Jornada a las Tierras donde Nace el Sol (5)

Fue como un abrir y cerrar de ojos… y de repente la tenía frente a mí: la mirada más hermosa y aterradora que he visto en mi vida. Dos enormes ojos de Gran Belleza mirándome fijamente. Su influjo resultaba tan hipnótico que no podía hacer otra cosa que mirarlos; grandes, negros, rasgados, penetrando directamente en mi interior, mostrándome el vacío de mi ser en su reflejo. Ya todo había cesado, el latido cósmico, el estruendo, el resplandor y sólo permanecía una sensación de vértigo que parecía arrastrarme al abismo de aquella mirada.

“¿Quién eres?”, resonó, metálica, una voz que al tiempo comprendí con asombro que era mía.

Un silencio ensordecedor se hizo en espera de la respuesta.

Silencio que parecía estar hecho de la misma sustancia que el vacío que reflejaban aquellos ojos.

Y en la creciente expectación me regocijaba dejándome sucumbir ante el vértigo. Siglos y siglos de caída libre en el vacío de aquella mirada pasaron hasta que por fin di con el suelo… “Ku” fue la palabra que detuvo mi caída… “Ku”, en respuesta a la pregunta antiguamente formulada… “Ku”, nombre del abismo proyectado a través de aquella terrible y hermosa mirada… y aunque no pude ver si algunos labios pronunciaban aquel nombre, el eco cristalino me devolvió de golpe la conciencia y, como aquél que acaba de despertar tras un cubetazo de agua helada, me vi de nuevo en el pequeño cuarto de té de mi amigo mirando fijamente el fondo de la tacita de porcelana vacía.

Gazmogno

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