La amistad y la vida

Para G., que sufre…

 

Una mirada desdeñosa junto con una sonrisa irónica acompañan las sentencias despectivas de los realistas que aleccionan sobre la banalidad del pacifismo. Ante el complicado panorama de la violencia de nuestros días, las opciones esperanzadoras, aunque sean fugazmente esperanzadoras, son acechadas con sorna por los panegiristas del egoísmo: “estás fantaseando, pues la única opción es la praxis revolucionaria”, “trazar el camino de la paz con abrazos, poemas y rosarios es tan ridículo como rezar en medio de una balacera”, “si nada se puede hacer, es mejor ser realistas y no hacer nada”. Como si el pacifismo fuese objeto de desdén por su inefectividad. Sin embargo, la manera en que podría medirse la efectividad del pacifismo dista mucho de los criterios tradicionales en que suele considerarse a la efectividad en general. Lo dijo con claridad, el pasado jueves, Javier Sicilia: “hemos recorrido el país abrazándonos para romper la soledad y el dolor que los criminales y un Estado omiso, cooptado y corrupto nos han impuesto contra la verdad de nuestros corazones”. O en otras palabras, si acaso en algún momento llega a ser efectivo el pacifismo que se va formando en el país, será porque ese pacifismo nos permitiría el consuelo del dolor y la compañía amorosa; o en otros términos: nos permitirá reavivar el amor al prójimo. Siendo esa la propuesta del pacifismo que se va formando en el país, es indispensable reconocernos con las palabras que expresan los acechados por el inmenso dolor que la violencia está generando. Buena oportunidad de reconocimiento encontramos en las palabras que Gabriela Cadena, madre de uno de los jóvenes asesinados junto a Juan Francisco Sicilia, dirigió a los legisladores federales, y a través de los medios de comunicación dirigió también a la nación, en una jornada más por la paz con justicia y dignidad en el país, sus palabras fueron: “No hay un día en que no piense en el sufrimiento y el dolor de mi hijo y sus amigos, en sus últimos momentos, cuando conocieron una maldad que no habían imaginado, una maldad que no tiene nombre; cuando los iban matando uno por uno, a ellos, a quienes les sobraba la amistad y la vida. No hay extensión más grande que esta herida, no hay palabras para nombrar este dolor”. ¿En verdad hay alguien tan obtuso para no ver nada en esas palabras? ¿O acaso hay alguien tan cínico para reírse con sorna de la inocente madre que no sabe sobrellevar su daño colateral?

Nadie con un ápice de decencia puede evitar inquietarse ante las palabras citadas. A su manera, y no sólo dichas en su contexto, esas palabras son perfectas para acercarnos al ideal pacifista. Cualquiera que tenga un amigo, y entonces sea genuinamente humano, reconocerá en las palabras de la madre angustiada el pesado origen de su dolor: nada da tanto sentido a la vida como la amistad, nada arruina tanto una vida como ver al amigo sufriendo, ¿habrá peor manera de terminar la vida que contemplando el asesinato de un amigo?

De pronto, parece que esos siete amigos asesinados en Cuernavaca descubrieron la maldad en su expresión más cruel: la maldad que carcome las amistades. Esa maldad cruel que tortura al país es la que nos aleja del otro, la que nos decolora la vida, la que nos borra al prójimo y nos hace celebrar –ya sea con la confianza de la teoría política- que son muertes merecidas y necesarias o bien -con la seguridad del nihilista ahogado por el tufo de cantina- que son muertes tan vanas como todo lo demás, sólo que exageradas por los inocentes. Quien no vea ahí la urgente necesidad del amor al prójimo, del arrepentimiento y el perdón, quizá no pueda verlo nunca más; quizá nunca más pueda enfrentar el misterio del mal; quizá no tenga una vida digna de ser vivida.

 

Námaste Heptákis

 

Ejecutómetro 2011. 7677 ejecutados hasta el 29 de julio.

 

Sabiduría contemporánea. “No soy Dios, he cometido muchos errores”. Elba Esther Gordillo. Maestra de la Humanidad y líder sindical.

 

Ideas en vuelo. Versos de Alberto Blanco.

