Prisas.

Vivimos en tiempos en los que predominan las prisas. A la gran mayoría de la gente siempre se le hace tarde para algo, para crecer, para ser productivo o bien para dormirse frente a la televisión, una vez que se han sorteado las dificultades del tránsito vehicular. Este es el mundo de la prisa, un mundo en el que nos olvidamos de que somos tiempo y que el tiempo es un número más, relacionado más con el movimiento de nuestra alma que con el movimiento que hacemos por cubrir quién sabe cuántas expectativas, lo peor del caso, es que parece que no podemos hacer nada por evitarlo.

El olvido de que somos tiempo y que podemos vivir sin tanta prisa, no es gratuito, creo que más bien es el resultado de un olvido más grave, olvidamos que somos alma, y que el movimiento de la misma no se aprecia en todo momento con facilidad, olvidamos que pensamos y sentimos, pues sólo vemos lo sensible y a veces pensamos que esto lo vemos porque choca contra nosotros sin que podamos hacer algo al respecto, en pocas palabras, olvidamos que vivimos y en lugar de vivir nos dejamos llevar por las prisas, esas criaturas juguetonas que nos arrastran de un lado para otro y que nos avientan sin ton ni son para entretenerse a nuestras costillas.

Quizá por ese carácter juguetón, es que las prisas encuentran tantos defensores, no faltará quien diga que es mejor vivir con prisa y hacer mucho, aunque lo hecho sea algo descuidado y por ende maltrecho, que vivir calmadamente y hacer muy poco en la vida, aunque eso poco brille por su excelencia. Hacer mucho es lo que importa al industrioso defensor de la prisa, ese que gusta de ser jalado por el mal humor que las prisas traen consigo y que no dan tiempo ni para sonreír, a menos que la sonrisa esté agendada y que no dure más de lo que indica la agenda.

Supongo que hay muchos de estos defensores en el mundo, porque de no ser así, este no sería un mundo de prisas, en donde los reportes de tránsito son noticia y lo más bello del mundo comienza cada día más a ser menos llamativo. Y supongo que el lector tiene mucho qué hacer, por lo que no debo ser descortés y evitar que las prisas continúen con su eterno juego de jalar, empujar, presionar  y aventar al hombre a donde más les place verlo.

Maigo.

 

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