Revisitando a Cavafis IV

Traslado al español del poema “Si acaso es posible” (Όσο Mπορείς) de Cavafis

Si acaso a tu vida no puedes

dar la forma que mucho quieres

-vaciando tus capacidades-,

cuando menos no la degrades

en el excesivo trato del mundo,

como gesticulador dundo.

Trata de no deshonrarla,

por cualquier lado arrastrarla,

disolverla en la diaria estupidez

de las reuniones de talante soez,

no vaya a terminar como una

triste extraña inoportuna.

Ejecutómetro 2011. 12311 ejecutados al 30 de diciembre.

Escenas del terruño. El pasado jueves, el filósofo de lo mexicano y precandidato a la presidencia de la república Enrique Peña Nieto afirmó que “el PRI quiere dar solución a las grandes interrogantes, a las grandes preguntas e inquietudes que la sociedad mexicana se hace”. Sería bueno comenzar a enlistar esas preguntas. Yo colaboro con dos: ¿qué pasó con el caso Montiel?, ¿qué con el de Moreira?

Coletilla. “Nunca os jactéis de autodidactos, porque es poco lo que se puede aprender sin auxilio ajeno. No olvidéis, sin embargo, que este poco es importante y que además nadie os lo puede enseñar”. Juan de Mairena

Estefanía

Cual flor de loto

en medio del pantano

aconteciste

.

coronada

.

como una reina que decide

sentarse en el trono

que es mi corazón

Gazmogno

Historia Familiar

Ésta es la historia de un niño que tuvo un padre que tuvo un padre que tuvo un padre al que le decían «El Azogue» (que por inquieto, dicen). Muy parlanchín, el hombre, trabajaba diario en lo que se necesitara por ahí y en una de esas urgencias un día perdió el pulgar izquierdo con un machetazo propio. Cuando se le compadecía solía burlarse y replicar «ni pa’ qué chillar que gracias a Dios me quedan 19». No sabía muy bien cuántos hijos tenía por ahí, pero se jactaba de que a los que tenía cerca desde chiquitos los enseñó a trabajar para que no perdieran el tiempo. De viejo, «El Azogue» se enfermó quién sabe de qué y mientras contaba un chiste que no pudo ni terminar, murió en su casa a la hora de almuerzo. A él no lo conoció el niño de la historia.

Este niño tuvo un padre que tuvo un padre al que le decían Don Silvino (dicen que por respeto). Callado y serio, Don Silvino desde bien chiquito trabajó muy duro, pues siempre temió que por perder el tiempo acabara muriendo en la miseria, como su padre. Ya mayor, Don Silvino había reunido un modesto caudal que alcanzó para mudarse a la ciudad a vivir. Por mala fortuna, se enfermó muy fuerte del estómago y tuvieron que extirparle una mitad y todo un ramillete de nervios, así que no podía sentir hambre ya. Le ofrecieron una segunda operación arriesgada para arreglarlo, pero él se negó. «Al fin, decía, la debilidad y el reloj me avisan cuándo comer». De todas maneras siempre a la hora de la comida daba gracias a Dios y escuchaba conversar a su familia cuando se sentaba -justo después de él- a la mesa. Don Silvino tuvo cuatro hijos y dos hijas, y al primogénito desde muy joven le enseñó a hacer lo necesario para no vivir en la miseria. Orgulloso, todo el tiempo se jactaba de todo lo que había erigido con su esfuerzo para su familia, y tenía la esperanza de que todo algún día, seguramente cuando él ya no estuviera en el mundo, mejorara. Doce meses exactos después de que se retiró de la compañía en la que estuvo trabajando toda su vida, Don Silvino, que platicaba muy poco ya, murió a los 67 años. A él lo conoció muy poquito el niño de la historia.

Este niño tuvo un padre al que le decían Memo (por no errar). Muy seguro de sí mismo y potente al hablar, Memo consiguió de joven que su padre le asegurara una posición en la compañía en la que trabajaba bajo condición de que terminara la universidad. Y así, esperando siempre un salto a un puesto mejor o a otro lugar que lo empleara -siempre que eso brillara más en el curriculum-, en su juventud escaló velozmente en el mundo empresarial. Pronto invirtió su dinero y se dispuso a hacerlo crecer lo más que se pudiera, pues siempre temió vivir como un miserable conformándose con lo poco que hubiera, como su padre. Memo pensaba que como nada en el mundo iba a mejorar, convenía por lo menos irse haciendo un nichito para que de viejo ya no tuviera que trabajar. A los 38 años contrajo un cáncer laríngeo que pudieron operar los médicos, pero diez años después terminó por atacarlo un sarcoma metastásico que se le fue de nuevo a la laringe. Entretanto, el malestar y los tratamientos fueron muy lentamente acrecentándose y lo persiguieron gran parte de su vida adulta. Cuando supo que se había vuelto a enfermar, solía decir «Uy, mira: con la tecnología que hay ahorita en los hospitales…» Tuvo dos hijas y un niño, al que enseñó desde chavito a no conformarse nunca con lo poco que hubiera. A los 49 años Memo murió en el hospital durante una cirugía, con un cáncer que se había esparcido por todo su cuerpo y ni adiós dijo. Su hermana llorosa tuvo dificultad de hallar a los hijos para avisarles, pues años antes se habían ido a quién sabía dónde. Con él vivió su infancia el niño de la historia.