Gracias al corazón colmado de toda clase

de resentimientos porque a pesar de todo

sigue latiendo en la mitad de la noche

alentando nuestra absurda esperanza

de un nuevo y distinto amanecer!

 

Jornada a las Tierras donde Nace el Sol (3)

Cuando mi amigo me pasó la taza, me pidió de manera delicada y serena que primero disfrutara de su aroma. Al tomarla con ambas manos me percaté de su temperatura y de la extraña sensación de la porcelana caliente. La acerqué lentamente a mi nariz sintiendo la tibieza del vapor, que exhalaba, en mi rostro e inhalando profundamente llené mis pulmones con el aroma de aquel líquido verduzco que me inspiraba tranquilidad y serenidad a la vez que reverencia. Imágenes de antiguos y olvidados senderos polvorientos llenaban mi cabeza, senderos otoñales desgastados por el tiempo y cubiertos con el oro tributado por los árboles marchitos que en alguna primavera remota volverían a enverdecer. Y me veía a mí mismo en medio de aquellos caminos, milenario, viejo y empobrecido, decidiendo direcciones.

Pero algo en la visión de ese anciano empezó a perturbarme; algo en su mirada; algo familiar. Una especie de intranquilidad comenzó a nacerme en la boca del estómago mientras la imagen del anciano se volvía cada vez más nítida; podía observar la textura de su barba, las llagas de la sed que carcomían sus labios, las arrugas que el tiempo había trazado en su piel como extraños ideogramas de una sabiduría perdida que, de alguna manera, contaban toda su historia, y lo más terrible de todo era su mirada: opaca y difusa como de quien ha dejado de ver sin perder la vista; mirada extraviada de quien ha olvidado el rumbo y no sabe ya qué camino tomar ante una encrucijada de cien direcciones; mirada que comprendí era la mía, y cuya angustia cayó sobre mí en ese instante con todo el peso de la realidad. De pronto, la intranquilidad nacida en la boca del estómago se desató recorriéndome por completo y paralizando cada fibra de mí ser. Mis sentidos se bloquearon y un millar de preguntas y pensamientos se arremolinaron en mi cabeza en una lucha a muerte por la supremacía. Me encontraba de nuevo sin dirección ni propósito, con una tensión interna tal que incluso respirar se me dificultaba y cada latido de mi corazón retumbaba en mi interior estremeciendo la cristalinidad toda de mi ser.

“Bebe”, escuché de pronto tan intensamente que no supe si era la voz de mi amigo o de alguna parte de mi interior.

Al primer sorbo un intenso calor recorrió mi cuerpo, cimbrándolo. Desde mi lengua hasta mi estómago comenzó a ramificarse por mis extremidades y mi cabeza como un río desbordado en poderosos caudales que barren con todo lo que encuentran a su paso. Un escalofrío me invadió y sentí claramente como si algo se quebrara en mil pedazos dentro de mí. En ese instante abrí los ojos todo lo que pude mientras llenaba mis pulmones de aire en un movimiento violento en involuntario. Me aferré desesperadamente a la taza y empecé a beber sin parar. Lo bebía todo: el calor hirviente que me quemaba las entrañas, la amarga serenidad que este néctar de oriente me producía, la necesidad de algo que por fin clamara la sed por tantos siglos padecida… y a cada sorbo me invadía una extraña sensación de purificación, como si el caudal que me estaba bebiendo barriera con los pedazos de un terrible naufragio dejándome solo y a la deriva en la inmensidad del océano.

Paradójicamente, entre más líquido ingería más vacío me sentía; vacío de todo: vacío de sentido, vacío de dirección, vacío de soledad, vacío de deseo, vacío de anhelos, vacío de vida, vacío de tiempo… y adentrándome en este vacío se fue terminando el contenido de la taza hasta no quedar ni una sola gota, y en ese instante pude sentir claramente cómo el tiempo en su totalidad se detenía, mientras una especie de oscuridad me envolvía obnubilándome la vista.

