Pitagorismo moderno

Para los jóvenes universitarios desempleados

and nobody has ever taught you how to live on the street
and now you find out you’re gonna have to get used to it

Desde la Ilustración se ha venido afirmando que el bienestar será el fruto del progreso y que el progreso es posible porque saber es poder. Por ello, desde el siglo XVIII se ha presumido como evidente la relación indisoluble entre ciencia, educación y democracia. La primera ha de infundir en la segunda para hacer posible la tercera: los avances científicos (ciencia) se divulgarán a todos los hombres (educación) de tal modo que a todos los hagan iguales (democracia). Cuando los que saben sean más, podrán educar a más y todavía más podrán ser iguales. El bienestar, dicen los progres, sólo es cuestión de tiempo. La igualdad, suponen ellos, es la integración paulatina en el grupo de los que saben: ¡pitagorismo moderno!

Según cuenta la leyenda, Pitágoras era un iluminado nacido con un muslo de oro, una notable memoria metempsíquica y poseedor de múltiples verdades. De acuerdo a Diógenes Laercio, la llegada del sabio Pitágoras a Italia fue todo un suceso. Tal fue el éxito de su presentación pública que los padres enviaban gustosos a sus hijos para que los educara el samio, esperanzados en que el trato con él los convirtiese en notables legisladores. Mas, al contrario de otros educadores, la admisión al círculo del sabio del muslo de oro no era tan sencilla, y, lo que es más, la permanencia en el grupo dependía de una rigurosa pedagogía: los estudiantes debían pasar en silencio cinco años de atenta escucha a las enseñanzas del sabio -sin cuestionar, sólo entregados a aprender-, debían ejercer una meditación autocrítica cada noche, debían llevar un modo de vida estrictamente reglamentado -cuya regulación iba desde la alimentación hasta los modos de vestir, pasando por pautas básicas de ordenación concupiscente y prevención de pensamientos, palabras, obras y omisiones-, debían formar un grupo aparte respecto a la sociedad, debían ser como hermanos respecto a sus condiscípulos y tenían estrictamente prohibido difundir sus grandes verdades entre aquellos que no estuviesen adheridos a la enseñanza del sabio. Para los iniciados, el beneficio de la sabiduría pitagórica radicaba en el progreso personal: en saberse cada vez más perfecto respecto a la transmigración más áurea, más divino respecto a la cercanía del maestro, en saberse -finalmente- conocedor de verdades más nobles que las del vulgo; saberse superior, para decirlo simple y llanamente. Por el contrario, a los ojos de los otros, la heterodoxia del modo de vida pitagórico generaba un conflicto: por un lado atentaba contra el orden político, pues el fin de los padres de la Magna Grecia al enviar a sus hijos con Pitágoras se veía frustrado; y por el otro, ese enigmático modo de vida resultaba atractivo e inspirador para las nuevas generaciones.

Al fin excéntrico, el modo de vida pitagórico cobró fama rápidamente en Grecia. Hacia la decadencia espiritual del pueblo griego, coincidente con su ruina política, tiempos del Helenismo, el pitagorismo ya se había fundido con la pestilencia órfica y los resabios del reservado Egipto. Cuando los helenos enfilaron a Oriente, el pitagorismo encontró pronto acomodo entre los admiradores de los gimnosofistas -dicho sea de paso, otros detritos del esplendor hindú: el eclecticismo de los decadentes-. El misticismo en que derivó el pitagorismo era más lo kitsch de Grecia que una actitud espiritual; como si en tiempos de crisis lo más seguro para no desesperarse sea aislarse de lo crítico afianzándose en lo extravagante: mejor dejar de saber y de pensar, al fin y al cabo la comparación con la eternidad nos pulveriza en nimiedad. En la Grecia decadente pulula la magia, el abuso en los enteógenos, los salvajismos disfrazados de elevaciones, los frenesíes extáticos manumisores del autoexamen y la reflexión. El pitagorismo dejó de ser tanto problema político como inspiración moral y devino en mera fantochería: vano aquelarre de sabidurías menguadas. Del sabio de Samos sólo quedó la estrafalariedad del muslo dorado.

Occidente habría perdido, quizá, su vocación espiritual si por esa época no se hubiese insuflado otra sabiduría de Oriente. El legado de Jesús Nazareno vino a modificar el panorama intelectual de la época, y no es en vano que la primera explicación evangélica se dé en las cartas de Pablo a los descendientes del pueblo heleno. La perfección predicada por Cristo, y transmitida por sus apóstoles, cancelaba el sentido del progreso personal a modo del pitagorismo original y señalaba al salto a la perfección como la única manera de hacer realidad aquella escalera al cielo que soñó Jacob. San Mateo lo dice elocuentemente: “sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial” [5:48]. La única manera de ser perfecto, de acuerdo a la enseñanza de Jesús, es entregarse al amor, pues no se ama poco a poco, sino de una vez y para siempre. En el mensaje cristiano, la perfección es la plenitud del amor: tanto a Dios sobre todas las cosas cuanto al prójimo como a sí mismo. La igualdad pitagórica nacida de la inclusión al séquito del sabio es substituida aquí por la igualdad amorosa a los demás hijos de Dios. Para ser perfecto dejó de ser necesario separarse de los otros, pues sólo en ellos era posible encontrar la perfección. Al contrario del pitagorismo, además, la verdad no es recelosa, sino una revelación bienaventurada digna de ser compartida con todos los hombres. Mas como el Cielo no llegó a la Tierra, y san Pablo lo supo bien, fue necesario dejar en claro que el salto a la perfección predicado en el evangelio no es cuestión de nuestro tiempo, sino del tiempo absoluto en que se experimenta el amor de Dios. Así, el amor cristiano fundó una comunidad perfecta de la fe, pero dejó intacta la imperfección de la comunidad terrena.

