preocupados por la actual crisis económica, o por la naturaleza del sistema capitalista, o por las estructuras “metafísicas” detrás de nuestros modos técnicos de producción, o por las consecuencias éticas del desarrollo tecnológico, o por el aborto y la ingeniería genética, o por la vida política en general -incluida la felicidad (término que sólo aparece en dos ocasiones a lo largo de la encíclica, y sólo en una de ellas como elemento de la salvación, y por ello en ninguna como fin en sí mismo)-. La indiferencia se debe a otra causa, causa que avizora la carta misma: nos hemos confundido sobre lo que realmente vale la pena.

Benedicto XVI compone la encíclica teniendo enfrente la crisis económica mundial. Desde el inicio deja claro que el temor y la confusión derivados de los fenómenos adyacentes a la crisis del sistema financiero mundial han permitido ver los errores del progreso de los últimos cincuenta años, y al mismo tiempo advierte que la única manera de superar efectivamente la crisis es subsanando las carencias del desarrollo que ha formado nuestros días. O en otras palabras, pudiendo haber un número suficientemente vasto de causas de la actual crisis económica, Benedicto XVI afirma que hay una fundamental: el progreso ha sido incompleto. O dicho llanamente: un progreso incompleto no es progreso real. Desde ese planteamiento el Papa decide recordar a los lectores, mediante el comentario de la encíclica Populurum Progressio de su antecesor Pablo VI, la posición oficial de la Iglesia ante el desarrollo. En su interpretación, Benedicto XVI identifica a la fraternidad como el verdadero fin del desarrollo de los pueblos, pues sólo es posible que todos trabajen juntos en vistas al bien común cuando la guía rectora de la acción es la caridad -amor al prójimo-. Si el desarrollo es resultado de una actividad de amor, los hombres de los pueblos en desarrollo trabajarán juntos por el bien de sus hermanos, logrando así el desarrollo fraterno de la totalidad del hombre: económico, moral, político, cultural y espiritual. Reconoce, además, que si bien han cambiado las circunstancias que daban sentido a la Populorum Progressio, en el mundo globalizado las señales básicas de Pablo VI siguen teniendo sentido, pues es precisamente en el mundo global donde se ha de buscar que los hombres se encuentren más allá del trato comercial, que se encuentren en la caridad. Sin embargo, y este es el punto de mayor profundidad en la carta, la caridad sólo es posible si se funda en la verdad, verdad de razón y fe, si –finalmente- superamos el relativismo de nuestro tiempo: el nihilismo. Es aquí donde hay que relacionar Caritas in veritate con Deus caritas est y Spe salvi, las dos encíclicas anteriores del obispo de Roma. Por la relación se advierte que la única manera de superar el nihilismo es la esperanza, y la esperanza sólo tiene sentido en el amor de Dios. Para Benedicto XVI, por tanto, la crisis de nuestro tiempo, que en su expresión económica es una pequeña fístula, es la crisis de la fe. Carentes de fe vagamos asqueados por el mundo infinito sedientos de un consuelo pasajero. Si se ha de hacer algo ante la crisis, advierte el Papa, primero habrá que reconocer el problema; leer la reciente encíclica sería un buen primer paso.

Caritas in veritate es más que una indagación metafísica sobre el problema de nuestro tiempo, de hecho esa discusión sólo está al fondo. En esencia la nueva carta ofrece orientaciones básicas para la acción en estos tiempos de crisis. Si bien advierte que la única salida real de la crisis económica es el desarrollo pleno del hombre, no deja la advertencia en la vaguedad, sino que describe, aproximadamente en tres pasos, cómo se ha de lograr ese desarrollo pleno. En primer lugar se ha de promover el trabajo de los hombres en comunidad mediante el afianzamiento de los lazos fraternos que constituyen la sociedad civil. O dicho de otro modo: no hay bienestar económico sin justicia en la sociedad civil, no habrá salida de la crisis económica sin democracia. En segundo lugar, y a fin de garantizar el desarrollo de la sociedad civil, se ha de proteger al núcleo básico de todo grupo social: la familia; y protegiéndola se han de garantizar los derechos básicos de los hombres, pues es precisamente la familia la que garantiza el bienestar de sus miembros mediante el celoso cuidado de su dignidad. O dicho de otro modo: no habrá democracia sin tradiciones familiares, y las tradiciones siempre tienen su fundamento en la fe. Y en tercer lugar, se expone en la encíclica, si el hombre encuentra un sentido en su núcleo social más cercano y vivo, no degenerará en actitudes contrarias al bien humano, y por tanto obrará de acuerdo al bien, guiado por la caridad. O en otras palabras: si se quiere poner límites a los usos del desarrollo tecnológico, hay que educar bien a los usuarios de la tecnología; la mejor educación, se sugiere en la carta, es la de la fe. Así, propone Benedicto XVI, será real la superación de nuestra crisis.

Palabras de esperanza, sin duda. El Papa no desconfía que podamos salir de la crisis, que en nosotros esté la solución a nuestros problemas. Lo dice con claridad: “la idea de un mundo sin desarrollo expresa la desconfianza en el hombre y el dios”. Ese es su supuesto intocado. Creo que el progreso es su fe.

A primera vista el Papa no propone nada nuevo o nunca antes dicho por los hombres de letras mencionados antes; al contrario, sus coincidencias son mayores que sus divergencias. ¿Por qué, entonces, la indiferencia? Sospecho que se debe a que los hombres de letras están más ocupados en las soledades y las fiestas que en las pláticas provincianas; que el mundo globalizado les da más satisfacciones, distracciones y oportunidades para pasar el rato, que la plática con los suyos de los temas que supuestamente les interesan -si es que aún les interesa algo-; que hay más invitaciones -y presiones- para reunirse en fiestas que en lecturas; que, finalmente, prefieren la vocinglería parlotera de la juerga a la  musicalidad permeante del diálogo. Los hombres de letras que desprecian el diálogo con esta provocadora carta son signo de nuestro tiempo: así somos, nos estamos quedando sin palabras. Hemos decidido llevar nuestra vida hadados a una soledad inane en medio de nuestra extenuante fiesta infinita: síntesis de los opuestos, que no buena vida.

Námaste Heptákis

Addendum: Seguimos pidiendo la liberación del Auditorio Justo Sierra.

08
Jul
09

Una modesta propuesta educativa

Caminito de la escuela

apurándose a llegar,

con los libros bajo el brazo

va todo el reino animal.