Pequeño Descuido

Alguien se pone a hablar sobre los grandes cismas que se producen entre los amigos porque lo que creían y querían era completamente distinto, ¿y qué hacen los escuchas?: yo me los imagino asintiendo con fingida indignación, como si estuvieran atendiendo un recuento corriente de una situación enojosa y cotidiana; como si se hablara de uno de esos casos que a cualquiera le ha pasado, o que le puede pasar. Sin embargo, hablar así refleja una carencia de tacto para tratar las pasiones humanas, los deseos que juntan a los amigos, y los anhelos que guían las vidas tan diversas. Muchos hombres de muy alta estatura han discutido sobre las pasiones, los afectos, y los anhelos humanos porque a la vez que son cosas característicamente humanas, en la misma medida son misteriosas. Si no se anda con cuidado pueden ser traicioneras, o pueden ser encantadoras. Su encanto característico es la fuerza con la que marcan nuestra perspectiva de las vidas de las personas: «qué tipo de persona es alguien» es una frase que normalmente se refiere a qué cosas le gustan y disgustan, qué deseos tiene, qué lo motiva a actuar normalmente, etc. Y por otra parte, su misterio se funda en la dificultad para hablar de ellas: el hombre se observa mejor cuando se sabe qué cosas despiertan en él, pero cuando ellas despiertan, lo raro es que aún pueda ver bien.

El romántico piensa que las pasiones son súbitos estallidos ígneos que toman al hombre prisionero y lo usan como marioneta confinada a escuchar y acatar el llamado natural, una voz que manda desajustar el «orden» de las cosas en el aburrido mundo cotidiano para traer a la vista la cruda –pero bella– verdad que tiene a su cuidado. Todo placer debe ser magnífico o falso, sin alternativa. Logra su magia tocándolo todo con esas manos suyas que desprenden llamas, y hablando marcadamente como desde un sueño palabras aladas. En un sitio mucho más frío se halla el estoico. Él piensa que las pasiones son vagos bramidos del cuerpo que rugen con deseos ciegos, amenazando con distraer al hombre de lo verdaderamente importante, que es su propio cuidado. Para el estoico, la naturaleza humana es la claridad y calma del pensamiento, y las pasiones, los afectos y los anhelos se cuelgan de él como sobrepesadas anclas. El romántico afina el oído para escuchar nítidamente cada impetuoso grito de la pasión; el estoico afina el oído para acallar detrás de un sello hermético cada impetuoso grito de la pasión. Los dos, sin embargo, están de acuerdo en que la naturaleza humana es más que carne y en que las pasiones son un llamado que, por el cuidado de uno mismo, debe de ser tomado en serio.

Quisiera no ser figurado como alguien extremo sólo porque mis ejemplos lo son, pues tengo la impresión de que algunas veces mirar lo más exagerado es de buena ayuda para mirar con mejor tino hacia lo que es más apropiado. ¿Y no es de llamar la atención la posición tan importante que en ambos extremos ocupa el cuidado como la punta del pie en el suelo? En los dos el cuidado se refiere a la buena comprensión de las pasiones, los afectos y los anhelos, aunque difieran sobre cómo se da tal. No creo que sea demasiado difícil de notar que en cualquier caso cuidar de uno mismo implica con necesidad una clase de observación de estas cosas, de qué deseamos, qué queremos, qué nos es placentero y qué doloroso. Pero ¿por qué habría de cuidarse de qué le complace a uno o de qué lo repugna? Es decir, ¿se puede escoger eso? Pienso que en cierta medida sí. Nos cuesta trabajo aceptarlo, y no sé si cada vez más, pero tenemos la posibilidad de cambiar aunque sea un poco nuestros modos de acercarnos o alejarnos de ciertas satisfacciones. Así crecemos cuando pasamos de ser niños a ya no parecer niños. Así nos habituamos a lo que hacemos y hasta nos «des-sensibilizamos» con lo que nos solemos enfrentar. No sólo es cierto que las cosas que placen y disgustan a alguien pintan muy bien su silueta, sino que además, la vida misma que lleva lo acerca de poco en poco a desear las cosas que tiene en ella.