El pitagorismo se reavivó en Occidente como corriente crítica. No pasó mucho tiempo para que se frustraran las esperanzas escatológicas de los primeros cristianos. El cultivo de la virtud de ánimo pitagórico, junto a su particular comprensión de la paideia, se mezcló con algunos pasajes evangélicos y fue de utilidad a los radicales para señalar la impureza y lejanía de su comunidad respecto al ideal crístico, justificando con ello su escisión de la misma. El pitagorismo incorporado al cristianismo parió al ascetismo: la escalera de Jacob se volvió el símbolo indiscutible del progreso. Nuevamente la igualdad era el producto de la perfección nacida del cultivo gradual en la virtud, de la cercanía paulatina a lo divino; sin embargo, a fin de lograr la perfección era necesaria la soledad, pues sólo así era soportable la tentación del pecado. Los ascetas se entregaron al desierto egipcio, donde por cierto ya no quedaba encanto alguno, y se dedicaron a la meditación. Quizá tentados por la fama, quizá superados por la terca realidad, los ascetas no tardaron en admitir discípulos. A los primeros seguidores siguieron algunos más, y progresivamente se formaron las comunidades monásticas. La igualdad, nuevamente, vino de la hermandad comunitaria de quienes se entregaban a conocer los misterios divinos. Conforme crecieron las comunidades la organización interna entre sus miembros fue acrecentando su complejidad: para tener más tiempo dedicado a la meditación había que trabajar más en la comunidad y ganar superioridad en la misma, era necesario ganar privilegios. El progreso personal ya no sólo correspondía a la vida mística, sino que era necesario progresar en nuestro tiempo: ser superior políticamente para alcanzar la igualdad eterna. La dualidad formulada por san Pablo, y criticada por los primeros ascetas, era ahora el fundamento de la vida monástica; la organización religiosa de corte cristiano se encontró con su antigua escisión mística. La escalera al cielo que soñó Jacob tenía un paralelo netamente terrenal, pues para subirla era necesaria una posición ventajosa en nuestro tiempo: no era posible amar al prójimo sin los recursos suficientes para amarlo. Al contrario de la decadencia griega, este nuevo eclecticismo pudo lavarse las manos del problema político, pues este suelo no era el reino prometido.

Así como los seguidores de Pitágoras llevaron al extremo su doctrina y ejercieron el exotismo del periodo helénico, o así como los radicales cristianos extremaron el evangelio introduciendo elementos pitagóricos para formar los monacatos, los seguidores del nuevo orden también lo llevaron al extremo reanimando el principio pitagórico de la enseñanza de la verdad por boca del sabio: nacieron las universidades. El progreso personal posibilitado por la universidad medieval mucho tenía que ver con la importancia del sabio del que se escuchaba la prédica. No sólo importaba ganar privilegios, sino ganar los privilegios con los más privilegiados. La igualdad era la integración paulatina al grupo de cierto sabio privilegiado. Sin embargo, el progreso personal facilitado por la universidad medieval permanecía dentro de los límites marcados por las instalaciones universitarias: los privilegios del universitario sólo le servían entre los suyos.

La universidad medieval pronto fue modificada para atender a los anhelos de la sociedad moderna. En su origen la universidad moderna fue el medio que la clase inmediatamente inferior a la alta usó para escalar posiciones sociales, para igualarse hacia arriba. Mientras los jóvenes de clase alta tenían a la formación cultural como opción independiente de su manutención futura, los de la clase inmediata inferior vieron en la formación cultural un modo de acceder a los privilegios de la clase superior, un modo de asegurar su futuro. El cambio de la universidad medieval a la moderna sólo fue posible expandiendo los límites de la universidad: introduciendo a sus aulas la enseñanza de los oficios administrativos. El progreso personal posibilitado por la universidad moderna es la garantía de ganar privilegios en la administración pública. La escalera que soñó Jacob ya no iba al cielo, sino a los palacios de gobierno; ya no la escalaban ángeles, sino burócratas; ya no era necesario ser amado por dios para admirar lo pleno, sino que, por primera vez, la felicidad se encontraba definitivamente en las manos del hombre. Por su parte, el pitagorismo sobreviviente en esta organización universitaria se reconciliaba políticamente con aquellos padres de la Magna Grecia que, desesperados, no dieron tiempo a que la sabiduría que deseaban para sus hijos fuese productiva mediante el intercambio por un plato de lentejas.

El modelo de retroalimentación entre la administración pública y las universidades pronto se volvió exitoso, como si de otro exotismo decadente se tratase. Más temprano que tarde las universidades expandieron sus fronteras más allá de los oficios administrativos e introdujeron a sus aulas a los oficios todos. Los universitarios, por su parte, también expandieron sus miras y no se conformaron con la administración pública, primero conquistaron la administración privada y después la propia administración universitaria. No quedando campo libre a las ambiciones de los asiduos al progreso personal aseguraron que el progreso era posible para todos mediante la pauta que los progresados señalaban: ¡he aquí la verdadera Ilustración! De Pitágoras quedó el silencio educativo. De la escalera sólo el armazón. Sócrates nunca pintó en el panorama.

Contrario a lo que se esperaba, el progreso no ha alcanzado para todos y parece que cada vez son más los universitarios frustrados. No sabemos si los discípulos de Pitágoras se desilusionaron del sabio. Tampoco sabemos si la escalera todavía podrá soportar a los que vienen. Parece que pronto nos quedaremos sin verdades, prolongando el silencio con el que pacientemente hemos escuchado la enseñanza que nos prometió el progreso.

Námaste Heptákis

Eros y poesía (cuento cursi llamado también «Historia a la francesa»)

Por: Raïssa Pomposo

Hélène solía sentarse al pie de un árbol todas las tardes antes de salir a caminar. Pasaba sola muchas horas y podía ser feliz tan sólo con escuchar el canto de un pájaro y cerrar los ojos. Era una mujer de pocas palabras y no todos se acercaban a ella debido a su silencio, sin embargo, aquel que se atrevía a arrojarse al misterio de su persona, quedaba prendado de su encanto y delicadeza.

