Notas para una lectura del Éxodo – II

Notas para una lectura del libro del Éxodo

Segunda parte

La estructura del libro puede identificarse desde tres perspectivas. Se la puede considerar desde fuera, en cuanto a la numerología del libro. Se la puede considerar desde el interior del texto, en cuanto al sentido literario del libro. Se la puede considerar desde la tradición, en cuanto a la división judía tradicional. De cada división el intérprete puede aprender algo, por lo que no es bueno desdeñar ninguna.

         Según el tercer modo, que aquí es primero, el libro se divide en once partes, así como once palabras tiene el primer verso del libro, así como once nombres se mencionan al iniciar el libro. La primera, que da nombre al libro, abarca los capítulos del 1 al 6, comienza con la mano fuerte del Faraón sobre el pueblo judío y termina con el anuncio de la mano fuerte del Señor sobre el Faraón. De la división en siete partes de esta primera parte, es la revelación del Señor a Moisés la que ocupa el centro (3:1-15). De la sección central, el verso central es aquel en que el Señor anuncia su entrada en la historia: “He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas, heveos y jebuseos”. La palabra central del verso central de la sección central de la primera de las once partes en que se divide el libro, y que es la palabra más repetida en dicho verso, es ארץ, que enfatiza el descenso del Señor a la “tierra”, descenso que marca su entrada en la historia. La segunda parte, “y yo aparecí”, va del 6:2 al 9:35, y toma su nombre de una declaración del Señor en 6:3; tras los nombres viene la presencia. Igual que la primera, la segunda parte tiene siete divisiones. Comienza con un discurso del Señor y termina con la manifestación del Señor en la séptima plaga. Al centro se encuentra el pasaje de los prodigios: del bastón de Aarón a la plaga de las ranas. Al centro del pasaje central se encuentra la primera plaga; numéricamente el pasaje consta de 28 versos, siendo los centrales aquellos en que se contraponen los prodigios del Señor y los de los magos de Egipto. En la apariencia, a la sola vista, lo mismo pueden hacer los hombres que el Señor; para quien, como Moisés, el Señor se ha revelado, hay una clara diferencia. Lo cual puede entenderse mejor considerando la tercera parte, que lleva por título un mandato del Señor (10:1). Nuevamente, la parte tercera en siete partes se divide y a su vez señala el lugar en que a los ojos del Señor se distingue a los elegidos y cómo, siguiendo los mandamientos del Señor, también se hace evidente a los hombres: la marca en el dintel de la puerta permite al ángel exterminador distinguir a los elegidos de los que no lo son. La palabra central del verso central (12:7) de la sección central de la tercera parte (משקוף) así lo deja ver. La tercera parte es el dintel del éxodo, es el inicio de la salida, es el camino a la revelación de la Ley. Si la tercera es el dintel, la cuarta debe ser la salida, y a ello hace referencia su título en hebreo: “cuando nos dejó ir”. La cuarta parte, con ese título que tan claramente indica el movimiento, narra el camino al Sinaí y va de 13:17 a 17:16, dividiéndose nuevamente en siete partes. La sección central consta de dos partes: la división de las aguas y el cántico triunfal. El verso central (15:10) de la sección se encuentra en el cántico y hace referencia al paso del mar; es el verso en el que el Señor se hace presente por su hálito, presencia invisible que se hace visible, manifestación fuerte de la palabra, cuarto modo en que el Señor se ha manifestado. El quinto es, por mucho, diferente, pues es el que constituye la quinta parte