La maldición de la familia real

Hay muchas cosas en el Cielo y en la Tierra,
pero solamente puedes tener lo que yo decida brindarte.

 

El emperador se sentó a la mesa nocturna, siguiendo cada paso según protocolo y ley. Comió en silencio. Consciente de todos sus movimientos, concentrado en los símbolos de todo lo que lo rodeaba, sabía muy bien que la historia del mundo estaba tejida en los hilos que hacían su tocado, tanto como en los que enhilaban los tapices y los que urdían los tapetes. Cada acto era ejemplo para la nación entera, cada moción tenía el peso de los astros. Todas las noches miraba recostado la obscuridad con ojos abiertos antes de que lo tomara el sueño. Ésta sería la primera, sin embargo, en la que en su hondo respiro sabría muy bien que no había ya sobre la Tierra ningún heredero suyo.

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