Sendero Nocturno

Cerró la puerta y guardó las llaves. Nadie contestó al llamado. Se veía desolado, pero en la estancia el aroma dulce lo poblaba todo. Los muebles parecían estar en otro sitio, y sin embargo, no se los había movido. Más bien era la luz que se había atenuado. Eso era, las cortinas: nunca estaban cerradas y ahora a través de ellas se exprimía un rayito de la Luna y lo pintaba todo como haciendo una hendidura rosa. El aroma lo desarmó. Lo obligó a dejar portafolio y zapatos al instante, y llamaba pronunciándose al pasillo. El piso cálido descansaba ahora de una tarde brillante de más. Avanzó con cuidado. En el corredor, las pinturas se habían atenuado a cada paso, hasta esconderse entre las pestañas de sus ojos cerrados, que sólo seguían el rastro sutil y aún así, marcado. Todo silencio, hasta que la recámara estuvo cerca. Y entonces, una respiración. Suave la respiración, potente el aroma. Corrió la cortina de cuentas de la habitación y la vio esperándolo. Luego lento, muy lento, se le acercó. Ella lo miraba sonriendo y tramando. Y se inclinó hasta estar tan cerca, que no viera nada más sin aquellos ojos.

Breve crítica a la crítica moderna contra el despotismo.

Pensadores liberales como Montesquieu critican duramente al despotismo. Y su crítica se fundamenta principalmente en la falta de libertad y de seguridad que tienen los gobernados por el déspota. Quien rechaza al despotismo señala que los constantes cambios de parecer del gobernante impiden al gobernado saber qué esperar, seguridad que es indispensable cuando se pretende trabajar toda una vida en aras de pasar una vejez cómoda y lo más prolongada posible

Si nos conformamos con tales señalamientos en contra de los regímenes despóticos, seguramente veremos en ellos los peores de los males, en especial porque impiden un libre desarrollo de los intereses de cada uno de los individuos que son gobernados por un ser que al cambiar de parecer impida que lo que  bien marchaba hasta el momento continúe por la misma vía.

Nuestro tiempo y nuestras sociedades actuales dicen estar en contra del despotismo, y por ende a favor del individuo y de la felicidad del mismo, a veces con limitantes que comienzan en cuanto se toma en cuenta la individualidad del otro, y en otras ocasiones procurando que todos los individuos sean felices obteniendo las mismas cosas y siguiendo los mismos senderos para encontrar la tan anhelada felicidad, de la que bien a bien ya no se sabe nada.

La crítica que modernamente se hace al despotismo y la loa, que implica esa crítica, en favor de la democracia, nos muestra que lo que actualmente hace del despotismo un mal régimen es la imposibilidad de ser estar seguro de llegar a viejo con los menores malestares posibles, que es lo que parece se entiende ahora como felicidad individual.

Lo terrible de esa crítica no es que mueva naciones a liberar a otras de gobernantes déspotas, sino que deja de lado que un Estado déspota es un Estado sumamente injusto en el que todo depende de los caprichos y cambios de humor de un solo hombre, o de un mínimo grupo de ellos, los cuales impiden que los gobernados y hasta los mismos gobernantes se unan entre sí mediante lazos amistosos como aquellos que mantienen en las mejores condiciones a las más sanas comunidades humanas, como aquellas en las que un soberano puede confiar en sus súbditos y estos en él en tanto que todos nsometidos por los designios de una instancia superior al poder terrenal.

 Maigo.

De los hábitos o del dinosaurio

“Cada instante que pasa nos arrebata un pedazo de rostro”

W.

El PRIeto estaba decidido a cambiar su vida; cambiar de rumbos, de novia, trabajo y amigos. Se había dado cuenta, desde hacía ya mucho tiempo –desde aquel julio del 2006- que no había hecho nada con su vida que lo hiciera sentirse orgulloso. Ya se lo había dicho su madre uno de esos días con olor a tierra mojada. ¡Y todo es culpa de tu padre por no educarte bien! –añadió. Tenía 28 años ¡y nada!,  no había hecho absolutamente nada. Decidió cambiar. Comenzó por las pequeñas cosas. Nunca había sido muy limpio, así que empezó lavándose las manos antes de comer y después de ir al baño, bañándose diario y cepillando sus dientes. Intentó ordenar el desorden que tenía por cuarto. Comenzó a correr por las mañanas, a comer como Dios manda. Quiso ser bueno, dejar las mentiras, visitar a su madre los viernes y llevarla a misa al medio día. Trató de retomar la carrera que hacía mucho, por flojera y no porque no lo hiciera feliz como les había hecho creer a todos, había abandonado. Buscó y buscó trabajo. No encontró; no tenía experiencia alguna. Pasaron los días. Seguía sin trabajo.  Se olvidó de bañarse y de ir a correr un día. Al día siguiente también.  Pronto volvió a ser el mismo.  Volvió a la flojera y a las mentiras. Meses después ya todo era igual. Ya ni se acordaba de las ganas que tenía de cambiar.