Hélène era sencillamente bella, su mirada marina penetrante vestía su rostro entero. Sus labios parecían sangrar corrompidos por el divino rojo extendido en sus mejillas. Su piel remitía al blanco de la luna y su cabello a la obscura noche. Sus rizos temblaban con el viento rozando a penas sus largas pestañas. Pero sus manos, sus manos eran pequeñas medusas brillantes bañadas en leche. Sus dedos tocaban las teclas de un piano viejo, aunque bien cuidado, que pertenecía a su abuela materna, quien era pianista profesional y le dio a Hélène las mejores lecciones de piano que jamás pudo haber tomado. Acariciando nota por nota con cada toque, sus manos y toda ella se conviertían en expresión del éxtasis.

Cada mañana adornaba su delgado cuerpo con ropa sencilla pero elegante; cuando planeaba salir, no dudaba en ponerse algún vestido con zapatillas cómodas y femeninas, cubriendo sus manos con elegantes guantes de encaje, pero tan pronto llegaba a casa se quitaba las zapatillas y caminaba descalza por la alfombra.

Desde la muerte de su madre no se cuidaba de guardar el aspecto femenino a toda hora, pues sólo cuando los dedos de la sociedad dirigen sus dardos hacia ella, es cuando Hélène los esquiva haciéndose pasar por una mujer más, pero ella sabe muy bien que su alma esconde más riquezas.

Hélène sabía que a pesar de disfrutar sus libros, la música y la naturaleza, necesitaba llenar un vacío inexplicable en su vida: le faltaba la compañía de alguien más. Cuando caminaba por los caminos boscosos de sus rumbos, veía pareja tras pareja expresando algo que Hélène no entendía, ella simplemente se preguntaba “¿Qué se sentirá el toque de un beso?”, y después se olvidaba del tema y seguía su camino. Muchos hombres han intentado penetrar en la vida de Hélène, pero ninguno la ha cautivado, y ni siquiera lo ha deseado.

Un buen día decidió dejar sus libros en casa y salir tan sólo a dar una vuelta. Cuando estaba a punto de regresar a su casa, vio que acababan de abrir una tienda que vendía todo tipo de ropas femeninas, así que dobló a la derecha y se dirigió hacia ella. Entró pero ningún vestido llamaba su atención, así que cuando iba saliendo levantó la mirada y vio que enfrente de ella había una tienda de trajes para caballero. En el aparador se encontraba un traje negro de corte francés con una camisa blanca tipo italiano y un chapeau melon. Sus ojos se iluminaron y se sintió fuertemente atraída por él, cruzó la calle y decidió comprarlo.

En cuanto llegó a su casa se puso el traje y se vio en el espejo, Hélène quedó asombrada con su aspecto y sintió que ese traje le iba muy bien. De ese día en adelante, cuando llegaba a casa no sólo se quitaba las zapatillas, sino que se ponía el chapeau melon y tocaba piano con él.

Una tarde se encontraba escribiendo parte de su investigación filosófica sobre el Eros en la música, pero había algo que le impedía avanzar en ella, así que decidió ir a la biblioteca más cercana para ver si encontraba algo que le fuera de ayuda. Cuando entró fue directo al pasillo de filosofía y, mientras sostenía un libro en la mano, una mujer de tez blanca y ojos grandes se detuvo junto a ella; no pudo evitar quedar impresionada por la belleza de Hélène, así que bajó la mirada y vio el libro que tenía en sus manos, notó que era un análisis sobre la música escrito por algún filósofo moderno. La mujer se acercó y le dijo:

Disculpa… (Hélène saltó repentinamente). Perdóname, no quería asustarte…

Hélène la vio a los ojos y no pudo evitar sonreírle dulcemente:

No te preocupes, suele pasarme, estaba distraída…

Lo sé, acabo de ver el libro que llevas en las manos, ¿te interesa la música?

Sí, toco el piano, y además estoy haciendo una investigación acerca del Eros en la música.

¡Oh! Seguro que has de disfrutar muchísimo esa investigación. Yo soy pintora y amo la filosofía, supongo que Platón te ha ayudado en tu búsqueda…

Sí, justo me estoy basando en varios diálogos en donde Platón menciona la música y habla del Eros, pero siento que aún falta algo, por eso vine.

¿Por qué no buscas en la poesía? ¿No crees que el Eros alcaza su máximo en la poesía, en la música o, incluso, en un beso?

¡Pero son cosas muy diferentes! –dijo un poco extrañada Hélène-

¡Un beso puede devenir en poesía pura! La construcción de la música revela lo que hay dentro del alma humana dirigiéndola hacia la belleza, hacia el Eros.

¿Cómo puedo saber yo cuando un beso se convierte en poesía si jamás he sido besada? ¡Todo se queda en un ideal que no puedo llevar a mi propia existencia!

¡Cómo es posible que tocando piano no lleves las notas más allá de la partitura! Además el Eros, aunque parezca que Platón lo vea como el ideal más alto, se vive en carne propia. El alma jamás está presa en el cuerpo, un beso lleva al Eros hacia lo más palpable de la existencia. Te reto a que toques el piano y me cautives tanto como para hacer una buena pintura.

Trato hecho, veamos si la poesía hace lo que tú dices…

Hélène llevó a la mujer a su casa. En cuanto llegaron Hélène hizo el mismo rito de siempre: se quitó los zapatos y se puso su chapeau melon. La mujer la vio y pensó en lo bella que se veía con ese sombrero, pero no le dijo nada. Hélène se sentó, abrió su piano y miró a la mujer. La mujer le dijo “Empieza cuando te sientas lista”. Hélène sentía cómo sus manos temblaban tan sólo de contemplar a la mujer.

Cuando la música comenzó la mujer se sintió inconforme, sabía que Hélène tenía talento y magia para tocar cada nota, sin embargo había un vacío que tenía que ser llenado. Hélène sintió lo mismo y paró inmediatamente:

¿Dónde está la poesía? ¿Qué pasa? –dijo Hélène-

La mujer sonrió dulcemente y la besó. Hélène quedó completamente cautivada y la mujer le dijo:

Mi nombre es Camille, no te encontré de casualidad en la biblioteca. Te veo cerrar los ojos o leer. He encontrado poesía en ti y la he confirmado con este beso.