No es lo mismo educar a todos que tener a todos en la escuela. Tener escuelas es evidente para cualquiera, ser educado no lo es. Las escuelas se pueden contar, los educandos no. A las escuelas se pueden destinar recursos, programas ejecutivos y buenas intenciones gubernamentales; a los educandos no, pues parece que son más elusivos. Las escuelas se planean, se licitan, se construyen, se inauguran y se cierran; los educandos están totalmente fuera de un proceso de control, pues hasta al mejor maestro le sale un Alcibíades. Una escuela mal construida puede componerse, así como a una en mal estado puede dársele una “manita de gato”; pero quien es maleducado ya no puede dejar de serlo, ya es así y nada más se puede hacer. Tener escuelas sirve para presumir que se está atendiendo a los jóvenes; tener educandos no sirve para nada. Se tienen escuelas para que los jóvenes no anden vagando por la ciudad; se tienen jóvenes para llenar escuelas. Los jóvenes llenan las escuelas para que no parezca que la inversión en las mismas es improductiva, para que no lleguemos a creer que estamos haciendo como que hacemos cuando en realidad no hacemos nada. Lo importante es hacer. Cuando hay más jóvenes afuera de la escuela hay que hacer más escuelas: hay que inventar grados académicos. Cuando más jóvenes tienen más grados hay que inventar otros tantos para que, aunque dejen de ser jóvenes, sigan siendo escolarizados y podamos seguir haciendo. Se tienen jóvenes para grados académicos juveniles y adultos para grados académicos adultiles que llevan nombres como certificación, especialización o actualización. Dentro de poco tendremos más adultos que jóvenes y más ancianos que adultos, por eso nos ha dado por crear escuelas para la vejez que llevan por nombre asilo, casa de asistencia o club de la tercera edad. Estamos a un paso, a fin de gozar plenamente los beneficios gubernamentales que da una piel arrugada, de crear grados académicos para la vejez y justificar así, a su vez, la producción de profesionales que den mantenimiento a las escuelas de la vejez, de escolarizadores del viejo, de certificadores de los escolarizadores del viejo, de auditores de los certificadores de los escolarizadores del viejo… Y así es como estamos llegando al punto de tener muchas escuelas saturadas de maleducados.

Námaste Heptákis

Addendum. Seguimos pidiendo la liberación del Auditorio Justo Sierra de la UNAM.

19
Jun
09

La encrucijada de Alejandro Rossi

El distraído se pasea por el mundo y,

de vez en cuando, susurra unas palabras.

Amigo minucioso de las letras, testigo pertinaz del adjetivo, certero flechador de frases elocuentes, cazador infatigable de la página perfecta, escritor afortunado, crítico sonriente, refinado pensador, lector ávido de Borges y admirador del maestro Mairena, Alejandro Rossi fue -cabe creerlo- el creador definitivo de un nuevo modo de ensayar: el amor al detalle.

Poseedor de un tino verbal inigualable y un elegante oído afecto a la belleza del ritmo narrativo, Alejandro Rossi creó una obra caracterizada por la justa medida de las proporciones. No se encuentra en él la frase exagerada que arranca el aliento. No se encuentra en su prosa el fluido repiqueteante de las frases que, caóticas, van clavando en la bruma al lector. No hay en su obra exceso o carencia de pausas: su prosa es como una plática serena que disfruta los silencios mientras, al vapor del café, se mira simplemente la presencia del interlocutor. Por ello es el maestro perfecto en el uso de la coma. Su obra, medida de proporciones, nos asombra porque está bien escrita, porque, quizá por primera vez, nos encontramos ante algo que no tenemos que leer de prisa, que podemos leer al paso. Lo importante es la cadencia de los pasos, los detalles de la andanza, lo que de pronto se puede decir.

Al decir sólo se trata de hablar al caminante, de dejar que cada paso fructifique -ora atrás, ora adelante -, de que se diga bien lo que se diga -sea liviano, sea importante-. Quizá por ello Alejandro Rossi buscó la proporción en su formación filosófica: si era necesario hablar de las cosas como son, apresar los detalles de las cosas, había que estudiar fenomenología y ser discípulo de Heidegger; si era necesario hablar con la propiedad de un buen razonamiento, apresar los detalles del pensar, había que estudiar filosofía analítica e ir a Oxford. Lo importante era hablar bien; pues si en filosofía no se busca esto, el discurso es mero barullo insoportable. Sin embargo, una buena vida no se hace de barullos. La buena vida se hace junto al bien hablar, pues así lo dicta su finalidad: el diálogo.

Algo ha de haber, quizás, en el diálogo de los filósofos que lo hace pesado, excesivamente erudito, demasiado confiado a sus verdades, desproporcionado. Algo ha de haber, también, en los filósofos dialogando que los pueda moderar. Ese algo, en su caso, fue despertado por la amistad de un poeta, quien lo invitó a hablar de lo que sabía, pero no siguiendo los cánones de su profesión, sino bajo los cánones del bien hablar. Era un paso natural, Alejandro Rossi estaba destinado a darlo, era la siguiente proporción, el siguiente cruce de caminos; por eso el poeta fue una coincidencia afortunada. Ya en la literatura, “diálogo de todos que pulveriza, que disuelve la extranjería”, se supo un clásico contemporáneo y como tal escribió.

Rossi escribió para hablar bien, no hay más. Hablando bien educó a sus estudiantes en la Facultad de Filosofía y a sus lectores en Plural y Vuelta; a los primeros para atender a los detalles en clase, a los segundos para atenderlos en el texto. Hablando bien transfugó los límites del género y creó una obra -Manual del distraído- inclasificable: a veces ensayo, a veces relato, a veces íntima reflexión; una obra que no por única es extraña, sino que por estar bien hecha es única. Hablando bien escribió la imaginación de su propia vida –Edén: vida imaginada- para proporcionar la vivida, para que la literatura haga realidad los detalles de lo vivido, para que lo bien hablado nos haga ser más reales. Bien haríamos en hablar bien. Bien haríamos en leer bien. Bien harían, también, los filósofos que se creen literatos y los literatos que se creen filósofos en leer la obra de Alejandro Rossi, pues -alejados ya de pretensiones cósmicas- ganarían, al menos, un poco de moderación; moderación necesaria para la buena vida; moderación que buena falta hace a nuestros tiempos y colegas.

Námaste Heptákis

Addendum. El compromiso de Alejandro Rossi con la Universidad fue noble. Hace diez años se opuso al secuestro que el CGH impuso a la UNAM. Por su actitud, por su palabra y por su obra durante ese conflicto recibió denuestos ignominiosos que atentaron hasta con su integridad física. Por su convicción, por ese justo compromiso de no hablar sin seriedad, decidió no apoyar hace unos meses las protestas del Observatorio Filosófico; acto seguido: nuevamente lo embistieron las injurias. Él siguió siendo ejemplo de convicción y honestidad; esa era su enseñanza como universitario. Ahora pedimos que el CGH desocupe los espacios universitarios actualmente secuestrados; seguro estoy: Rossi también lo pediría, fue un universitario ejemplar.

