Insomnio cinematográfico

Después de varios días sin dormir el mundo comienza a verse plano, brillante y cristalino como la impresión de una vieja fotografía. El ojo deja el juicio habitual y se despersonaliza, como si fuera una cámara de video. Y el acontecimiento se va imprimiendo en la conciencia como una larga y desordenada grabación esperando que la editen.

Gazmogno

Nuestro imposible conocimiento milenario

A lo largo de cientos de años… corrijo: de miles de años, hemos hecho enormes avances de los que comprensiblemente estamos muy orgullosos. Hemos aprendido muchísimas cosas sobre el mundo y sobre los hombres, desde los pequeños organismos invisibles hasta los también invisibles astros allende nuestra galaxia. Ahora más que nunca vivimos provistos de una tremenda cantidad de información que nos acerca a explicar con más consistencia la multitud incontable de fenómenos que componen nuestra vida. Excepto por un detalle: ninguno de nosotros ha vivido ni vivirá miles de años.

El plural que suele componerse cuando se piensa en los tremendos progresos de la humanidad tiende a ocultar el hecho de que cada uno de nosotros aprende a su propio paso y vive su propia vida muy aparte de la cantidad de conocimiento enciclopédico que haya podido acumularse por el trabajo de numerosas generaciones de investigación sobre los más diversos temas. Incluso el hombre nacido en la época de mayormente completa ilustración tiene que leer la Enciclopedia antes de poder ponerse al corriente de los éxitos de sus antepasados. Sin embargo, el punto importante no es tanto el hecho de que tenga que leer la enciclopedia, sino que nada garantiza que sea posible que la entienda. Hay tantas especializaciones y tantos detalles que consumen el tiempo y las fuerzas humanas que es imposible que alguien sepa todo lo que la humanidad sabe, y mucho menos a fondo y con interés.

Que el conocimiento científico recaudado en los anales de la investigación no sea dependiente de un solo individuo no es algo repudiable, que sería el extremo en el que posiblemente se lea el párrafo anterior. Pondré por ejemplo nuestro conocimiento astronómico. El arduo trabajo que representa un proyecto por hallar una explicación suficiente para la composición de la atmósfera de un planeta del sistema solar puede cobrarse el largo de una vida completa, pero si encuentra satisfacción, el siguiente astrónomo puede ahorrarse la búsqueda y partir de los hallazgos de su antepasado, sabiendo ya por qué parece verosímil que tal planeta tenga tal y cual elemento componiéndolo. O puedo pensar también en las matemáticas e irme mucho más atrás en el tiempo: no es necesario que cada matemático luche contra el problema de la inconmensurabilidad de los catetos con respecto a la hipotenusa de un triángulo rectángulo cuando ya hubo alguien que pudo demostrar por qué la suma de los dos cuadrados menores resulta en lo mismo que el cuadrado mayor. Es obvio que hay progreso en los conocimientos de lo demostrable porque una buena parte del trabajo de los investigadores se va en búsquedas de explicaciones que pueden acabar muchas veces mal y solamente una vez bien. El resto puede ahorrarse los tropiezos.

Sin embargo, más importante sería preguntar si las demostraciones nos bastan para conocer los problemas que las propiciaron. Y es que se aprende mucho del esfuerzo por explicar bien en qué consiste un problema, además del vasto provecho que se le pueda sacar a su resolución posteriormente. Con este aglomerado de personas y vidas en el que nos incluimos cuando nos afirmamos como humanidad, es latente la tendencia a olvidar ese aprendizaje. Y quizás seamos muy versados ya en las intrincadas telarañas cuánticas que es la materia (yo no, la verdad), pero al mismo tiempo estamos lejos de poder responder por qué sería importante responder qué es la materia. ¿Será importante porque así podemos hacer mejores tecnologías basados en cálculos más acertados? Si es así, entonces no nos interesa la materia, nos interesa la comodidad que se gana con las tecnologías. ¿Será porque nuestra curiosidad no tiene límite y una nueva respuesta la sacia momentáneamente, mientras que abre otras posibilidades para explorar? Si es así, entonces no nos interesa la materia tampoco, nos interesa cualquier objeto con el que podamos sentirnos agradados por curiosos. Y finalmente, si cada quién tiene que aprender desde el principio cuáles son los problemas y cuáles soluciones se encontraron por qué razones (porque puede haber soluciones aparentes, claro), ¿no valdría la pena preguntar también qué vale la pena y qué no saber, y por cuáles conocimientos estaríamos dispuestos a entregar la vida completa?

