La Verdad Valiosa

A. Cortés

Mas no por aquello la danza cesó,
de cierta sentencia impendiente en los aires
que dicha en silencio ululaba paciente


La verdad, encuentro difícil andar un camino que conduzca de manera simple y llana a decir cómo es que se relacionan los hombres con la palabra. Lo que es más, no creo que haya tal; me resulta más fácil explorar la manera en que parece que se da este vínculo en virtud de la manera en que vivimos cuando entre nosotros hablamos. Así pues, es evidente para todos que no habría vida tal y como la conocemos si no confiáramos en que por la palabra se puede decir la verdad, y en que también se puede mentir.

Ahora, así parece que es en términos planos, que los hombres decimos verdad y decimos mentiras, que de ese modo hablamos y escuchamos a quienes nos hablan; pero ¿es tan evidente la simplicidad del asunto, cuanto lo es el hecho de mentir y decir verdad? Mi temor es que, por ver que sucede en efecto así, nos adelantemos a decir que sucede en todo caso así. Por lo pronto, creo que no es una cosa tan sencilla como que confiamos en que sí y no desconfiamos en que no. Y es que sí se alcanza a ver que vivimos los días haciendo y diciendo con pretensiones de alcanzar a hablar sobre algo verdadero, nos relacionamos con los otros queriendo que ellos sepan de lo que les hablamos, también mentimos a sabiendas de que lo que decimos es falso; pero falta decir que el hecho de que existan necesariamente estas condiciones en nuestra relación expresiva con los otros no garantiza que no haya otros aspectos de la vida en que no se den así.

¿Cómo podríamos saber si es o no de este modo si no por la experiencia? No me parece que sea posible preguntarlo de otra manera, o deducirlo de otro lado, porque lo único que hasta ahora se me ha hecho diáfano es el hecho de que mentimos y decimos verdad cuando andamos yendo y viniendo entre más hombres. Pensando por ello un poco en la manera en la que se dan las cosas en la vida, noto que no siempre hablamos de la misma manera con todas las personas, y no tenemos por iguales todos los asuntos de los que hablamos. Estas cosas en las que pretendemos decir verdad o mentira son, por lo menos, de las más cercanas: saludamos a un amigo y decimos verdaderamente algo que en él vemos, también expresamos fielmente deseos como el hambre o el sueño. Confiamos en que es posible mentir sobre los acontecimientos cotidianos de los que somos partícipes, y en general, lo que nos compete personalmente solemos expresarlo en términos semejantes, acudiendo al cobijo de la palabra y a la confianza en que el mundo está poblado de otros que escuchan y también me dicen.

Al mismo tiempo que hacemos ésto, sin embargo, resulta que sobre los temas que parecerían competer a más que a nosotros solos los tenemos por más escurridizos: por lo frecuente no estamos seguros de que se pueda decir verdad sobre qué es la felicidad de los hombres, o sobre cuál sea el mejor modo de gobierno. Es raro asistir a discusiones circulares más grandes que las que se engendran de proponer entre muchos que se hable de qué cosa es lo bueno y qué lo malo. La gente de a pie mantiene sus opiniones de manera muy sólida, a su mirada, por lo menos: he hablado ya con varios que predican sin más que no hay tales cosas como buenas y malas, sino opiniones al respecto y “mundos en cabezas”. Así también, no parece que sean muchos los que queden contentos cuando alguien afirma que, de las opiniones de los científicos contemporáneos, una debe ser verdadera y, todas las demás, a ese mismo respecto falsas; no me imagino muchas sonrisas en una habitación entumultada en la que se afirme que si lo que dijo Einstein es cierto, la física newtoniana es una mentira.

Todos estos ejemplos de la experiencia me hacen mirar a una sola dirección: parece que es causa de desconfianza todo intento de envolver con nombres las cosas más generales, porque son las más delicadas e importantes; piensen si no apunta ello a que juzgamos algo como más importante cuando lo sabemos concerniente no sólo a nosotros solos, sino a nuestra humanidad[1]. Mejor y más importante son formas que tenemos de decir que algo es más digno de ser buscado para tenerse, en algún sentido de tener. Es más evidente que los temas generales son tenidos en más alta estima por la mayoría porque se deja ver que al tratarlos con los ojos puestos en verdades y mentiras sin más, uno es objeto de condena por simpleza y necedad: se piensa que a cosas grandes corresponden pensamientos grandes. La desconfianza en la palabra empieza aquí como temor al fracaso de impulsarse hacia lo más importante, y terminar habiendo dado en falso. “De las cosas que más nos involucran no se debe hablar gratuitamente”, podríamos decir. Pero esta manera de enunciarlo es todavía muy conservadora junto a lo que parece decirnos la experiencia: no sólo se suele ser cuidadoso al hablar de estas cosas, sino que se concluye que no es posible hacerlo con una pretensión de verdad o mentira. ¿Y el hecho de que algo sea más delicado es suficiente para abandonarlo? ¿Preferimos no dialogar sobre la amistad porque nos tenemos por ineptos y perezosos, y por incapaces de decir nada de valor sobre ella, en lugar de aventurarnos a decir qué cosas obscuras o lúcidas vemos sobre ella?