12
May
09

Ceguera académica

Para mis amigos que serán maestros.

Huid de escenarios, púlpitos,

plataformas y pedestales. Nunca

perdáis contacto con el suelo, porque

sólo así tendréis una idea aproximada

de vuestra estatura.

Cuenta una leyenda urbana -quizá no muy exagerada- que en los tiempos gordos del Priato el presidente preguntaba qué hora era y un oportuno lamebotas contestaba “la que usted diga, Señor Presidente”. ¡Tal era la eficiencia burocrática! Que esa eficiencia no hiciese bien al país, sino que tan sólo cobijase la dictadura perfecta que caracterizó nuestra presidencia imperial es otra cosa. Que el modelo burocrático sea consecuencia de sociedades que se tildan de modernas, que se presumen respetuosas de la dignidad humana y que se asumen ejemplaridad política del porvenir del hombre es lo que deberíamos pensar. Si uno de los rasgos característicos de la sociedad ilustrada es la abolición de la esclavitud, uno de sus enveses más recalcitrantes es la aceptación de la propia esclavitud esperanzada en la bonanza venidera. La servilidad autoimpuesta encontró su sentido en la esperanza del progreso y la reificación del ideal progresista exigió como primer estadio a la academia: así los espacios académicos se colmaron de burocracia.

Siguiendo el impulso moderno de vituperar a lo antiguo, de superar lo arcaico, los centros educativos que se tildan de modernos han devaluado la maestría de los maestros para hacerlos sólo un escalón más del ímpetu progresista de la burocracia educativa. Ahora, sobre todo en ciertas universidades, el maestro no tiene respeto por su saber, por su condición de maestro, sino por su escalafón en el todo piramidal; simultáneamente, mientras podría esperarse que la igualación al maestro viene del cultivo en el saber, en la realidad se iguala al maestro subiendo escalones, haciendo currículo, invirtiendo en capital educativo. Las conferencias, la inclusión en un programa de investigación determinado, los talleres, la selección de cierto asesor de tesis, los diplomados, las cartas de recomendación, los cursos, los seminarios de investigación, los coloquios y la obtención de becas sólo sirven para escalar. Se hace carrera académica para juntar tal cantidad de constancias y diplomas que apilados al pie de la escalera sirvan como escalafón para una subida menos trabajosa y más elegante -porque entre los nuevos esclavos la elegancia está de moda-.

Las consecuencias no podrían ser peores. Primero, se tira por la borda el afán de saber, y con ello se despide alegremente -desde la baranda y con posgrado en mano- a la educación de calidad. Segundo, se elimina por completo la posibilidad de una relación amistosa de acuerdo al saber, pues en este esquema el interesado por el maestro no se acercará a él por el conocimiento, sino por el prestigio curricular que le aporta (certificado de calidad asociado a la marca). Y finalmente, en tercer lugar, se llega a ser maestro por afán de poder, porque se quiere estar por encima de todos, incluso de los que nos son superiores.

Parece que los maestros ubicados, quizá sin haberlo deseado, en la pirámide burocrática de la educación no suelen darse cuenta de su difícil posición, pues no logran percatarse de la inutilidad completa de preguntar la hora, esto es, de promover diálogos académicos. Sus libros, sus conferencias, sus artículos nunca serán escuchados, se perderán en el mar de los discursos, vagarán por siempre privados de un diálogo honesto. En su condición no recibirán más que elogios zalameros y oportunistas participaciones de los discípulos más prestos a escalar, ocupar su lugar -ya oropelado- y disfrutar el boato de una gran trayectoria académica. Los maestros se rodean de cuervos silenciosamente. A menos, claro, que ya no haya maestros y todo en nuestra vida académica sea mera exageración.

Námaste Heptákis

Electolalia. El pasado domingo 10 de mayo Andrés Manuel López Obrador dictó los lineamientos de conducta a los diputados que representarán sus intereses en la próxima legislatura. Mandó rechazar completamente cualquier iniciativa de los partidos no afiliados a su movimiento en cuanto a privatizaciones o impuestos se trata. La primera negativa se explica porque intenta avivar el fuego electorero recordando las arbitrariedades acometidas el año anterior, y que presumió con éxito. La segunda se explica porque la actual crisis económica ha obligado al secretario de Hacienda a admitir que para el próximo año la única manera de hacer frente a la adversidad financiera será o bien aumentando impuestos, o bien reduciendo el gasto, o bien emitiendo deuda, o bien una combinación de las tres posibilidades. Cuando AMLO prohíbe la inclusión de alguna iniciativa respecto a los impuestos apuesta a obligar al gobierno federal o bien a la deuda o bien a la reducción del gasto; cualquiera de las dos posibilidades reditúa a López, pues además de ahorcar las finanzas federales, limitará el campo de acción del gobierno federal y podrá decir, con total desvergüenza, que el gobierno al reducir el gasto reduce el apoyo a la gente y que contrae más deuda para seguir vendiendo al país. Que nada de esto nos sea conveniente, parece no importarle. Tan sólo se limita a reiterar su promesa, al fin mesiánica, de que él llegará al poder y arreglará todas las cosas. Que quede claro, para él la política es la imposición de su voluntad: “¡Nada de discutir en tribuna, nada de debate parlamentario, se dice: esto no pasa y punto!”. La razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón. Por eso el próximo 5 de julio hay que negar el voto a los candidatos que confluyen en el desquiciado proyecto alternativo de nación del mesías tropical.

24
Abr
09

Una historia de fidelidad simulada

Sobre lectura y educación


Todos leen libros ahora,

dizque para educarse.

Verso 1110 de las Ranas de

Aristófanes leído por Alfonso Reyes


No harán falta muchos argumentos para que la mayoría acepte que la educación nos hace mejores, porque eso es lo que cree la mayoría. Posiblemente se necesiten pocos argumentos para que algunos concedan que la educación es necesaria, porque casi todos están convencidos. Quizá ningún argumento logre convencer a alguno de la discordancia de la lectura y la vida académica, porque creer lo contrario da sentido a la vida de todo aquel que ha sido formado en la academia y a nadie le gusta saberse entrampado. Sin embargo, ensayar una explicación sobre la discordancia de una vida entregada a la lectura y una entregada a la academia sería un buen ejercicio reflexivo, sobre todo para quien ya ha sido formado en los visos de la segunda y los compromisos requeridos para encaminar la vida por la vía preformada implican la renuncia a la primera. A lo mejor vale la pena intentarlo.

