El Pensador III

• Esta es la tercera y última parte del poema intitulado El pensador. La vez pasada me fui imposible publicarla porque no encontraba el poema. Con este texto, pues, cierro el poema.

III

El pensador ante el muro, frente a él, cercado, olvidado, dividido. De nuevo se empapa, llora y se exprime ante el castigo divino…implacable, trágico, fortísimo.

¿Libertad?

Imposible vivir todas las vidas, imposible siquiera pensarlas.
Tan sólo una nariz, una singular nariz, determina, pues con ella se respira el mundo de un cierto modo.
¿Cómo salir de sí? ¿Cómo exterminarse sin morir? ¿Cómo emprender un viaje sin memoria? ¿Cómo vivir sin recuerdos, sin historia? ¿Por qué no podemos exiliarnos de nosotros mismos?

Límite.

Cualquier pregunta, cualquier palabra, cualquier acción, no tienen sentido ya. El pensador tendrá que aceptar su destino.
Frente al muro, siempre frente al muro.
Preso, orillado, frustrado. La luna, su única compañera, testimonio de la inmanencia, único vestigio de que no está solo. En algún lugar, quizás, algún otro, también frente al muro, levanta la mirada hacia la luna de vez en cuando para no sentirse solo. ¡Cuántas plegarias se dicen con los ojos!

La luna en los ojos del pensador. El ojo del pensador en el ojo izquierdo de Dios. Una nube cruza delante del ojo eterno. La luna se oculta. El pensador baja la mirada.
El pensador angustiado espera la llegada del sol. Confiado en su experiencia, sabe que en algún momento saldrá el sol triunfante de la batalla milenaria.
Mientras tanto, el nublado cielo se desmorona en pequeñas gotas de agua. El pensador en silencio escucha la armonía del agua. Su cuerpo entero está empapado, poseído y abrazado por la dulce lluvia. Una extraña sensación, desde su mitad, en impulso conocido, lo recorre desde la espina dorsal hasta el cerebro. El pensador se extraña, se angustia y se fascina. Su respiración ahora agitada, su boca dibuja muecas que bien podrían ser de dolor, que bien podrían ser de placer. Sus manos se tensan y acarician el pétreo cuerpo, abrazan el pétreo cuerpo. Un hilo de saliva, un hilo de lascivia, chorrea y gotea desde la boca hasta el suelo, confundiéndose con las gotas de lluvia. El pensador observa, cae en cuenta que su diestra mano lleva ya tiempo estrangulándole el miembro, crecido ya, robusto, erguido, fuerte y mojado. El pensador se hinca y comienza a acariciarse, a arañarse, mientras se provocaba, se excitaba. Sus labios revientan y comienzan a sangrar.

Una voz antaño ahogada comienza a hacerse de sonido desde lo más profundo de su estómago. Una mano invisible de cuando en cuando aprieta todos los hilos internos provocando que el pensador se encorve y flexione.

La lluvia azota.

El cuerpo entero del pensador comienza a temblar y él mundo con él.

Ojos cerrados.

Ante el pensador desfilan imágenes perversas de su pasado, todas sus muertes, todos sus pesares, todas sus culpas…sin dolor…con indiferencia.
La voz ahogada comienza a escalar desde lo más profundo de su ser. Uno de los ladrillos del muro revienta y cae pulverizado. Un rayo de luz que penetra por el reciente boquete da testimonio de la proximidad del sol.

La luna ahora lejana y desdibujada.

El pensador se besa a sí mismo, se muerde el brazo y continúa lastimándose. La tierra comienza a crujir. La voz está por salir. Varios ladrillos estallan simultáneamente. La lluvia lo cubre todo. El pensador se siente lleno, harto, exhausto, rebelde.

El cielo comienza a sangrar.

La voz se abre camino y estalla en grito. El sol hirviendo sobre la olla del mar. Miles de rayos solares iluminan el cuerpo del pensador, lo exponen. El pensador cae al suelo y con sus manos aprieta las hierbas.

Gloria.

El pensador desciende de la cima de la plenitud. Se levanta y observa el muro, lleno de boquetes de luz, agujerado, golpeado, mal parado. El pensador se acerca para ver a través de la destrucción. Desde ahí el mundo entero, raso, llano, enorme, con el sol al final del horizonte.

In excelsis.

El paisaje se comienza a mover en flujos succionadores como si su origen lo reclamara. El sol, el pasto y el cielo se unen formando un torbellino de todo. Ya no hay colores ni formas ni materias ni seres, tan sólo una esfera que no hace más que girar sobre sí misma en ritmos armónicos. El pensador asoma un brazo por uno de los agujeros del muro, lo extiende y del puño de su mano levanta el dedo índice para señalar el origen.

El origen de todo se fuga dejando rastros de mundo tras de sí.

Deo.
R.S.B.

1 comentario

  1. Námaste Heptákis dice:

    Buen final.
    Me quedé pensando en la nariz, quizá con ella. No sólo en cuanto a respirar el mundo, frase que conjuga tanto un sentido objetivo como uno objetivo, sino en cuanto al nacimiento de la civilización y a su desenvolvimiento histórico: si es cierto que las primeras culturas se desarrollaron siempre a orillas del mar o cerca de algún río o un lago, los olores del agua vendrían a ser fundadores de la civilización… luego, en nuestros días viene a ser inodora y nuestras ciudades apestan a humo; aquí sí que cambia el sentido de respirar el mundo.

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