Beethoven

Toda mi vida he esperado por este momento. Con boleto en mano entro al Palacio de Bellas Artes. Mi emoción se mezcla con los murmullos de mortales que buscan y anhelan la liberación; y en esa búsqueda han dado en este lugar, a esta hora…igual que yo.

 

El protocolo no hace más que intensificar las expectativas, las ansias de gloria. Por fin entro a un pasillo que recorro lentamente, como si fuera el Purgatorio que me habrá de llevar al cielo, sin más prisa que la de mi espíritu que quisiera trascender el tiempo hasta el instante en el que serán rotas sus cadenas y se elevará libremente entre coros celestiales escritos hace ya mucho tiempo, e inmortalizados en una sinfonía coral.

 

Tomo mi asiento y contemplo el recinto como quien sabe que ha llegado a su destino y únicamente un pequeño paso lo separa de él. Así, frente a la puerta del paraíso observo cómo la sala comienza a llenarse y, poco a poco, entra la orquesta. Arriba, los murmullos producen sonidos amorfos que apáganse lentamente. Abajo, los instrumentos chillan y se quejan por la espera tan prolongada, por la afinación, por el deseo. Dos niveles caóticos que habrán de unirse en el momento preciso.

 

Este caos forma una escena en mi mente; escena que comienza, como todo, con tinieblas. Bruma espesa que se difumina ante una figura que aparece de repente. Con ella surgen sonidos acompasados que recuerdan fatiga; sonidos que se convierten en pasos, pasos que anuncian tragedia.

 

La figura se define y comienza a hacerse familiar: un hombre de edad, ligeramente encorvado, con cabellos canos y crecidos ocultándole el rostro, y las manos, una sobre otra, apoyadas con pesadumbre detrás de la espalda. La figura se acerca y  puede observarse su rostro que, aunque cubierto por sus cabellos canos, refleja tristeza; tristeza inefable que ningún poeta podría describir; tristeza convertida en orgullo; orgullo convertido en gloria.

 

El hombre es sordo, se nota por sus pasos tímidos y su tambaleo al caminar. ¿Qué miserable destino es el que ha convertido a este hombre en un símbolo digno de una tragedia griega? Sobre sus hombros lleva todas las dolencias del mundo, con ellos carga todas las penas de la humanidad; por eso su pequeña joroba. ¿Por qué es este hombre tan importante en mi vida? ¿Por qué su imagen, hecha ya símbolo, representa para mí la máxima expresión de la pasión, de la vida, del romanticismo?

 

La escena se esfuma de mi mente con la entrada del primer violín. El caos comienza a ordenarse con los aplausos. El protocolo comienza a hacerse fastidioso.

 

El director prorrumpe con una entrada triunfal que aplasta los últimos vestigios del caos. El protocolo concluye con la presentación del primer violín y los aplausos al director; los músicos se ponen en posición; la expectación crece.

 

Las puertas del paraíso comienzan a abrirse, la atmósfera se tiñe de eternidad y esos instantes de incertidumbre se alargan y desdoblan interminablemente liberando mi imaginación y mis recuerdos. Imágenes se agolpan en mi interior; imágenes contradictorias, ora de anhelo, ora de angustia.

 

De entre esas imágenes vuelve a surgir la misma figura del hombre encorvado con las manos detrás de la espalda; imagen misma de la melancolía. Pero… ¿quién es? Aunque la certeza es indudable no me atrevo a pronunciar el nombre. Sólo puedo pronunciar un adjetivo que se ha vuelto, junto con la figura, un símbolo en mi vida: artista… EL artista.

 

Este hombre es para mí, no sólo el romántico, sino el artista mismo por antonomasia; y un artista es aquél que se eleva de su condición mortal hacia las alturas de lo etéreo; que en un destello explosivo descubre los secretos del misterio, los rincones de lo eterno, las sensaciones de lo divino. Con el arte ennoblece la vida, crea vida, es él mismo vida. Siempre buscando la belleza, dándole forma al ideal. Pero en este andar hacia lo eterno se destruye como mortal, se aniquila como materia. ¿Por qué?… es una pregunta que me ha destrozado la cabeza por años, y la única respuesta que he logrado encontrar en mí es la de que el arte trasciende los límites humanos, trasciende la razón y en esa trascendencia la pasión se vuelve camino; eleva sus alas hacia el éter divino; se esparce por los infinitos aquelárricos del tiempo proclamando a grandes voces la destrucción del cuerpo, anhelando la eternidad toda. Por eso la tragedia; por eso la locura y la misantropía.

 

El artista necesita destrozar su razón para ver el infinito. Por eso la filosofía no llega, ni llegará nunca a nada más que a una cultura general del pensamiento, pero únicamente de eso, el pensamiento; porque es opaca, rectangular y limitada. Mientras el artista corre entre las llamas del infierno sabiendo que algún día se consumirá tornándose humo hasta alcanzar el éter, el filósofo observa esas llamas desde un escritorio intentando analizarlas, clasificarlas y definirlas.

 

Esa es la tragedia del artista, ese fue el destino de Beethoven.

