XXVIII

Cada suspiro es un beso que muere en tu ausencia.

Últimas Palabras

El Doctor Gédar miró con asombro el verde brillo esmeraldino de la hoja tallada, el cuidado detalle de los bordes y el impecable adorno minúsculo a todo lo largo; observó la grandiosa base dorada con sus flores y tallos grabados con esmero que como manos de madre que carga a su hijo conservaban la pieza asiéndola tenaz y suavemente; contempló la delicadeza del hombre que fraguó semejante tesoro, y quiso suspirar, pero se contuvo. Su cuerpo tenía que estar inmóvil casi por completo, su mente calma, su pensamiento doblado y redoblado en cada ápice de distancia que con el minúsculo movimiento su mano recorría. El mango de la espada sagrada tenía que estar tallado de una sola pieza que seguramente había salido del hueso de algún animal, según pensó el quieto explorador, pues esa coloración parda de los años no podía provenir de otro material modelable. El frío aire que se colaba por una abertura había secado el sudor que Gédar acumuló en su frente a través del peligroso y largo trayecto al fondo de la caverna olvidada, y ahora sólo restaba tomar el premio de todo ese esfuerzo y toda la investigación, y dárselo al mundo entero. Todos tenían que conocer que había tal cosa: el legado de una ciudad perdida de la que no se sabía nada, que no se parecía a ninguna de nuestras raíces aceptadas o discutidas, y cuyas palabras talladas a lo largo de la vaina no pertenecían a ningún lenguaje conocido ahora. ¿De quién habría sido? ¿Quiénes lo hablaron? ¿Cómo sonaba? ¿Qué había pasado con ellos? ¿Valía la pena que intentáramos conocerlos, o habían desaparecido precisamente por no merecerlo?

Mientras pensaba estas cosas el gran explorador, tomó la espada de su base. Un chasquido metálico heló su sangre y, sin notarlo, la loza del piso desapareció bajo sus pies. Lo último que dijo antes de desaparecer al fondo de la fosa nadie lo sabe.

La Bendición Humana.

Para creer en la efectividad de una bendición o de una maldición es necesario creer en la palabra, y en que ésta es sustentada por la fuerza de una divinidad, así pues, quien no cree en la divinidad no cree en la palabra que en ella se fundamenta, de igual manera que no creer en la palabra que se funda en la divinidad es no creer en la divinidad misma.

Tras la muerte de Dios la palabra que bendice o maldice pierde toda validez, pues ya no tiene de donde nutrirse, y al igual que las plantas que han sido arrancadas de raíz, no puede hacer otra cosa que morir; es decir, que con la muerte de Dios viene irremediablemente la muerte de la validez de la palabra que bendice o maldice, a menos que ésta encuentre otra base en la cual pueda fundamentarse.

Podemos pensar que la nueva base para la palabra bendiciente es el hombre, sólo que hemos de  ver que éste, en tanto que sustituto de un dios al que no sólo ha matado sino que ha reducido a criatura del intelecto humano, modificará de manera importante a la palabra que de él se nutre.

Habrá quienes afirmen que la palabra bendiciente no puede recuperar su valor al fundamentarse en lo humano, pero decir eso sería olvidar que la palabra es un rasgo distintivo del hombre y que la vida de éste depende, en muchos aspectos, de ella. Tal afirmación se sustenta en la idea de que la palabra humana, que es la que queda una vez muerto Dios, debe ser igual a la palabra divina en la que se  sostiene el poder de las maldiciones y bendiciones.

Sin embargo, esperar que la palabra humana tenga exactamente las mismas cualidades que la palabra divina tuvo, es esperar ingenuamente -como quien espera a Godot- que el hombre devenga en un dios todo poderoso capaz de crear de la nada con el simple hecho de pronunciar el nombre de lo creado.