y en el que se da la ley. La quinta parte va de 18:1 a 20:23, y su sección central va de 19:1 a 19:6, en que se da el aviso de la alianza. La parte central de las once partes está flanqueada por el aviso de la alianza y la construcción del santuario. La parte central de las once partes lleva por título “leyes”. La parte central de las once partes es la fundación de una comunidad política a partir de la ley necesaria para guardar perspectivas para una buena sociedad. Resulta curioso, y lo podemos anotar de paso, que el verso central (23:1) de toda la sección central de la parte central de las once partes involucra la relación entre la sociedad, la palabra y la ley, como si en la sabiduría de nuestro libro esa fuese la médula de la ciencia política. Para que la alianza se lleve a cabo es central que se cumpla con el precepto central recién mencionado, pues sólo cuando el hombre permanece en la alianza la falsedad es posible; la manifestación material de la alianza es representada por la construcción del santuario, con lo que inicia la séptima de las once partes. Repitiendo un poco lo anterior, la única posibilidad de engañar, de mentir o de falsear, viene del incumplimiento de la alianza, incumplimiento plenamente humano, incumplimiento que siempre es visible al Señor aunque de Él el hombre se quiera ocultar, que tal es el sentido de la séptima parte (25:1-27:19), por la que el hombre conoce en palabras la morada del Señor, por la que en palabras se hace visible lo invisible. Ese carácter revelador de la palabra es el que permite que la ley revelada devenga en mandamiento, cual lo indica el nombre de la octava parte “tú manda”. Nuevamente, la octava parte (27:20-30:10) se divide en siete partes, siendo la central aquella en que se consagran los sacerdotes, es decir, aquella en la que se estipula cómo corresponderán los hombres a la alianza a partir de las palabras que dirigen al Señor. La parte novena (30:11-34:35) es complicada como pocas, pues implica el incumplimiento de la alianza y la renovación de la misma. El ábside de la parte novena no sólo es posicional (y por ello nombrarlo ábside no es solamente una marca en el dintel), sino argumental: no hubiese sido posible renovar la alianza si Moisés no lo hubiese pedido al Señor. La novena parte toma su título de las palabras sexta y séptima de la misma, palabras con las que el Señor pide a Moisés conocer a su pueblo, nombrarlo, numerarlo. El verso central (33:17) de la sección central de la novena parte nos muestra que lo que el Señor pide a Moisés al inicio es lo que Él hace absolutamente, es decir: conocer. La Ley se ha revelado para que el hombre conozca personalmente. Es tras este conocimiento, tras la fundación en la Ley, que en la décima parte (35:1-38:20) se presenta por primera vez el pueblo completo, “en asamblea” como se intitula la parte décima. Al final, la onceava parte (38:21-40:38) lleva por título “las cuentas” de lo gastado en la construcción del Tabernáculo, es decir, el resultado de la constitución del pueblo a partir de la ley revelada. La sección central de la undécima parte tiene como verso central (39:33) aquel en que el pueblo reconoce a Moisés y por tanto reconoce el régimen fundado por la Ley. El contraste con el inicio del libro es claro, pues el pueblo judío comienza el libro trabajando sin Ley, bajo la mano fuerte del Faraón; termina, en cambio, trabajando en la Ley y presentando su trabajo ante Moisés. El libro está ordenado como el trayecto de liberación de la tiranía egipcia, pero es presentado como el reconocimiento del nombre del pueblo de Israel a partir de la revelación. El libro muestra la instauración de la Ley.