Escribir por escribir

Hubo un tiempo en que la escritura fue considerada un regalo de los dioses, regalo que no se supo si era bueno o malo porque por una parte permitía conservar por más tiempo alguna idea valiosa, aunque por la otra hacía del hombre un ser desmemoriado. Con el abandono de los dioses también se consideró a la escritura como un arte, es decir, como un ejercicio que se ha de hacer constantemente para alcanzar la maestría necesaria en el trazado de signos y en ocasiones en la exposición de las ideas.

Entre el carácter divino y el carácter artístico, casi técnico y construido de un buen escritor, hay una enorme diferencia, el primero depende de los dioses, pues no sólo traza líneas, escribe lo que la divinidad le dicta, ya sea un nuevo verso capaz de convertir a un ladrón en santo, o las posibles verdades o mentiras que convierten a un pastor en un conocedor de la naturaleza de los dioses y del mundo. En cambio, el que ve a la escritura como un arte está abandonado a su suerte y a su capacidad para ver el mundo, ya no habla de dioses porque ya no los ve, tampoco habla de héroes divinos, porque ya no los hay, habla de lo que alcanza a ver y nada más, habla de asesinos que matan a usureras y se arrepienten gracias a la presencia del amor de los amigos o de buenas mujeres tan pecadora como ellos, mostrando que los actos de quienes hablan ni siquiera son pecados.

Pensar a la escritura de una manera o de otra perfila aquello sobre lo que escribimos y leemos, pues en un caso la palabra escrita no viene del hombre, en el otro es el hombre quien la construye, y quizá por ello se le quita su carácter milagroso, pues se piensa que lo que es hecho por el hombre ya no maravilla tanto como lo hecho por los dioses. En ambos casos la escritura es algo de suma importancia, el que ve la escritura como un don se ve a sí mismo como guardia de lo sagrado, el que la ve como una construcción propia acaba siendo un creador que debe guardar lo mejor posible a su creación.

Para nuestra desgracia pocos quedan que vean a la escritura como una creación que debe ser guardada, menos aún quedan de los que la ven como un don, pues tan poco nos importa lo que hace el hombre y tan olvidados están ya los dioses, que se ve a la escritura como un mero trazar líneas donde todo se vale, poner o quitar letras a las palabras, decir o no cosas importantes mediante ellas, porque el mismo valor tiene decir que se cree en lo divino que pensar sobre un régimen político o anunciar al mundo que se desea tomar café y comer una dona.

   Maigo.

(In)maculados

“Vino, primero, pura, 

vestida de inocencia, 

y la amé como un niño”

J. Ramón Jímenez

 

Rápidas, profundas, chismosas, groseras. Por un descuido y en un suspiro aparecen. No todas tan fácil se van. Estorban y apenan, o deberían apenar, pues están donde no van. Como el negrito en el arroz, como una nube en un día limpio de cielo azul. Negras, rojas, grises y hasta de colores, las manchas acechan. Las manchas de comida; de un seco y delicioso vino tinto, de mostaza o de alguna deliciosa salsa, y más en la ropa blanca, se notan y enojan. Mucho más aquéllas de mugre en la piel que de niños nos descubre la madre, la abuela o tía obsesiva y amante del quehacer. Las manchas de tinta roja donde debe haber pura negra, en una pintura o maqueta que quiso ser perfecta. Las manchas de humedad en la pared, ésas con un amarillo de enfermo y que además no huelen muy bien. Están ahí siempre, yendo y viniendo las muy mal educadas, son las huellas que muestran a la señora imperfecta. Muestran a otros y a nosotros que algo no está ni salió como debió ser. Y así como se aparecen en las caras, los trabajos, los cuerpos y en las telas, también están de impertinentes en lugares más delicados; correteando, alcanzando y anunciando casi siempre algo malo. Me refiero a esas manchas que llegan a lugares como el alma, más difíciles de notar y sospecho también de quitar. Y aunque pocos las vean, yo creo que también nos apenan y hasta duelen más.  ¿Manchas? Sí, las chismosas parecen en cualquier lugar andar. Hay cuerpos, almas y hasta países manchados. Así como el nuestro lleno de mugre y de sangre. Los inmaculados estos días por desgracia son pocos. Inmaculados estamos casi todos. No vaya ser que nos esté dejando de importar, y que esa pena se esté difuminando cada vez más. Sabrá Dios si alguno se salve, pero como me dice mi madre, “si lo ensucias, lo lavas”. Es cosa de buscar jabón y agua. Es, tal vez, cosa de recuperar la pena para que nos entren las ganas de limpiar…

