Sobre la luz milagrosa

No sólo el río, tiempo incontenible,

sino la carne es un hermoso dios desnudo,

un puente edificado entre el allá y el acá.

En alguna parte de su imponente Moré nebujim, Maimónides afirma que la razón no puede negar el milagro; el escepticismo contemporáneo niega racionalmente todo milagro ―contradictorio para la razón matematizante― y se desboca en una superstición fanática por lo irracional ―inevitable para la razón romántica―. La diferencia entre ambas concepciones del milagro puede notarse a partir del modo en que intentamos explicar el arrepentimiento. En una ética formal y racionalizante, el arrepentimiento debe ser resultado de una deducción racional, y por tanto ha de estar contenido en las premisas que posibilitan la acción: sólo se ha de arrepentir quien ya tiene idea del arrepentimiento, quien nunca ha negado la fe. En cuanto tal, un arrepentimiento racional es equivalente a la rectificación de un postulado, a la reformulación de una hipótesis, y por tanto viene a ser una afirmación del sujeto que se autodetermina en el ejercicio de su libertad. Arrepentimiento racional que lo mismo es hacerse dios a uno mismo, que perpetrar su cruel asesinato. No muy lejos va el arrepentimiento en una ética pesimista e irracional, pues sólo es medida extrema, salto al vacío, último recurso del ego. El arrepentimiento pesimista es ―¿para qué (para quién) decirlo?― una apuesta más, igual de riesgosa y sinsentido que las otras, como vender las acciones en la Bolsa, actuar cual ser resuelto o dejarse llevar por la marea. A mi juicio, sólo si el arrepentimiento es milagroso, el arrepentimiento es real. Lo dice mejor David, príncipe de los cantores tristes, en un par de versos: “Vuélvete, Señor, restablece mi alma, ponme a salvo por tu misericordia”. Pues el arrepentimiento milagroso es un ejercicio pleno de la fe que se desboca en la esperanza, que se afinca en el amor a Dios del creyente y se consigue por el amor de Dios del converso. De otro modo, arrepentirse no nos llevaría más allá de aquello que el bufón llamó el gran teatro del mundo, donde un día a uno le toca llamar embustero al otro y al siguiente ser descubierto como mal actor en el proscenio de la vida. La razón ha de iluminar el milagro o, negándolo, nos ha de obscurecer día con día.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011. 10730 ejecutados al 28 de octubre.

Ideas en vuelo. “No se puede llevar la responsabilidad moral [de una muerte] sin un sufrimiento atroz”. Javier Sicilia

Coletilla. Es una pena la muerte de Carlos Sinuhé Cuevas Mejía, “en el ardiente atardecer del mundo”, pero no es una implicación necesaria que la muerte de un activista político sea una muerte política; por ello es urgente el esclarecimiento del caso.

Visualidad

Y tu mirada me arrastra como cien mil centauros hacia un abismo del que sé que no podré salir jamás.

Los Escalones de los Sabios

No es que ya no haya maestros de virtud,

lo que pasa es que la virtud ya no vende tan bien.

– Guillermo Bracco

Es curioso lo poco filosófico que puede ser un Congreso de Filosofía. Con mesas programadas al mismo tiempo para que por turnos hablen cuatro o cinco personas por quince minutos cada una; con programas que obligan a los asistentes a elegir entre diferentes salones distinguidos por temas y especializaciones; con sesiones de preguntas apretadas según el tiempo restante antes de la siguiente mesa; y con ponentes que asisten a leer sus preparadas conferencias para obtener por ello una constancia de participación; con todo eso, no se puede esperar en verdad propiciar un foco para la reflexión en conjunto.

Es suficientemente ridículo pensar que en quince minutos se expondrá plenamente algún tema importante, y triste que las especializaciones encasillen a los asistentes a escuchar más sus prejuicios que lecturas valiosas, y vergonzoso que el auditorio tenga tan angosto marco para cultivar la charla; pero quizá lo peor son las constancias. Son nefastas porque moldean toda la dinámica de esta clase de eventos de manera que los organizadores puedan venderles a los ponentes prestigio que se colgarán con el papel, y los que lo desean terminan literalmente pagando por él. Ocurre pues, que va quien puede pagar, y habla tan bien como tenga luces para distinguir entre lo digno y lo indigno para ser presentado en público (hazaña nada fácil). Esto no es otra cosa que un mercado descarado que no vacila en admitirlo abiertamente en todo –menos en el nombre del evento–. Como si su actividad fuera noble por las ganas con las que dicen que lo es. Pero su producto es tan claro como su desfachatez: se venden escalones en la alta pirámide académica y los compran no los buenos, sino los que tienen dinero o contactos.

Los perjudicados verdaderamente son los pobres cándidos que esperan que en un Congreso de Filosofía se haga filosofía, porque la gran mayoría de cosas a las que pueden prestar su atención están diseñadas para contribuir con el entramado de los mercaderes de títulos, y poco están abiertos a prestar verdadera atención a preguntas importantes o a problemas serios. Con el rápido ascenso académico viene la templada fama «intelectual», y con ella el anhelo creciente por tener más. Pronto toda actividad del profesional del mercado de los sabios se vuelca al cliente para darle veloz satisfacción, fácil saciedad. Un Congreso de Filosofía es una plaza, que prestigiosos intelectuales alquilan a menores intelectuales para que aparten su lugar con su tiendita y en ella vendan al auditorio el dogma que más prestigio les deje.

Por fortuna los Congresos como estos son semejantes a las convenciones de fanáticos a las que en su mayor parte asisten los que ya saben lo que van a ver. De manera que no hay expectativas tan altas como las que el nombre implicaría: pocos esperan seriamente ir allí a filosofar; pues no es necesario viajar a otros estados ni estar entre gente famosa con letreros colgados al cuello para conversar sobre lo que más nos interesa. Sigue siendo verdadero hasta este día que no puede un evento de estos, por mejor organizado que esté, superar en importancia a una buena y deseada conversación con un buen amigo. ¡Y qué bueno que así sea!

Pausa y arrepentimiento.

El arrepentimiento llega cuando se busca alguna redención, es decir, cuando se pretende cambiar el modo de vida hasta entonces llevado. Casi siempre lo que da sentido al arrepentimiento es la creencia en la posibilidad de cambiar de vida, lo que implica un cambio en el modo de ser. Si vemos a un ser que arrepentido renuncia a lo que había venido haciendo, y que argumenta que esa renuncia es efecto de la necesidad de una pausa en el modo de vivir, casi siempre lo que tenemos enfrente es a un ser que no cambiará su modo de vida en sentido alguno, lo que demuestra que dicha pausa no es efecto de arrepentimiento alguno o de la difícil tarea de haberse educado como para cambiar lo suficiente el modo de vida que se había estado llevando hasta entonces.

Así pues, para poder creer en la veracidad de los arrepentimientos, es necesario tener mucha fe, ya sea en una divinidad que sustente el cambio de vida, o en una razón capaz de modificar lo suficiente al hombre como para que éste deje realmente de ser lo que ha venido siendo a lo largo de los sucesos que conforman su vida, pero si el que se arrepiente es un hombre que siempre ha negado fe alguna, entonces es claro que lo que tenemos enfrente es un buen actor o un embustero.

 

Maigo.

 

For no one (hablando de adioses)

Y fue cuando me di cuenta de que yo no era Rick y ella no era Ilsa… y nuestras patéticas vidas no estaban envueltas en una guerra que definiría la historia.