Amistad: hombre y ciudad

La amistad, y general la vida en comunidad, se encuentra en una constante relación entre dos ámbitos, el público y el privado. El ámbito público nos hace amigos de la comunidad; mientras el privado, al ser íntimo, sólo de unos cuantos hombres. Dependiendo de la inclinación que se tenga hacia un ámbito o el otro, es la dedicación que se debe tener para ser ya sea un hombre o un ciudadano de bien; y viceversa, para ser o un hombre o un ciudadano bueno, es necesario saber cuál ámbito es el que se debe cuidar –no niego la posibilidad de que coexistan los dos al mismo tiempo, sólo sostengo cuan complicado es que ambos se den al mismo tiempo. Estoy convencido de que la presentación que Platón y Jenofonte hacen de Sócrates es para  mostrar al filósofo con la primacía de ser un hombre bueno (pues el filósofo se encuentra en un vaivén entre ser ciudadano bueno y malo, no puede decirse con simpleza y sin algunas consideraciones que es amigo de la ciudad; lo que sí podemos anunciar con mayor facilidad es que no puede faltar al compromiso que tiene con ser un hombre bueno. Sócrates nunca faltó a ese compromiso, y por ello dio su vida.

Jenofonte comienza su obra Memorabilia remitiéndonos a la apología de Sócrates. Es importante que nos preguntemos, por qué Jenofonte, aunque no explícitamente, comienza su obra señalando hacia la  apología de Sócrates, y también detenernos a pensar en la respuesta.  ¿Por qué comenzar de esta manera, en la cual, para hablar de la amistad ética y privada, comienza con una situación pública como fue el juicio que enfrentó Sócrates? Cada vez me convenzo más de que lo hizo para mostrarnos a Sócrates como un hombre de bien frente a la ciudad que se corrompe. Al poner a Sócrates frente a la ciudad, nos muestra la dirección hacia donde es necesario que volteemos la mirada. Nos señala la apología de Sócrates y nos hace ver la tensión de Sócrates frente a la ciudad, la tensión que se genera entre el filósofo, el hombre de bien, y la ciudad, cuando no es la más justa.

Las primeras palabras de Memorabilia son: «A menudo me he preguntado sorprendido, con qué razón pudieron convencer a los atenienses quienes acusaron a Sócrates de merecer la muerte a los ojos de la ciudad». Esto muestra, desde las primeras palabras, el conflicto y la tensión que se genera entre el hombre de bien y el ciudadano bueno en relación con la ciudad. No necesariamente es un hombre bueno el beneficia al amigo antes que a la ciudad, únicamente el que ve que lo más conveniente es hacer de sus amigos hombres de bien, y procura que lo sean; aunque a simple vista parezca que los enfrente con la ciudad. De ahí, se vuelve menester para Jenofonte mostrar que Sócrates fue un hombre de bien que supo ser amigo, y que, aun cuando tuvo en él primacía la amistad ética, fue amigo de la ciudad; que aun cuestionando las leyes y costumbres de la ciudad fue un buen ciudadano, pero sobre todo que siendo buen amigo fue más benéfico de lo que pudo ser como ciudadano. La labor de Jenofonte es preparar la tierra para que surja la imagen de Sócrates y la nuestra es recoger lo sembrado para conocer quién fue Sócrates.

Lo que sigue a las primeras líneas que Jenofonte escribió, es la defensa de Sócrates ante la acusación de «no reconocer a los dioses en los que cree la ciudad, introduciendo en cambio, nuevas divinidades. También es culpable de corromper a la juventud».

La primera acusación fue: «no creer en los dioses que la ciudad creía, introduciendo nuevos dioses». El primer reto para Jenofonte es demostrar que, más que impío, fue amigo. Y aunque sí cuestionó el Nómos divino (al cuestionar la costumbre de la ciudad), quizá fue más piadoso que la mayoría de los hombres de la polis, pues, por decirlo de alguna manera, fue el guardián de las cualidades que habían sido dadas al hombre, al no dejar a los dioses cosas que los hombres podían realizar (de acuerdo a su naturaleza). Así aconsejó actuar a sus amigos,  enseñó a encargarse de las cosas de hombres y dejar a los dioses las cosas de los dioses.

¿Cuáles son estas acciones de los hombres? Las que están relacionadas con el gobierno de casas y ciudades. Hay cosas que los dioses no muestran a simple vista a los hombres y requieren la adivinación; como dice Jenofonte, «ni el que hace una buena siembra sabe quién recogerá la cosecha»; mas cómo realizar la siembra sí es una enseñanza asequible a la inteligencia humana y no requieren de adivinación. Acerca de estas cosas son de las que Sócrates aconsejó a sus amigos (respecto de las cosas asequibles a la inteligencia humana), cuidando de ellos. Decía que es absurdo consultar a la divinidad por cosas que el hombre puede responder y sostenía que se debe aprender lo que los dioses concedieron aprender hacer; sólo aquello que está oculto a los hombres debe ser averiguado por medio de los dioses. Así es que Sócrates consideraba hombres de bien a quienes conocían las cosas humanas; pero a quienes no, los consideraba ignorantes afirmando que con razón debían ser llamados esclavos.

Nunca obtuvo dinero por su cuidado y consejos. De aquellos a quienes aconsejó, aquellos que se consideraron sus discípulos, sólo esperó que fueran hombres de bien y amigos. «Tenía confianza en que los discípulos que aceptaban las recomendaciones que él les hacía, serían para él y entre sí buenos amigos para toda la vida». Respecto de la segunda acusación, ¿cómo pudo corromper a los jóvenes alguien que pensaba de esta manera? Poniendo en duda lo benéfico de las costumbres y leyes de la ciudad (las cuales atañen a las cosas de los hombres).

Con su manera de vivir puso en duda el nómos de la ciudad. Si ponemos atención en la forma de vida de quienes aconsejaba, veremos que estaban más pervertidas las costumbres que los jóvenes discípulos de Sócrates, que a su lado creían que la vida virtuosa era el mejor modo de vida. Cuentan aquellos que lo conocieron, que era el más austero para los placeres del amor y la comida; fuertísimo frente al frio, el calor y las fatigas; y estaba educado de tal manera que tenía pocas necesidades, así que con una pequeñísima fortuna tenía suficiente para vivir con mucha comodidad. Así nos invita Jenofonte a cuestionarnos nuevamente sobre, cómo una persona así pudo corromper a los jóvenes, «¿cómo una persona así había podido hacer impíos o delincuentes, glotones o lujuriosos, o blandos frente a las fatigas? Viviendo como pensaba y no pensando como vivía, enseñó a sus amigos a vivir y pensar como él lo hacía. De este modo apartó a muchos de los vicios haciéndoles desear la virtud e infundiéndoles la esperanza de que al cuidarse a sí mismos llegarían a ser hombres de bien. Enseñó por amistad a quienes aceptaban sus consejos y enseñanzas; comprendía que la mayor ganancia que podría obtener de aquel que intentara ser virtuoso de esta manera, era adquirir un buen amigo. Nunca recibió dinero por un consejo o por ayudar a alguien, nunca ofertó ayudar a alguien ni predicar la virtud por dinero, incluso se sorprendía de aquellos que lo hacían. Si no era por fama, poder o riqueza, ¿qué buscaba entonces? Que los discípulos que aceptaban las recomendaciones y cuidados que él les daba, fueran para él y entre sí buenos amigos para toda la vida.