Hélène no supo qué decir, su impresión la dejó muda. Sólo volteó la mirada y empezó a tocar de nuevo. La música se convirtió en el poema más perfecto. Camille comenzó a pintar inmediatamente y cuando terminó de tocar, Hélène dijo:

Mi nombre es Hélène y he encontrado por fin el ideal más tangible de todos.

Vanidad y Juicio.

La vanidad es sin duda uno de los puntos medulares de la critica que hace Nietzsche al cómo se han realizado los juicios valorativos de las acciones humanas, las implicaciones que surgen de esta problemática acontecen en todos los ámbitos en los cuales el hombre se encuentra inmerso, como se expondrá a continuación. Para observar el cómo se va desarrollando esta critica, atenderé a dos obras del filósofo, Humano demasiado humano y El viajero y su sombra, dentro de la primera obra las sub-secciones:  La Inocencia de la perversidad e Irresponsabilidad e inocencia. En cuanto a la segunda obra mencionada, fijaremos la atención en: De la experiencia más intima del pensador y Querer ser justo y querer ser juez. En las primeras secciones mencionadas se puede observar la teoría que realiza Nietzsche en torno a la Irresponsabilidad de los actos, en las siguientes, ésta se relaciona con la vanidad y sus implicaciones de manera más detallada.

 

Durante milenios, siglos, décadas, la historia de la moral y el comportamiento humano, nos han mostrado la creencia de que el hombre posee la libertad de elegir que le es mejor y que le es peor para su desarrollo como individuo, así como también el hecho de que posee los medios suficientes para ser conciente de las implicaciones de sus actos, se le ha dado a la humanidad un poder inmenso para emitir juicios valorativos, se ha creado la idea de un hombre que es en sí y para sí, un hombre en el cual todas acciones son a partir de él y para él. Un individuo libre, omnipotente, capaz de dar valor a todo aquello que lo rodea. Un hombre ahogado en su vanidad. Un ejemplo básico; el comer, lo primero que mueve al individuo para realizar esta acción es, el impulso natural, el deseo de satisfacer sus necesidades primarias, el estómago pide alimento con urgencia, “ruge”, es una exigencia, sobreviene la reacción, buscar algo para satisfacer esta exigencia, es aquí donde entra otro factor, la opción de ingerir lo primero que este a la mano, o bien, algo más suntuoso, una torta de jamón, o una baguette con jamón serrano, queso parmesano y demás condimentos. ¿Qué podrá ser más placentero? ¿Ingredientes simples y a la mano, o ir en búsqueda de otros y realizar el proceso de mejora?. 

 

Es, en la necesidad de completud, que el hombre busca más de lo que está a su alcance, la creencia de que merece algo mejor, más placentero, y que su esfuerzo forzosamente conlleva la gratificación, un mérito. Es así, que pone calificativos a las acciones que realiza en cuanto a la satisfacción de su deseo y en su mejora.  Si de necesidades básicas, damos un salto a las acciones morales, el hombre se ve inmerso en un complejo sistema de acciones con las cuales se añada una gratificación, un reconocimiento. La demostración de superioridad frente a otros, es el motivo mediante el cual el hombre ve realizada la su obra. “Un solo deseo del individuo, el del goce de sí mismo (unido al temor de frustrarse en él), se satisface en todas las circunstancias, cualquiera que sea el modo como el hombre pueda, es decir, deba obrar… Los grados del juicio deciden en que dirección se dejara arrastrar cada uno por este deseo…[1] El hombre pese a todas las ideologías sociales o religiosas, tiene la necesidad de sentirse dueño de sí mismo, de saberse libre de optar y libre de actuar, aunque sus acciones afecten a terceros, éste orgullo desmedido de mostrar de lo que es capaz, para así sentirse en paz consigo mismo, y con la creencia de que esta forma de ser, le permite un conocimiento real y certero de sí mismo. O bien que es su voluntad la que ha actuado.

 

Esta perspectiva del hombre y su vanidad, se ve reflejada tanto en arte como en ciencia, religión o filosofía, como consecuencia de la creencia en el carácter independiente de los valores, la moral tradicional creyó también que las leyes morales valen para todos los hombres: si algo es bueno es bueno para todos, si algo no se debe hacer no es correcto que lo haga nadie. Esto es, precisamente, lo que indicaba el imperativo categórico kantiano y la conclusión a la que se podía llegar también a partir de la consideración tomista de la ley moral como consecuencia de la ley natural, y ésta de la ley eterna. Nietzsche niega este segundo rasgo del dogmatismo moral: si realmente los valores existiesen en un Mundo Verdadero y Objetivo podríamos pensar en su universidad, pero no existe dicho Mundo, por lo que en realidad los valores se crean, y por ello cambian y son distintos a lo largo del tiempo y en cada cultura. Una vez criticado el fundamento absoluto que sirve de soporte a la validez de la moral, no se puede pensar en su universalidad. Los valores morales no tienen una existencia objetiva, no existe un ámbito en el que se encuentren los valores como realidades independientes de las personas, no existen los valores como una de las dimensiones de las cosas, ni como realidades que estén más allá de éstas, en un supuesto mundo objetivo. Los valores los crean las personas, son proyecciones de nuestra subjetividad, de nuestras pasiones, sentimientos e intereses, los inventamos, existen porque nosotros los hemos creado. Sin embargo, es frecuente olvidar este hecho, de ahí que habitualmente los vivamos como objetivos y los sintamos como mandatos, como exigencias que vienen de fuera (de la ley de Dios, de la Naturaleza o de la conciencia moral). El dogmatismo moral consiste precisamente en olvidar que los valores dependen de noso­tros, consiste en mantener que tienen una existencia objetiva.

 

En su teoría de La irresponsabilidad de los actos vemos que Nietzsche llama al lector a un análisis de la inocencia, o la falta de conciencia que es propia de los actos realizados, la fuerza primordial que determina el curso de todas las cosas no es consciente, aunque esporádica y fugazmente se manifiesta de este modo precisamente en nosotros, los seres humanos; pero incluso en este caso la conciencia no tiene carácter sustantivo, ni crea un nivel de realidad nuevo o independiente.

