La última noche de búsqueda

«Siempre me dijeron que sabía elegir a mis acompañantes; pero yo creo que más bien si me atraen las personas correctas, es por las razones equivocadas».

«¿Y cuáles son esas?», preguntó el joven escéptico, mirando a este sombrío tipo con sospechas de que más era su facha desgarbada y su descuido lo que debía tener éxito entre aquellos a los que imponía recelo, y no su carácter. Miraba la frente sobresalir a la altura de las cejas y hacerle sombra a los pequeños ojos negros, las arrugas en la piel como las de una maleta vieja, y no podía creer que éste fuera otra cosa que el abuelo de un niño cualquiera, ahora dormido plácidamente quizá al otro lado de la ciudad.

«¿Las razones o las personas? –preguntó el turbio individuo–. Las personas son la gente de bien, ya sabes, como todos estos ínclitos hombres de negocios, charlando sin más preocupación que la del precio de sus movimientos; o, si quieres uno más agraciado, como el pianista aquél. –Señaló al parsimonioso hombre largo vestido de negro, casi fundido con el rincón en el jardín que le habían asignado para tocar waltzes de Chopin y el Rêverie de Debussy–, o como tú, Haer».

«Conoces mi nombre –respondió él mientras se alejaba un poco tratando de lucir natural a lo largo del barandal de piedra blanca–. Crees que una voz cansada y unas manos manchadas pueden conmigo, pero no basta para asustarme. Yo tengo dos ventajas sobre ti. Primero, no me importa saber cómo te llamas. Segundo, sé muy bien qué quieres y quién eres».

Desconcertado, el desaliñado hombre dio un paso hacia atrás. No estaba seguro de qué querían decir esas palabras. Aspiró un hondo golpe de su cigarro y después dejó que cayera al suelo para pisarlo. Dijo: «Eres impetuoso, así era yo. Pero sólo tu padre sabe quién soy y, ¿sabes qué?, sólo yo sé quién eres tú».

Dejó que su colilla terminara de sisear en el piso y se adelantó un poco más, pero apenas movió su brazo derecho para asir su arma, Haer descargó dos tiros de pistola en su pecho y lo miró desplomarse con la misma calma con la que los presentes habían bailado al tono del piano. Los guardaespaldas que estaban no muy lejos corrieron de inmediato hacia el joven para resguardarlo de un peligro que ya no existía. El jefe de estos enormes centinelas había protegido a Haer desde recién nacido y lo había acogido en su familia; no era un hombre benévolo, pero había podido aferrarse a un contradictorio principio de honor que lo obligaba a observar con celo los favores debidos. Aquí era respetado. Éste vino más tarde a ver al caído, cuando las figuras de la alta sociedad se tranquilizaron del escándalo inesperado y retomaron la delicada calma de la bebida. Llegó junto con su esposa, una mujer de mediana edad que evidenciaba haber sido muy hermosa años atrás, vestida con un púrpura solemne. Ambos se postraron sobre el cuerpo caído.

«Venía a matarme. Un sicario cualquiera, o un enviado tal vez. Uno novato: se lo vi en los ojos desde la primera palabra que cruzó conmigo», explicó Haer. Pero no lo escucharon. Tardó en comprender por qué, pero no lo escucharon en absoluto. La madre de Haer de pronto comenzó a llorar de cara al pecho del recién asesinado, mientras su esposo regresaba con pasos graves al interior de la casa, donde los invitados requerían de su completa atención y donde no tendría que ver a su mujer sollozar desconsolada como hizo el resto de la noche, y como haría muchas otras noches por venir.