Ay, mis… ¿hijos?

“Ya verás cuando tengas a tus hijos” dicen, de cuando en cuando, las madres, generalmente para hacernos ver a nosotros, la progenie, lo difícil que es criar a uno. Recuerdo bien que cuando era niña yo deseaba una familia numerosa, como las de antaño, como la de mi abuela, y planeaba tener seis hijos, por lo menos. Quería que fueran tres varones y tres mujeres, intercalados de preferencia, y casi estoy segura de que, en algún momento, tuve nombre para todos ellos. Por lo mismo, planeaba casarme joven, como a los veinte, para empezar a tenerlos lo más pronto posible y así criarlos mientras todavía tuviera las fuerzas para hacerlo.

Mucho tiempo después, como a eso de los once, pensé que seis eran demasiados y que la economía ya no estaba como para mantener a tanto niño holgadamente, por lo que reduje la cantidad a cuatro, como mi propia familia, que en la actualidad resulta ser de las más grandes. Seguía teniendo la idea de que la mitad fueran hombres y la otra mitad mujeres, y de los nombres ya escogidos tuve que descartar los dos que menos me gustaran para así llamarlos. Luego, como a los quince, comencé a notar que las mujeres eran, por mucho, más complicadas que los varones, por lo que decidí que ya no quería tener niñas, o bien sólo una, pero que se comportara más como hombrecito que como nena que era. En pocas palabras, comenzaba a optar por una familia como la que yo había tenido y ya ni hablar de los nombres porque, por así decirlo, ya estaba empezando a hartarme el asunto.

Pasó otra vez el tiempo y entonces me di cuenta, como a eso de los dieciocho, de que tal vez la maternidad no era realmente lo mío. No sólo estaba el hecho de que tuviera poca paciencia y entonces me desesperara con los niños pequeños –y, bueno, con los grandes también–, independientemente de su género, sino que empezaban a preocuparme otras cosas, sobre todo la cuestión de la educación. ¿Cómo educar a un niño? ¿Qué es lo que debe enseñársele y lo que no? Es más, ¿es en verdad susceptible de ser enseñado? Y todavía peor, ¿seré yo realmente capaz de llevar tal labor a cabo? Preguntas como éstas no paraban de rondar por mi mente noche y día hasta que, al fin, mermaron todo ánimo que yo todavía tenía de ser madre, puesto que no hallaba una respuesta que las satisficiera cabalmente.

En su momento pensé que bastaría con estos tres requisitos: que supieran tocar algún instrumento, que hablaran algún idioma además del materno y que practicaran algún deporte, pero nada de estas cosas garantizaba que mis hijos fueran a crecer para convertirse en hombres de bien, para ser buenos ciudadanos y, a su vez, buenos padres cuando llegara el tiempo. Como tampoco se han creado escuelas que le digan a uno como padre qué debe enseñarle a su hijo para que le crezca sano, fuerte y bueno, decidí que lo mejor era no ser madre y punto, ahí se acababa el asunto. Hasta ahora, la decisión sigue en pie, pero, como en todo, no está dicha la última palabra.

Por estas mismas razones me costó mucho trabajo decidirme por el servicio social que actualmente hago, pues de una u otra forma tenía que ver con la enseñanza y con el hecho de tener chicos bajo mi custodia, por así decirlo. En realidad no me entusiasmaba tener que hacer este servicio, pero otorga las siguientes facilidades: no tengo que trasladarme a otro lugar, pues lo realizo en la escuela y sólo debo presentarme un día a la semana, aunque eso no significa que no le invierta más tiempo.

En fin, hace poco, en una junta que se tuvo para discutir acerca de lo bien o mal que ha resultado el servicio, decía mi “jefa”, y el comentario iba dirigido especialmente a mí, que la experiencia nos serviría para que nos diéramos una idea de cómo era la labor docente, si es que nos queríamos dedicar a ella, y también para actividades que calificó de “un poco más paternales”. Si supiera… Yo, la verdad, ni maestra quiero ser y mucho menos madre, como ya lo he dejado claro, pero la realidad es que mentiría si dijera que no veo a estos chicos como mis hijos.

Ciertamente, me preocupo por ellos y me da gusto cuando les va bien en la escuela, pero también los regaño –¡y vaya que los he regañado!– cuando no le están echando ganas porque, como quiera, estoy invirtiendo en ellos mi tiempo y el escaso conocimiento que tengo y que sé que puede servirles. Lo difícil ha estado, además de saber qué enseñarles y cómo, en tener que ser dura y estricta con ellos porque, a veces, la única forma que tenemos de aprender es a la “mala” para que veamos que por las buenas es siempre mejor. Y es entonces cuando entiendo aquello que también dicen a menudo las madres: “Me duele más a mí que a ti”, porque es verdad que me duele ser así.

“Ya verás cuando tengas a tus hijos” dicen, de cuando en cuando, las madres y ahora lo veo con los míos, postizos si se quiere, pero hijos al fin y al cabo; y, por lo mientras, son los únicos hijos que quiero tener. Por lo mientras…

Hiro postal

2 Comentarios

  1. Maigo dice:

    Lo mejor del caso, es que no necesariamente ves lo que aquellas que te dicen esa frase quieren que veas. Pero de que aprendes algo lo haces, si tienes disposición para hacerlo, porque también hay madres desnaturalizadas y maestros sólo de nombre que llegan a decir frases como esa, aunque con otro sentido. Muy buen texto.

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  2. Hiro postal dice:

    ¡Gracias por tu comentario, Maigo! Me ha dejado pensando.

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