Este niño, al que le decían Mike, tenía suficientes videojuegos como para no preocuparse por esas cosas.

Ensayo sobre la traición. II

No aspiro ya al perdón, quiero la muerte.

Javier Sicilia.

Al aproximarnos al traidor, y pretender preguntarle por lo que es, corremos el riesgo de ser traicionados, es decir, de ver lo que no es y de juzgar erróneamente a partir de lo que nos muestra en un primer vistazo.  Sabiendo esto, es menester acercarnos con la mayor cautela posible, sin por ello olvidar que para ver mejor lo que es el traidor hemos de confiar un poco en él.

Así pues, procurando acercarnos lo más posible a un traidor, vemos que éste, al igual que nosotros mismos, no actúa pensando en el mal que hace, es decir, que no traiciona sólo porque sí, sino que hace lo que considera conveniente para obtener aquello que le parece es lo mejor. Nadie traiciona a sabiendas de que con la caída del traicionado caerá él mismo, o aquello que pretende defender más que a su vida.

Pensemos por un momento en el acto de Bruto, hasta donde sabemos, su traición a César no se debió al placer de traicionar; es claro que de alguna manera u otra, el hombre alcanzó a prever que la muerte violenta de César le obligaría a dejar a su ciudad y a su familia, con tal de no perder la vida a manos de aquellos que buscaran vengar la muerte de su amado amigo. Hasta donde alcanzan nuestras luces lo único que daría sentido a un acto tan perjudicial para el traidor es la búsqueda por la preservación de un bien mayor, en este caso la conservación de la República, que al perderse abrió la puerta a la formación del Imperio.

Nadie es tan tonto como para hacer aquello de lo que está seguro obtendrá un mal, de modo que no resulta del todo válida la imagen del traidor como la de ese ser malvado que busca hacer todo lo que es malo entre lo malo, aunque no hay que dejar de lado que lo que parece bueno al traidor no necesariamente es lo mejor para él, o para la comunidad en la que vive..

Así pues, vemos que lo que lleva a alguien a traicionar, y a atraerse el enojo de los traicionados y sus acompañantes, es una concepción de lo mejor que difiere de la concepción de lo mejor que tiene el traicionado. Hay quien considera que lo mejor es defender a la ciudad en la que se vive y a los amigos que la habitan, aún cuando ello cueste la vida, mientras que no faltará quien juzgue mejor la conservación de una vida y la obtención de miles de placeres, aún cuando ello cueste el bienestar de la ciudad.

Ya sea por placeres o por la conservación de la ciudad que el traidor se ve en la necesidad de elegir entre lo que considera mejor y el amigo al que traiciona, su caso no deja de ser lamentable, pues quien ama a la ciudad y al amigo no deja de estar entre la espada y la pared, y no encuentra en la traición sino un dolor muy grande que con nada se detiene. Y quien prefiere los placeres que se obtienen como pago por una traición, que supone la caída del amigo o de la ciudad misma, sólo muestra que tiene un alma enferma de hambre, e incapaz de saciarse en algún momento, pues es el alma de quien todo lo deja para buscar siempre más.

Viendo de cerca la triste situación del traidor, que en un primer momento se nos presenta como el malvado sonriente y vil que siempre se aprecia a primera vista, vemos que éste es más digno de misericordia que de los vituperios que salen del enojo de los traicionados, pues quien no puede ser saciado, es condenado a buscar todo el tiempo más, de modo que debe errar por el mundo y por la vida hasta que llega el momento del descanso, y quien tiene que traicionar al amigo por preferir un bien mayor, debe cargar con el peso de saberse traidor y de haber fallado al amigo que depositó en él su confianza.

 

Maigo.

 

El fin del mundo

De que el mundo se acaba, se acaba, ¿cuándo? Es una pregunta ya muy distinta. El abuelo de una amiga decía que el mundo se le acaba a cada uno cuando muere, aunado ello al dicho corriente aquel de lo único que se tiene seguro es la muerte, queda muy claro que el mundo seguramente se acabará para todos, en un momento u otro.