No es gratuito el hecho de que hoy sea muy común escuchar la imposibilidad de alcanzar la verdad valiosa con la palabra. No creo haber escuchado a alguien que me lo diga en estos términos, pero a ellos se refieren cuestiones como la relatividad de los juicios sobre la belleza (“si para ti es arte, es lo único que importa”), la imposibilidad de dar razón de los ritos religiosos (“cada quién cree en lo que cree”), y otras parecidas, en que se dice que lo que quisiéramos llegar a decir no puede ser dicho, y ésto querido es por tanto la investigación que tiene valor. Es como cuando Kant dice, al principio de la Crítica de la Razón Pura, que el hombre tiene un natural y fuerte anhelo por saber aquello que, también por naturaleza, tiene impedido saber. Aquí es la cuestión que, sobre lo menos importante no hay problema de soltar tremenda verborragia y aceptar todo como verdad o todo como mentira, pero eso sí, en los asuntos de verdadero cuidado, y de seriedad, es imposible acercarse hablando seriamente, porque la palabra no alcanza. Es como decir: “se vale que platiquen sobre esas cosas, pero no pretendan que están diciendo nada de valor”. Y es que entre lo personal y lo social, siempre consideramos que lo social tiene más peso[2], y por ello no es frecuente que se presente en nuestras escuelas algún ponente que hable de cómo le fue en su fin de semana (seguro sí se da, pero no tanto), como sí estamos hasta el cuello de conferencias sobre la crisis y sobre las afecciones de la sociedad. Definitivamente no es lo mismo presentar el ejemplo de quien dice haberse caído tras caerse y concluir de él que decimos verdades, que pensar en el caso de alguien que no está interesado en hablar de caídas, sino en decir cómo es que la poesía puede mover las almas de los hombres. ¿Cuál discurso les parecería más valioso, y de cuál es más fácil decir verdad?

Que conste que en esa pregunta no estoy emitiendo un juicio sobre la facilidad de la verdad, sino proponiendo un examen de la propia posición al respecto de la palabra. Pero las consecuencias de aceptar el extremo en el que de lo serio no se puede hablar son desastrosas para el discurso de lo general: la misma seriedad y excelencia que supuse, cuya tensión estriba en ser lo digno de ser dicho pero imposible a la vez de llegar a serlo, se esfuma fugazmente y se presenta como una promesa vacua. A ésta no se le pasa de largo mostrar su carácter definitivo e inminente: La verdad valiosa se creía que era valiosa, pero es sólo una fórmula imposible como el oxímoron, y se creía que en algo era más grande que el discurso sobre otra cosa cualquiera, pero se erraba al hacerlo: pues si no puede ser dicho, la misma desconfianza en la palabra muestra las bases de lo que creíamos tan sólido como quebradizas y corroídas. Al excluir la posibilidad de decir verdad sobre las cosas, éstas pierden para nosotros cierto nexo con la vida que de algún modo las unía. Y esto que digo no es tan raro: por ejemplo, de tanto predicar que no se puede dar razón de lo bueno y de lo malo, y que no se puede hablar de ello en absoluto, se acaba por convencerse de que ninguna de ambas cosas es verdadera, de que no sólo no se puede hablar de ellas con verdad, sino que no se puede darles nombres porque no tienen cabida en el mundo. Se deja de confiar en que haya algo que sea ‘lo bueno’ cuando se desconfía en que se pueda decir verdad sobre él. La cosa pierde su nombre y se pierde de vista. Es decir, el mundo vuelve a hacer suyo sólo lo dicho, y deja fuera en lo que se sembró la desconfianza, apartándolo como ilusión que se evapora. ¿Qué ocurre entonces con la ciencia, y qué con la filosofía, si la verdad valiosa fuera un cuento de soñadores que se placen en la fantasía para no dolerse en la vida mundana?


[1] Y creo que tenemos en aún mayor estima aquello que concierne a todo cuanto es en el mundo.

[2] Para evitar problemas por ahora, digamos que lo social está entendido como lo que me involucra a mí y a todos los que viven conmigo, ya sea en mi casa, en mi ciudad, o en menos palabras, en mi comunidad: aquellos con quienes tengo algo común que nos une.