La Vieja Fortuna

-¡Idiota: tú no sabes leer! 

-Ah, cierto es, mi corrupción era la forma de compensarlo.

La fortuna obra misteriosamente. Yo pensaba antes que estas eran cosas de películas o de caricaturas, pero ahí estaba yo mudándome como cualquiera cuando vino a mis manos el curioso artículo. Me preparaba porque a veces la mudanza es necesaria. ¿Las sorpresas que vienen con ella serán necesarias también, o son parte de la suerte juguetona? Apenas el pasado mes me anunciaron en mi trabajo que iban a transferirme a Canadá, a Nepean, donde seguramente me jefe iría a celebrar mi funeral después de que me hallasen muerto, congelado en una casa parca sin nadie de mi familia ni ninguno de mis amigos. Nunca he visto con buenos ojos los lugares fríos, soy demasiado afín al calor y a la humedad. El frío seco acabaría conmigo. Qué fortuna haber encontrado esto… pero me estoy adelantando:

Comenzaba a mover todas las cosas de lugar, a acomodar en cajas de cartón todas las minucias que tenía arrumbadas aquí y que ahora tendría arrumbadas allá, y con cuidado me fijaba en que el espacio se ocupara de la manera óptima. Uno se encuentra con cada modo de guardar objetos dentro de otros más grandes que acaba sorprendido de su propia capacidad, y hay en esa sorpresa un dejo de orgullo como si fuera éste un antiguo arte del que se acaba de lograr pasar la prueba de iniciación. Todo ocurría normalmente, según pude contar después a las noticiarios: las cosas de vidrio en una caja aparte, cubiertas de periódico para que las hojas hagan su magia amortiguadora, los plásticos acomodados tan juntos que corren el riesgo de convertirse en una sola masa cúbica, los juguetitos, los portaretratos, ¡la ropa! Qué horror tener que desordenar todo dentro de una casa para acomodarlo en otra, deseando que hubiera en algún lugar del planeta un hechicero que saliera con el prodigio del Merlín de Disney y ofreciera sus servicios como trasegador de muebles y triques, metiéndolo todo a una maletita mientras -además- canta una pegajosa canción. Pero como no lo hay, yo hacía lo mejor que podía para parecérmele sin cantar, entre los corajes de querer comer y ya haber guardado todos los cubiertos.

Aún no llegaba el camión de la mudanza cuando lo encontré. Ya había terminado de desnudar la sala, el comedor, las habitaciones que habían sido de los niños (antes de que se fueran a vivir con su madre), y sólo restaba el estudio. La casa no era mía originalmente, se la compré a una pareja sueca, Ivar y Wilma Nilsson, personas de buen trato, si bien de un porte algo extraño. Ella siempre me pareció tener la mirada plantada en alguna nube, pero él fue suficientemente cortés como para explicarme que no se trataba de falta de educación, sino solamente de la desorientación de la vejez. Tengo entendido que la construcción es vieja, pero que además había sido un modo de aprovechar los cimientos que aún fueran útiles de un antiguo pabellón cacarizo para vender el inmueble en el fraccionamiento y aprovechar cambiar la fea vista demacrada en la esquina por una fachada de mejor ver. El estudio mantenía el suelo original, aunque recientemente embaldosado, y allí fue donde la superficie de mármol del escritorio que yo cargaba cedió a los cansados seguros cuando lo incliné, golpeando con tremenda fuerza el suelo y quebrando tres baldosas (luego un niño llamaría mi atención sobre la extraña forma en la que el mármol había abierto en el suelo un agujerito con la forma de un barco, pero me parece una exageración).

