Innoble productividad.

¿Trabajar? No, yo disfruto.

No se me ocurre actividad más innoble que el trabajo productivo. Si bien es cierto que necesitamos de él para cubrir nuestras primarias necesidades, también lo es que el amor por la productividad torna en necesidad aquello que se supone debería librarnos de ella.

Destino trágico tiene quien deseoso de librarse del ámbito de la necesidad es alcanzado por el amor a la productividad; el cual se desprende de lo que ésta promete para cuando llega el final de nuestra existencia, que generalmente es descanso y la posibilidad de disfrutar de la vida, señalando con ello que el disfrute no está en el trabajo productivo, sino en dejar de hacerlo.

Hace muchos años el hombre que actuaba dignamente buscaba que su nombre fuera inmortal, aún cuando ello significara sacrificar la posibilidad de ser productivo, y en ese sentido, benéfico para su comunidad. ¡Benditos aquellos que defendieron su ocio y que decidieron trabajar por lo que es mejor, en lugar de ser buenos productores!

Pero, ahora los buenos y productivos productores que rodean al buen ocioso pretenden persuadir al segundo de que lo mejor no se encuentra sino hasta el final de una vida que ha sido dedicada a producir aquello que nos salve de producir, pero esta idea supone que lo mejor de ser productivo es dejar de serlo sin morir en el intento. ¿Acaso no es ésta una idea miserable, porque conduce al hombre a vivir miserablemente para librarse después de lo que ha venido haciendo durante toda su existencia?

Insisto en la importancia del trabajo productivo, después de todo de no ser por éste, no podríamos vivir tanto tiempo, lo triste del trabajo productivo, es que quien lo profesa, en muchas ocasiones (sino es que la mayoría de las veces), se limita a trabajar para dejar de hacerlo algún día.

Y cuando llega ese tan esperado día, el trabajador productivo se da cuenta de que ya no puede hacer nada de lo que pretendía hacer una vez que terminara de trabajar.

Maigo