 

En esta visión podemos notar primeramente las modificaciones de los términos desde una perspectiva social y de cómo este modo de vida es desde ambos casos llevado hacia el ámbito moral, puesto que estos son modos de vivir, de un lado con mayores posibilidades de satisfacción, con acciones enfocadas a una finalidad meramente individual, es decir, acciones que permiten el bienestar del individuo que las realiza, su conservación, su obtención de placer en mayor medida, casi necesario.

 

Sin embargo el hecho de que el hombre por primera vez se enfrente a una realidad en la que el no es dueño de sus actos, y por consiguiente no es dueño de sí mismo, es un trago muy amargo puesto que su mundo se ve destruido y en caos, “La completa irresponsabilidad del hombre respecto a sus actos y a su ser es la gota más amarga que el investigador tiene que tragar, cuando se ha habituado a ver en la responsabilidad y el deber los títulos de nobleza de la humanidad. ”[2]

 

Pero, ¿qué sucede frente a esto?, en primera instancia, el hombre se hace conciente de que no es libre, y que aquello que había juzgado pierde su valor, y por ende, la jerarquía en la que se había situado se derrumba ante sus ojos sin que el pueda detenerla. Todo es necesidad. Y todo acto realizado satisface esa necesidad, es con miras hacia ella y para ella. El placer que se obtiene es simplemente eso, no tiene grado de bueno, ni de malo. Pero muy pocos son lo que realmente quieren acercarse a esta realidad, ya que ella sólo causa angustia, temor y dolor.

[1] Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, EDAF, 2003, España. 

[2] Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, Biblioteca EDAF, 2003, España. 

Silencio y democracia.

SILENCIO Y DEMOCRACIA.

El hombre es un ser dialógico, y esto parece el fundamento de la vida democrática, este ser se distingue de otros seres por su capacidad para dialogar, misma que percibimos con mayor facilidad cuando escuchamos su voz, es decir, cuando nos percatamos de que él emite sonidos articulados con un orden y un sentido a los que llamamos palabras, a su vez ese orden y ese sentido nos dejan ver que las palabras emitidas tienen un significado, el cual podemos entender o no.

Sin embargo, el hombre no pasa toda su vida emitiendo sonidos, también es un ser que guarda silencio sin por ello confundirse con los otros seres que le rodean. Es por ello que a lo largo de este breve escrito exploraré lo que es el silencio y la importancia del mismo en una comunidad democrática, pues una vez que sepamos lo que éste es comprenderemos con mayor claridad porqué el hombre que decide guardar silencio no deja por ello de ser un ser dialógico.

Sé que parece contradicción tratar de decir lo que es el silencio, pues la experiencia que tenemos del mismo nos indica que éste es destruido en cuanto iniciamos el discurso sobre el mismo, empero pensar en lo que sea el silencio no nos está vedado, pues así como el habla nos distingue de los otros seres que hay en el mundo, la capacidad para callar parece propia de aquellos que hablan.

Así pues, para comenzar con la exploración de lo que el silencio sea, es conveniente señalar los diversos modos en que el hombre guarda silencio, pues no siempre calla por los mismos motivos.

Por una parte, está aquel silencio que se caracteriza por la ausencia de la voz pero la presencia de pensamientos discurriendo en la mente del que calla, como ejemplos de este modo de guardar silencio encontramos el silencio del que se siente enojado, el de aquel que siente vergüenza, el del que calla para escuchar y reflexionar sobre lo que otro está diciendo, entre otros momentos en que decidimos callar, y que experimentamos cotidianamente.

Conforme a lo anterior, podemos ver que el silencio se da porque así lo desea quien calla, ya sea porque se ve forzado a callar o porque considera que es mejor no emitir voz alguna respecto a lo que calla, es decir, que este modo de silencio depende de la voluntad del que lo guarda, aquel que enojado se calla, lo hace porque considera que es mejor callar que hablar en ese estado. Cabe señalar que aún bajo ciertas circunstancias en que parece que alguien calla lo que ve o lo que oye porque no tiene elección, el silencio que guarda el que calla es en última instancia resultado de su voluntad, pues ya sea forzado o no quien se mantiene silente elige mantenerse en ese estado.

Así pues, vemos que hay un silencio voluntario que por surgir de una elección del hombre puede romperse en cualquier momento, pues en este caso el ser que guarda silencio bien puede cambiar de parecer y emitir en cualquier momento la voz que anuncia aquello que callaba. Este silencio voluntario lo experimentamos constantemente, ya sea porque nosotros callamos, ya sea porque aquellos que se encuentran ante nosotros lo hacen, lo que es claro es que el silencio puede romperse en cualquier momento, y al romperse podemos comunicar con mayor claridad aquello que esta discurriendo en nuestra mente. La experiencia de guardar silencios y romperlos es una experiencia social, pues se da principalmente en el diálogo.

Por otra parte, está aquel silencio que se caracteriza, también por la ausencia de voz, pero se distingue del primero por la ausencia de pensamientos discurriendo en la mente, aquí podemos ubicar al silencio de muerte, y quizá, al silencio que guardan aquellos que logran aquietar al intelecto porque han alcanzado la iluminación, contrario al primer modo de guardar silencio éste no lo podemos experimentar cotidianamente, morimos o alcanzamos la iluminación una sola vez.

En este modo de guardar silencio no vemos a la voluntad humana actuando, pues, salvo algunas excepciones, nadie elige el momento en que el morirá, así como tampoco elige alcanzar o no la iluminación, de modo que no es posible romper este silencio sin ayuda de una divinidad que pueda resucitar al muerto o que permita al iluminado hacer común la experiencia que siente debido a la revelación de la divinidad. Así pues, se puede decir que éste silencio es un silencio involuntario, en el cual el hombre es guardado en la más individual de las experiencias, pues del silente no depende hacer común a los otros lo que es morir o lo que es propiamente la iluminación.