Námaste Heptákis

Coletilla. El pasado lunes 12 de agosto, en las páginas del diario Reforma, Armando Fuentes Aguirre “Catón” presentó un agradable texto intitulado “Plaza de almas”, que comparto a continuación.

Él tiene 80 años. Ella 75, aunque nunca los confiesa. Cuando alguien le pregunta su edad responde con otra pregunta: «Si te la digo, ¿te saco de algún apuro?» No se lo tomo a mal: hasta Santa Teresa de Jesús, con ser quien era, se quitaba años. Era santa, sí, pero también era mujer. Ella y él son esposos. Lo son desde hace medio siglo y más. Él trabajó toda su vida en una fábrica. Empezó de obrero, y acabó -cuatro décadas después- de sobrestante. No se jubiló: lo hicieron jubilarse. Le dieron un cheque sumamente módico y un reloj de pulsera con un nombre inscrito en la carátula. No era su nombre, sino el de la fábrica. Y el reloj era de los que se compran por docenas. Al principio él siguió yendo todos los días a la fábrica. La fuerza de la costumbre, sabe usted. Se quedaba afuera, frente a la puerta principal, recargado en un poste, y miraba la entrada de los trabajadores. Un día el guardia fue hacia él y le dijo que al jefe le molestaba su presencia ahí. ¿Qué quería? Respondió que nada. No mentía, pero tampoco decía la verdad. Quería seguir haciendo lo mismo de todos los días, para que no cambiara nada. Quería ser el que siempre había sido, para no dejar de ser. Quería atar a la vida para que no se le fuera; quería atarse a la vida para no irse él. Cuando le prohibieron pararse frente a la puerta de la fábrica sintió que empezaba a morir. A nadie se lo dijo, pero sentía una tristeza rara que no podía explicar. Salía de su casa por la mañana, y no iba a ninguna parte. Regresaba al mediodía. Su mujer le preguntaba: «¿A dónde fuiste?» Él no podía contestar: no recordaba a dónde había ido. «Se te va la cabeza» -le decía ella. Yo diría que lo que se le iba era el corazón, pero eso suena cursi. Diré entonces que sí, que se le iba la cabeza. ¿Y ella? Para ella toda la vida y todo el mundo eran su casa y su marido. Con él empezó su verdadera vida, y en su casa la iba a terminar. Casi no se acordaba ya de cómo había sido todo antes de casarse con él, y ahora no concebía nada sin él. Eso sí: secretamente le pedía a Dios que él se muriera primero, porque sabía que si ella se iba antes su marido no sabría qué hacer. Sería como un niño al que se le moría su mamá. Se perdería; se volvería una sombra. Nadie lo cuidaría; estaría solo. ¿Y los hijos? Ellos tenían su familia, su trabajo, sus cosas. Andaban siempre muy ocupados; casi no los veían. Por eso, aunque sabía bien que también Dios anda siempre muy ocupado, le pedía de vez en cuando que se acordara de su viejo antes de acordarse de ella. No era mucho pedir: él le llevaba cinco años; fumó hasta que el médico le quitó el cigarro; su salud no era muy buena. ¿Qué le costaba entonces a Diosito llevárselo primero? Unos cuantos meses bastarían; un par de semanas. Lo que importaba es que él se fuera antes; que no se quedara solo ni siquiera un día. Pero ¡ah, vida! La que enfermó fue ella. Cosa de nada creyó que era aquel molesto dolorcillo en la cintura. Pero era cosa de todo, tanto que los doctores le dijeron -ella exigió la verdad- que no le quedaba mucho tiempo por vivir. Se angustió, no por ella, sino por él. ¿Qué iba a hacer el pobre cuando ella se marchara? Entonces sí se puso a rezar fuerte para pedir un milagro. Y sucedió que días después sus hijos se presentaron -todos, cosa rara- en su cuarto de hospital. Habló el mayor y dijo: «Madre: papá murió hoy en la mañana. Tuvo un infarto. El doctor piensa que fue por la preocupación de verla a usted enferma». Ella no alzó los brazos al cielo para exclamar entre lágrimas conmovedoras: «¡Gracias a Dios!» Eso sucede en las telenovelas. Dijo tranquilamente: «Gracias a Dios». Los hijos se miraron entre sí, azorados. ¿Cómo podía su madre agradecer la muerte del compañero de su vida? Lo que pasa es que no sabían que el amor tiene muchos modos de manifestarse, incluso el de pedir la muerte para el ser amado, y agradecerla cuando llega. Una semana después ella se fue. «Voy a alcanzarlo» -dijo. Fueron sus últimas palabras. Juntos estuvieron ella y él en la vida, y juntos en la muerte. Yo digo que ésa es una bendición. El amor une hasta la eternidad. Quien ama y es amado se libra para siempre de ese dolor oculto que se llama soledad. Yo le pido a la vida que se vaya de mí antes que de mi compañera, porque sin ella la vida sería muerte. Ahora que lo pienso, me arrepiento de todo corazón de no haber fumado nunca: si lo hubiera hecho, mis posibilidades de irme primero que ella habrían aumentado. Pero Dios es muy grande, y seguramente me hará el milagro de llamarme antes. Y perdonen mis cuatro lectores que me haya apartado hoy de mi habitual modo de escribir. Mañana volveré otra vez a contar chistes… FIN.

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