Yo pido un arco para los universitarios

 

Tiene roto el calcetín

el presumido catrín.

 

Uno de los momentos más conmovedores del Virata Parva, dentro del Mahabharata, es la historia del árbol Sami. Cumpliendo con los designios posteriores a la apuesta de dado que casi lleva a la ruina a los Pandavas, en el último año del exilio Yudhisthira y sus hermanos debían permanecer escondidos de quienes trabajaban para los Kurus a fin de que tuviesen la posibilidad de recuperar su reino. Incógnitos en el reino de Virata, los Pandavas cumplen con el reino hospitalario, Uttarakumara llega hasta el árbol Sami en que los Pandavas habían ocultado sus armas y por orden de Brihannala, quien era la personalidad adoptada por Arjuna tras la maldición de Urvasi, baja un misterioso paquete que yacía en las ramas altas del árbol. Al abrirlo, el joven príncipe reconoce la singularidad de las armas y pide a su acompañante que le informe quiénes son sus propietarios y dónde se encuentran. Un momento después, habiendo reconocido que era Arjuna con quien hablaba y no con un artista del baile cualquiera, Uttarakumara pide entusiasmado: “dime tus diez nombres y cómo es que ganaste cada uno”. Inmediatamente el más habilidoso de todos lo arqueros, seguro estoy que con una sonrisa delineada en su bello rostro, procedió a contar la historia y el sentido de sus nombres. Cada nombre era una victoria: de la vida, de la guerra, del amor, del arte… Cada historia era lo que había hecho de Arjuna el mejor arquero de su tiempo. Cada nombre con su historia e historia con su nombre daban cuenta de una grandeza y una virtud que pocos hombres podrían igualar. Al contrario de la mera fama, en tanto que se hace de ella cualquiera al grado de tenerla tanto buena como mala, la grandeza de Arjuna se demostraba en cada acto, en cada decisión, con cada resonar del arco; y quien no lo creyera, quien desconfiase de la grandeza del hijo de Indra, tenía ahí a Arjuna por si lo quisiese comprobar. Los nombres, como los títulos –nobiliarios o académicos, lo mismo da-, deberían tener su historia, y quien es nombrado, o titulado, debería tener la grandeza para demostrar por qué es que merece ese título; si no es así, el título no vale nada, aunque sirva para asegurar la membría a la burocracia privilegiada de la sociedad burguesa y el sustento de quien lo porta, de quien tampoco vale lo que cree, de quien quizás ya sólo se puede tener mala fama.

 

Námaste Heptákis

 

Parte de guerra 2012. 8536 ejecutados al 2 de noviembre.

Escenas del terruño. En la semana el presidente comparó su gestión con la historia de la cenicienta, pues usó la imagen de la carroza que se convierte en calabaza para describir la cuenta de los días que restan a su administración. ¿Será que tras el primero de diciembre los funcionarios se mostrarán como ratones? ¿Será que el ceniciento Calderón nos advierte del próximo gobierno de su hermanastra encopetada? Y si el país termina en la crisis nacional, ¿será que a su baile nunca le llegó su príncipe azul?

Coletilla. “Cuando la muerte siega todos los demás lazos, aún queda el nombre. El bautismo: la unión de un alma con un nombre, el nombre que llevará por siempre, para toda la eternidad”. J. M. Coetzee

1 comentario

  1. Maigo dice:

    Ya habías expresado el poco valor de los títulos universitarios en otros textos, pero me parece que entre todos éste es el que mejor muestra la carestía de nobleza que les caracteriza. Gracias.

    Me gusta

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