 

Ante estas cavilaciones descubro que he logrado pronunciar su nombre: Ludwig van Beethoven. Este fue el nombre mismo de la tragedia, del dolor. Ludwig fue el mortal que vivió desesperadamente la fatalidad. El que siendo músico se vio impedido por el destino a no escuchar su propia música por su sordera; que entre las angustias elevó los ojos, consumidos por lágrimas, hacia el universo, intentando comprender su soledad, muriendo lentamente dentro de un cuerpo tosco y demacrado; un cuerpo inútil… y sordo. Van fue el romántico que luchó contra el destino y su sordera; que encaró al mundo y decidió despedazarse en nombre de la inmortalidad, cumpliendo así con la tragedia. Y Beethoven fue el espíritu salvaje que vagó por el infierno, atrapado en Ludwig, hasta lograr su liberación a través de la música y convertirse en un Dios al componer la…

 

Una nota aniquila mis fantasías, entra inmisericorde en mí colapsando mis sentidos, alargándose y llenando el recinto y los corazones de centenares de hombres que comprenden lo que está sucediendo. Es un oboe que surge del silencio dando comienzo al primer movimiento de la Novena Sinfonía.

 

Mi espíritu se tranquiliza y se deja conducir entre paisajes deformes que, poco a poco, están cobrando forma. Paisajes de una belleza indescriptible. Colores surgen de la bruma y cada nota da armonía al desorden. Cada nota propone un sabor, un color, un olor y la sensación de estar elevándose en el éter. El tiempo se torna inestable; se alarga y se acorta a capricho de la música; se subordina a ella mientras el espacio se vuelve irreal, acartonado. La realidad cambia; yo simplemente escucho.

 

El primer movimiento concluye; en el silencio quedan suspendidas las notas como instantes eternos. Mi mente escapa a la insoportable angustia que provoca este cese y se refugia de nuevo en preguntas y en sentimientos que no logran resolverse. ¿Por qué la tragedia? ¿Por qué la necesidad del sufrimiento para descubrir la belleza? ¿Acaso aquél es necesario para trascender a los mundos celestes? Cómo es posible que un hombre cuya vida toda ha sido tragedia logre sacar de sí algo de la belleza que acabo de escuchar.

 

Estas interrogantes se desvanecen cuando el segundo movimiento comienza. De naturaleza distinta al primero se escucha la ascensión de un espíritu hacia la gloria. Cada compás, cada silencio es una marcha hacia el Olimpo, un desafío a lo mortal, a lo perecedero. La voluntad del hombre asumiendo su carácter de Dios, y como tal, creando su propia obra en el éter mismo. Siempre dándole forma a la belleza.

 

Las puertas del paraíso cada vez están más abiertas, dando lugar a los destellos de aquella luz que sólo un espíritu celestial es capaz de transformar en música. No hay duda ya: el artista es el mensajero de los dioses… pero no, no Beethoven; este segundo movimiento me lo confirma, él no era un simple mensajero de los dioses, era algo más…

 

En estas divagaciones me encontró el final del segundo movimiento, y con él una imagen recurrente; imagen de un virtuoso que, siempre que pienso en Beethoven, aparece para disputarse el trono: Wolfgan Amadeus Mozart, el genio, el niño prodigio, el elegido por los dioses. Mozart sí fue un mensajero de los dioses; un canal que nos transmitió sus mensajes, pero… ¿Beehtoven?

 

Al formularme esta pregunta soy arrancado de mis profundidades por una de las piezas más bellas que he escuchado en toda mi vida. El tercer movimiento comienza con colores pastel, con sensaciones blandas, con belleza de olor a rosas que no llega a lo sublime, simplemente danza alrededor de lo bello.

 

Con cierta semejanza al primer movimiento es como un puente que liga la marcha triunfal del segundo movimiento con lo que ha de venir. Yo me limito a escuchar mientras mi corazón se hincha de belleza y el titánico conflicto de músicos se resuelve intuitivamente, aunque sin una certeza, inclinándose la balanza hacia Beethoven.

 

En el éxtasis etéreo de los espacios infinitos que describe el tercer movimiento me encuentro cuando la orquesta, con una elegancia aristocrática, concluye. El auditorio observa silencioso. El espacio de tiempo entre un movimiento y otro se prolonga por la aparición del coro que toma su lugar. Todos sabemos lo que va a pasar; todos lo deseamos. Hemos esperado tres movimientos y las puertas del Paraíso están a punto de abrirse completamente; los nervios se desatan, la respiración se acelera y el deseo anhela salir por cada uno de los poros hasta llegar al éxtasis completo.

 

¿Qué es la belleza? me pregunto intermitentemente entre lo que acabo de escuchar y lo que ansío presenciar, pero algo en mi interior me obliga a callar, reprochándome que deje la filosofía a un lado y me dedique a contemplar; que la belleza no se define, sino se vive; que no se clasifica, sino se siente; que no se puede atrapar, sino que se es atrapado por ella; que es la esencia del arte y de la vida, es decir, un misterio que se recrea a sí mismo, se desdobla; nace y muere a su propia voluntad y no tiene explicación ni lógica, ni siquiera para sí mismo. Es un espejo reflejándose a sí mismo en la eternidad.