Sabemos, por Jenofonte, que Sócrates se reunía a leer junto a sus amigos para buscar algo bueno en los vestigios del texto. Sabemos, por Platón, que Sócrates desconfió de la escritura al grado de relegar la elaboración de algún escrito hasta sus últimos días. Sabemos, por la acusación a Sócrates, que para los ojos atenienses, o al menos para los de una discreta mayoría, Sócrates fue un mal educador. Sabemos, en consecuencia, que Sócrates maleducó a sus amigos por su modo de leer -y por otras cosas más que ahora no vienen al caso-. Digamos, entonces, que algo hay en el modo socrático de leer que lo hace incompatible con la educación. ¿Qué será? Por el primer testimonio podemos afirmar que para Sócrates toda lectura es selectiva, lo cual implica que la lectura en cuanto tal no es valiosa, lo que vale es la ejecución de la lectura: lo que se lee, como se lee, con quien se lee y para lo que se lee. Leer por leer no nos hace mejores necesariamente. Quizá por ello el segundo testimonio nos dice que los textos, y qué otra cosa se lee que no sea texto, suelen embrutecer al alma. Pero de aquí no se pasa con claridad a una mala educación. Según se dice, la malicia de la lectura socrática estaba en su peculiar modo de interpretar algunos pasajes clásicos, digamos que de una manera poco ortodoxa; o lo que es lo mismo, de reconocer en los textos ideas distintas a las regularmente aceptadas. La mala educación promovida por el modo socrático de leer consistiría entonces en pensar de modo distinto al acostumbrado. Busquemos la diferencia. El primer testimonio, que mi memoria afirma como el único pasaje -de todas las fuentes- en que se muestra a Sócrates leyendo, es elocuente: Sócrates piensa distinto porque lee buscando algo bueno para compartir con los amigos, porque lee para platicar. El tercero, por su parte, supone que la acción del educador es la conformación del ser del educando, esto es, que el educando es pensado como carente de ser que necesita mejorarse mediante la educación, que se lee para ser más, que se lee para producir. Ahora vemos la completa diferencia: Sócrates creía que se lee para ser más reales, porque ante todo somos; la discreta mayoría creyó que se lee para ser más, porque lo que somos no es suficiente, ergo ¡hay que producir! De un lado, la lectura nos muestra en un aspecto de lo que somos, hoy una cosa y mañana otra, y lo mostrado ni se complementa ni se aúna por necesidad; del otro lado, la lectura añade lo que no somos para ser lo que ella quiere que seamos, la lectura nos va completando. De un lado, la selección de las lecturas corresponderá a lo que en el momento somos, a las compañías y las preocupaciones, a los desvelos y las alegrías, porque lo bueno no es lo mismo para todos y para siempre; del otro, la selección viene de lo que el educador considera bueno, de lo que él quiere hacer del otro, porque ya se tiene la receta de lo bueno. De un lado, la lectura es un camino libre que se forja al paso, al compás de las preguntas; del otro, sólo se lee con andadera. Hasta aquí, la vida dedicada a la lectura al modo socrático es contraria a la vida dedicada a la lectura de modo educativo.

Sin embargo, en la Atenas clásica la educación no estaba dominada por los libros, por eso no se centra en ello la acusación a Sócrates. No hacía falta leer cuando la formación se obtenía por otros medios. No hacían falta los libros en las academias o los liceos… al menos hasta que la palabra se volvió autoridad, cuando de las bibliotecas se formaron las escuelas, cuando una escuela se caracterizó por estudiar los libros de su maestro; la educación tornó entonces libresca: lo importante era estudiar lo dicho, aprender los textos, hacerse mejores en cuanto al parecido con el maestro. Lo importante era producirse como imagen del maestro. Los libros se volvieron más importantes que las palabras, las glosas ocuparon el tiempo de las pláticas y los textos comenzaron a embrutecer las almas.

En tiempos del helenismo, cuando proliferaron las escuelas y las sectas, la esencia de la actividad escolar se realizaba en la biblioteca y los libros tornaron objetos de cuidado: tanto de conservación bibliotecaria, como de copiosos comentarios al margen. La magna labor de la biblioteca de Alejandría fue, en esencia, la misma de aquel que no sabe qué hacer con los libros: archivar, limpiar el polvo, subrayar con rojo las ideas importantes, elaborar tarjetitas que resuman lo esencial, hacer listas de vocabulario y asegurarse una dos o más copias para cuando sea necesario. La necesidad de producir se acompañó de la necesidad de tener más. La abundancia de libros dejó en el olvido al modo socrático de leer, pues lo importante era otra cosa: mantener la escuela.

Poco cambió el asunto en el mundo romano: las escuelas siguieron creciendo junto a las colecciones de libros, los nuevos maestros formaban nuevas escuelas y hacían más grandes las colecciones. Fue entre los siglos V y VI que a las grandes colecciones de letras clásicas se añadieron los textos canónicos del cristianismo. Las bibliothecae sacrae pronto se convirtieron en anexos de los templos: el cuidado de los libros se convirtió en cuidado de la fe. Más que producir, ahora se buscaba la salvación; pero para salvarse era necesario producir: educarse en la fe. El monasterio de Vivarium nació como la primera academia cristiana. Su reglamento interno, formulado por su fundador Diocleciano, incluía el compromiso de los monjes para servir a Dios mediante el asiduo estudio y la esmerada copia de los textos cristianos y paganos, de modo que por razón del copiado los monjes aprendieran las lenguas clásicas y fuesen capaces de leer las Escrituras. Lo importante era leer para estar bien educado y difundir correctamente la fe. Los maestros de la antigüedad fueron substituidos por sacerdotes y los educandos por feligreses; el púlpito profetizaba la cátedra. La lectura socrática quedaba, entonces, fuera del camino de la salvación.

La universidad medieval dio un pequeño giro al asunto: además del préstamo de la biblioteca universitaria era permitido que los stationarii prestaran libros a los estudiantes para formar su biblioteca personal, pues ahora la salvación dejaba de ser asunto comunitario y era más cercana para el que más sabía. (De aquí, creo yo, viene esa ruin costumbre de desacomodar y esconder los libros en los estantes bibliotecarios ¡para que nadie más los lea!). Lo importante ya no sólo era producir, sino ser maestro en las producciones; la salvación vendría luego. Poco después, ya no por fe sino por fama -esa rara fama que da el exceso de fe-, se fundó la Biblioteca Marciana: ostentación plena del poder de los Médici, símbolo de su influencia política, fluidez crematística y potestad eclesiástica; o en otras palabras, fiel imagen del Renacimiento, vaga reunión de lo pasajero y lo eterno a la sombra del comercio -que en su clase cultural se llama mecenazgo-. Lo importante aún era hacerse, pero no hacerse en la erudición para la sabiduría, ni en la fe para la salvación, sino en la fama para la ganancia y por el mercado; lo importante ya no era copiar los libros, sino comprarlos impresos. La palabra perdió autoridad y los estudiosos abandonaron los libros antiguos -que ya nada decían- y la verdad, como en Descartes, fue buscada leyendo el gran libro del Mundo, escrito en el lenguaje en que estuviese escrito. La escuela, como el pasado, ya no era importante; lo importante era producir para el futuro… y los libros se llenaron de polvo.