Por eso la amistad es una cosa tan estimable, quizá la más de todas, porque lo que deseamos de alguien más y lo que sentimos por él se vuelve el espejo con el que nos vamos conociendo a nosotros mismos. Qué tan apto se es para conservar a un buen amigo habla excelentemente de quién se es, porque lo que despierta en nosotros cuando estamos cerca de alguien que apreciamos nos acerca a saber qué creemos que vale en la vida y que merece que se la viva. También es ésa la causa de que observemos con tanto placer las cosas que queremos, pues no podemos evitar juzgarlas y meternos a nosotros mismos en ese juicio, viendo en lo que deseamos de alguien lo que queremos de nosotros mismos, o en lo contrario lo que deseamos evitar. Por eso es que no puedo evitar pensar que algo hay de errado en el modo de relatar lo que está ocurriendo cuando hay un «cisma entre los amigos», cuando lo que creían verdadero terminó por separarlos. Quizá perdieron la perspectiva en un descuido, o tal vez no eran amigos pero el nombre pegajoso les gustó por la costumbre, o también puede ser que lo que estos amigos quisieron el uno del otro no estuviera ni en el uno ni en el otro.

Santos sobornos.

La idea de que la divinidad es sobornable, es muy socorrida. No es difícil ver a hombres ofreciendo sacrificios y favores a cambio de lo que piden. Por lo general dichos ofrecimientos comprenden algún acto que implica una humillación pública en reconocimiento de la superioridad de aquello que es más poderoso que los simples mortales que algo piden. Por desgracia ese reconocimiento hacia lo divino sólo dura un momento y es hasta cierto punto superfluo, pues lo ofrecido a modo de reconocimiento es la humillación corporal que pierde sentido una vez que se deja de lado la idea de la dignidad humana y de la importancia que tiene la caída del soberbio ante una instancia mucho más poderosa que él.

Para que el reconocimiento a lo divino vaya más allá de lo superflua que es la aparente humillación a la que se somete quien no tiene sentido de la dignidad, es necesario que dicho reconocimiento salga desde el fondo del alma consciente de la grandeza de lo aquello a lo que pretende, en un principio, ofrecer algo. Pero, esta conciencia respecto al carácter autosuficiente de lo que es más grande, deja ver no sólo lo intrascendente que resulta ofrecer algo a quien no necesita nada, también muestra la imposibilidad de sobornar a la divinidad, y de lograr mediante ciertos sacrificios y favores que los dioses hagan lo que se les pide.

Al reconocer que el intento de soborno cuando de la divinidad se trata, no es más que un absurdo, cometido por quien ofrece algo a quien todo lo tiene, y por ende todo lo da, nos preguntamos por qué motivo, y quiénes son aquellos hombres que intentan comprar los favores de lo divino. Estas preguntas no se responden con sólo señalar con el dedo a quienes hacen tal cosa, pues de alguna manera nos obligan a pensar en la naturaleza del soborno.

Si miramos fijamente lo que ocurre durante un soborno, nos percatamos inmediatamente de que éste se lleva a cabo con la finalidad de evitar una regla o una ley, de modo que vemos que quien pretende sobornar a los dioses, pretende que éstos lo libren de cumplir con un deber, o de aquello que merecen debido sus actos.

Además notamos que el soborno se lleva a cabo entre seres finitos y limitados, es decir, que viven en el ámbito de la necesidad[1], con un dios omnipotente que es capaz de satisfacerse a sí mismo no hay posibilidad alguna de llevar a cabo un intercambio de bienes que sea exitoso, en cambio con un ser limitado, sea humano o divino, sí es posible que de el interés que sustenta al soborno como posible.

Otro aspecto que sale a la luz cuando examinamos lo que ocurre durante un soborno, es la igualdad que se entabla entre el sobornante y el sobornado, ambos tienen algo que al otro le interesa, uno quiere obtener el favor ofrecido por quien soborna, y el otro quiere faltar al deber mediante la entrega de un regalo. Este aspecto del soborno, nos muestra que entre los hombres y lo divino no es posible este comercio toda vez que lo ofrecido es un sincero reconocimiento de la superioridad del otro a cambio de un bien.