Tal vez tienen razón aquellos que dicen no sólo que los hábitos nos forman, o deforman, para siempre, sino que ya de grande uno no puede cambiarlos, uno ya no puede hacer mucho. Pienso que esto también debemos pensarlo en estas escandalosas épocas de elección. Un partido, así como un hombre, se define por sus actos y la historia que ellos dejan. Y es difícil, o tal vez imposible, cambiar de la noche a la mañana como por arte de magia. Aunque cambie el discurso, el dinosaurio sigue siendo el mismo. Aunque la forma sea otra (la cara más guapa y el regalo más grande), el fondo sigue siendo igual.

PARA APUNTARLE BIEN: “Una golondrina no hace la primavera, como tampoco un día de sol; igual que tampoco es un solo día ni un reducido intervalo de tiempo lo que constituye la felicidad y la dicha.” Aristóteles.

MISERERES: Peña Nieto habló ayer de él y de su partido como renovado, reformado: apoya el matrimonio entre homosexuales, el aborto y la pastilla de al día siguiente. No le preguntaron si apoyaba los monopolios televisivos (era por supuesto un programa de Televisa), pero esto se me hace que no lo apoya tanto (no va a morder la mano que le da de comer). Le preguntaron de nuevo por nombres posibles para integrar su gabinete; de nuevo no hubo respuesta.  Volviendo al movimiento #yosoy132; algunos lo ven con ojos más escépticos. Explican que el activismo de la juventud –al menos hasta ahora- no ha reflejado nada nuevo en las mediciones del voto. En realidad los jóvenes –dice el estudio- siguen siendo el segmento más abstencionista electoral (lo dice gente como Alcocer ayer en el Reforma pero también lo pueden ver acá: http://www.tribuna.info/index.php?option=com_content&view=article&id=112753:n1p5&catid=6:general&Itemid=130 ). Tal vez, como dice retomando a Novo, “a los mexicanos nos gusta lo usado y estrenar”. Falta ver a dónde va enfocado este movimiento, si es sólo a la democracia electoral, a otros ámbitos de la democracia, o si de plano por ahí nomás no va.

Gato sin dueño

“Antes de que me quieras como se quiere a un gato,

me largo con cualquiera que se parezca a ti.”

Joaquín Sabina

Hacía ya más de un mes que Soledad sentía una extraña molestia en su pecho y no hallaba el porqué. Las primeras semanas ignoró la molestia, puesto que ésta iba y venía intermitentemente: se quedaba unos días y luego desaparecía sin dejar rastro, al grado que Soledad pensaba que todo había sido producto de su imaginación. A la cuarta semana comenzó a preocuparse, pero tenía tantas cosas que hacer y tan poco tiempo para llevarlas a cabo que no quería desperdiciarlo en una visita al doctor, para que éste, en una de ésas, le dijera que no era nada y que no debía preocuparse. Sin embargo, le comentó esta inquietud a su amiga Esperanza un día que, particularmente, amaneció muy adolorida después de haber pasado la noche soñando con un muchacho que le sonaba conocido, pero que no había logrado identificar. Al verla tan angustiada e inquieta, Esperanza le sugirió que fuera a ver al médico para un chequeo y se ofreció a acompañarla, si es que no quería acudir ella sola. Soledad no dijo nada, simplemente asintió con la cabeza y entonces Esperanza le recomendó un doctor que, según decían, era muy bueno y no cobraba tan cara la consulta.

¡Menudo fiasco! El doctor ése no resultó ser tan bueno como decían –Esperanza se encontraba muy apenada por ello–, ya que no había podido hallar respuesta para el malestar que aquejaba a Soledad y entonces ella se vio en la necesidad de buscar a otro que sí pudiera decirle qué era esa molestia tan extraña que sentía en su pecho y, más importante aún, qué hacer para ya no sentirla. El que siguió resultó todavía peor que el primero –al menos éste había reconocido su ignorancia respecto al tema–, pues en su incompetencia, le había espetado a Soledad que estaba loca y que lo que en verdad sufría no era un malestar en el pecho, sino una hipocondría severa. Indignada, Soledad buscó a un tercero, que sólo le hizo gastar el dinero que no tenía; luego a un cuarto, que perdió el juicio cuando no pudo resolver el acertijo que implicaba el dolor de Soledad; después a un quinto más, el cual se suponía que no debía ser malo. Así comenzó una larga y agotadora travesía, teniendo como compañera de viaje a Esperanza, en la que cada parada hecha significaba una visita con un nuevo doctor.