¿Los libros se llenaron de polvo por esos años cuando, en palabras de Kant, el hombre salía de su minoría de edad? ¿Qué no es acaso que el siglo de las Luces es el período culto par excellence de la humanidad? ¿Cómo explicar que teniendo todos los recursos y conocimientos de que disponía el hombre moderno la situación de sus lecturas se juzgue aquí tan deplorable? Voltaire es más que claro: “las conversaciones y los libros raras veces nos dan ideas precisas, es muy común leer mucho de sobra y conversar inútilmente”. Es la Ilustración: hay mucho por saber y poco tiempo que perder. Lo importante era sintetizar el saber, dejarlo en lo esencial, despejar las minucias… y así nacieron los libros de texto -delicia de los jóvenes universitarios actuales-. Junto a los libros de texto nacieron las universidades modernas y las burocracias académicas. Si en el pasado la escuela era anexo de la biblioteca, ahora la biblioteca vino a ser apéndice escolar; y quizá en un futuro no muy lejano la escuela llegue a ser hopo de la administración burocrática. Ahora lo importante era la certificación universitaria: leer los libros de texto para instruirse en el modo correcto de conquistar al mundo. Si se tenían libros, eran para hacer trabajo intelectual; si se escribían, eran para demostrar que uno trabajaba. Lo importante nuevamente había cambiado, pues había que hacerse, hacerse de la mejor manera: sin perder tiempo y sin errores. Había que hacerse a sí mismo y hacerse era forjar su propia fama. ¿Entonces lo importante era la fama? La respuesta histórica fue dialéctica: sí y no. No, porque había apremios que no la hacían disfrutable: “el éxito es indispensable para poder encontrar un editor en Inglaterra, sin lo cual mi deplorable situación material seguirá siendo tan difícil y tan irregular que no encontraré tiempo ni sosiego para terminar rápidamente la obra (El Capital)” [Carta de Karl Marx a Ludwig Kugelmann del 11 de octubre de 1857]. Sí, porque lo que se haga o se deje de hacer para librar los apremios depende de la fama: “Mucho más que la profundidad lo que nos interesa es «meter ruido»” [Carta de Friedrich Engels a Karl Marx del 13 de octubre de 1867]. La fama era indispensable para la libertad y la libertad era el fin último. Había, por tanto, que producirse y producirse era producirse libre. Por ello, las letras se asumieron revolucionarias: del germen de ser que se es, se habría de buscar el desarrollo pleno del hombre. Había que producir para el futuro, pero viviendo el futuro desde hoy. Los libros se convirtieron en las herramientas de la producción, en los instrumentos de la libertad. Los intelectuales se convirtieron en la vanguardia de los hombres nuevos. Las universidades tornaron voceros espirituales de su raza. El apotegma escolar fue del ageométretos médeis eisíto al Arbeit macht frei. La discreta mayoría devino absoluta. Y ahora estamos totalmente convencidos de que la educación nos hace mejores.

Námaste Heptákis

06
Abr
09

Cuando Anito se hace pasar por Sócrates

La filosofía es crítica porque nació

sabiendo de sí misma, y cada uno

de sus actos implica este saber.


Si algo nos enseña la filosofía clásica es que eso de la filosofía no es cosa fácil. Y no es fácil porque la labor filosófica siempre está puesta en duda, siempre es susceptible de sospecha. Y es sospechosa porque busca la verdad, porque duda de aquello que todos los demás no dudan, porque pregunta por aquello que todos los demás ya saben, porque -en definitiva- lleva al otro a la exigencia de la honestidad. Que eso sea problema quizá se deba, o bien a que la honestidad requerida por la filosofía es falsa, o bien a que los lugares en que el filósofo pregunta son necesariamente sombríos. De cualquier manera, pensar el conflicto del filósofo y la sociedad es una tarea ineludible al quehacer filosófico: el filósofo no sólo ha de dar razón de sí ante el otro para la reconciliación política, sino que ha de dar razón de sí ante sí mismo para la vida ética.

Curiosamente, aun cuando la ética y la política están tan indisolublemente ligadas, en el discurso sólo la segunda es publicable: de nada sirve que el filósofo pregone su honestidad mientras se contradiga con los actos. Y es en esta plaza pública de la política donde Sócrates hubo de defenderse, donde parece haberse originado cada intento apologético de éste, donde habría de intentarse cada reconciliación política necesaria. Ahora, un grupo de pretendidos filósofos presume lanzarse a la plaza pública para defender a la filosofía del peligro que representa la Reforma Integral de Educación Media Superior. El grupo de pretendidos filósofos se conforma de varios profesionales de la filosofía: director de este instituto, presidente de aquella asociación. A la fecha dicho grupo ha publicado dos boletines sobre el asunto. Vale la pena pensar lo que en ellos se dice.

El primer boletín -fechado el 25 de marzo de 2009- contiene argumentos demoledores que salvaguardan a la desamparada filosofía. Comienza señalando, desaliñadamente, el sentido de la Reforma y después plantea cuatro consecuencias de la misma: (1) desaparición de la obligatoriedad de las materias filosóficas en el nivel medio superior; (2) substitución del enfoque filosófico del curso de ética, por un enfoque orientado a la consolidación de valores ciudadanos; (3) pérdida de puestos de trabajo de los profesores de filosofía, y la necesaria adecuación futura de aquellos que no pierdan su empleo a la subordinación de las disciplinas básicas; y (4) disminución del número de ingreso de estudiantes a las escuelas de filosofía, “debido a la escasez de plazas laborales, lo cual de manera paulatina podría llevar a la desaparición de las licenciaturas en filosofía”. El boletín no dice más. Nunca explica, por ejemplo, si hay alguna razón para que no desaparezca la obligatoriedad de las materias filosóficas, o cuál sería el problema de substituir un curso de ética por uno de formación cívica, mucho menos llega a sugerir -ni con la más sedosa de las levedades- si habría algún problema con la desaparición de la licenciatura en filosofía. ¡Cómo si eso se explicara por sí mismo!