Así pues, quien ofrece algo a la divinidad a cambio de otra cosa, lo que pretende es comerciar con los favores que concede la propia divinidad, y en tanto que comerciante se coloca a la par con lo divino, sólo si lo divino concede lo pedido se entrega lo ofrecido a modo de manda, si no hay tal favor, entonces no se hace el reconocimiento que se supone fundamenta a la petición original.

Además si vemos que quien pretende sobornar a la divinidad ve a los dioses como iguales, en tanto que sólo es posible el comercio entre iguales, no podemos dejar de notar que el intento de soborno a lo divino con tal de evitar algún deber o de recibir algo inmerecido, en buena medida es reflejo de la relación que se da entre los hombres, entre mayor sea el número de mandas ofrecidas en el seno una sociedad religiosa, mayor es el número de sobornos aceptados en esa misma sociedad cuando se ve a sí misma como sociedad civil.

Maigo.

 


[1] Para que un soborno funcione es necesario que el sobornado sienta interés en tener lo que el sobornador le ofrece, y ese interés proviene, generalmente de una carencia.

Cosas risibles

Hay chistes buenos y malos, chistes de política, de abogados o de sacerdotes, chistes colorados y de humor negro, chistes infantiles, sexistas y hasta los hay de Pepito. De todo tipo. Pero ¿qué es, con exactitud, un chiste? En México, los chistes son pequeños relatos que bien pueden ser, o no, fantasiosos y que dicen de algún suceso o dicho que produce risa, ya bien sea por su ambientación, su exageración, su franqueza o su ridiculización. La cuestión es que en nuestro país la gente ríe demasiado de demasiadas cosas, con una risa que quién sabe de dónde salga pues parecería consecuente que la situación actual entre la que vivimos dejase poco lugar para la risa. Con tanta muerte, pobreza, violencia o demás situaciones lamentables en las que está la población mexicana, resultaría casi ofensiva una risa estruendosa. No obstante, lo verdaderamente extraño es que se compongan chistes hasta de las situaciones más extremas y entonces, el mexicano sigue riendo. Todos sabemos chistes del padre Marcial Maciel, por ejemplo, o de la caída de las Torres Gemelas; hemos escuchado, y reído, de chistes de sicarios o de presidentes corruptos e incluso del mismo Cristo. Hasta la muerte nos inspira a reír. El 2 de noviembre aquí se celebra –asunto ya raro–  a los muertos entre flores, chocolates y la lectura de “calaveras” que, las más de las veces, eluden situaciones graciosas de la “flaca”.

Mantenernos riendo al parecer ha funcionado, al menos la tasa de suicido es mucho más baja en México que en países como Japón,  Francia o Canadá. Sobre la economía, el Banco Mundial de acuerdo al PIB, nos coloca por encima de países como Corea del Sur, Holanda o Rusia. Bebemos, en el país, menos alcohol que en lugares como Argentina, Portugal o Australia. Y las situaciones parecen medianamente fluir, aunque en realidad no sé qué tan bueno sea que como país superemos o afrontemos las adversidades haciendo algún comentario gracioso de lo que sucedió, sucede o vaya a suceder. Viéndolo bien, no resultan tan graciosas algunas cosas que sumándoles un poco de aquí y un poco de allá, terminan siendo el chiste del momento.

¿Eludir o sencillamente no tomar las cosas tan a pecho? Quién sabe. Pero cierto es que, al fin mexicana, una buena carcajada es el mejor remedio para olvidar (sólo)  momentáneamente la crisis, el desamor y a veces, hasta el crimen.