En vista de que el silencio voluntario sí permite mantener la comunicación con los otros, pues el hombre que guarda silencio también comunica mientras que aquel que es guardado en el silencio parece mantenerse sólo en el nivel de la expresión, podemos decir que el silencio voluntario tiene repercusiones en la vida comunitaria, en especial cuando la comunidad en la que se desenvuelve aquel que decide guardar silencio es una sociedad que busca gobernarse mediante la democracia.

Tener voz y voto es fundamental en una comunidad que se dice democrática, de modo que decidir guardar silencio, en este contexto en especial, podría parecer, en un primer momento, la negación al derecho de hablar conforme a lo que se piensa y de elegir lo que se considera mejor para la comunidad.

Guardar silencio en un momento en que la misma comunidad solicita la presencia de la voz es una acción que tiene repercusiones políticas muy importantes, pues el silencio que guarda el ciudadano bien puede ser síntoma de la irresponsabilidad de éste, por ejemplo cuando no emite voz debido a que nunca se interesó por aquello que se estaba dialogando, o bien puede ser síntoma de desacuerdo con las diversas partes que están inmiscuidas en el diálogo político, por ejemplo cuando la indignación lleva al ciudadano a callar debido a que las distintas voces que intervienen en el diálogo dicen lo mismo pero usando términos diferentes.

En un momento en el que parece que la desconfianza en la democracia es algo que crece continuamente, vemos también como crecen los niveles de abstencionismo irresponsable[1] cuando se trata de votar; de modo que nos conviene reflexionar respecto a las implicaciones que tiene en este contexto decidir guardar silencio.

Vemos que el silencio voluntario también comunica a la comunidad, alguien puede guardar silencio al sentirse indignado por ver una injusticia o al quedar anonadado cuando recibe alguna noticia muy sorpresiva, la indignación así como el estar pasmado es algo que ven y entienden aquellos que tienen un trato cotidiano con aquel que calla, pero sin ese trato cotidiano no es posible que alguien se percate de lo que significa la acción que está llevando a cabo el silente, a menos que se vea la causa por la que alguien guarda silencio, y aun así el que desconoce al silente se ve en muchas ocasiones adivinando lo que ese silencio significa.

La necesidad de tener trato cotidiano con el silente para que veamos con claridad lo que éste expresa mediante su silencio, es algo que hace necesario el uso de la voz cuando la comunidad es tan grande como para que todos entiendan lo que dice el silente al callar, de modo que en una sociedad democrática como la nuestra, el silencio parecería ser lo más nocivo que hay cuando de elegir se trata.

Conforme a lo anterior, el silencio queda como el enemigo acérrimo de la vida democrática, tal parece que lo mejor, en el momento que se ha de elegir lo que conviene a la comunidad, es alzar la voz en todo momento. Sin embargo, quedarse en una comprensión tan simplista respecto a las implicaciones políticas del silencio resultaría tan nocivo como callar en todo momento mientras la comunidad requiere que sus ciudadanos hagan uso de la voz que se les ha concedido. Veamos pues las graves consecuencias de no guardar silencio en el ámbito de la vida democrática.

Negarle al silencio la posibilidad de hacerse presente cuando se trata de elegir lo que es mejor para la comunidad, implica abrirle la puerta al ruido, el cual no permite mantener el necesario diálogo que se ha de sostener cuando se trata de ver qué es lo mejor. La presencia de todas las voces al mismo tiempo hace que sólo sea escuchada aquella voz que tiene más fuerza, no la que tenga razón, fuerza que se muestra no sólo en la cantidad de anuncios o en el dinero gastado en una campaña política, sino también en la venta de esperanza, o de un cambio en la vida de la comunidad, la cual se ha de hacer apresuradamente porque no se tiene garantía de que haya quien se siente a escuchar.

Esas prisas al decir las cosas, hacen que las propuestas para hacer de una comunidad una mejor comunidad se tornen en promesas que pueden resultar imposibles, pero que dan más fuerza a la voz que está gritando para llamar la atención; a la comunidad se le puede prometer ya no ser pobre y gritar a los cuatro vientos que se le ayudará para que eso suceda en quince o veinte minutos, pues aquellos a los que se les demanda atención no son capaces de trabajar más tiempo para que eso que se les ha prometido ocurra efectivamente.

Que las propuestas o los programas para hacer de una comunidad algo mejor se vean reducidas a meras promesas, incumplibles a veces, es resultado de exacerbar la negación del silencio en la vida democrática, para saber lo que dice el otro es necesario estar dispuesto a escucharlo atentamente, y para escucharlo atentamente es necesario guardar silencio el tiempo necesario como para que termine de mostrar lo que propone y cómo piensa lograr aquello que propone.

Si bien el silencio absoluto es nocivo para la comunidad democrática, pues deja al otro en suspenso respecto a lo que se dice al callar, en especial cuando el otro no conoce lo suficiente al silente, la negación de todo silencio hace de la vida democrática algo que necesita del escándalo para que más o menos se lleve a cabo. Así pues, antes de fomentar el uso de la voz en una comunidad democrática, es necesario fomentar la presencia de un silencio que escucha atentamente, y que está dispuesto a romperse una vez que se ha escuchado el tiempo necesario al otro.

El silencio absoluto, así como la presencia del ruido y del escándalo en aquellas voces que quieren ser escuchadas sin tener nada que decir, niegan que el hombre es un ser dialógico, y al negar esto se le deja en el nivel de las bestias a las que el buen pastor lleva a hermosos campos a pacer.

Maigoalida de Luz Gómez Torres.


[1] Entiendo por abstencionismo irresponsable aquel que emerge del propio desinterés del ciudadano por la vida política.

El brillar de los anhelos.

Todo comenzò en una mesa de billar, era una noche cualquiera sin nada que valga la pena distinguir, incluso ni siquiera recuerdo la fecha; pero ahi estaba yo, observando las bolas tan bien acomodadas que impacientes me pedian el movimiento inicial, el golpe que las arrancarìa de su monotona posiciòn y las harìa danzar en un bello compàs geometrico, recorrerìan la superficie excitadas, ilusionadas, para terminar en una posiciòn azarosamente ordenada.

