Evaluación sin preguntas

Ya es bien sabido que la educación en nuestro país necesita una reformada. Que se le cambie, porque está obsoleta o, en todo caso, incompetente. Tal vez, en el pensamiento del más delicado, está bien planteada pero mal realizada. Las escuelas, así como están, no sirven como deberían, ese es el hecho. Los programas han sufrido innumerables cambios en los últimos años, persiguiendo quién sabe la idea de quién, de cuáles son las cosas que deben saber los estudiantes (o, como dicen, las competencias que deben adquirir). Las horas aumentaron, los maestros se convirtieron en guías, los castigos en incentivos, los libros serios se reescribieron para tener más cotorreo. Clarísimo: no es raro el planteamiento de que la educación así como está no es aceptable para lo que queremos de nuestras instituciones educativas. Bueno, es que pocas cosas son más obvias, poquísimas personas salen bien educadas de nuestras primarias, secundarias, preparatorias y universidades. Lo que suele escucharse es una variación del discurso de que el país está tan desordenado porque nadie sabe bien a dónde dirigirlo, nadie está bien capacitado para tomar las más importantes decisiones, o casi nadie; y de los pocos que sí, se sospecha que desde hace mucho luchan para cargar el ingente peso de los indoctos que los hunde en la arena movediza. Pobreza, violencia, desesperación y crimen: parece que todo ello se erradicaría si tan sólo la educación fuera como debería.

He tenido la corazonada de que la idea, hoy tan impresionantemente popular, de que todos los problemas de la gente pueden resolverse con un buen sistema educativo, es producto de la educación que llevamos desde hace muchas generaciones. Es curioso que sean éstas las que están bien convencidas de que la misma educación requiere un progreso substancial. Esta multiforme solución tan paseada se apoya de unos pies quebradizos: la confianza de que es posible ocasionar la mejora de las personas a través de la mejora de la tecnología y el más eficiente intercambio de la información a través de ella. Para lograrlo, muchisisísimas personas necesitan educación. Pero hay un problema que nomás no hemos tenido el valor de enfrentar de lleno. Sólo pocas personas disfrutan ser educadas, así que enfocarse en ellas es ineficiente. La vocación por la educación es un lujo que no podemos darnos, debemos mejor apelar a los rasgos más comunes y corrientes. Lo que esto quiere decir en el fondo es que no es posible mantener ambas cosas: educación de alta calidad y cantidades mayoritarias de educados. Nuestro dogma nos responde ya a cuál lado de esos dos inclinarnos: la ineficiencia es inaceptable, demerita nuestro grado de sumamente civilizados y nos sume en la aristocrática visión del obscurantismo más –despectivamente hablando– medieval. La eficiencia se mide con la cantidad y la celeridad, así que tenemos que olvidar cualquier esfuerzo por la preparación de estos pocos curiosos. La guía de este planteamiento está más o menos formulada con esta secuencia: ¿los estudiantes no escuchan? No podemos enseñarles a escuchar, así que hay que decirles lo que quieren oír.

Asumamos que somos un montón de gente, no de máquinas. Las máquinas mejoran cuando sale la nueva versión y se puede replicar por millones; la vieja se tira o se presume con una placa especial para lucir la absurda nostalgia del coleccionista. Las generaciones de personas, en cambio, ni se tiran ni dan mucha noticia de haber llegado con notables avances. No parecemos contar con herramientas para lograr más buenas generaciones, más comprensivas personas, ni mucho menos gente más feliz. Entonces, ¿de dónde que estemos tan seguros de que las reformas así planteadas a nuestra educación son el primer y más fuerte soporte del cambio nacional que estamos esperando? ¿Quién va a tener la cara para asumir la responsabilidad del plan que acabará con el carácter violento de los más indignados, con la pereza de los parásitos sociales, con la mezquindad de los servidores públicos corruptos, en fin, con la insensibilidad de los corazones más crueles de nuestra nación, a través de una más eficiente transferencia de datos a las mentes jóvenes? ¿O apoco hay alguien que de verdad crea que el obeso mórbido pudo haber mantenido la salud si tan sólo le hubieran enseñado a leer la información nutrimental de las cajas de comida, o que lo que le falta al asesino para dejar de matar es conocer el nefasto impacto económico que el asesinato le impone a su ciudad por la disminución del turismo?

La relación entre las «técnicas de aprendizaje», los «temas de los programas escolares», y la formación del carácter de un hombre decente, es ridícula. Es absurdo pensar que las cárceles se vaciarían si hubiera menos analfabetas. ¿Y todo esto qué? Estas cosas son de poca importancia para la mayoría, porque la mayoría ya asumió que lo que es necesario es una reforma. La mayoría da por sentado, sin pruebas ni verdadero examen que el progreso no sólo es posible, sino lo más deseable del mundo. Entonces, la reforma no necesita plantearse ninguna pregunta sustancial, sólo necesita anunciarse. «Calma –dirá el demagogo–, ya vienen los cambios al modelo educativo». ¿Basados en qué? ¿En lo mismo en lo que se basaron los cambios anteriores que no sirvieron para nada? ¿De dónde nos viene la seguridad de que el defecto del procedimiento anterior fue la aplicación y no el deseo de variedad? Anhelamos tanto el cambio que ya estamos acostumbrándonos a que todo fácilmente se mude de una cosa a otra, sin preguntar. Ya queremos que todo mejore por el mágico arte del progreso. «Ahora habrá más evaluaciones». ¿Y qué queremos evaluar? Dudo mucho que se tenga clara esa pregunta, y sin embargo, el impacto aparente es suficiente: el trámite se hace, la gente se mueve, los libros azules se tiran y se imprimen unos verdes, la burocracia con su aletargado paso camina hacia donde la llevan sus engranes como un gigante mecánico ciego y soso. Y ya, al término de unos años, se dirá que se hizo algo, cuando en realidad el fondo del asunto sigue exactamente igual: nada se ha hecho, nada ha mejorado. Y lo único que aumenta es la desilusión.

Si nos tomáramos la palabra con seriedad, el que evalúa tendría que decir qué vale y qué no, tendría por necesidad que asumir que hay algo de lo que se enseña que tiene más valor que otras cosas, y que el modo en el que lo manifiestan los que aprenden es congruente con ese valor. No es el que dice quién pasa y quién no, sino quién está bien y quién está mal (y por tanto, qué es estar mejor y qué peor). Pero, ¿valor en la educación? Miramos esta perspectiva con terror supersticioso: «¡Queremos ciencia, en la ciencia no hay juicios de valor!». La palabra evaluación ya nada más se usa porque tiene tinte de importancia y apantalla. En realidad, de ella no tenemos la mínima idea. Y aún peor, podríamos estar seguros de que mientras más tiempo carguemos esta ausencia de preguntas y asumamos que sabemos perfectamente cómo se mejoran las generaciones haciéndolas expertas y doctas y llenas de maestrías, celebrando el cambio por el gusto de la variación como un acalorado festeja el aire acondicionado, menos aptos seremos para hacer precisamente las preguntas que nos dejarían evaluar qué tan benéfico es lo que estamos haciendo por nuestros jóvenes y su educación, y claro, por nosotros mismos.

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