La cigarra

Pensando el futuro

…in nocte sic palpabunt in meridie

Supongamos por un momento, por sólo un momento y aunque no tengamos razones creíbles para hacerlo, que el gobierno mexicano saldrá victorioso de la guerra contra el narcotráfico –sí, ya sé, como si las guerras se ganaran; pero es suposición, recuérdalo-, que todos los delincuentes ilegales y quizás algunos de los legales serán enjuiciados y la sociedad recibirá justicia. Supongámonos en la época en que la guerra contra el narco terminó hace tiempo y en la que nuestro país vive en paz y justicia, librado de los grandes problemas y concentrado en atender los pequeños. ¿Qué ves en esa suposición? ¿Acaso ves a esa sociedad “feliz” que saca la cara tras cada guerra? ¿Ves al México lindo y querido que han cantado los más entusiastas de los compatriotas? ¿Los ves? Yo no. Pienso en el futuro del país y sólo veo sangre coagulada en los pliegues de mi mano, huelo el rancio tufo a sangre de esa mano que quisiera ya no fuera mía y que tengo frente a mí. Acabe como acabe la guerra, parece que la sangre no se limpia y que su aceda impureza permeará en nuestro ambiente por mucho tiempo más. Lo dijo mejor Elsa Cross:

No se lava la sangre.

El agua que la toca se vuelve roja,

el aire esparce sus sueros ácidos.

No se lava la sangre.

Si se juntara toda

correría escalones abajo,

iría como un río

entre sus cauces negros,

ensordeciendo,

anegando,

empañando la vida.

Estamos ante un poema de reflexión en tres tiempos. En el primer tiempo nos percatamos de la sangre como mancha, la sangre nos impacta y nos sorprende, somos nosotros queriendo limpiar la sangre. En el segundo tiempo, cuando nos damos cuenta de la imposibilidad –o mejor, la inutilidad- de limpiar la sangre, pues al limpiarla sólo esparcimos la mancha, nos manchamos y manchamos aquello con que intentamos limpiar, no repetimos nuestra visión de la mancha, sino que nos sabemos manchados. Entre el primer y el cuarto verso hay una diferencia notable en la comprensión de la presencia de la sangre: la mancha de sangre no me incomoda porque afea el paisaje, sino que me incomoda porque permea el ambiente y me descubre manchado. El tercer tiempo del poema es hipotético: una vez que me sé parte de la mancha de sangre, cómo me explico lo que soy, qué es de mí y qué podría ser. La poeta es precisa: cuando pensamos el problema de nuestra violencia y nos descubrimos partícipes de la violencia misma, entonces nos encontramos inmersos en el problema, en una inmersión que nos rebasa, nos empequeñece, nos niega la palabra –nos ensordece- y la acción –nos anega-, que –como el río- nos lleva. El final del tercer tiempo coincide con el final del poema. La reflexión sobre mis posibilidades tras reconocer al problema ha mostrado inesperados resultados: la violencia empaña la vida. Dialéctica de la tristeza: hemos de seguir limpiando la sangre, manchándonos, sin esperanza alguna de que las cosas mejoren: Sísifo en el río revuelto de la sangre.

¿Será eterna nuestra condena de sangre? ¿Acaso hay modo, ya no de evitarlo, sino de superarlo? ¿Inevitablemente nuestro futuro será de sangre, muerte y peste?

Si acaso algo tiene de posible aquello de que nuestro futuro será especialmente sangriento, especialmente anegado en sangre, que se ha de escribir nuestra historia futura sobre la reseca sangre de nuestros demasiados muertos, algo tendríamos que comenzar a pensar para vivir –sobrevivir- entre la sangre. De un lado siempre está la opción de mirar a otro lado, acostumbrarse, alzar los hombros y decir con ligereza “así son las cosas, brindémonos una buena copa de sangre, ¡salud!”. De otro, algunos miran la sangre, se deleitan en ella y ansían verter la sangre de los culpables en algún rito propiciatorio. Como si fuéramos un país que vaga entre el fanático confort y la frenética venganza. Ante esto, quizá convendría comenzar a tomar en serio que el perdón y el arrepentimiento son una opción, quizá la única que queda a nuestras manos.

 

Námaste Heptákis

 

Ejecutómetro 2011. 7459 ejecutados hasta el 22 de julio.

 

Ideas en vuelo. “Un país que deja de sentir, que ya no sabe cuidar a los suyos, que se hiere a sí mismo una y otra vez, qué puede dar. ¿Al hombre más rico del mundo por uno años más? ¿Al goleador de tres, cuatro temporadas? Qué crueldad y simulación habitan este paisaje de la normalidad donde millones nos acomodamos”. Tomás Calvillo.

