Tiranos de Oficina

Burocracia es el nombre del gobierno de las oficinas. Eso es lo que quiere decir esta palabrita tan acudida en nuestros días. A cualquiera que no comparta mi miedo de los burócratas lo invito a que piense en el poder que representa en nuestras vidas tal tipo de dominio para que pronto caiga en cuenta de qué tan extensa es nuestra dependencia. En nuestras instituciones se acostumbra no solamente llenar de poder a las oficinas que se encargan de administración de los recursos, sino que todo movimiento pasa por ellas y responde a sus estatutos antes de que pueda realizarse. Las nuevas pautas de una oficina no vienen sino de otras oficinas. Una oficina, repleta con un montón de gente nadando entre documentos, sellos e impresoras, gobierna nuestras instituciones, y se supone que son éstas en las que confiamos para gobernarnos nosotros mismos[1]. Tenemos entonces que quedarnos con el orden impuesto para no sufrir el desorden y, desafortunadamente para cualquiera que anhele ser libre, elegir entre dos males no es libertad.

Cualquiera que viniera de visita de un tiempo o lugar remoto diría de regreso a su hogar que amamos la confusión y la contradicción. Esto no es más notorio en algún otro sitio que en la burocracia, en la que los “servidores” gobiernan nuestro futuro. ¡Ay de quien indisponga a un servidor público!, porque su trámite se atora. Aún así llamamos servidores a los que trabajan en las oficinas. Poderosos nuestros sirvientes que nos dicen cómo podemos y cómo no tomar las decisiones de nuestras vidas. Es loable que prefiramos el orden al desorden; pero creer que es posible erigir para todos los asuntos un mismo sistema mecánico de respuestas predeterminadas es necio. ¡Y es allí donde se pone más ridículo todo! Creemos que es posible que, si las oficinas funcionan bien, los problemas y anhelos de cada individuo separado se puedan reducir a un sistema general que conozca respuestas a todo caso posible. Pensamos –por quienes dicen que soy un exagerado– que aunque esto no va a lograrse jamás, serán pocos los casos en los que estos complicados sistemas de respuesta a casos particulares no den con la solución genérica. Y para no decirlo tan rebuscadamente: lo ridículo de la burocracia es que para ella confiamos en que la prudencia y el buen sentido se pueden substituir por un formulario bien hecho. Es como decir: “no tendremos nunca gobernantes capaces, pero por lo menos podemos ponerles montones de trabas por si tratan de tomar malas decisiones”, y con ello pensamos en que sí hay quienes sean capaces para pensar en tales trabas. Esta confianza no sólo nos ha hecho invertir miríadas de recursos en la realización de tan inhumano proyecto, sino que en lo que se completa, nos ha hundido en un mar de papeleo –o de datos digitales– tan obviamente estúpido que lo único que tiene sentido es pensar que de alguna manera tuvo que acostumbrarnos poco a poco a su aspecto antes de que hubiéramos decidido seguir ahogándonos en él. Si antes de la gradual y lenta instauración de la burocracia se hubiera visto el papeleo necesario para sacar un título universitario, nadie se hubiera aventado el papelón de proponerla[2].

Y lo más temible de todo este asunto es que parte del yugo inamovible de la burocracia se debe a lo bien que se oculta y cuela entre las figuras y espejismos que nos creemos que gobiernan. Ella no nos gobernaría tan eficazmente si nos diéramos cuenta de que así lo hace. Pero lo logra, porque está calladita debajo de lo que creemos que tiene el control de nosotros mismos. Puede cada quien pensar en su ejemplo para esto que digo con este esquema: una persona en una oficina desea hacer algo que según su juicio es necesario hacer; pero no existe ningún formato que lo autorice y los que sí están disponibles no tienen ese rubro. Lo que pasa entonces es que tal decisión no se toma, y ese movimiento no se hace. Nadie puede hacer nada que esté fuera de las formitas. El oficinista (casi siempre malencarado) no puede cambiar los rubros de la computadora sin la clave, que tiene la encargada que no puede añadir nada sin el programador, que hizo en primer lugar el programa sin libertad de nada más de lo que le pedía esa sección del Gobierno, que no puede pedir nada que no… etc. Qué demeritados tiranos atendiendo tras ventanillas, con oficios por heraldos y sillas de plástico por tronos. Y qué demeritados los así tiranizados, también.