He oído en noticias amarillas y leído en pseudo reportajes, acerca del pánico mundial que se ha generado en torno a las predicciones mayas que supuestamente presagian el fin del mundo a finales del año 2012. Y como dicho año está por comenzar el terror se ha infundido, así que muchos corren a las iglesias y templos o hacia especialistas prehispánicos y libros que hablan de esas profecías para responder y preguntar, pero mayormente, para intentar explicarse cómo es que ocurrirá tan presumido suceso.  En lo personal, poco sé acerca de la gran cultura maya, pero puedo decir –no como pretexto– que muy pocos saben de veras acerca de estos hombres, los vestigios que quedan son nimios en comparación a lo que se supone crearon, las interpretaciones de sus “textos” son pobres porque con certeza creer en un completo desciframiento de sus ideogramas es cosa ridícula y peor aún, las personas que se dicen  descendientes directos de tales hombres, no son sino la mezcla evidente de asuntos de siglo XXI con lo que inventaron que eran ideas antiquísimas; la verdad es que estas personas están más interesadas en la remuneración turística que pueda ofrecer su tierra y su sangre, que en desentrañar legítimamente lo que dicen los viejos que dijeron los viejos. Así es claro que ahora no tomaré partido prehispánico, según era la costumbre, en el asunto del fin en el año próximo. Ni intentaré explicar lo que posiblemente pudo ser interpretado como fin del mundo, ni hablaré de las estelas de donde se cree puede extraerse la información fatal, ni tampoco aludiré el camino maya que consecuentemente nos esperaría en el descenso hasta el Mitnal ni mucho menos acerca de lo que es posible que sí pase y que se relacione con los mayas, por más tentador y vendible que todo eso suene, no, la idea aquí será solamente repensarle un poco al terror del fin del mundo. Lo he decidido así, porque considero una entera contradicción creerle a los mayas cuando hablan del fin planetario según sus estudios astronómicos del tiempo, pero tacharlos de salvajes o locos cuando se dice de su cosmovisión, sus dioses o sus tradiciones como sacrificar personas. Si hemos de creer algo, hemos de creer todo; pues hasta la aseveración más “científica” como el número cero, se apoya o se explica en torno a su manera íntegra de ver la vida. En otras palabras, creer sólo lo que nos resulta más impactante, funcional o posible, es tonto porque los motivos son tontos también.

Soslayando quién haya hecho la predicción o para cuándo, he pensado que si las personas se aterrorizan febrilmente porque el mundo llegue a su fin, significa realmente que se asustan por el hecho que ellos morirían con él y no porque el planeta en sí muera, de ser así se haría menos por contaminarlo, talarlo o explotarlo. Tenemos pues, que las personas temen su extinción no la del mundo. Por qué aterrorizarse por ella ya se vuelve un asunto enteramente distinto, dicen que por temor a lo desconocido. Morir da miedo porque no se sabe qué pasará; medio consuela la idea del paraíso y aún más la de reunirnos con los seres que amamos y han muerto, sin embargo no se elimina del todo el desasosiego. Aunque aquí hay otro asunto, tampoco es que se tema la extinción genérica de la especie, sino que cada quien se atemoriza por la desaparición de su vida y la de aquellos que le están cerca y estima, es decir, si muriese toda China ahora, muy pocos occidentales se trastornarían en serio.

Pero volviendo al temor sobre el fin del mundo, contaré que hace muy poco leí en un libro de ciencia ficción que si el mundo acaba –o no lo acabamos– todavía nos queda la opción de huir hacia Marte y esta alternativa, para entonces, ya no parece tan fantasiosa. Y he ahí otro consuelo, pues si específicamente se acabase éste, la Tierra, el tercer planeta, aún quedarían algunos mundos más a los cuales huir y la especie humana seguiría viviendo. Con razón muchos de los estudios actuales se empeñan en asomarse hacia afuera, si esto se va a acabar es mejor que salgamos corriendo cual viles ingratos. ¿Mente sobre materia? Yo creo que no, esa es una falacia que se nos ha metido lo suficiente en la cabeza como para sentirnos omnipotentes en cuanto a nuestra existencia se trata, los resultados son la bomba atómica, la clonación y esas cosas raras que nos han permitido certeza en cuanto a la fabricación o destrucción de vidas humanas, cosas que nos dan seguridad y nos hace creer que la decisión es propia, que tenemos todo bajo control. Ahí está otro miedo. Si el mundo se acabase, qué mejor que fuera bajo algún ataque bacteriológico acometido por alguna potencia, pero que sea el devenir propio del mundo que pisamos, eso sí causa pesar. Es claro que como especie nos sentimos sumamente atraídos por poner todo a nuestra disposición, el agua corre hasta nuestro grifo y la comida está al alcance permanentemente en el refrigerador, si se puede controlar, es bueno. Si no, valdría más estudiarlo y tenerlo dominado.