 

Coletilla. Circula en la red este documental sobre la confesión de un sicario.

Jornada a las Tierras donde Nace el Sol (2)

Lo recuerdo muy bien, era una tarde de abril y había sido invitado a casa de un gran amigo que apenas regresaba del Japón. “Traje algo que te cambiará la vida”, me dijo con su habitual seriedad.

Cuando llegué estaba esperándome en la puerta vestido con un kimono negro y me pidió que me descalzara antes de entrar. En silencio cruzamos una amplia estancia hasta llegar a una puerta de madera que conducía a un pequeño cuarto. Dentro pude observar que la decoración iba muy acorde con la vestimenta de mi anfitrión y su reciente viaje al oriente: había un pequeño nicho dentro del que colgaba un lienzo de seda con unos caracteres japoneses finamente trazados, y frente a él se encontraba una pequeña y delicada flor que danzaba sutilmente dentro de un hermoso jarrón de porcelana antigua.

Con un gesto de reverencia, mi amigo me indicó que me sentara frente a una mesita al ras del suelo. “En sazen”, dijo, mientras se arrodillaba sobre los tobillos, con las rodillas juntas y los empeines hacia el piso. La posición era bastante incómoda, por lo que de cuando en cuando tenía que sentarme en medio loto para evitar que se me durmieran las piernas.

Mientras mi anfitrión sacaba algunos trastos de una caja que se encontraba junto a un hogar, me percaté de algo que había pasado inadvertido hasta ese momento. Un sonido como de agua cayendo llegaba cristalino hasta mis oídos. “Ah, comienza a despertarse tu oído”, dijo mi amigo, mientras me alcanzaba una tetera de metal y un par de tacitas de porcelana, “siéntelas para que se te desperece el tacto”. La sensación del metal y la porcelana en mis manos resultaba extraña y perturbadoramente similar a la del sonido del agua que llegaba a mis oídos. Cuando le regresé los utensilios, vertió un poco de agua en la tetera y la puso al fuego mientras machacaba un puñado de hierbas.

En ese momento reparé en el ideograma dibujado en el lienzo de seda y percibí que a mi alrededor había una cierta asimetría y frialdad que, de alguna manera, me proporcionaban una profunda calma. “Zen, es lo que acaba de despertar en tu vista”, dijo mi anfitrión mientras echaba las hierbas en la tetera. “Significa ‘meditación’”. En ese instante un olor añejo envolvió la estancia toda, aroma amargo que sugería sobriedad, vejez, y que poco a poco despertaba en el corazón una especie de dicha, de regocijo, como si de pronto a uno le llegara el recuerdo de algo largamente buscado, pero a la vez largamente olvidado; algo perdido que se encuentra cuando menos se le espera y, sin embargo, uno no puede dar cuenta de ello; como si un torbellino de recuerdos de lo que alguna vez fuimos revoloteara a nuestro alrededor y tratáramos, como entre sueños, de asirnos a él.

Absorto, tratando de descifrar ese torbellino, escuché de pronto lo que parecía ser un burbujeo mientras mi mirada se posaba tranquilamente en la tetera que ardía sobre el fuego, desvaneciendo cualquier residuo de pensamiento que se arremolinara dentro de mi cabeza. Fija la mirada sobre el metal y el oído en el agua hirviendo, comencé a imaginar cómo era que el agua burbujeaba dentro de la tetera; cientos de caprichosas e inestables perlas naciendo y muriendo y danzando, ora grandes, ora pequeñas, formando interminables hileras y flancos de vastos y terribles ejércitos aperlados atacando los pedazos de hierba, obligándolos a rendirse para ofrecer su esencia, sangre aromático que se derrama tiñendo el agua de un color verduzco, mientras el olor se volvía cada vez más penetrante, y una sensación de calor bajaba por mi garganta extendiéndose por mi pecho hasta llegar a mis brazos y culminar en la palma de mis manos. “El té está listo”, escuché como desde la lejanía, tratando de dominar mis sentidos para concentrarme en el momento en el que mi amigo vertía el contenido de la tetera en las dos pequeñas tazas de porcelana.

 Gazmogno