Lo bueno es que en un ambiente aparentemente tan obscuro y triste, aún nos queda reír cuando se hace una encuesta para conocer cuál de los trámites oficiales es el peor, y para participar en ella, es necesario llenar un pequeño formulario: ¡la extensión de nuestra libertad!

 


[1] Aun más miedo me da pensar en el número de sindicalizados que trabajan en las burocracias mexicanas, pero eso es tema aparte y de implicaciones más ácidas, aunque no más profundas.

[2] Para titularse por la UNAM es necesario hacer un trámite para comprobar que uno ha terminado sus estudios en la UNAM, cuyo requisito inicial es haber terminado sus estudios en la UNAM. Por supuesto, es un trámite que cuesta dinero.

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11 comentarios en “Tiranos de Oficina

  1. Muchos profes son burócratas antes de ser profes, pequeños tiranos… Por otra parte los políticos ven en la burocracia la solución a todos los problemas, qué si hay corrupción, hagamos la Secretaría de la Honestidad, que si no funciona ésta, creemos la Auditoría de la Secretaría de la Honestidad. En sistema tan cíclico y tan absurdo ¿crees que exista la posibilidad de no ser tirano? A mí me parece que sólo un par de maestros de la FESA lo logran…

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  2. Por un lado, pensar que en sólo una escuela se cuentan quienes no son tiranos burócratas, y que además sólo son un par de personas, me parece una exageración grandísima. Por el otro, la “posibilidad de no ser tirano” no está, a mi juicio, en los empleos y en los puestos, sino en los deseos de cada quién.

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  3. No seas exágerado yo no afirmé que “sólo en las escuelas hay burócratas que no son tiranos”, sólo afirmé que la burocracia es un lastre tan fuerte que DE la escuela sólo dos personas que yo conozco no se hunden por el lastre de la burocracia…

    En este sentido ¿no crees que el sistema vaya corrompiendo poco a poco? Yo digo que son ambos, Vargas el protagonista de “La ley de Heródes” es ya un tipo cualquiera, tan flojo como cualquier oficinista, pero el mundo real lo va orillando a ser un buen tirano y él al no ser tan fuerte sucumbe de manera notable, por eso no creo que SÓLO dependa de los deseos de cada quien… sí se necesita una ayudadita del mundo creo yo.

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  4. Perdona mi exageración entonces, creí seguirla de lo que decías. Pienso que la corrupción sí ocurre lentamente en muchos casos individuales, y que su apariencia general es mucho más grande y veloz. Y por eso mismo pensaba lo de los deseos, pues no creo que estemos en desacuerdo al respecto: el mundo, como dices, da ayudaditas porque nos vamos habituando a tener ciertas satisfacciones -según lo que deseamos- y podemos, claro, cambiar lentamente hasta anhelar algo que antes no.

    Aun con todo esto, me parece que no es la burocracia tan avasalladora en las escuelas que la mayoría de los involucrados no tenga opción más que ser burócrata. Casi todos terminan teniendo que atenerse a la burocracia, eso sí; pero de ahí a que todos lo disfruten, eso ya no me lo parece.

