Cartógrafo de la nostalgia

Cartógrafo de la nostalgia

A la memoria hay que dejarla hacer su oficio

JEP

Paciente ante la moderna vorágine de nuestros días, José Emilio Pacheco nos enseñó a mirar el misterioso panorama de los tiempos y lugares en que, arenosos, vamos viviendo y sobreviviendo la vida alegre. Padecer la vida alegre y salir airoso con ella a recobrar las calles, los recuerdos, los nombres y las ideas; o caminar con el mundo cabizbajo a fin de contemplar las alturas del tiempo, el cambio y la transformación; o bien, mirar al mundo mirando al pasado que aún presagia al futuro, redescubriendo los arquetipos de la memoria y reavivando en medio de la oscuridad del olvido la sosegada luz de la vida vivida; leer a Pacheco es el aprendizaje de la demora en el tiempo, de la búsqueda minuciosa en los recovecos de la persistente memoria, del tiempo reminiscente que pausado nos va haciendo. Leemos a Pacheco esperando pacientes la llegada de los recuerdos, observando pacientes sus insospechadas negaciones, anhelando pacientes que el tiempo se constituya en vida tarde o temprano.

         Tarde es para hablar de los prodigios que destila su pluma. Suficiente es decir que José Emilio Pacheco fue un escritor alfonsecuente en el pleno sentido de la palabra. Escribió de todo y leyó más; recordó mucho y pensó mucho más. Tomó la palabra lo mismo para crear imaginando que para imaginar denunciando. Narró la vida tal cual es y la describió tal cual podría ser. Versificó sus lecturas poéticas y nos acostumbró a leer el mundo con sus versos. Honesto a cada instante, Pacheco no vaciló en elogiar la cursilería o desaprobar la corrupción, en arroparnos en la ternura de los detalles de la vida o desnudarnos ante la crudeza y estupidez de los ciegos adoradores del progreso, en hacernos sentir la intensidad del drama humano en que consiste la vida diaria, sencilla y pequeña que tenemos destinada a vivir cada uno de nosotros. Lo prodigioso de la obra de Pacheco es la invisibilidad de sus prodigios, que sólo podemos notar cuando la memoria vuelve a ellos prodigiosa.

Temprano parece que se nos ha ido de este mundo nuestro José Emilio Pacheco, a pesar de que sus pares espirituales en la poesía –Juan de Dios Peza y Antonio Plaza- han partido hace mucho. Es inevitable la apariencia de premura porque uno nunca estaba lo suficientemente listo para leer a Pacheco: su lector asiduo sabía que siempre iba a ser grata su presencia, pero al mismo tiempo sospechaba nunca dejaría de ser sorprendente. Lo mismo un guiño irónico que el tamiz de su aparente pesimismo, o esa rara mezcla de inocencia y sabiduría, no había manera de esperar a Pacheco, sin que por ello fuese él alguna vez desesperante. Pacheco me hacía llorar. Permanecen en mi memoria, imborrables, las impresiones de mi primera lectura de poemas como Alta traición, Tierra incógnita o Milenio. ¿Por qué lloré tanto al leerlos? Aquellas eran lágrimas alegres de quien reconoce en el mundo la más viva descripción de la nostalgia, del saber lo que no ha sido y permanecer esperanzado en que por un milagro algún día sea, de vivir en los tiempos posteriores al fin de todo y todos. Leyendo a Pacheco comencé a sospechar que en estos tiempos siempre es temprano para vivir. Quizá por ello, la memoria se nos va haciendo al final el último hito de nuestra vida.

Tarde o temprano sentiremos la ausencia de José Emilio Pacheco, sentiremos la orfandad del hombre que comprendió la nostalgia, nos sentiremos faltos de su extraña sabiduría. Sospecho que el mismo sabio José Emilio nos dejó en su obra el consuelo a nuestra orfandad: la bondad. Ese hombre bondadoso trabajó en todas sus páginas para dotar a la memoria de lo que necesita para mejorar nuestra vida; por ello nos compartió sus lecturas, nos recomendó autores, los rescató, los recopiló, escribió cada semana su Inventario para que los leyéramos, nos aproximó a ellos en cada traducción, nos devolvió los recuerdos, nos reanimó las esperanzas, nos acompañó en las indignaciones. El escritor, enseñó Pacheco, ha de ser bondadoso, y la mayor bondad es la que nutre la memoria, la que ejerce la crítica en el mundo con la esperanza de que algún día podamos volver a hacerlo mejor. El oficio de la memoria es revivir la nostalgia, aquella nostalgia por la que al amanecer podemos reincorporarnos al mundo sabedores de que lo único de verdad nuestro es el día que comienza.

Námaste Heptákis

Escenas del terruño. Indispensable resulta la lectura del artículo que Roger Bartra publicó en el diario Reforma el pasado 28 de enero, donde nos ofrece un camino inteligente para adentrarnos a pensar el asunto Michoacán. Copio la columna intitulada “Salvajismos”.

