Del desamparo en el progreso

El sol declinaba lentamente en el horizonte. El reloj arrastraba las siete. Damián respiraba con dificultad aletargando su presencia. Comenzaba la calurosa noche del 19 de agosto de 1936. Culminaba desesperante un día esperanzado. Por la mañana ellos habían entrado a la casa en que Damián estaba recluido y lo habían llevado a “rendir declaración”. Apenas al amanecer él recordaba que al comenzar el conflicto tenía plena seguridad que no pasaría por los sufrimientos de los otros sacerdotes, pues él era viejo, estaba notoriamente desmejorado y había dedicado su vida a la atención de los enfermos y al servicio comunitario: “el que bien obra es bien recompensado”. Sin embargo, recién comenzado su camino a la “declaración” sintió el escozor de la impaciencia cuando no le permitieron tomar su bastón, el resquemor de la sospecha cuando los ocho milicianos lo miraban de reojo y disimulaban una cáustica sonrisa, el sinsabor de la derrota cuando fue arrojado dentro de la camioneta y comenzó su fin. “A ver si ahora nos vas a sermonear, viejo”, dijo el primero. “Me cago en la madre que te hago blasfemar”, apostó el segundo. Insultos y golpes se trenzaron como hitos del camino; duda y confusión se alinearon al filo de la carretera. Pasaba el mediodía y Damián comenzaba a creer que ya todo había pasado. “¿No era Juan, el hijo del panadero, aquel que había permanecido callado?”, consideró para sí. Dirigiéndose a él pidió agua; la sed del verano español calcaba aquella triste tarde del Gólgota. El silencioso soldado apenas se movió; la marea roja había demolido los recuerdos de su infancia en la parroquia y había arrasado la serenidad de una vida por la perennidad de la revolución y la dictadura del proletariado. El soldado de la derecha quiso darle agua; el de la izquierda desdeñó la burda sed. Fue un tercero, el guardia, quien tomó un embudo y le hizo beber gasolina. Mucho más lacerante que el vinagre, el destilado de petróleo exhibió la malicia humana latente en el progreso. “¿Acaso todavía podré entregarme al Padre?”, se preguntó a sí mismo Damián; las burlas y los golpes disiparon la respuesta. El cura no tuvo oportunidad de exhalar. Apenas se detuvo la camioneta, el anciano fue arrastrado a sondear el barranco. Humillado por golpes y blasfemias, lacerado en carne y espíritu, los soldados desnudaron al viejo en la convicción de despojarlo de todo. Ahí, desnudo, befado y golpeado, Damián Gómez Jiménez buscaba el rostro desfigurado de sus captores. Juan seguía callado; nada podía recordar desde su conversión. Damián respiraba con dificultad e intentaba dirigir la Palabra a Juan. Juan miró su reloj que arrastraba la siete; con un disparo le atravesó el corazón, uno más destrozó el ojo incrédulo que seguía fijo en él. Cuando Juan lo castró, el sol había declinado lentamente en el horizonte.

Námaste Heptákis

Coletilla. “El cristiano siente su vida, el diluírsele en el vacío e impotencia de la muerte, como un alejamiento de Dios, como la amargura de la culpa y, sin embargo, cree en la misericordia de Dios”. Karl Rahner

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