Por otra parte, ser fatalista y considerar que el hombre está perdido una vez que la palabra no puede seguir siendo tan poderosa como cuando Dios era su fundamento, es ser todavía ingenuo, pues es suponer que la palabra no se nutre con el valor que posee aquel que la pronuncia, sino con la capacidad creadora de quien la emplea.

Si bien la palabra humana no es tan poderosa como la divina no por ello deja de ser valiosa, pues aun cuando Dios muere la maldición de un hombre puede alcanzar a otro. No de la misma manera como alcanza a los hombres la maldición pronunciada por Dios, de ello podemos preguntar a los primogénitos egipcios de tiempos de Moisés. Pero sí es lo suficientemente poderosa la maldición o bendición humana como para aceptar o expulsar al bendito o maldito de la comunidad en la que vive.

Los efectos políticos de la palabra humana, nos muestran que ésta sigue siendo poderosa, pues crea y modela la vida comunitaria del hombre, casi como la divinidad en algún momento creó la vida biológica de sus creaturas. Pero, esperar que ésta sea valiosa porque adquiera el mismo poder que posee la palabra divina, es olvidar que el hombre es un ser limitado.

Maigo.

Mi tapón roto

Veía nuestros momentos juntos, veía tu camisa beige que me volvía loca, veía tu sonrisa, te veía a ti, nos veía juntos. Desde mi agujero podía verlo todo y confieso que verlo, desde aquella situación, dolía demasiado. Lo que dolía era solamente ver y saber que todo eso no era más, no era más que ver. Dolía estar a merced de lo que mi pequeño hoyo me mostraba.

Un día, profundamente dolida de mirar, fui a buscarme un tapón. Hubo necesidad de él porque pese al dolor, mi fuerza de voluntad no era lo suficientemente fuerte como para esquivar la mirada ni como para concentrar mi atención en otra cosa que no fuese aquella mirilla, que no fueses tú. En realidad un amigo me recomendó este utensilio para remediar mi mal pues se sentía conmovido de que yo, aun con mi edad y algunas cosas que algunos pueden entender como virtudes, estuviese allí sentada, empeñada en asomarme; esperando sólo a que mis visiones se hiciesen realidad. Así que con no mucho convencimiento, salí y conseguí un tapón. Lo puse sobre el agujero y entonces dejé de verte. Debo aceptar que ese tapón era hermoso, así que no sólo cumplío con éxito el encargo de apartarme de aquellas imágenes, sino que me causaba placer por méritos propios. Y es que éste no era un tapón cualquiera, era uno de esos pocos que están adornados con mil cualidades, de esos que llevan su papel mucho más allá de lo que esperas, en fin, uno de aquellos que no te arrepientes ni te cansas de poseer. Así que en poco tiempo desarrollé un algo especial por él, había hecho planes y sí, definitivamente sentía un amor más fresco y más puro por mi tapón –que para entonces ya era mío–. Había dejado de verte y comenzaba olvidarte. Todo era únicamente mi tapón.

Claro que las cosas por servir al fin se acaban. Mi tapón se rompió y con él mi corazón entero. Ver caer al piso las trizas de lo que en algún momento representó mi vida toda, fue sumamente lastimoso. Lloré y lo hice durante un largo tiempo, lloré mientras intenté recomponer aquellas piececillas para recuperarlo y lloré aun más cuando tuve que aceptar que aquello que tenía con él, había terminado. Sí, lloré… mucho. Derrotada, decepcionada y con lágrimas todavía sobre el rostro, me levanté de donde estaba aferrada a mi tapón y entonces sorpresivamente vi de nuevo la mirilla, allí seguía el agujero, entonces caí en cuenta de que allí seguías tú. Ahí estaban nuestros momentos, tu camisa y tu sonrisa. Medio limpié mis ojos, me apreté fuerte el corazón y volví a asomarme. Pero verte  de nuevo destrozaba los ya trozos de mi antiguo corazón, y tu presencia –tu cuasi presencia– no hacía sino exacerbar mi dolor…

