Silencio impuesto.

La experiencia del silencio que se impone es muy basta, aunque remite al mismo resultado, y quizá esto se deba en primer lugar a los diversos modos en que nos imponemos silencio. Podemos imponernos el silencio después de una petición, ya sea porque alguien lo solicita como signo de respeto o porque alguien lo exige mediante lo más lejano que tenemos al silencio, que bien puede ser la emisión de un sonoro y lapidario ¡cállate! Pero, también podemos imponernos silencio de una manera menos sonora, más discreta, tanto que ni pensamos en una palabra que así nos lo solicite, simplemente sentimos cómo nuestra lengua se pega al paladar y cómo el mutismo se apodera de nosotros y cambia los ruidosos pensamientos por algo más clamado, que bien puede ser apacible o terrible, eso depende de aquello a lo que responda el silencio.

El silencio se impone… y más no puedo y no debo decir. Veo que si lo hace hoy es para evitar los males que la palabra emitida sin cuidado traería consigo, haciendo de este silencio algo sagrado que como tal he de guardar.

Maigo.

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