Ahi estaba yo, no haciendo otra cosa que planear mi siguiente tiro, el dibujo perfecto de las siguientes cinco jugadas. Podìa figurarme sin mucho esfuerzo, la trayectoria que seguirian las esferas rayadas, preveìa la posiciòn de los brillantes colores uniformemente repartidos en las piezas de juego; calculaba intuitivamente la fuerza que debia aplicar en la bola guia, la posiciòn necesaria para realizar el performance esfèrico que me hacia suspirar. Llegò en menos de un parpadeo, el momento de dar rienda suelta a mi deseo, de apropiarme de la mesa durante los siguientes quince minutos, durante toda la noche. Comencè a sudar frio, la sangre se me subiò a la cabeza màs rapido que cualquier tequila. La mesa era mia y no iba a hacerla esperar.

Tome un suspiro hondo y me relajè, el taco certero repartia los golpes, las esferas giraban, obedecìan , se estremecìan, rotaban en su propio eje, un espectaculo deslumbrante, los tiros guiaban fuera del escenario a las actrices cansadas, mientras los coros se acomodaban azarosamente en su lugar, mi corazòn lleno de alegria no podìa dejar de cantar una sinfonìa que, en mi mente, daba a las esferas su lugar.

Aquella noche fue mia, la mesa terminò por ser un escenario, las bolas fueron las mejores actrices, el taco un experimentado director de la orquesta ¿què sucediò en ese momento? ¡Què fabuloso resulta realizar tus sueños! ¡Como me hubiera gustado que alguien presenciara mi juego perfecto! Escuchar aplausos tal vez ganar algunos pesos ¿Porque no? Tal vez haber conquistado con mi talento a alguna chica. Por el momento, tendrè que conformarme con haber tenido esta experiencia. Quien sabe, tal vez algùn dia pueda vivir del juego.

Ay dios estaba seguro que tenìa que publicar hoy sabado. Hasta le comentè a cor que lo harìa hoy. Disculpen mi distracciòn prometo ser màs atento de ahora en adelante. Voy a ver como crear una categorìa para meter mis escritos. Gracias por leer ¡Hasta la proxima amigos!

La Posibilidad de la Mentira

A. Cortés


¿Da voces el eco del lobo al aullar
mejor que los himnos de tierras remotas
antaño enterrados por cientos de edades?

El hombre, por tener la capacidad de hablar, también la tiene de mentir. Hace unos días decía yo que el habla es evidencia de lo humano, y lo humano, evidencia de una expresión que algo tiene de distinto junto al viento que sale del pecho y al timbre que se le imprime con ayuda de la lengua. Esto distinto debe estar en algún modo relacionado con la manera de ser del mundo y de las cosas de las que nos atreveríamos a decir que vemos con claridad, pues de lo contrario, será imposible que lo dicho cambie en algún modo lo que se tiene por cierto de la vida que vamos haciendo. De ahí que sea importante preguntarnos: ¿hay algún cambio en mí cuando se me dice algo? A mí me parece que es un hecho que nos vemos afectados por lo que escuchamos, que nos mueven las palabras. No creo que sea cosa rara para nadie que se pretenda llevar a alguien a determinada acción mediante el discurso, convencerlo de que algo es así y no de este otro modo, anunciarle que algo ha cambiado en lo que sea que ambos conocen, etcétera. A la palabra la tenemos por potente dadora de las cosas (sea o no sea cierto que es así): actuamos como si se nos hubiera entregado algo que mantenemos con nosotros cuando se nos relata algo que no conocíamos, nos mueve porque afecta quienes somos. Podríamos decir que se entrega la palabra, porque de verdad parece que damos algo. Pero, con todo, la cosa que damos, y la cosa que nombramos que yace en el mundo, no son por necesidad la misma. Sea por la razón que sea, en cualquier caso en que entendamos el vínculo entre palabra y las cosas del mundo, se hace evidente que la voz del hombre puede nombrar aquello que no ve que sea.

Suponemos que lo que vemos que es, en verdad es. Suponemos también que decirlo es una manera de expresar lo visto, de presentar en la voz aquello que me parece que es. El movimiento que lleva al hombre lo más naturalmente a hablar de lo que ve es igual de verdadero, sea o no verdadera la relación de la palabra con las cosas, y sea o no verdadera la cosa de la que se habla. El impulso por decir existe en los hombres que se comunican sobre lo que, por visto, piensan que es. Y de ver, puedo decir que veo de muchas maneras: si los ojos no son lo único que soy al momento de investigar algo, entonces habrá que incluir toda potencia del hombre que permita hacer dicho examen, es decir, si al momento de enfrentarme con el mundo para hacerme una idea de qué cosas son en él, me aboco de varias maneras a clarificarlo, entonces todas ellas son dignas de estima por cuanto me permitan realizar este objetivo. Por ello es conveniente incluir como visión la visión del intelecto cuando hablamos de ver con claridad las cosas que son.

Ahora, no podemos quedarnos con la idea de que es suficiente un vistazo para constatar que algo no tiene más verdad que la que se presenta inmediata a los ojos; así como tampoco parecería congruente que se nos ofrecieran razones de peso para pensar que los ojos son completos farsantes que entregan, como si sí fuera, todo lo que no es. No estoy diciendo aquí si es o no posible conocer en verdad a las cosas (aunque sería muy difícil dar con razones para seguir investigando si estuviéramos convencidos de que no), sino solamente que siempre actuamos como si en verdad pudiéramos conocer, y como si lo conocido pudiera en cierta medida ser dicho a otro, que comparte conmigo algo de lo que veo, y que será movido en alguna manera por lo que le diga al respecto de eso que compartimos.

Al mismo tiempo que esto ocurre, la voz de los hombres puede alzarse e imitar ese modo en el que, como mencioné, se intenta decir lo que se ve que es, pero diciendo algo diferente. Pienso en la imitación porque, al engarzar en un discurso las palabras de una mentira, se añaden a los nombres las características falaces tal como se haría en el caso de las verdaderas, o se malnombra algo con un movimiento parecido a aquel en el que se habla bien de algo (y pienso en el sencillo ejemplo del barco: si se mira uno y se dice que es un gato). La forma en la que se articula la palabra, dando algún nombre, diciendo algo de él, presentándolo como siendo parte de un mundo integrado por todo lo demás que sabemos, da la oportunidad al mismo que habla de decir de una manera que algo es distinto de lo que es. Puede errar y terminar por describir algo mal; puede también deliberadamente presentar algo que no es como si fuera, por ejemplo, exponiendo la existencia de un hombre inmortal (1). Todo ello es sencillamente lo que se nos presenta cada día: podemos mentir porque es potencia de la palabra.

