Hiro 0 – 4 Tecnología

No es que yo haya nacido negada para la tecnología; digamos más bien que a últimas fechas no he sido santo de su devoción y, para que no se sienta mal correspondida, debo decir que el sentimiento es mutuo. Todo comenzó el domingo del Super Bowl, cuando todos en mi casa compartían un momento familiar frente a la televisión, mientras yo, encerrada a piedra y lodo en mi cuarto, me disponía a terminar la tarea, a fin de disfrutar el puente del lunes. Pero quiso la luz que esto no sucediera y entonces decidió irse, aunque no por mucho rato. Lo malo –para mí– fue que, al volver, el voltaje era tan bajo que sólo prendía la televisión que mi parentela había estado usando para ver el partido. A decir verdad, a mi familia tampoco le duró tanto el gusto, porque justo en los minutos finales la luz se fue definitivamente. Fue hasta altas horas de la noche que regresó, esta vez con toda su fuerza, pero con el sueño que me invadía, opté por hacer mi tarea al día siguiente. En la semana se dio otro incidente similar, aunque en esta ocasión agarró parejo y todos en la casa nos quedamos sin luz.

Creyendo que los sucesos anteriores sólo habían sido accidentales, el viernes me encontraba de nuevo terminando mi tarea y, justo cuando quise enviarle mi trabajo a un compañero, se dio cuenta la luz de que estaba muy aburrida en mi casa y entonces se fue de paseo. En ese momento, juro que quise arrancarme los cabellos, porque realmente me urgía enviar ese trabajo; afortunadamente, la luz se apiadó de mí y regresó casi al instante. Sin embargo, en mi mente ya comenzaba a tomar forma la idea de que, tal vez, yo no le simpatizaba mucho, dado que sus huidas siempre coincidían con mi presencia en la casa. La situación no era para tanto cuando sólo parecía caerle mal a la luz, lo molesto vino cuando también el reproductor de DVD hizo de las suyas mientras veía una película con mis tíos. Al principio, reprodujo como debía los cortos que anteceden a la película, pero a los quince minutos de haber empezado ésta, se trabó el disco. Entonces tuvimos que saltarnos esa parte y no dio más problemas hasta el final de la película, cuando se trabó de nuevo, lo que solucionamos con sólo adelantarle. Pero no podía faltar la jugarreta de la luz, la cual viendo que yo ya había bajado la guardia, se largó otra vez de paseo; situación que, de lo ridícula, provocó más mi risa que mi enfado. Para no hacer el cuento largo, cuando volvió, cansada de tanto pasear, terminamos de ver la película sin otro contratiempo.

Y así llegamos al día de hoy, en el que mi mamá pensó que era un buen momento para reparar nuestras computadoras, tarea que le corresponde a mi hermano, el benjamín, por ser un as en esto de la tecnología. Como yo necesitaba terminar de escribir algunas cosas, además de subir la entrada de hoy –que, dicho sea de paso, trataba sobre un tema completamente diferente y que, con suerte, podré escribir el próximo domingo–, le pedí a mi hermano que por favor me dejara alguna de las dos computadoras que iba a reparar para poder trabajar en ella. Concentrada estaba en esta tarea cuando, así de la nada, a la computadora le dio por morir en mis manos, marcando un error que sólo mi hermano –y acaso Dios– entendió y, por más intentos que hicimos, ya no quiso funcionar. Por eso ahora me encuentro redactando estas líneas en la computadora –lenta, pero segura– de mi mamá, esperando que la tecnología me dé tregua, al menos, por lo que resta de la tarde.

Hiro postal

3 Comentarios

  1. Karina Del Maiz dice:

    jjajajaja pobre Hiro Postal, es el colmo que le tecnología se peleé con una oriental, creo que sabe que eres pidata. XD

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  2. Maigo dice:

    Esa es la infinita maldad de los objetos, si es que estos pueden ser malvados.

    Tu consiguió que riera, quizá porque rio de las desgracias ajenas, y porque lograste relatar tu desgracia de una manera muy ingeniosa. Gracias.

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  3. Hiro postal dice:

    Karina del Maiz, creo que tienes razón, pero no es mi culpa ser pirata. ¬¬’

    Maigo, yo creo que sí pueden serlo, al menos los que habitan en mi casa.

    Y qué bueno (supongo) que, por lo menos, mi desgracia sirviera para hacerlas reír.

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