Como sea, hemos llegado al mismo desenlace, parece que el hombre sí teme a lo desconocido, sin importar que eso refiera a la muerte o la vida, ni que aquél se aloje a miles de años luz en alguna remota región de la Vía Láctea o al interior de los mejor resguardados escritos mayas, al final, yo creo que incluso irnos a Marte sería algo aterrador, por más que nos llevásemos nuestras leyes, nuestras ollas y nuestros iPod’s e intentásemos hacerlo familiar, pues no hay lugar más ajeno que ése en donde no pisaron nuestros abuelos ni predicción más terrible que ésa que no podemos entender.

La cigarra

Amistad y confianza

Si hace un par de años alguna persona me hubiese preguntado por la cantidad de amigos que en ese momento tenía, la respuesta dada quizá me hubiera sorprendido de no conocerme a mí, de conocer mis cambios, de no saber la respuesta era mía; estoy convencido de lo que diría en ese momento, habría contestado: no tengo amigos, no los hay. Darme cuenta de la existencia de amigos unos años antes de aquel momento en el cual respondería así, me mueve a la curiosidad (que esta vez sí me concierne) ¿por qué ahora afirmo la posibilidad de la amistad? Es el deseo de saber el que me mueve y permite darme cuenta de la manera cómo ahora percibo la posibilidad de la amistad. Estoy convencido que ella es posible y hasta cierto punto puedo afirmar que es por necesidad, que nuestra naturaleza nos mueve a ello (hablo de lo que veo, no de mundo posibles). He hablado de curiosidad, pues me intriga por qué en un momento la posibilidad de los amigos es indudable y en otro deja de serlo. Es muy aventurado decir que esto se debe a una simple moda de joven existencialista, quien poniéndose una máscara parece interesante y original a los demás, teniendo la oportunidad de jugar a que nada tiene sentido y que no hay algo en lo cual se pueda confiar; y aunque la experiencia vivida no deja de tentarme a decir que es por ello no lo haré.

La posibilidad de la amistad es la coincidencia en el mismo lugar, momento y fin determinado; la causa de ésta es la posibilidad de confiar en que alguien es amigo una vez que se da dicha coincidencia. Ahora, después de muchos años, creo que no hay manera de amistad si no se confía en que, quien es tenido por amigo, realmente lo es; no veo cómo alguien que afirme la imposibilidad de la amistad pueda tener amigos. Aunque desconfianza no es negación. La negación es la completa ausencia de algo o que esto sea como creemos que es; la desconfianza es la duda e inseguridad que tenemos de o en algo, en este caso la amistad. Es distinto negar la amistad, a dudar de su posibilidad; y aún más, es distinto negarla de manera seria (convencido de su imposibilidad), a decir negarla –tengo la impresión que los jóvenes quienes juegan a ser existencialistas (entre los cuales considero haber estado) dicen que la amistad no existe, aunque no estén convencidos de ello, aunque su experiencia les muestre algo diferente.

La confianza en algo es la seguridad tenida de que este algo sea como es, como lo percibimos (y en algunos casos como creemos que es); la confianza es la “seguridad que tenemos en”… Cuando confiamos que alguien es amigo lo hacemos porque tenemos la seguridad de que es así. Si, por el contrario, tuviéramos inseguridad de que el amigo lo es, la amistad se perdería; con inseguridad, se restringe la posibilidad de la amistad, pues de un amigo no me tengo que estar cuidando;de ser así, ya no cabe la posibilidad de  dos que van juntos. La confianza también se da en aquello que es familiar, y no puedo negar que las relaciones entre hombres me son familiares, continuamente veo que son de esta manera, hay un continuo contacto con ello. La seguridad es certeza de… y certeza es un conocimiento seguro y claro de algo. Así, la confianza es seguridad y la seguridad es certeza. Tener certeza en algo es no tener temor a errar. No dudamos de aquello que vemos que es y tenemos la certeza de que sea así; lo indubitable es cierto y lo cierto es seguro. Lo seguro nos sitúa en un lugar o sitio libre peligro; y un sitio libre de peligro es un lugar del cual no se desconfía (no de su posibilidad sino de su estancia). El día de hoy, si alguien me pregunta si tengo amigos contestaré que sí, y si alguien me pregunta por qué creo tener amigos y cómo me doy cuenta de ello, no puedo decir más que, se debe al hecho de confiar en que el otro es mi amigo y me doy cuenta de esta confianza.

