María y Magdalena

María vivió hace muchos años, tantos que se puede decir que fue educada a la antigua, su madre era estricta, pero justa, sí llegó a recurrir a medidas de corrección que hoy podrían considerarse como maltrato infantil, pero María nunca se pensó maltratada porque su madre le diera unas cuantas tundas cada vez que hacía algo tan grave como tirar platos por una ventana, o jugar ruidosamente mientras su madre y su abuela rezaban devotamente el rosario.

Cuando pasaron los años, María se casó con un hombre acaudalado y amante del progreso, de su matrimonio resultó el nacimiento de una niña a la que pusieron por nombre Magdalena. Ese nombre le tocaba conforme al santoral, y el esposo de María no puso reparos en conceder a du devota y dulce mujer el gusto de que su hija recibiera un nombre conforme lo indicaba el santoral.

Magdalena convivió algunos años con María, quien preocupada por educar a su hija lo mejor posible procuraba hacer lo mismo que habían hecho ya su abuela y su madre, es decir, corregir las travesuras de la niña con energía, pero con justicia, siempre en concordancia con la gravedad de lo que había ocasionado el castigo. Pero esos años pasaron pronto y Magdalena fue enviada por su padre a una escuela en el extranjero, con la finalidad de que ahí refinara sus modales y aprendiera algo más que los rezos correspondientes a las diversas horas del día.

El tiempo pasó como agua y María pronto se vio convertida en abuela, pues Magdalena se casó al salir del colegio y se convirtió en madre de una niña. Su nombre ya no fue elegido conforme al santoral, pues en el colegio Magdalena aprendió que esto sólo lo hacen las personas incultas, María vio con tristeza que su hija abandonaba las buenas costumbres y todo aquello que le enseñaron a respetar, pero cayó ante la imposibilidad de protesta.

Pasó más tiempo, María falleció, y Magdalena a su vez se convirtió en abuela, vio cómo su hija se casaba y tenía entre sus brazos a una pequeña, a la que cuidaba con esmero, pero procurando evitarle los traumas que a su vez había sufrido en la infancia, pues a diferencia de María, quien consideró que su madre había un buen trabajo al educarla, o de Magdalena que calificaba el trabajo de su madre como bueno pero infinitamente mejorable, la hija de Magdalena prefirió no equivocarse, como lo había hecho ya su propia madre y optó por asesorarse con los mejores libros y preceptos de eminentes educadores, hombres sabios y sin experiencia propia, pero capaces de hablar sobre la infinita maldad de las madres y de los traumas que ocasionan.

Magdalena, a diferencia de María casi no recibió las visitas de su hija y menos las de su nieta, pues ya no había dudas que pudiera aclarar con su imperfecto, pero sumamente mejorable conocimiento sobre la maternidad.

El tiempo fue pasando y con ello las imperfecciones, muchas disminuyeron, ya no hubo hijas traumadas por los castigos justos o injustos, ni madres preguntando a las no sabias y vetustas abuelas, mujeres que tuvieron buenas intensiones, pero miles de errores nefastos, tal como lo vieron las hijas en los espejos que les devolvían la imagen de lo que consideraban un mal trabajo hecho por las madres.

Muchos pensarán que todo este tiempo desembocó en el abandono de las abuelas y en el mejoramiento del trabajo hecho por ellas, pero no fue así, pues en poco tiempo llegó la liberación necesaria para abuelas, madres, e hijas, los hombres sabios que aconsejaban descubrieron que no importando lo que se haga el hombre, y quizá menos las mujeres, son educables o definibles en función de lo hecho por sus madres.

 Maigo

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