Fábula sobre el amigo que se pierde

Tenían razón después de todo. El viejo lobo, el zorro, el de las mil poses, tenían razón con respecto al mundo. Había que tallarse una máscara a fin de cuentas. Había que aniquilar al otro con la ausencia de uno, forjarse un otro y malabarear el alma para no sucumbir. Había que tener una personalidad doble, triple, hacia afuera.

Y así lo hizo.

Lo que nunca le dijeron fue cómo no perderse en esa laberíntica y vacía otredad que terminaría siendo uno mismo.

Gazmogno

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3 comentarios en “Fábula sobre el amigo que se pierde

  1. Qué horror. Y qué horror de vida de quien le cree al viejo lobozorro, con todo y la consciencia de estarse metiendo a un laberinto del que nunca va a poder salir.

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  2. Pues quién sabe, hay quienes es la única forma que encuentran de poder hacerle frente al mundo, hay otros que le hacen caso al lobo sin siquiera saberlo y tratan de justificarse con discursos ajenos. Y son muy pocos los que tienen la fortaleza de vivir rectamente de acuerdo a lo que creen, o a lo que creían. Saludos

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  3. No me la creo, Gazmogno. Creo que estás siendo muy retórico: cuando dices “hacerle frente al mundo”, aunque admito que es un modo normal de describir la dificultad en la vida, en este caso lo usas implicando que hay una adversidad substancial entre nosotros y nuestras vidas. Y esto lo pienso porque el hecho de que haya quienes “hacen caso al lobo” no cambia nada ni es razón suficiente para decidir nada a favor de su malsano consejo de enmascararse y perderse. No nos damos por locos al ver la locura en alguien enfermo ni nos lanzamos al precipicio cuando hay quien lo ha hecho, y que sugieras que es una salida deseable en ciertos casos sólo puede ser indicación de que pones más peso del que admites en la verdad de la sentencia de tal lobo. Si de verdad piensas que es “fortaleza” vivir como crees, entonces al mismo tiempo ves que es indeseable enmascararte, si no, nada más estás uniéndote al coro de los que se burlan de la fortaleza porque juzgan que es un cuento, imposible requisito en un mundo que nunca ha existido, y que ni vale la pena pensar. Es decir, es la salida del blando de pensamiento, que trata de hacer ruido en su vida a ver si se calla la voz adentro de él que grita lo que ya sabe, porque ya lo ha visto, y a ver si se le olvida qué hacer y qué pensar. Por eso decía lo del horror de la consciencia: a un laberinto del que no puede salirse, nadie se mete por voluntad.

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