El tejido de la civilidad moderna suele ocultar algunos hilos de salvajismo. En ciertos países y ciertas épocas, esas vetas de salvajismo se extienden peligrosamente, como ocurrió en las postrimerías de la república de Weimar. Por supuesto, el salvajismo que anida en los entresijos de muchas sociedades pocas veces adquiere las dimensiones monstruosas que adoptó en la Alemania hitleriana. Una de esas veces, de manera muy diferente pero igualmente monstruosa, ocurrió cuando el sistema estalinista invadió las redes políticas de la extinta Unión Soviética.

Conviene estar atentos a todas la manifestaciones de salvajismo, así sean marginales, pues existe la posibilidad de que invadan el tejido social. En todo caso, siempre son potencialmente peligrosas. A veces el salvajismo en estado embrionario se oculta en los pliegues de la cultura y en los recovecos de los hábitos intelectuales. Los síntomas pueden aparecer en los márgenes como expresiones curiosas de un fanatismo exótico o folclórico (véase mi libro El mito del salvaje, FCE).

Quiero estirar una de estas hebras salvajes para explorar los caminos extraños por los que nos lleva. Hay en los Estados Unidos un escritor que predica en sus libros una variante virulenta y agresiva de un cristianismo que exalta el carácter guerrero de la masculinidad, un valor que cree que es necesario rescatar. Me refiero a John Eldredge, que alaba en sus libros y conferencias la violencia alojada en el corazón de Dios. Aunque es un fenómeno marginal en Estados Unidos, forma parte de esa serie de frecuentes expresiones evangélicas más o menos curiosas que inflaman a predicadores con fuertes dosis de fanatismo.

John Eldredge publicó en 2001 un libro que traducido al español (en 2003) lleva por título Salvaje de corazón: descubramos el secreto del alma masculina. Allí explica que Dios hizo a los hombres violentos y aventureros, y a las mujeres las creó como seres que anhelan que se luche por ellas. Es una versión cristiana y evangélica de las ideas del poeta Robert Bly, que impulsó en Estados Unidos a muchos hombres frustrados a unirse en grupos salvajes para celebrar rituales, completamente desnudos, en los bosques y rescatar así la masculinidad perdida. Son versiones posmodernas de añejo machismo.

Si seguimos jalando esta hebra salvaje descubriremos que, por azares de la vida, un ejemplar de Salvaje de corazón llegó a México y cayó en las manos de Nazario Moreno, el fundador de “La Familia Michoacana”, uno de los más peligrosos grupos de narcotraficantes. Inspirado en el libro de Eldredge, Nazario Moreno se dio tiempo para escribir un par de libros que circulan clandestinamente: Pensamientos y Me dicen el más loco. En un excelente reportaje Humberto Padgett describió la carrera de Nazario, este extravagante apóstol del narco. Cuenta que en enero de 2009 fue capturado en San Lucas (donde hay un muy venerado santuario a la virgen de la Candelaria) un cargamento que, además de armas de fuego, cartuchos y granadas, incluía nueve ejemplares de Salvaje de corazón, el libro de Eldredge, con una dedicatoria de Nazario Moreno, quien los distribuía entre sus compinches (véase de Humberto Padgett, “Nazario, el apóstol del narco”, emeequis 278, 2012).

Nazario Moreno murió en 2010 durante un enfrentamiento con el Ejército y la policía. Después de esto, “La Familia” se dividió y surgieron “Los Caballeros Templarios”. Corre el rumor de que en realidad su muerte fue fingida; en todo caso, sus libros siguen vivos: la semana pasada la Policía Federal detuvo a dos individuos en la carretera Tepalcatepec-Apatzingán que llevaban drogas, armas y… libros de Nazario, que se dice son de lectura obligada entre los Templarios.

El salvajismo es un mito que echa raíces en la realidad social, como es el caso de quienes lo invocan como ejemplo de la virilidad que debe impregnar de valentía a quienes se aventuran en la vida como narcotraficantes. Ya hace mucho tiempo lo habían hecho los escritores fascistas que fundaron en Italia en 1924 la revista Il Selvaggio, que exaltaba la proverbial ferocidad salvaje de los campesinos toscanos.

Han surgido ahora en México otros brotes salvajes con inclinaciones de extrema derecha: los grupos de autodefensa financiados por comerciantes, agricultores, ganaderos y acaso otras mafias criminales rivales. Son el embrión de un monstruo que el gobierno está tolerando y que seguramente se convertirá en otra peligrosa encarnación de la anticivilidad.

Coletilla. El pasado martes en su columna de Milenio, Nicolás Alvarado, hablando sobre la reacción pública al fallecimiento de José Emilio Pacheco, concluía irónico: “Morirás lejos lleva años descatalogada. Lo que mucho dice del amplio público que hoy dizque llora al poeta”. Y sin embargo, en los reportajes sobre el homenaje de cuerpo presente en el Colegio Nacional esos que “dizque lloran al poeta” fueron clarísimos: José Emilio Pacheco les enseñó a amar, les enseñó que existía el amor inocente. Quizá no son ellos los eruditos que han leído toda la obra de Pacheco, pero son ellos a quienes una sola página de José Emilio cambió la vida… son ellos mismos quienes conocen al que los desdeña como: “¿no es uno de lentes que sale en la tele?”.

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