Tan críticos como son todos los profesionales de la filosofía, seguramente se dieron cuenta de las carencias del primer boletín y decidieron publicar un segundo, que enmendara la plana. De plano, no lo lograron. En el segundo -fechado el 30 de marzo de 2009- afirman: “la filosofía contribuye a la formación de la ciudadanía; el respeto al multiculturalismo; los derechos humanos; el pensamiento crítico y la democracia”; “lejos de lo que pudiera pensarse, estas disciplinas [ética, estética, teoría del conocimiento e historia de la filosofía] contribuyen a que cualquier persona desempeñe de una mejor manera cualquier actividad”; “la enseñanza de la filosofía, implica el desarrollo de una formación personal que tiene como resultado la constitución de ciudadanos con un pensamiento crítico, autónomo y reflexivo”; “este contacto de los jóvenes con el quehacer filosófico los hace más conscientes de sí mismos y del mundo en que viven, permitiéndoles una verdadera educación en valores frente a la corrupción, la desigualdad extrema, la discriminación y la ignorancia”; “la nueva reforma atenta en contra de este tipo de formación, absolutamente necesaria en un mundo cuyas tendencias principales son el productivismo que ha llevado a la destrucción de los sistemas ecológicos; la automatización y sus efectos; la desigualdad; la crisis de valores y la transición hacia una nueva figura del mundo”. Sostienen, por tanto, que la enseñanza de la filosofía es indispensable para superar la actual crisis de Occidente, y que por ello negar la posibilidad de la actividad académica con enfoque filosófico es negar la posibilidad de que la filosofía salve al Mundo.

Sin embargo, estos críticos entre los críticos no logran demostrar que sus propuestas son ciertas, o siquiera plausibles; pues, además de tener mayor semejanza con el rostro de los buenos deseos que con el análisis de la naturaleza de las cosas, la terca realidad puede exhibir que sus postulados son más falsos que verdaderos, que se acercan más a los dogmas de la fe ilustrada que a las evidencias de la vida diaria. Afirmar que la filosofía puede salvar al Mundo, mientras se reconoce que a la fecha la misma filosofía ha formado a los derruidores del mismo, es liberar a la filosofía de la responsabilidad de su propia acción, es suponer que la actual crisis de Occidente nada tiene que ver con la filosofía, que ella anduvo ocupada con otras cosas mientras el ruin “productivismo” y el “adiestramiento práctico-utilitario” se apoderaban del mundo. ¿Nadie lo vio? Falso. ¿Ninguno de nuestros filósofos se dio cuenta del peligro? Falso, los filósofos sí lo vieron, lo advirtieron y lo pensaron. Eduardo Nicol, por ejemplo, elaboró una reflexión cuidadosa y detallada sobre el asunto, y advirtió que para pensar el porvenir de la filosofía era necesario pensar la naturaleza de la misma. ¿O será más bien que los profesionales de la filosofía colaboraron gustosamente con el proyecto mientras no afectaba sus intereses? Recuerdo que algún gurú de la lógica -hace sólo cuatro años- vociferaba gallardo al presumir que sin la lógica, que él se encarga de desarrollar y usufructuar, no habría progreso tecnológico. ¿Y ahora se indigna de la implementación de un enfoque “práctico-utilitario”? ¿Ahora le encuentra peros al “productivismo”? ¿Cuál coherencia al firmar?

Seamos claros y llamemos a las cosas por su nombre: la filosofía sí está en peligro, pero no por la Reforma Integral de la Educación Media Superior, pues lo reformadores no están siquiera interesados en la filosofía, ella es anodina, no representa ninguna dificultad, nadie la toma en cuenta, está de más; la filosofía enfrenta mayor peligro cuando sus profesionales no la toman en serio, cuando unos farsantes -junto a su horda de forofos- la prostituyen cosechando intereses ajenos a ella escudados en su defensa, cuando la hacen perfectamente abacia. Lo que sí resulta afectado por la reforma es la burocracia académica que permite desarrollar su modo de vida a los profesionales de la filosofía. El primer boletín señala claramente el problema: pérdida de puestos de trabajo que ocasionará disminución del ingreso a la enseñanza filosófica y con ello otra pérdida de posiciones laborales. Está claro: nuestros profesionales de la filosofía no están interesados en la filosofía, no llegan a las escuelas a estudiar filosofía, sino a hacer carrera académica para asegurar un lugar en la burocracia. Por tanto, esta defensa de la filosofía que presumen los pretendidos filósofos no es más que el atrincheramiento de un gremio que no quiere perder privilegios: universitarios asustados que miran pasmados cómo se disuelven entre sus dedos las posibilidades de acceder al poder que les fueron prometidas. Su boletín sólo intenta resguardar su botín. La filosofía es otra cosa y se le defiende diferente: con honestidad, no con hipocresía.

Námaste Heptákis


Addendum: Los documentos oficiales de la reforma pueden encontrarse aquí. Los boletines de los inconformes están aquí y ellos mismos facilitan algunos documentos aquí. Las firmas de apoyo se recolectan aquí. La UNAM expresó su posición oficial en un boletín del 27 de marzo.

P.D. Tomando en consideración las primeras 200 adiciones al desplegado del Observatorio Filosófico que he comentado en esta entrada, he extraído algunos datos de interés, cuya interpretación dejo al lector, quien “ha sido formado por la filosofía” y por tanto “sabe pensar”.

147 de los 200 señalan su filiación académica. El 19.5% da cuenta de su grado académico. 19 de ellos se anuncian como funcionarios académicos. 12 publican su trayectoria académica como parte de su adhesión. 2% cree pertenecer a un gremio ignorado. 24 están convencidos de que el camino para echar atrás la reforma es luchar. 15% asegura su colaboración con el Observatorio Filosófico. El 23% considera que la reforma implicaría una pérdida de la humanidad. 35 sugieren que tras la reforma se dejará de pensar. El 8.5% considera que con la reforma peligra el pueblo mexicano. 13 personas responsabilizan, tanto de la reforma como de sus consecuencias, a la globalización y 18 al neoliberalismo. El 3% considera que la información sobre la reforma se ha ocultado. Tan sólo 3 personas proponen divulgar la importancia de la filosofía como medio de acción ante la reforma. 1 persona propone trasladar la enseñanza filosófica a internet y otra sugiere buscar apoyo económico de diversas fundaciones para continuar la didáctica filosófica; nadie ha retomado sus propuestas.

Del 22 de abril. ¿Cuándo se ha logrado una defensa, revolución o movimiento sin recursos? ¿De dónde van a salir los incentivos que justifiquen la defensa de esa noble actividad no utilitaria que lleva por nombre filosofía? No es de sorprender el hecho, tan sólo sorprende que se hayan tardado tanto, pero los nada exánimes dirigentes del Observatorio Filosófico han creado, humildemente, una cuenta bancaria para recibir aportaciones voluntarias. ¿A poco creían que la grilla se paga sola? Eso sí, aseguran que todas las cuentas serán claras.

Por cierto, tampoco es de sorprender que a la ‘bola’  se sumen los revolucionarios profesionales. Echénle un ojo a la lista de firmas y encontrarán a dignísimos vividores sociales.

