Plática de sordos

–          La verdad a veces me siento cansada de hablarte, cada día es una nueva discusión y cada charla un nuevo pleito, como si lo único que nos uniera fuese justamente estar discordes en algo. ¡Qué cosa! No tienes la razón, de veras, y comienzo a pensar seriamente que yo tampoco la tengo, al final quizá esto no se trate de razón, de tenerla o no, sino de algo bien distinto que todavía no vemos y que, al paso que vamos, quién sabe si lo hagamos. ¿Sabes? Creo que nuestras riñas se enfrascan en tener argumentos más sólidos uno que el otro: “que si yo te hice esto, que si tú aquello, que te duele y dolerá y que me ha dolido y he preferido ignorarte”. Pfff… Todo el mundo sufre, ambos lo sabemos, ¿por qué tu dolor… o el mío, habría de ser especial? Te quiero y lo sabes y poco tiene que ver con que te haya dejado de tal manera o haya dicho cuales cosas. Es todo lo que tienes que saber, que te quiero. Y así déjalo ya, por favor.

–          Pero yo siempre soy quien te busco, quien sufre, a quien le has roto el corazón… ¿Quién parece querer más a quién?

–          ¡Por favor, no es competencia! ¿Por qué no puedes ver que te quiero, que me enamoré de ti? Acaso es que olvidas cómo surgió todo… Ojalá en su momento lo hubieses valorado, estoy segura que el presente sería distinto. Siendo honesta no sabes cuánto me provoca el saberme posiblemente a tu lado, con tus virtudes y tus miles de defectos. Esporádicamente pienso en lo bueno que lo hubiésemos pasado juntos, juntos. Solos nosotros dos. Me encantaría acostarme a tu lado a perder el tiempo, platicar tonterías o comer galletas. Lo que sea a tu lado.

–          Pero me rompiste el corazón, me duele. No te lo perdonaré por más que así quiera hacerlo, porque concluyentemente pienso que eres una mala mujer, una muy perversa y egoísta que sólo anda levantando pasiones a cada paso que da.

–          Me duele que pienses eso de mí, me duele mucho, porque tal pareciera que te empeñas en verme todo lo malo antes que otra cosa. ¡Soy una ínfima mortal, ya lo sé! Creéme, si intentas acercarme así a ti, estás errando el camino. Y deberías saberlo porque en ningún lado eso está considerado algo dulce o lindo, el amor no se gana a golpes o enfrentamientos, ni siquiera enojándote o enjugando lágrimas. Al final, todo eso me hace dudar acerca de tus sentimientos hacia mí.

–          Pero no se vale, porque te he abierto el corazón y lo despedazaste. Tienes novio y me has dicho palabras engañosas, creo que mientes para algo feo.

–          ¿Y eso qué? ¡Entiende que sólo importa que te quiero!

–          Pero…

(Y así sigue la conversación… circular e indefinidamente)

La cigarra