Lo que llamó mi atención fue el sordo golpe hueco. Estaba más preparado para estremecerme cuando vi que se deslizaba la placa blanca y pesada, que para reparar en la consistencia del suelo. Pero tan ajeno a lo esperado fue el sonido, que no pude más que detenerme un momento a observar. Antes de continuar con la labor, removí los restos quebrados y me percaté de que el tosco cemento original debajo del estudio tenía marcado un contorno cuadriculado que era, como bien se sabe, el borde de una tapa que cubría un compartimento oculto. La abrí, naturalmente. En el interior vi una vieja cajita de madera que debía haber sido enterrada hacía cientos de años. Nadie había vivo que supiera de esa cajita hasta que la descubrí quitando la pesada pieza del piso, y si lo hay no la ha reclamado para sí: era un maltratado utensilio sencillo de unos treinta centímetros de largo, asido a un gozne ya carcomido por el óxido, en el que antes seguro se había columpiado grácilmente la tapa de hierro macizo que hoy me miraba con una mueca deforme, en la madera parecía haber tallado un juego de peces desfigurados (nunca supe si por la humedad del ambiente o por la incompetencia del tallador). Dentro de la caja, encontré algo maravilloso: ¡era un genuino «mapa del tesoro», verdaderamente marcado con una cruz y verdaderamente trazado por una mano escocida por las sales del mar! Era el mapa del tesoro del Capitán Umel Jain Figsôr, traidor de Escandinavia, quien muriera en un asalto a su barco el Hyngasse en el siglo XI. Claro, yo no tenía idea de que se trataba de eso, cuando vi que dentro de la caja había una bolsa de cuero que guardaba apretadamente un rollo, y cuando vi que el rollo era un pliego amarillento con unas islas dibujadas y una gran equis entre dos riachuelos en una, pensé que se trataba de algún juguete perdido o de una broma hacía mucho olvidada.

Pasado un poco de tiempo, y con la mitad de mis cosas esperándome en sus cajas ya bien organizadas, no pude resistir la curiosidad. Además de que una equis entre trazos antiguos y dibujos de bestias del mar trae consigo una clase de hechizo de ambición que acelera la sangre. Es una posesión que invita a hacerse rico, no se le puede negar así tan fácilmente; después de todo, es gracias a él que ahora soy tan copiosamente adinerado. Así que aproveché la valiosa ayuda de Gracia Diermo, amiga mía de la infancia, y curadora en el Museo de Caternia. Al ir con ella a que revisara mi hallazgo, me recibió su abrazo y consecuentemente pasamos a examinar mi mapa del tesoro. Yo estaba seguro de que me diría que estaba loco, y luego podría mandar a enmarcar tan curioso papel para contarle a los niños que lo vieran que es el mapa con el que enterré la herencia de trillones que me diera mi abuela; pero los ojos de Gracia se redondearon por completo mientras lo observaba. Me pidió la caja primero, luego revisó unos tomos que tenía, luego hizo unas llamadas.

El proceso fue un poco largo, pero pasadas dos semanas, las pruebas de carbono 14 del laboratorio regresaron positivas y las comunidades de historiadores y de arqueólogos estaban fascinadas: era nada menos que el mapa que Umel el Vikingo mandó a hacer unos cuantos meses antes de su muerte, según el dudoso testimonio de un ciclo recogido de cánticos nórdicos que el Profesor Terrés nos ayudó a traducir, en el que había especificado la sepultura del botín del pillaje a la Torre de Vynhar, donde se encontraba la más grande riqueza de las costas al Sureste de lo que hoy es Helsinki: se contaban entre sus maravillas coronas de varias generaciones de Reyes, bibliotecas enteras, espejos para mirar otros tiempos, esculturas de madera pintada; no se sabía con exactitud cuánto de esto hurtó Umel, ni cómo fue que lo sepultó, ni tampoco cómo fue que sobrevivió el documento suficientemente como para llegar hasta donde lo encontré (la caja de madera databa de unos siglos después).

Cuando el Museo de Caternia me pidió que cediera mi mapa para exhibición, naturalmente me rehusé. No podía apartarme de semejante hallazgo. Así fue como recibí la oferta del coleccionista monsieur Guillarme Detreau, quien fue suficientemente generoso como para comprarme el mapa por 2 millones de francos. El francés decidió no arriesgar su nuevo tesoro en una expedición, y hoy lo tiene enmarcado y seguro en una de sus galerías junto con muchos otros prodigios de los antiguos marineros.

1 comentario

  1. Maigo dice:

    Me encanta cómo un pequeño objeto puede hacer que viajes a tantos lugares y tiempos sin necesidad de verlos, retratas un acto de fe maravilloso, y capaz de dar valor a lago de lo que no se tiene certeza sensible.

    Me gusta

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