Fiebre roussoniana.

Para poder dejar de lado el llanto, para no hacer caso de las sonrisas y, para no sentir que el alma se me congela al sentir el calor de la fiebre invadiendo un cuerpo que no es el mío, necesario sería negar la presencia de un alma que me mueve y que mueve a dicho cuerpo, habría que negar a Eros y comenzar a hablar de amor de sí y de amor propio como aquello que me mueve y que mueve al otro, habría que olvidarse del olvido de sí que implica el amor para pensar en la compasión como un deseo de no estar tan mal como aquel al que tengo en frente. En pocas palabras tendría que aislarme más que Rousseau sentado en su barca.

Maigo.

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