Mea culpa

Para A., quien esperaba que Rayuela marcara el comienzo de una gran amistad.

Más de una vez me ha tocado escuchar aquello de que “cada quien habla como le fue en la feria” y, si he de ser sincera, a últimas fechas en la feria llamada amistad no me ha ido tan bien que digamos. Mentiría si dijera que en la feria de este año esperaba ganar algo, pues me hubiera dado por satisfecha con seguir manteniendo lo que ya tenía, pero ciertamente no esperaba experimentar alguna pérdida, ya no decir tres.

La primera de mis amistades perdidas fue la de la Beba, joven y bella moza que tal vez de cuerpo creciera y fuera ya toda una mujer, pero en el fondo seguía teniendo el alma de una niña, conservando así su inocencia. Veinte años me parece que tenía cuando recién la conocí y aunque éramos bastante diferentes, ello no impidió que hiciéramos buenas migas. Lamentablemente, eso fue sólo al principio pues las diferencias harían sus estragos hasta mucho después, cuando me di cuenta que ella vivía para ser el alma de la fiesta y yo para hacer de la muñeca fea sentada en el rincón, a la que eso de las fiestas solamente se le antojaba muy de vez en vez. El alejamiento se dio paulatinamente y luego de un tiempo lo normal se volvió ya no hablarnos, aunque de hecho nos siguiéramos saludando. No obstante, lo admito: gran parte de esa pérdida fue mi culpa porque yo descuidé mucho su amistad, aun cuando ella todavía me procuraba, y cuando quise pedirle perdón decidí no hacerlo, pues como dice una canción: “¿Para qué si me va a perdonar porque ya no le importa?”. Y el resto ya fue historia…

La segunda de las amistades perdidas fue la de un muchacho que si bien era un año más grande que yo, al igual que la Beba, era solamente un niño. Eso sí, descuidado, brusco y renecio como él solo; un niño, pues, algo difícil de tratar, aunque con todo lo apreciaba bastante porque una vez que le hallabas el modo, se volvía sumamente dócil. Lo conocí recién que entré a la universidad, sin embargo comenzamos a tratarnos más como a los dos semestres de haber ingresado. Desafortunadamente, hace un par de meses en una noche en la que me contaba una más de las tragedias de su vida, tratando de ayudarle, se dio entre nosotros una confusión tan absurda que ni siquiera vale la pena contar, pero cuyas consecuencias darían pie a la pérdida de la amistad. Lo doloroso de todo no fue tanto la pérdida, pues para ese momento ya habría caído de mi gracia, sino la hosca y mezquina actitud que tomó conmigo inmediatamente después de que se diera la mentada confusión, hecho que terminó por dar al traste cualquier posibilidad de arreglo, por lo menos de mi parte. Y el resto ya fue historia…

La tercera de mis pérdidas fue, de entre todas, la que más me ha dolido por tratarse de alguien que yo imaginaba, creía y esperaba que me acompañara durante toda esa otra feria conocida como vida. El inicio de ella la marcó un libro con nombre de juego de cierto argentino apellidado Cortázar y, a partir de ahí, poco a poco comenzó a tomar forma hasta convertirse en un tesoro sumamente querido e invaluable. Pero una noche de abril, la imprudencia se hizo presente y bastó sólo un beso para decir adiós a esa bendita amistad que había surgido entre nosotros. La confusión reinó para ambos después de dicho suceso y si bien hubo varios intentos de seguir como si nada pasara, buscando salir de ese torbellino, cada quien procuró su espacio; fue así que una muralla comenzó a construirse entre los dos hasta el punto de que tanto silencio terminó desmoronando la bella flor que solía ser nuestra amistad. Y el resto ya fue historia… pero para él que tal vez ya haya dado todo por perdido e incluso no tenga ningún interés en recuperar lo que alguna vez nos unió. Como sea, yo todavía no pierdo la esperanza de que algún día las cosas vuelvan a ser como antes o al menos lo más parecidas a como eran en ese entonces.

Ciertamente no pretendo que ninguno de los aludidos lea esto, pero si aquel que más me ha dolido lo leyera, ojalá me lo haga saber. Lo que en realidad estoy buscando al escribir estas palabras es expiar mis culpas y encontrar el perdón, y más que de ellos, el mío propio por haber sido tan pusilánime y dejado que las situaciones fueran lo demasiado lejos como para llegar al punto del camino en el que parece no haber ya retorno.

Hiro postal