PARA APUNTARLE BIEN: Y hablando de manchas, aquí el final de un soneto que habla  de esto. Es de Shakespeare: The rape of lucrece

 
Why, Collatine, is woe the cure for woe?
Do wounds help wounds, or grief help grievous deeds?
Is it revenge to give thyself a blow
For his foul act by whom thy fair wife bleeds?
Such childish humour from weak minds proceeds.
Thy wretched wife mistook the matter so
To slay herself, that should have slain her foe.

‘Courageous Roman, do not steep thy heart
In such relenting dew of lamentations,
But kneel with me and help to bear thy part
To rouse our Roman gods with invocations
That they will suffer these abominations,
Since Rome herself in them doth stand disgraced,
By our strong arms from forth her fair streets chased.

‘Now by the Capitol that we adore,
And by this chaste blood so unjustly stained,
By heaven’s fair sun that breeds the fat earth’s store,
By all our country rights in Rome maintained,
And by chaste Lucrece’ soul that late complained
Her wrongs to us, and by this bloody knife,
We will revenge the death of this true wife.’

This said, he struck his hand upon his breast,
And kissed the fatal knife to end his vow,
And to his protestation urged the rest,
Who, wond’ring at him, did his words allow;
Then jointly to the ground their knees they bow,
And that deep vow which Brutus made before
He doth again repeat, and that they swore.

When they had sworn to this advised doom,
They did conclude to bear dead Lucrece thence,
To show her bleeding body thorough Rome,
And so to publish Tarquin’s foul offence;
Which being done with speedy diligence,
The Romans plausible did give consent
To Tarquin’s everlasting banishment. 

MISERERES:  “Lo triste es la perspectiva de volver a gastar nuestra energía no en algo constructivo sino en el choque entre la voluntad de unos por mantener la defensa de los intereses creados y la voluntad de otros por lograr el cambio”.Lorenzo Meyer, Agenda ciudadana: (http://www.periodicocorreo.com.mx/editoriales/51830-agenda-ciudadana-16-08-2012.html). Javier Sicilia habla de nuestro país manchado; critica que aquí se apliquen políticas que ni en Estados Unidos se han atrevido a aplicar (como eso de la guerra contra el narco). Especialistas dicen que más bien era cosa no de armas sino de inteligencia: atacar el lavado de dinero y controlar tantito más los bancos: http://www.sergioaguayo.org/html/columnas/Alfombraroja_150812.html.

 

POR TAN SÓLO UNA MIRADA

Al verte a los ojos, tu alma me muestra que no es el tiempo lo que nos une. El tiempo no nos mira ni se detiene.

Fruta fresca

“Darte un beso de desayuno…”

Calle 13

¡Dulces, suaves y tiernos! Así eran los arándanos que intentaban imitar la delicia de tus labios.

Hiro postal

Del amor negado

Del amor negado

tristis est anima mea usque ad mortem

Burlado, insultado, escupido y golpeado, Jesús asumió su miseria. Colgado en la cruz, abandonado por sus seguidores, abandonado por sus amigos, abandonado por el Padre, Jesús respiraba con pesar: en su boca se mezclaban acremente los sabores del miedo, el dolor, la sangre y el sudor. Sobre su rostro tembloroso las lágrimas se arrastraban por los ensangrentados surcos de sus mejillas, mientras se esforzaba por llevar su mirada perdida más allá de la borrosa soledad que se esbozaba frente a él. Mísero, adolorido, abandonado: soledad encarnada. Jesús sufriente colgado en la cruz asumió el más terrible de los males humanos: el amor negado.