Había transcurrido medio año ya desde aquel día en que Soledad se animó a contarle a Esperanza lo que la acongojaba: hasta la fecha, la cuenta de doctores visitados ascendía a dieciséis –más o menos, a dos por mes– y ninguno estaba cerca de poder decirle a qué se debía su dolencia. Cansada, incluso harta, de tanto tiempo y dinero tanto gastado como perdido, Soledad accedió a ver, por insistencia de Esperanza, a un último doctor. “Si él, como los otros, no puede darme cuenta de lo que tengo, me daré por vencida y seguiré con mi vida” le advirtió Soledad a su amiga y ésta no puso objeción. La verdad es que Soledad aceptaba ver al Dr. Refugio por gratitud a Esperanza, quien nunca la había abandonado, más que por otra cosa y es que, siendo sincera, ya se había acostumbrado al dolorcito extraño ése en su pecho.

La cita había quedado para las cuatro de la tarde y Soledad y Esperanza, siempre puntuales, estuvieron en punto en el consultorio. El doctor ya se encontraba en el lugar, pero todavía se demoró unos minutos con su paciente de las tres. Cuando se hubo desocupado, las hizo pasar al consultorio disculpándose por la demora.

-Así que tiene un dolor en el pecho- dijo el doctor mientras tomaba nota. -¿Desde hace cuánto que lo tiene?

-Poco menos de un año- respondió Soledad en automático; tantas veces le habían hecho esa pregunta que su boca cobraba vida por sí sola para dar la respuesta.

-¿Puede decirme si es punzante o más bien sordo, con qué frecuencia lo experimenta o en qué ocasiones se presenta?

-Pues es punzante, aunque sólo se agudiza cuando sueño con una persona que no termino de ubicar, pero va y viene. A veces me da por tres días y luego de la nada desaparece, descanso una semana y entonces vuelve, y se queda por dos días más y se vuelve a ir…

-Y cuando tiene el dolor, ¿lo padece todo el día o…?

-No, también es intermitente. Generalmente se hace presente cuando me tomo un respiro entre mis actividades, o estoy comiendo, o me baño… Cuando no tengo la cabeza saturada de tantas cosas, ¿ve?

El doctor asintió con la cabeza. Le había pedido a Soledad que se sacara una radiografía de tórax y en ese momento se la pidió. Soledad le entregó el sobre y el Dr. Refugio se dispuso a examinar la prueba. Mientras lo hacía, le preguntó a la paciente si podía describir su dolor de alguna otra forma que no fuera punzante. Soledad lo pensó un momento y no tardó mucho en decir que era como tener un hueco en el medio del pecho, como un pozo cuyo fondo dolía, si es que eso tenía algún sentido.

-Ya veo cuál es su problema- dijo el doctor con calma. Por un momento, Soledad creyó haber escuchado mal y es que después de tantos intentos fallidos, no podía dar crédito a las palabras proferidas por el médico.

-A usted le hace falta una parte bastante pequeña de su corazón, incluso parece un rasguño, pero es lo que le han extirpado y eso ha causado el dolor en su pecho todo este tiempo.

-Eso no es posible- repuso Soledad soltando un bufido. -No me he sometido a ninguna extirpación, así que debe tratarse de otra cosa.- El doctor entendía la renuencia de Soledad: la negación era bastante habitual en los casos de pacientes como ella.

-Eso se debe a que la extirpación no la lleva a cabo un cirujano, sino que es el propio cuerpo el que se opera a sí mismo. En algunos casos, el paciente ni siquiera lo nota; sólo se da cuenta de ello cuando sufre los efectos post-operatorios, como sucede con usted.- Soledad estaba a punto de replicar de nuevo, pero el doctor le hizo un ademán cortés para que guardara silencio y entonces se dispuso a explicarle su padecimiento.

-Verá, la intervención quirúrgica a la que usted fue sometida recibe el nombre de “extrañamiento”, es decir, algo que estaba dentro –tal vez mucho y por eso el dolor punzante como hoyo en el pecho–, en sus entrañas, fue extraído de ahí, ha sido removido fuera de su cuerpo. En ocasiones, la operación es ambulatoria como en su caso, que no necesitó reposar después de la intervención: simplemente siguió con su vida normal. Sin embargo, nadie está exento de los efectos post-operatorios; el dolor que usted ha estado experimentando se conoce con el nombre de “extrañar”. Casi todas las personas, si no es que en realidad todas, han sido sometidas por lo menos una vez en su vida a esta operación: si tiene éxito, se presenta ese “extrañar” por un tiempo y eventualmente se desvanece el dolor, pero si fracasa la operación, termina en la muerte…- terminó diciendo el doctor con tono lúgubre.

