La humana comida

¡Qué delicia, el alimento! No hay como saborear una buena comida. Mezclar y medir lo que se come tiene un poco de ciencia y otro poco de magia. Ni el león ni el burro endulzan sus comidas, ni llegan con especias al aromático sabor que más les gusta. Cosa perfectamente comprensible, pues la forma humana de comer es única en el mundo.

Además de andar combinando unas cosas con otras para adornar los sabores del alimento, los hábitos que tan regulares nos parecen exponen uno de los más elocuentes testimonios de lo humano. Sólo falta conocer a un extranjero para notar lo extraño que come: quizá no usa servilletas, quizá usa mucho aceite (o muy poco), quizá no come caldos y quizá sale corriendo asustadísimo después de que probó una buena salsa de chiles toreados. Y aún así, nada tienen que ver las ajenas costumbres con la manera de comer de las bestias. No se puede decir que no disfruten su comida porque nunca la sazonan. Es otra cosa en la que distan. No habitúan de la misma manera: no se sienten incómodos sin platos, ni se miran entre ellos mientras mastican. Si acaso sí lo hacen, parece que es sólo para cuidarse de que nadie hurte su porción.

En cambio el hombre es muy distinto. Especialmente porque se une para comer. Bueno, en realidad, no porque se une, sino por cómo se une. Su unión no es sólo un conglomerado al que se suman los comensales, es una auténtica fiesta. Muy demeritada por la rutina, o dejada de lado por la vida citadina si se quiere, pero eso no quita el hecho contundente de que cada comida entre hombres no es engullida, sino celebrada. Se celebra la hora de la comida porque al alimentarnos juntos compartimos nuestra humanidad: nos servimos, platicamos, nos miramos a los ojos y conocemos lo que cada cuál gusta y disgusta. Nos sabemos mientras saboreamos lo que preparamos para comer.

¿Y qué no se puede hacer lo mismo sin comer? Lo pregunto porque parece que en nada se diferenciaría de cuando nos juntamos sin comida solamente a platicar; y quizá sea verdad que no haya diferencia. Pero pienso también que el placer de comer y ver comer es muy peculiar, y que el sazón que a una comida da una buena conversación no es substituible por nada más. De manera que el reunirse a la mesa es una cosa irrepetible, y que difícilmente analizamos, a la hora de la comida, qué acciones son “comer” y cuáles otras “platicar”. No es que no sea obvio que son dos cosas, pero cuando salimos con alguien a comer, no nos quedamos mudos. Y si lo hacemos, nos incomodamos.

Entonces no es cierto que comer sea solamente nutrirse. Ni siquiera las bestias solamente “se nutren”, como si de verdad los seres vivos fuéramos por la vida buscando qué sumar a nuestro organismo para que siga funcionando; como buscando combustible. Es una descripción muy pobre decir que el placer del alimento es un “mecanismo” que nos incita a seguir comiendo, no fuera que nos disgustara y nos muriéramos de hambre. Es una descripción pobre porque nada tiene que ver con nuestra experiencia de comer. ¿Cómo va eso a explicar lo que es acercarnos la cuchara llena de pozole a la boca y oler su aroma picante? No es lo mismo. Pueden hablar todo lo que quieran, los “científicos”, y pueden decirme cuantas veces les plazca que comer no es más que llevar los nutrientes necesarios hacia adentro de la panza para asimilarlos y seguir sobreviviendo; pero que conste ahora y ante testigos que cuando ellos, sintiéndose miserables, se hayan hartado de ingerir píldoras nutrimentales, aún así de buena gana los recibiremos a la mesa con un caldo de gallina calientito recién hecho y, para después, un café de olla humeante para que se les pase la tristeza.

1 comentario

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s