         Judas es el gran negador del amor, nunca un traidor de Jesús. En la cena pascual, en ese digno lugar del encuentro de los amigos para participar del misterio de la vida, Judas es quien mete la mano al plato, quien se avoraza para consumir lo otro, quien se niega a compartir para no perder, quien no ve en el otro la señal del amor sino la de la usura y el abuso; Judas, el avorazado, es quien puede ponerle precio al otro. Judas sale a mitad de la noche con el bocado en la boca, porque para él todo es premura, competencia, afán de ganancia; Judas no puede comer con sus amigos como no puede digerir el amor: ante la entrega pura del amor en el cordero de Dios, Judas da un paso atrás y prefiere la indigestión en medio del silencio de la noche. Judas no digiere, traga; Judas no ama, exige ser amado; Judas no quiere ser uno con el otro, quiere “la gloria y el poder, el yo, el ego”. Judas, como muchos de nosotros, invierte y pervierte el sentido del amor: entrega con un beso. Judas no besa porque ama, sino que degrada al beso negando el amor. Judas desprecia al Jesús que lo recibe todavía llamándolo amigo y condensa en aquel trágico beso la mayor bajeza humana: la avaricia que carcome la caridad, la soberbia que golpea a la humildad, la lujuria de la ganancia que se avoraza sobre el amor. Judas no fue un traidor de Jesús, sino el gran negador del amor.

         Simón Pedro, el fiel, también negó el amor: lo negó tres veces y lloró amargamente. Judas nunca lloró. La imagen más clara de la diferencia entre ambos nació en el alma de Giuseppe Lanza del Vasto. Jesús acaba de ser condenado y tanto en Judas como en Pedro cunde la desesperación. Pedro le salta encima a Judas y lo aferra con las manos. “Judas cierra los ojos. Pedro lo besa. Judas abre los ojos aterrado. Pedro lo mira todavía con cólera y le dice: -Traidor. -Y lo besa de nuevo; le dice: -nada tenemos que reprocharnos tú y yo: tú y yo somos dignos de besarnos –lo besa por tercera vez. Explica: -Tres veces, allí, delante de la criada, yo, tres veces, por cobardía, renegué de él –se tapa los ojos con los puños y huye llorando”. Al negarlo, Pedro duda de sufrir por el Amado. Pedro niega el amor de Jesús, igual que Judas, pero se arrepiente, se sabe pecador y besa a Judas. Pedro niega el amor de Jesús, pero en el perdón se entrega al amor de Jesús. Pedro niega el amor de Jesús, pero llora amargamente para regresar al amor por el arrepentimiento y el perdón. Si Judas hubiera llorado…

         Mientras Jesús sufría en la cruz, mientras su sangre manchaba su cuerpo y lo tornaba pesado, pesadísimo, insoportable; mientras el abandono y la soledad lo hacían pequeño, mínimo, insignificante; mientras Jesús moría en la cruz, su mirada se encontró con los ojos del amigo, del más amado, de Juan. Judas no podía mirarlo a los ojos, pues negó el amor. Pedro se cubrió los ojos, pues negó el amor y se arrepintió. Juan, en cambio, miró a su amigo morir, lo consoló con la mirada, lo amó tan enteramente que su mirada pura, brillante de amor, le hizo encontrar el consuelo en el amor a los hombres. Jesús muriendo en la cruz, mísero, adolorido y abandonado, tuvo un amigo que lo amó absolutamente hasta el fin y en el amor lo salvó, se salvó y nos salvó. En tanto hombres, nosotros podemos ser Judas, Pedro o Juan; en tanto hombres nosotros podemos negar o entregarnos al amor; en tanto hombres, ¿todavía nos importa la salvación?

 

Námaste Heptákis

Parte de guerra 2012. 6502 ejecutados al 17 de agosto.

Voces de la caravana. “Aún no ha oscurecido, pero esta realidad anuncia que pronto caerá la noche, oscura, atroz y más profunda que las sombras que la anuncian. Pero aún no, no todavía, aún no, a pesar, como lo dijimos hace más de un año en el zócalo de la Ciudad de México, de la inconmensurable necesidad, a pesar de todos los sufrimientos, a pesar de este dolor sin nombre, a pesar de la ausencia de paz en creciente progreso, a pesar de la confusión que aumenta, aún no”. Javier Sicilia, 13 de agosto de 2012.

Coletilla. “En una época dominada por la celeridad o la parálisis, donde todo es instantáneo o se encuentra detenido, quienes caminan perciben el mundo de otro modo. Javier Sicilia es un analista político y un hombre de fe. Su caminata es una manifestación y una peregrinación. Pero sobre todo es una travesía por el mundo llano que se conoce a pie. Su gesto va más allá de las ideologías y las convicciones religiosas; es la forma más próxima y humilde de entrar en contacto con los desconocidos, de hablar con ellos y escucharlos: un pausado aprendizaje. Platón lo supo antes que nosotros: la caminata es una conversación en movimiento”. Juan Villoro, 17 de agosto de 2012.