Tanto Soledad como Esperanza estaban pasmadas y ninguna sabía qué decir. Después de respirar un par de veces, Soledad recuperó el habla y una duda asaltó en su mente.

-¿Y puede usted decirme por qué fui sometida a esa operación, qué parte fue la que perdí?- El doctor lo meditó un momento y con sus reservas, se dispuso a responderle a Soledad.

-Pues pudieron ser muchas cosas. Por ejemplo, pudo deberse a la partida de alguna persona, a la pérdida de algún objeto preciado, al recuerdo de algún momento vivido que usted añora y que no puede recuperar. Dependiendo el motivo, es la parte extirpada, pero esto sólo puede saberlo el paciente.

En ese momento, Soledad supo cuál había sido el motivo de su operación: Pecas, su gato, había escapado poco antes de que empezara su molesto y extraño dolor en el pecho, pero nunca antes se le había ocurrido que aquellos sucesos estuvieran relacionados. Ahora entendía el porqué de su dolor y no sólo eso, sino también el motivo de que se agudizara cada que soñaba con aquel muchacho: para ella, Pecas, más que un gato, había sido su compañero de toda la vida.

Hiro postal

La intolerancia partiendo plaza

Se va gastando mucha tinta, y se van usando muchos bites, para hablar de la “primavera mexicana” –o “primavera de Santa Fe”, como la llamó un connotado columnista-, epíteto con el que ha comenzado a nombrarse al movimiento iniciado en las interrupciones e increpaciones con que alumnos de la Universidad Iberoamericana decoraron al candidato presidencial del nuevo PRI Enrique Peña Nieto y que fue tomando rumbo en la conocida campaña #YoSoy132. Como ya es costumbre en las trincheras del tintero, de un lado saludan jubilosos la actitud juvenil pues fincan en ella su ceñuda esperanza en la revolución que siempre está por venir, mientras del otro señalan con sospecha la movilización en masa de los pequeburgueses del país para distraer la atención del proceso electoral; en ambos lados, sin embargo, suele perderse de vista el delgado hilo que distingue la condición real del movimiento juvenil y su peculiar característica paradójica que origina tanto las loas como los reproches. Esa delgada línea fue subrayada hoy por la tarde, en el encuentro celebrado en la Plaza de las Tres Culturas, por la representante de la Ibero durante la primera ronda de intervenciones, cuando en clara referencia a la descripción que el candidato del nuevo PRI endilgó a sus interpeladores la estudiante afirmó: sí, sí somos intolerantes. A mi juicio, de entre las muchas palabras que se dijeron esta calurosa tarde en esa plaza, la afirmación de la intolerancia fue la más notable, inteligente y certera en cuanto a la manifestación de lo que el movimiento juvenil actual es; así mismo, esa misma frase notable e inteligente es la más certera para mostrar la paradoja intrínseca en el movimiento. Por un lado, es de celebrar que en una plaza pública pueda afirmarse la intolerancia, pues es el primer modo de descartar la indiferencia: no podemos tolerar, dijo la representante de la Ibero, lo indignante –las muertas de Juárez, las bajas colaterales, Atenco, Acteal y horrores semejantes-. Aunque por otro, afirmar y aceptar la intolerancia en una plaza pública puede llevarnos a la completa negación de la diferencia: los crímenes de pureza, las purgas corporativas, los campos de concentración, los Gulag y las matanzas al estilo guevarista. Es la intolerancia del movimiento #YoSoy132 lo que nos permite notar su naturaleza paradójica: sin su intolerancia al crimen no tendrían sentido, pero con su intolerancia al otro lo perderían completamente. Y su paradoja intrínseca, además, muestra el mayor problema de su movimiento: ¿cómo podrán hacer los ahí reunidos para conservar el buen juicio que les permita distinguir la intolerancia justa? En el evento de hoy, al menos, no escuché idea alguna sobre el asunto. Sí, en cambio, la vi en práctica: los jóvenes ahí reunidos fueron tolerantes ante la provocación de los porros infiltrados en la plaza –hoy encontré, tras casi doce años, a un veterano porro que en su momento fue procesado penalmente y tras ser liberado fue becado por un gobierno municipal corrupto que hoy lo envió a fotografiar a los jóvenes que protestaban contra el candidato del partido que lo tiene empleado-, fueron tolerantes ante la provocación de los coheteros de Morena –junto con toda la gente que el movimiento de López Obrador tenía en la plaza haciendo “estudios de inteligencia” (esto viene de declaración directa de uno de los empleados) desde varias horas antes de iniciar el evento (evento que, por cierto, inició de manera informal cuando apenas éramos cerca de veinte personas)-, fueron tolerantes, en fin, ante las burlas de la prensa –directamente las vi de los reporteros del canal 28 y de la OEM- y ante casi cualquier inconveniente –incluso el inclemente sol que esta tarde cayó sobre nosotros-. Sin embargo, queda pendiente al movimiento #YoSoy132 delimitar su intolerancia, de lo contrario el movimiento hará suyas demandas que no le corresponden, o pasará del “apartidismo” al golpismo militante. Al menos, parece que la generación siguiente a la de los “últimos nihilistas” cree que no todo está permitido. Enhorabuena.

