Las tres olas de la modernidad (parte IV)

De acuerdo a la República de Platón, por ejemplo, la llegada del mejor régimen dependerá de la coincidencia, de lo improbable que se junten, la filosofía y el poder político. El así llamado Aristóteles realista, está de acuerdo con Platón en estas dos consideraciones más importantes: el mejor régimen es el orden más favorable para la práctica de la virtud, y la actualización del mejor régimen dependerá del azar. Pues de acuerdo a Aristóteles, el mejor régimen no puede ser establecido si la materia apropiada no está disponible, esto es, si la naturaleza del territorio disponible y de la gente disponible no es apta para el mejor régimen; si es o no que la materia está disponible, de ninguna manera dependerá del arte del fundador, sino en el azar. Machiavelli parece estar de acuerdo con Aristóteles al decir que uno no puede establecer el orden político deseable si la materia está corrompida, por ejemplo, si la gente está corrompida; pero lo que es para Aristóteles una imposibilidad, es para Machiavelli sólo una dificultad verdaderamente grande: la dificultad puede ser superada por un hombre sobresaliente, quien use los medios excepcionales en orden para transformar una materia corrompida en una materia buena; aquel obstáculo para el establecimiento de el mejor régimen que es el hombre como materia, el material humano, puede ser superado porque esa materia puede ser transformada.

Antojo

Irresistible es,

cual pecado, que busca

ser ya saciado.

Curriculum Vitae

Curriculum Vitae

 

 

Sólo soy un interino de la vida; de tu vida.

 

Fin.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Poema de Carlos Pellicer.

La primera tristeza ha llegado. Tus ojos
fueron indiferentes a los míos. Tus manos
no estrecharon mis manos.
Yo te besé y tu rostro era la piedra seca
de las alturas vírgenes. Tus labios encerraron
en su prisión inútil mi primera amargura.
En vano tu cabeza puse en mi hombro y en vano
besé tus ojos. Eras el oasis cruel
que envenenó sus aguas y enloqueció a la sed.
Y se fue levantando del horizonte una
nube. Su tez morena voló a color. De nuevo
fue oscureciendo el tono de los días de antes.
yo abandoné tu rostro y mis manos
ausentaron las tuyas. Mi voz se hizo silencio.
Era el silencio horrible de los frutos podridos.
Oí que en mi garganta tropezó la derrota
con las piedras fatales.
Yo me cubrí los ojos
para no ver las lágrimas que huían hacia mí.
Luego tú me besaste, dijiste algo. Yo oía
llorar mis propias lágrimas en el primer silencio
de la primera tristeza. El alma  de ese día
llegó de lejos -tu alma- y se quedó en mi pecho.