Aquí me tienes de vuelta en la mirilla, viéndote a través de mi agujero, sentada, esperando. Te veo y no te tengo y todo volvió a ser exactamente  igual que antes. Sólo que ahora, esporádicamente, también le lanzo un suspiro a mi querido tapón. ¿Que qué va a pasar? No lo sé, buscarme algún otro utensilio que venga a cubrirte no está entre mis planes, muchas cosas han cambiado desde que mi tapón te descubrió. Creo que lo mejor será aprender a vivir aun teniéndote de frente, porque bien lo sé ahora: aunque estés allí, no eres sino la imagen  vaga de algo que nunca podrá ser.

La cigarra

País criminal


 

El mes atroz que ya se fue

y nos dejó tantos muertos

que hasta el aire respira muerte

y en el agua se bebe muerte.

José Emilio Pacheco

 

Alan Michel Jiménez Velázquez fue detenido hace una semana por la policía; hoy está muerto. Según narra su madre, la semana pasada unos patrulleros de Boca del Río, Veracruz detuvieron al joven de 15 años y amagaron a la madre que pedía explicación sobre la detención de su hijo. “Me apuntaron para que yo no me acercara a pedir informes sobre mi hijo, que si yo me acercaba me disparaban” –narró la madre. El joven, al momento de ver a los policías apuntando a su madre, le dijo: “Mami, no te acerques, hazte para allá, no te acerques porque te van a disparar”. Ocho días después de la detención, la madre reconoció en la morgue el cuerpo de su hijo, que había sido encontrado entre otros treinta y cuatro cadáveres lanzados a un río por un grupo criminal. En total, cuarenta y nueve ejecutados en tres días en Veracruz. El gobernador del estado, Javier Duarte, tras verse imposibilitado de negar la ejecución masiva, intentó atenuar el impacto de la realidad atroz: declaró que todos los ejecutados tenían un pasado criminal. Tranquilidad de la falsa justicia, Javier Duarte, lo mismo que en su momento el presidente Calderón (pienso en el caso de Villas de Salvarcar), lo mismo que muchas personas en el país, cree que el horror de las ejecuciones de la guerra del narco disminuye cuando pensamos que esas muertes son sólo ajustes de cuentas, vidas debidas, muertes de criminales, hombres malos que merecen morir. Sin embargo, compartir esa reconfortante interpretación de la muerte no es del todo bueno, pues da cuenta de una visión simplista de la vida política: es sencillo distinguir entre los buenos y los malos, a los buenos hay que hacer bien y a los malos mal. Pensando así, me parece, no hay justicia posible, así como tampoco hay posibilidades para una, si ya no buena al menos medianamente decente, vida comunitaria. Nuestro país inundado por el crimen, país criminal para mexicanos criminales.

 

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011. 9542 ejecutados al 23 de septiembre.

 

Ideas en vuelo. “No es la Paz el orden que se impone por la fuerza”. Samuel Ruíz

 

Coletilla. “La cultura es el password de lo diario”. Juan Villoro

Sueño de una noche de verano

Dedicado a A. A.

Early one morning the sun was shining,

I was laying in bed,

wondering if she’d changed at all

If her hair was still red

Bob Dylan

Sabe si alguna vez tus labios rojos

quema invisible atmósfera abrasada,

que el alma que hablar puede con los ojos

también puede besar con la mirada.

Bécquer

¿Será? ¿Seré? ¿Seremos los mismos? ¿Qué fuimos? Seis años ha y fue como si retomáramos los viejos caminos en un tiempo nuevo. Como volver a caminar tomados de la mano, aunque cada quién en distinta dirección. Si fuera un tango se hablaría de los recuerdos amargos – como se hizo – de los instantes perdidos – como se reprochó – de los inviernos alojados en nuestras frentes y en nuestra voz – como realmente pasó. Y aun así el tango no pudo con la belleza que se posó en nuestras miradas, en nuestras risas y en las sonrisas de lo que ahora somos por lo que fuimos.