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  5. Cantumimbra, no me parece que tu escrito sea exagerado, me parece que se queda fresa. Como que es el síntoma claro de algo que estás viviendo: eso del trámite que se tiene que hacer para titularse en la UNAM, pero lo más grave no es eso, ni la confianza (cierta o no) de los burócratas en los formatos, en los procedimientos, o en sus superiores ni nada parecido, lo preocupante en verdad no es la fastidiosa relación entre los civiles (los no-burócratas aunque sí potenciales burócratas) y los formatos, sino las relaciones entre los burócratas, pues unos y otros se la pasan creyendo que es cosa de imponerse sobre los otros que dicen tonterías o que son unos viciosos o cosas así para poder sacar adelante proyectos de mayor valía o importancia para el bienestar de la mayoría de los individuos involucrados y afectados por esas decisiones. Y digo que esto es lo preocupante porque creo que el problema de la burocracia (y quizás el de la libertad a la que te refieres) es algo que parece habernos rebasado hace mucho tiempo y que es algo que no parece que haya sido algo así como la mala o perversa decisión de alguien de algunas personas. Yo creo que, si nos damos cuenta, el advenimiento de la burocracia no fue algo que sucediera en algún momento en que dos o más personas dijeron: “hagamos la burocracia para fastidiar a los babosos de los ciudadanos”, sino algo que ha llegado a ser poco a poco y sin que los individuos nos demos cuenta precisa de que ha pasado o cómo ha pasado. Me parece análogo al caso del dominio cada vez mayor de los celulares, del internet, los blogs, el feisbuc y esas cosas (yo mismo recuerdo en algún momento años atrás sostenía que “nunca voy a tener un celular” y mira, también me acuerdo que a tí te escuché algunas veces decir muy seguro de ti mismo que “a ti no te interesaban esas cosas de facebook” y el otro día me llegó tu invitación a ser amigos en ese lugar). No creo que ni tú ni yo ni muchas personas conocidas en casos similares seamos perversos o algo así por tener celulares y facebook, más bien somos responsables de cómo los utilizamos. Y el avance progresivo tanto de la informática (en este caso que menciono) como de la burocracia, no es la decisión de nadie en particular (aunque tanto mi decisión de tener celular sí haya sido mía y la de tu facebook tuya, ¿ves?).

    PS. Suerte con ese pinche y fastidioso trámite de la titulación. ¿Como cuándo calculas que será tu examen?

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  6. Sí, estoy de acuerdo contigo, Martinsilenus: el problema de la burocracia es mucho más profundo de lo que mi escrito muestra. También concuerdo en la importancia que le das a las relaciones entre burócratas, pues es evidente que estamos inmersos en una clase de vida organizada para que muchísimos tengan “poder legal” que ejercer sobre muchísimos otros, y de ellos surgen miríadas de pequeños tiranos que, encerrados en su mundo, tienen el corazón igual de afanado por poseerlo todo que las personas que en verdad tienen poder. Quizá decirlo así te parezca menos fresa.

    Y sobre el lento avance de la burocracia como dominante también estoy de acuerdo, y creo que eso sí lo mostré en el texto. Tu analogía sobre el avance tecnológico puede ser un poco tramposa (dicho de paso: no tengo facebook). Lo digo porque el lento progreso indeseado del poder de la burocracia tiene una pantalla de eficacia deseada que, por promesas, nos basta para dejar de preguntar; mientras que la tecnología avanza visiblemente y satisfaciendo los deseos que se hacen visibles.

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  7. ¿entonces quién demonios me agregó fingiendo ser tú? ¡Ya me dio miedooooooo!
    en cuanto a lo tramposo de mi analogía, creo que tienes razón, pero me refiero a que, por ejemplo, aunque la tecnología avanza visiblemente y satisface los deseos con igual visibilidad, yo pienso que no todos desean su avance, al igual que no parecen desear todos el avance de la burocracia. Me refiero a las partes no tan benéficas de la tecnología. Supongo que sólo personas con placeres perversos desearían que avance la tecnología de los hornos para hornear mejor y más personas, análogamente a los que desearían que la burocracia imperara aun más pues es su vía de acceso al poder. Creo que, con todo y los beneficios de la tecnología, los “maleficios” han sido siempre mayores (pues casi siempre lo que posibilita los mayores avances es tecnología bélica o que busca destruir más que otra cosa, aunque luego se apliquen en la vida cotidiana de forma bonita) Por allí lo pensaba yo, aunque tal vez me equivoque pues no conozco las cifras, y si no se piensa así, tu anotación es la correcta.

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