El Éxito del Copión

Muchas veces a lo largo de muchos años se ha dicho que este país necesita mejorar su educación. Ésa es la solución a la mayoría de los problemas, según la mayoría de las personas. “Hay asaltos porque falta educación”, y “hay abuso de poder porque falta educación” y también “hay violencia porque falta educación”. Más o menos lo mismo pensaron los ilustrados que querían acabar de una buena vez con tanta sanguinaria guerra que, según su discurso, las religiones propiciaban. La idea era (como veo que es para muchos actualmente) que estas sectas enseñaban falsedades a la gente y les mataban el impulso para preguntar y descubrir, por lo tanto, formaban ignorantes incapaces de percatarse de por qué la maldad y la mezquindad son tan inconvenientes. Con más educación, mejor disposición para hacer lo correcto. Otra manera de verlo es que parece convincente que las más difíciles circunstancias requieran del mayor talento para su resolución, y si el talento se afina a través de la educación, de muchos modos es obvio por qué es ésta la salida del pantano en el que estamos metidos.

Puede ser. Ahora bien, también puede ser que ésa no sea la salida a los problemas que estamos viviendo y que en algún punto del razonamiento estemos asumiendo más de lo que conviene; pero, ¿cómo podríamos darnos cuenta si es tan obscenamente obvia nuestra inferioridad educativa? Dejaré de lado la formación del carácter y la apreciación de la decencia que se supone se aprende en la niñez y en la familia, porque ese es un caso muchas veces más difícil de diagnosticar. Pensemos en lo más fácil para empezar: las academias responsables de la enseñanza, las que deciden los programas educativos, las que pagan y emplean a los maestros y las que tienen el deber de examinar la competencia de los estudiantes. En este país tenemos un solo modo de “demostrar” oficialmente que estamos capacitados para ejercer una profesión, y es con el título que otorga la SEP.

Esto no sería problemático si pudiera confiarse en que tal documento es una prueba fehaciente de la capacidad de quien lo porta, pero la realidad es que nadie lo toma suficientemente en serio. Hay escuelas cuyas carreras funcionan más por la cantidad de egresados que por la calidad de su educación, muchísimas, y las hay que primero buscan los premios antes que los verdaderos logros. Muchísimas universidades prefieren el ilusorio prestigio de estos lugares en una carrera (como de caballos) al bienestar de sus egresados. Otra circunstancia es que con cada nuevo cambiecito en los programas se atrae lo que mejor se vea públicamente y no lo que mejor funciona: llenan de computadoras antes de enseñar a usarlas (o de enseñar matemáticas, para el caso), primero buscan lo que los demagogos del momento puedan presumir como las más vanguardistas corrientes de la pedagogía estadounidense y ya después se preocupan por las condiciones del alumnado. De que alguien se dio cuenta de lo mucho que la gente apreciaba eso de “modernizarlo” todo, ahora ya no paran de ofrecer que en México se tenga lo más moderno, lo último, lo que están usando en otros lados y haciendo en donde es bien sabido que se vive mejor. Les importa un comino si es verdad. ¿Alguien preguntó si la pedagogía de fulano o de mengano tenía bien comprendida la relación entre maestro y estudiante? No importa, lo que importa es que eso creen en… Francia. Y por supuesto, antes hacen más sencillos los exámenes de admisión o los eliminan por completo, o cambian y aumentan las condiciones para poder titularse que estudiar con detenimiento las mejoras en los sectores laborales que propiciarán los que salgan afectados (o según ellos, “beneficiados”) por estos cambios. Más fácilmente, muchos adquieren beneficios ilegalmente durante el curso de sus “estudios”, o compran el papel en el centro de la ciudad. Es decir, todos estamos más o menos conscientes de que nuestra institución educativa funciona al mismo son que toda nuestra política: la demagogia. Por eso no se pueden tomar en serio sus títulos, porque son trámites solamente y tienen poca relación con las verdaderas capacidades de los que los obtienen. Son la prueba de que uno aguanta con templanza las intransigencias de la burocracia académica, antes que prueba de otra cosa.

Si esto fuera a cambiar un poco, un poco en lo que fuera, los estatutos (que suelen ser inverosímilmente rígidos para los “desafortunados” sin palancas) de lo que es posible y lo que no en el sistema de la SEP tendrían que estar motivados por un confiable modo de examinar. Y el examen tendría que poder hacérsele a cualquiera. La razón por la que no es viable la educación en casa en nuestro país no es que seamos demasiado tontos como para considerar qué es bueno y qué no enseñar, sino que no hay modos razonables de hacerlo. No se puede estudiar de verdad, conocer en serio algo valioso para el área que uno haya elegido y después demostrarle a la SEP que se tiene lo necesario. Los maestros oficialmente admitidos ganan apenas como para que podamos esperar que los haya fuera de la secretaría. No se puede. ¿Y por qué? ¿Cuál es la razón que por la que no merecemos la oportunidad de ponernos a prueba nosotros mismos? No tiene ningún sentido negar lo que sabe uno asumiendo que es erróneo por el modo en el que lo aprendió. Es una infamia que sólo el conocimiento supuestamente adquirido según el programa de la SEP, y según el contentillo de quien esté a su cargo en cada año que toque, sea considerado por nuestro país como conocimiento verdadero. Ejemplo de esto es una falta de examen para los maestros que permita demostrar sus aptitudes independientemente de la carrera que hayan estudiado. Si sabe uno enseñar física, ¿nos importa si lo aprendió solo, en ‘youtube’, o por las clases que le dio el portero de su edificio? Esto es una obvia idiotez. Si de veras fuéramos a averiguar cuáles de nuestros problemas se pueden resolver con mejor educación, la primera en mostrarse razonable tendría que ser nuestra secretaría de educación, y tendríamos que poder poner a prueba lo que vale lo que creemos que sabemos. Las reformas no tendrían por qué estar enfocadas a cuántas horas está uno en el aula, ni mucho menos a cuánto se vale o no reprobar como porcentaje de un grupo ni todas esas incoherencias que contempla actualmente esta institución, tan influenciada por el capricho indiferente a la ignorancia. Nuestros exámenes deberían ser confiables. Podremos tener el lugar mundial en educación que presuman, y según la organización internacional que se les antoje, pero la realidad es que tal puesto de honor México lo obtiene con la misma mezquindad con la que el mal estudiante saca el acordeón y responde sin saber ni qué demonios está escribiendo en el examen.

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