 

Un anillo, un pequeño anillo fue el lazo que unió nuestro pasado con un presente que no deja de seguir, a cada instante, a cada momento, a cada recuerdo… que nunca dejó de rondar, de insistir; desde aquel anillo que sostuve trémulo ante tu incrédula y terrible mirada, hasta el pequeño brillante que tratabas dulcemente de ocultar – brillante que mostraba luminoso el infranqueable abismo que los años lenta e inclementemente cavaron entrambos… aun cuando por un instante parecimos haber sido los mismos, los de ayer, sin anillos, sin recuerdos, construyendo en una breve charla el presente y destruyendo en un fugaz momento el pasado.

 

El tiempo indómito hizo de las suyas uniéndonos y alejándonos y volviéndonos a unir. En los recuerdos, en las fugas, en los anhelos y en los reproches. Una historia que hace mucho terminó quebrándose en dos, volviéndose símbolo de nuestra vida, dos caras de una misma moneda con que nos pagó el destino por las faltas de una juventud malversa, de un amor mal interpretado, cuya llama persistió por mucho tiempo trocándose en cenizas que descubrimos algunas siguen encendidas, esperando el último escozor.  Revivimos felices los momentos dolorosos y volvimos a amarnos en instantes de recuerdos que quién sabe en dónde estén ahora ni qué pueda hacerse con ellos ni si queramos hacer algo.

 

Pero el reencuentro está demasiado fresco, demasiado cerca como para poder apreciar su belleza de la forma en la que, a instantes, la volví a apreciar en tu mirada: tímida, agazapada, como el pequeño león que aprende a cazar y cree que es más un juego que una supervivencia, con la misma seducción y coquetería con la que caí enamorado la primera vez, pero que ahora se confunde con el recuerdo y con el pasado y con tantas imágenes que llegaron a mi mente en un torbellino que todavía persiste mientras intento hilar estas palabras.

 

Sé que no somos los mismos y que hay más cosas ocultas que las que puedo en este momento contar o comprender, o incluso descubrir, y también sé que, como en toda moneda, las caras de lo que fue nuestro amor miran a lados opuestos; pero entiendo que la belleza nos volvió a unir en un instante, en ese pequeño instante en el que, aunque en recuerdos, volvimos a vivir nuestra historia y, embriagados por el pasado, nos besamos aunque tan solo fuera, como dijo Bécquer, con la mirada.

Gazmogno

Lugar para pensar

El fin de semana recién pasado fui a pasar el día a un lugar en Hidalgo, un pueblo tranquilo en donde los caminos no fueron hechos para los carros y las casas están dispuestas para llegar a ellas caminando. Qué curioso, ¿no?, que las casas de la ciudad están siempre viendo en un mismo sentido, juntitas en fila como la de los cadetes que reciben a alguien de alto rango. No, allá las casas están más bien desparramadas, o mejor dicho, cada cual en su lugar; la mayoría tiene como centro un patio al rededor del que están los demás cuartos, y la cocina, y lo demás que sea necesario, como si se hubiera ido poniendo cada cual para no encimársele a lo demás. Es interesante pensar que allí las cosas tienen su lugar casi tanto como tienen su tiempo: ambos bien amplios. Alejados y relajados para que respiren con sosiego. También el pensamiento se relaja allá, cuando uno puede por un rato sólo sentarse sin hacer más que escuchar qué tan callado se queda el viento cuando no acarrea tanto ajetreo como por acá, y el olor de pasto y tierra que trae consigo recuerda una sencillez que no rebaja a nadie, ni tampoco lo enaltece, sólo afirma su lugar. Y después, cuando se conversa, se tiene tanto tiempo como se quiera para decir lo mismo varias veces, y sonreírse cada vez. En un sitio como ése, con un respiro profundo es fácil acordarse de lo importante que es el lugar, y de lo artificioso del espacio: solamente de uno podemos decir que sea bueno.