Lo curioso es que la posibilidad de la mentira, mientras más nítidamente se presenta como indiscutible, más ayuda a mostrar la manera en que la palabra se relaciona con lo que las cosas sí son. Porque si estábamos dudando de la posibilidad de decir algo verdadero, entonces nos encaminábamos también a cancelar la posibilidad de la mentira. Mentir es tal solamente para quien acepte que algo hay bien dicho que se está maldiciendo u omitiendo. La mentira sólo es comprensible en un marco en el que la voz puede efectivamente nombrar, y en el que hacerlo bien, hablar bien, equivale a decir de lo que es, que es; así como que es de tal cierto modo. Se hace evidente ésto si pensamos que no hay modo de conducirnos en la vida comunitaria que tenemos, o social si se quiere, sin aludir a una forma de comunicación que pretende desarrollarse expresando lo que es. Y si nuestro modo de decir depende de que engañemos, entonces también depende de que el engaño reciba su justo nombre a la luz de aquello que queremos ocultar. Por quererlo ocultar, estamos ya admitiendo su existencia: al mentir confiamos en que hay algo que sea verdadero.

El hombre que habla y que razona, argumenta de modo que pueda notarse en lo que dice qué cosas del mundo son las nombradas, por las que llega a la conclusión expuesta como una manera de exhibir la verdad. Entonces es evidente que no hay buen argumento acerca de cualquier cosa. Sólo hay buen argumento de lo que es, y se puede ver en lo que sigue: si fuera necesario en un discurso de la palabra seguir cada una de las reglas lógicas para llegar a una conclusión, a fin de que luciera como un estricto ejercicio de rigor del pensamiento, pero ésta resultara falsa, sin duda es patente que en algún momento de la argumentación se habría dado por verdadero o una suposición, o un principio, o una aseveración, falsos, de los que podríamos decir que por más que aparenten verdad, terminan por minar el supuesto buen argumento y exhibiéndolo como malo, como falso.

La verdad que está implicada desde que el hombre habla del mundo, parece llamar al hombre que habla, y al encontrarse como visible funge de cimiento del discurso bien dicho, que se dirige a quien también ve lo que se dice bien. Por supuesto, no estoy admitiendo con ello que sea fácil decir qué cosas son y qué cosas no son verdaderas, y muchas veces he escuchado que por miles de años miles de genios han creído como verdaderas las cosas más disímiles; sin embargo, ésa no es razón suficiente para no admitir lo que salta a la vista: no hay habla que se dé sin la intención de relacionarse con la verdad. Y si esto es cierto, el que los hombres hablen ya supone la existencia de alguna cosa verdadera, tanto para nombrarla, como para ocultarla con la mentira o dejarla a medias.

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(1) Claro, pensando en que el hombre es mortal por definición y por naturaleza, y que, por tanto, la enunciación de “hombre inmortal” es una plena imposibilidad y un oxímoron.

La Mosca

Aquí estoy de nuevo, sin palabras, sin sentido alguno. Sentado inerte ante esta inerte taza de café, tratando de encontrar en mi cabeza algo coherente que decir, que compartir; pero la lucidez nunca ha sido una de mis cualidades y lo único que puedo hacer es contemplar una mosca que vuela a mí alrededor.

 

De cuando en cuando se posa con sus patitas sobre la mesa. Intrigado, la acecho con la mirada. La escudriño y la analizo tratando de encontrar algo diferente en ella, algo oculto, único. Una verdad tal vez. Veo sus movimientos, sus poses, su color; me deleito observando su trompa que busca algo para comer, mientras sus alas transparentes se agitan de cuando en cuando, y sus ojos fijos y rojos reflejan un universo infinitamente multiplicado.

 

Sigo mirando, y en mi búsqueda percibo sus patitas delanteras acicalando su cabeza… justo entonces sucede: La mosca comienza a crecer, a expandirse; de la nada surge otra mosca, se duplica. En este éxtasis surge una tercera, una cuarta, se multiplican cada vez más rápido, una infinidad de moscas aparecen ante mis ojos, me acechan y no dejan de multiplicarse. Súbitamente su forma cambia adquiriendo la de un rostro humano, un rostro igualmente multiplicado y que reconozco. Es mi rostro que me analiza; mi rostro embobado y boquiabierto que me escudriña minuciosamente.

 

Pero no soy yo; es un ser que deja de tener forma, un ser que no alcanzo a comprender, ni siquiera lo concibo ya. Miro a mi alrededor y descubro que todo está multiplicado. Es un universo infinito, lleno de posibilidades y de misterios. Formas gigantes, contornos inalcanzables, movimientos, superficies, locura. Me observo y descubro unas protuberancias en el abdomen que me sostienen al piso. Me asombro de unas alas que crecen por mi espalda, y emprendo el vuelo.

 

Todo es enorme y mi único pensamiento es encontrar algo, algo para comer. Por todos lados busco con la trompa. Me acerco hacia algo blanco y profundo que contiene un líquido oscuro. Mirando perplejo aquél líquido, sumido en la necesidad del azúcar, percibo algo enorme que se acerca a gran velocidad. Trato de volar, de huir; la angustia se apodera de mí; muevo mis alas cada vez con más fuerza pero todo es inútil, ya es demasiado tarde.

 

 

El golpe me noquea, me deja sin conciencia y en mi desesperación miro mi mano descubriendo una pequeña mancha negriroja. Me limpio con una servilleta y sigo bebiendo mi café tratando de encontrar en mi cabeza algo coherente que decir, maldiciéndome por haber matado al único objeto de mi inspiración.

 

Gazmogno