¡Esto va con tan buen camino!

19
Mar
09

Posgrado y progreso

Chaparrón: Oye Lucas.

Lucas: Dígame, licenciado.

Chaparrón: Licenciado.

Lucas: Gracias, muchas gracias.

Los aduladores del progreso suelen ufanarse del desarrollo de la cultura nacional reflejado en el aumento del número de estudiantes de posgrado. Ellos piensan que mientras haya más doctores habrá más cultura, y por tanto el país será un mejor país. Y por lo mismo suponen saber lo que es bueno para el país, suponiendo a la vez el conocimiento de los problemas de éste. No es ir muy lejos exhibir que al mismo tiempo creen que dichos problemas tienen solución. Quizá no se dan cuenta que el supuesto fundamental de su proyecto progresista, esto es que saber es poder, genera muchos más problemas de los que pretende solucionar. Uno de esos muchos problemas es la igualación entre lo cualitativo y lo cuantitativo en el terreno educativo, igualación que se muestra con claridad en la actual situación de los estudios de posgrado.

Básicamente son dos los títulos de posgrado: maestro y doctor. Según el filósofo Francisco García Olvera, el término maestro proviene de los derivados del latín magnus, y por lo mismo el maestro “es quien es siempre mayor, más grande en virtud, sabiduría o habilidad y por eso puede mostrar a los demás cómo llegar a serlo”. La maestría es principio de autoridad, nunca un título burocrático; empero, abusando del dinamismo lingüístico, la burocracia cultural ha capturado el sentido del término para expresar grado académico. Ese cambio es perturbador, pues el origen de la autoridad en la cultura es omitido y desplazado por el que otorga el título, o en otras palabras, se despersonaliza la educación; y en ese sentido en vez de reconocer al maestro como educador se reconoce a la institución -alma mater-. Ahí, cuando las instituciones y las marcas pretenden la competencia, el sentido vocacional de la actividad educativa se pierde. Ahora el maestro no es el que tiene la autoridad, sino que una nueva autoridad otorga muchos títulos a individuos que quizá nunca puedan ser los mayores: párvulos con grado.

Por su parte, el término doctor es utilizado para nombrar, en sentido primario, a los padres de la Iglesia, a esos sabios que son capaces de fundar la doctrina de la fe. En sentido estricto, un doctor es aquel que no es superado en su tema por ningún otro hombre. Un doctor es aquel que semeja en sapiencia al gran doctor Angélico: es aquel que ha logrado la periagoge de su alma. Doctor es Sabio, con el peso de cada una de sus cinco letras. Sin embargo, al igual que con los maestros, el título de doctor es ahora un adorno del currículo, un atavío altisonante para el propio ego. Y el problema con el cambio es semejante al caso del maestro, pues ahora no hace falta ser sabio para ser doctor, sólo hace falta cubrir requisitos académicos y esperar pacientemente el título: nuestros doctores se doctoran en trámites.

Lo pestilente del nuevo sentido de la maestría y el doctorado está en su utilización dentro del discurso progresista. Se pretende una ecuación en la que el nivel cultural de un país es directamente proporcional al número de maestros y doctores. Sin embargo, la ecuación sólo es verdadera en tanto incremento del gremio burocrático, pero es falsa en un sentido mucho más importante. La ecuación es falaz porque supone que la sabiduría -supuesta en la mayoría de los casos- del estudiante de posgrado se refleja directamente en la totalidad de la población. Lo anterior sólo es cierto si se cumplen dos condiciones: que el estudiante de posgrado sea sabio respecto a cuestiones productivas y que pueda producir más de lo que consume. Por un lado, la cultura no puede reducirse a saber productivo; por el otro, cuentas mínimas nos hacen evidente que resulta muy caro producir posgraduados; así, ya ha de verse la falsedad: como la maestría de los maestros y lo docto de los doctores sólo indican formalidad burocrática, el incremento del nivel cultural también incrementa la formalidad burocrática. Por lo tanto, sí hay progreso, pero sólo de la burocracia cultural. ¿Cómo se beneficia al país con esto?

Námaste Heptákis

Addendum: Que la producción de universitarios es un mal negocio queda claro al echar un vistazo a algunos números. Según análisis de Gabriel Zaid, actualmente en el país hay cerca de 8.8 millones de mexicanos con educación universitaria, de los cuales el 70% afirma tener su propia biblioteca, mientras que el 68% de los últimos no tiene más de cincuenta libros en su biblioteca; pues se puede tener un título habiendo leído tan sólo dos libros -uno de los cuales no es, por su puesto, el diccionario-. (Claro, pero aquí puede pensarse con buena fe que los universitarios no leen los libros que compran, sino los que solicitan en préstamo a bibliotecas públicas o a sus amigos, pero el 66% de los 8.8 millones de universitarios también afirma que sólo lee los libros que compra; por lo cual la objeción se cancela. También podríamos objetar que, muy a la vanguardia, los universitarios leen por internet, pero la media nacional de lectura por internet es de treinta minutos, insuficientes para objetivos culturales serios; por lo que también esta objeción se cancela). Del total de universitarios dos millones afirma no leer actualmente ningún tipo de libro, tres millones no lee literatura y más de medio millón (el 7%) no lee nada. Añadamos que cerca del veinte por ciento del total de universitarios afirma no haber estado nunca en una librería. (Aquí podría argumentarse que los libros ya pueden comprarse por internet o bien se piden por teléfono, pero se calcula que el 30% de los universitarios no gasta en libros, por lo que la objeción se invalida). Aunemos que el 83% de los mexicanos acepta haber leído más entre los 6 y los 22 años, es decir en el periodo en que tuvieron su formación escolar. Pensemos que esos que leyeron durante su estancia en la escuela leyeron libros de texto. Concluyamos que nuestros universitarios actuales, quijotes de la cultura nacional, han cultivado su espíritu leyendo sólo los libros de texto necesarios para obtener el membrete nobiliario que los acredita para tabular su salario como un profesional. No ignoro que muchos podrían objetar que el problema tiene su origen en cuestiones económicas, pero de los setentas a estos años se ha incrementado hasta en cinco veces el total de los gastos familiares en educación (aproximadamente pasó del dos al once por ciento del gasto familiar neto). Por lo que es posible notar que a pesar del aumento en el gasto para la producción de un universitario, al menos en cuanto a los hábitos de lectura se refiere, el beneficio cultural ha sido nulo, y lo que es más: maléfico.

Los datos pueden consultarse en la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos en los Hogares 2004, la Encuesta Nacional de Prácticas y Consumos Culturales y la Encuesta Nacional de Lectura del CONACULTA.

