El Muelle

“El valor de los hombres de antaño es una medida injusta para nuestros tiempos –pensaba el marinero–, tanto como esperar de la refulgente ciudad que muestre por las noches las estrellas como se miran en alta mar”. Desde su ventana el rugido mortuorio de las dolidas lenguas marinas se escuchaba claro y grave. Algo en ese sonsonete hacía resurgir en su mente la voz de su abuelo, pronosticando remordimientos en esos tiempos en los que había aún razones para arrepentirse. Veía en su memoria la espuma tragada por las arenas de costas cafés que raspaban los pies como lija y no devolvían ni disculpas. Se miraban casi con tanta vida como los reflejos allá afuera, ahora. “Ahora”, dijo entre jadeos, intentando enfocar. Un bote azul de madera añejada por sus viajes comerciales entre ciudades rivales golpeaba en su insipiente vaivén los palos del muellecillo decoroso que resistía un día más aún éste y muchos otros suaves embates, como un anciano comprensivo que deja que el infante dé de golpes en sus piernas con sus manos lácteas. Blandos golpes para tan severas vigas. Los puertos que habían sido saqueados por piratas y defendidos por héroes corsarios desplegaban estandartes nobilísimos, arrebataban suspiros y se regodeaban de augusta compostura; éste no. Este sitio en la bahía se había construido ahora que todo estaba descubierto, ahora que de las obras de los hombres sólo se esperaba que soportaran el paso de unos cuantos soles sin quejarse de más.

Anciano el bote, y mucho más anciano el puerto, los miraba por su ventana el marinero, el más vetusto de los tres. Sus blandos pensamientos cosquilleaban como la sangre regresando a la arteria que la extrañaba, y luego calmos se sumían en los muros rosados de la alcaldía para perderse de nuevo. Ese edificio brotaba del muelle con un espasmo del paisaje y entristecía los grises cielos del Verano con su techo alicaído y su chimenea de latón ennegrecido, tosiente. “El color de la rosa no va bien con el mar”, había pensado el marinero los últimos días, mirando recostado en su lecho. ¿Qué había hecho con su mando, qué hombres había mejorado, qué tesoros había descubierto, qué trazas malignas había segado? El lento tronar del bote jalaba de las amarras del último barco que lo vio surcar mar abierto con los brazos descansados y la voz sin alarma o entusiasmo. El pequeño velero sollozaba también con el recital del viento. Las voces del puerto poco a poco se perdían hundidas en el fugaz atardecer que ilumina de un anaranjado floral todas las cosas del mundo sólo un instante. Ya había pasado.

El marinero lloró esa última noche al no ver más su velero, ni su bote, ni los sólidos maderos. ¿Dónde están cuando nada los alumbra? Su faz se redujo a una mueca que nadie pudo ver, porque pese a todos sus esfuerzos, él sabía en el fondo de su blanda alma que nunca había hecho nada por sobreponerse a la terrible fuerza del mar.

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