Námaste Heptákis

Parte de guerra 2012. 4350 ejecutados al 25 de mayo.

Garita. El día que inició el Encuentro Nacional de Resistencias Autónomas Anticapitalistas, en Cherán, fue encontrado el cuerpo del líder comunal del municipio autónomo en que se realiza el encuentro; aunque no conocemos todavía las conclusiones del mismo, se vuelve necesario pedir el pronto esclarecimiento del caso.

Coletilla. “Para mí, la embriaguez es un accidente, no una finalidad”. José de la Colina

Creencia

Tal vez el único acto de verdadera libertad consista en la decisión de creer o no creer en dios.

Gazmogno

Bólidos y Vejestorios

¿Yo?, yo ya no ando comprando las últimas novedades y cambiando de modelo en modelo por todo lo moderno. Cada vez eso se vuelve más rutinario y aburrido, y la gente no se da cuenta de que la estafan haciendo que los productos sean más desechables y menos duraderos. Les venden computadoras que se cambian en dos años y focos ahorradores que duran menos que los meros buenos que se hacen de vidrio. Yo, en cambio, he descubierto la mejor tendencia hasta ahora inventada (y no sé por qué nadie la tomó tan en serio antes). En realidad ya se había intentado, pero no bien, no por completo. Qué bueno que la mejoraron, la verdad. Antes le habían puesto un nombre poco inspirado: “retro”, sin ver que se puede retro-ceder tan sólo unos segundos y eso no hace diferencia. Sólo pintaban los envases de las cosas como en los cincuentas y ya con eso se creían muy rudos; pero la clave no está en el refresco disfrazado, sino en beber leche bronca, y envasarla en vidrio.

Esta nueva ola es el “Tech-Furui”. Creo que es chino y significa usar pura tecnología como era antiguamente. Ahora tengo todo viejo y uso siempre las cosas como eran antes. Es mucho mejor, porque todas las cosas las hacían mejor antes. Por ejemplo, uso sombrero y visto de pana; y más aún, no me voy de buzo en las vacaciones con los disfraces de sirena y gogles ridículos que se romperían ante la mínima presión. No, yo me pongo escafandra, con casco de metal y todo. Si me preguntan burlonamente qué me pasa es porque no tienen idea de lo deprimente que es su propia situación: su traje no protege y sus botas no traen la bella sensación de jalarlo a uno por su macizo peso de plomo. Las cosas viejas pesaban en serio. También dejé de ver la televisión a color, porque eso es como hacer trampa: es mejor el esfuerzo por discriminar los grises obscuros y los claros. Tengo luz en casa, obviamente, porque no puedo pedirles a los demás que tan abruptamente cambien sus costumbres; pero yo no la uso. Yo enciendo una lámpara de aceite por las noches y si necesito más luz (como cuando voy al baño), la obtengo del primer modelo de celular con lamparita en el mercado, cuando acababan de sacarlos sin antena.

Claro, se ha necesitado mucho dinero para traer este estilo de vida a la realidad, porque ni las escafandras ni las calderas de hierro son baratas en estos días. Pero no importa, porque al final lo vale. Nada como sentarse en una mecedora a esperar que el café se caliente en el fogón, para después leer el periódico bebiéndolo en un pocillo. Al final de la semana, además, me entregarán mi Audi modificado, al que le metí caja estándar, un carburador y una máquina que funcione con gasolina Nova (aunque ésa ya no la consigo, pero creo que la Magna no lo echa a perder). No puedo esperar a estrenarlo, lo único que le falta a mi emocionante nueva vida es manejar lo más rápido que pueda escuchando un motor de verdad, como antes los hacían, rugiendo como bestia mitológica antigua.