02
Mar
09

Personalidad en lo común

En política, como en arte, los

novedosos apedrean a los originales

Pérez Páez sugería como conveniente aplicar un esquema semejante al justo medio aristotélico para juzgar la importancia de una obra literaria: la obra es realmente fructífera cuando ni carece de lector ni excede de autor, cuando se sostiene por sí misma como palabra viva en el pensar comunitario. Una obra importante es, así, la que da forma al pensar del lector sin imponer la popularidad del autor. Lo valioso de una obra literaria vendría, entonces, de pasar desapercibida hasta el corazón del lector. No es aquí el lugar para juzgar esta sugerencia del pensador español; tan sólo la traigo a cuento porque, me parece, puede ser muy útil para juzgar la actitud política que los progres adoptan en tiempos de crisis.

Si en tiempos de crisis hay algo claro para un progresista es la necesidad de la acción. Cuando se está convencido de la bondad del progreso, no se puede nada más sentarse a esperar para que las cosas mejoren, pues lo realmente progresista es llevar las cosas a su mejoramiento. Lo que no está tan claro para un progresista, tanto en tiempo de crisis como en tiempo normal, es cómo se han de mejorar las cosas. El progreso no da tiempo para pensar en lo mejor. Sin preguntarse siquiera por el sentido de su acción, el progresista actúa, sin medias tintas ni miramientos. Si bien el progresista no se pregunta cómo actúa, no por ello todo actuar progresista es indistinto. De ahí que sea sencillo distinguir dos tipos de actuar progresivo: el institucional y el revolucionario.

El actuar progresivo institucional hace uso de las estructuras políticas para ofrecer sus propios medios de acción a la formalidad oficinesca. En este tipo de acción predominan los buenos deseos, las declaraciones contundentes, los foros de intercambio de ideas, los programas de instauración de tal o cual iniciativa. Este tipo de actuar funciona porque la posición del progresista en la pirámide social tiene una elevación directamente proporcional a la notoriedad requerida para anunciar su plan de acción. Este tipo de actuar, invariablemente, se queda en las palabras, en cuanto a la crisis se refiere. Este tipo de actuar sólo sirve para que el progresista institucional pueda presumirse a los demás como el buen político democrático que sirve honrosamente a la nación cuando sus compatriotas más lo necesitan. El actuar progresivo institucional sí supera la crisis, pero la del sujeto progresista que podría ver truncada su carrera política al no estar a la altura de la situación.

El actuar progresista revolucionario, por su parte, hace uso de las estructuras reaccionarias de su medio para ofrecer sus posibilidades de movilización a la retroalimentación de sus propios ímpetus revolucionarios. En este tipo de acción predominan los buenos deseos indignados por la injusticia de los buenos deseos institucionales, las declaraciones contundentes contra las declaraciones contundentes institucionales, los mítines, paros, protestas, pintas, marchas, bloqueos, resistencias civiles pacíficas, eventos “contraculturales” y kermeses. Este tipo de actuar funciona porque la incertidumbre generada por la ineficiencia de las prácticas institucionales da al revolucionario una notoriedad directamente proporcional al grado de frustración del caso. Este tipo de actuar, generalmente, se queda en palabras que se han venido repitiendo una y otra y otra vez, haya o no haya crisis. Este tipo de actuar sólo sirve para que el progresista revolucionario pueda presumirse ante los demás como el salvador del pueblo que comprende, entiende y es capaz de solucionar por su sola y autoproclamada gracia los problemas de su malsufrida gente. El actuar progresivo revolucionario también supera la crisis, pero la del sujeto progresista que podría ver anquilosados sus tremores juveniles atuendados de interés social contestatario.

Ni uno ni otro nos sacan de la crisis, pues a ella nada hacen. Que la crisis quede incólume bien podría sugerir que este actuar a nadie beneficia, a menos que seamos escaladores burocráticos o groupies de la revolución. Las ínfulas progresistas sólo son placebos ante la crisis: hacen sentir bien al uno porque aún funciona el marketing revolucionario y al otro porque -no cayendo- podrá ocupar los puestos de los superiores caídos por la crisis. Por ello, desde la perspectiva del progreso, la crisis es una bendición gracias a la cual no hay problemas, sólo oportunidades.

Sin embargo, no es necesario que sea así. No todo en la política es progreso, éste sólo está en los extremos: ahí donde se diluyen las responsabilidades y nacen los fetichismos (banalización del mal lo llamó Hannah Arendt, zigzag de las demonolatrías y las androlatrías en palabras de Octavio Paz). Donde estos extremos no lo son todo también cabe el justo medio: la ciudadanía responsable. El ciudadano responsable ni hace revoluciones ni hace carrera política; tan sólo se dedica a lo suyo: obedece las leyes, actúa con justicia, cultiva el amor de sus amigos y deja que su vida pase desapercibida a los escribas de los anales de la fama. Ser ciudadano responsable permite que el trabajo propio sea valioso para la comunidad porque es un trabajo bien hecho, libre de los apremios de la nombradía. ¡Quien trabaja bien no necesita llamar la atención! Quien trabaja bien no necesita alardear su postura o convencer a los demás de trabajar bien, no necesita foros o panfletos: su propia acción es elocuente. Ser ciudadano responsable no sirve ni para parecer democrático ni para estar a la moda, tan sólo sirve para la virtud, la que no luce, no vende y no da becas, ascensos o regalías.

Námaste Heptákis

Addendum: Se ha cumplido ya un año de la operación militar que reveló la colaboración de algunos mexicanos con la agrupación terrorista de las FARC. Acá en México, Jorge Fernández Menéndez ha exhibido las evidencias de la presencia de ese grupo guerrillero en México. Allá en Colombia, ayer, el diario El Tiempo volvió al punto exhibiendo el contenido de algunos de los archivos encontrados en la computadora de Raúl Reyes (segundo al mando del grupo terrorista, caído hace un año) y, de acuerdo al Reforma de hoy, entre los fragmentos de cartas citadas se menciona la promesa de apoyo al grupo terrorista para la realización de sus actividades ilegales por parte de un académico de nivel superior, en caso de que llegase a la rectoría de su institución. El próximo día 13 se cumplirá un año del posicionamiento oficial de la UNAM sobre la presencia de algunos de sus estudiantes en el campamento terrorista, y el 16 del mismo mes hará un año también de que Ambrosio Velasco declarase que la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM “no esconde absolutamente nada”, pues los espacios secuestrados por los grupos radicales dentro de las instalaciones de la Universidad están destinados a “actividades muy diversas, todas legales y legítimas… que son complementarias, extracurriculares… absolutamente normales”. ¿No será este el tiempo propicio para que la UNAM aclare las razones por las que ha cobijado a Lucía Morett? ¿No serán suficientes las obscuridades del caso para sospechar que varios están mintiendo?




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