 

Los chelos rompen el silencio proclamando el cuarto y más sublime de los movimientos. Las notas chocan unas con otras y forman espirales que apuntan al Olimpo. Los mismos dioses callan y están atentos a lo que viene. La eternidad se empieza a construir. Poco a poco se junta la esencia de los tres movimientos anteriores junto con fragmentos de otras obras de Beethoven que proclaman la unidad. Es la lucha final, el hombre que se alza en busca de la divinidad.

 

Sorpresivamente se empieza a formar una melodía; primero silenciosa, grave, que poco a poco se va afinando, agudizando. Cada vez entran más instrumentos, nuevas tonalidades. Todos sabemos de que se trata pero callamos ante la estupefacción, el estallido es inminente: el himno a la alegría instrumental colapsa al auditorio, y a mí me arranca alguna que otra lágrima que surge desde lo más profundo de mi éxtasis.

 

Los cantos comienzan. Es la primera sinfonía coral jamás escrita. Las veces se elevan; primero el barítono, luego el tenor; entra la soprano creando una polifonía que asemeja al canto de los dioses. La orquesta se desgarra acompañándolos, el momento se acerca, todo se une, se ordena; el coro se prepara…

 

Un pequeño preludio que comienza con un oboe anuncia el Paraíso. Del éter surge un ángel que nos envuelve con su voz, nos prepara para la catarsis; presenta a los instrumentos que comienzan a tornarse agresivos, esplendorosos, altivos. La expectación llega al máximo; la orquesta se hace pedazos, el auditorio se aniquila: comienza la implosión… las cadenas empiezan a ceder… los espíritus se unifican agolpándose unos con otros, liberándose mutuamente y todo se colapsa en un gigantesco estallido que explota hacia el infinito: la gloria máxima, la unidad, la totalidad se han alcanzado: lo subjetivo y lo objetivo; la orquesta y el auditorio; todo es uno mientras los ángeles nos toman de la mano y nos llevan ante la presencia del ser supremo entonando a coro el himno a la alegría; la risa de Beethoven desde el Olimpo se escucha por todas partes… yo me desgarro y me fundo con ella ahogado en lágrimas que me son arrancadas involuntariamente: yo ya no soy yo; Fichte estaba mal, en este instante lo comprendo: no yo es igual a no yo, a algo más.

 

Ésta es la única pieza musical que ha logrado arrancarme lágrimas, que ha logrado enseñarme la eternidad, aunque sea tan breve como lo que dura el himno a la alegría coral. Ya no hay duda, Mozart es un mensajero de los dioses, pero Beethoven logró ser uno de ellos. Mozart fue sólo un instrumento, a él le dictaban su mensaje los dioses, pero cuando les dejó de ser útil lo aniquilaron en medio de un Réquiem, de su Réquiem.

 

Beethoven fue un mortal que les arrancó la voz a los dioses, que se elevó tan alto como ellos, retándolos, combatiéndolos hasta que se ganó un lugar entre ellos. Por eso quedó sordo, porque para elevarse hasta el Olimpo tuvo que sacrificar su oído para poder trascender lo mortal y escuchar su interior. Perdió el sonido para inventarlo; por eso su tragedia: sacrificó su mortalidad para ganarse la inmortalidad. Logró lo que ninguno: llegar a la eternidad dentro de lo finito; y la prueba de esto es su novena sinfonía.

 

Y así, poco a poco termina la que considero la obra maestra de la música de todos los tiempos y comprendo la necesidad de la tragedia y de la locura para perpetuar la belleza; la necesidad absoluta de la pasión y la cumbre de ella que es el romanticismo. Éste, para mí, llegó a ser la máxima expresión del arte y de la vida. Su recurso principal es la pasión, su esencia la belleza misma. No existe más sublimidad que el arte romántico y como líder el gran melancólico: el sordo de Bonn.

 

Mi interrogante, al salir del Palacio de Bellas Artes: ¿cómo es posible que un solo hombre haya logrado crear algo tan sublime, tan divino, tan perfecto?, ¿cómo es que una obra, una sola obra logre perpetuarse eternamente en los corazones de todos los hombres, y causar el mismo impacto en todas las épocas?, y la pregunta principal, que no he podido ni creo poder responder: ya que el arte es la expresión y fin último del hombre; ya que es lo único por lo que puede ascender a la inmortalidad, tomándolo en cuenta como mimesis ¿es el arte una copia de la vida o la vida es una copia del arte? Muchas veces, tal vez la mayoría, me inclino por la segunda.

Gazmogno

1 comentario

  1. Námaste Heptákis dice:

    Hay un supuesto importante en la última pregunta que puede traer consecuencias terribles al seguir el camino de la respuesta que sospechas. Suponiendo que la copia es superior al original, si efectivamente la vida es copia del arte, y el arte es hacer humano, el hacer del hombre ha de ser superior del hacer de aquel que hace la vida. Si en este punto no aclaramos que la vida también la hace el hombre, estamos lindando con la soberbia proposición de la divinidad del hombre. ¿Cómo ves?

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