El ojo empajado

Hay una enseñanza común a la que la mayoría de las personas accede. Una que suena razonable con algo de detenimiento y que toma muchas formas a lo largo de nuestras conversaciones: que no juzguemos contra otro una falta que tenemos nosotros mismos. Esto me parece que surge especialmente cuando hay un motivo de disputa, al sentirse alguien injuriado. En los actos violentos o abusivos suele proferirse por el que se defiende. Es frecuente que se use como medida de qué es lo correcto, por decir, en las riñas entre hermanos, la aparente justicia de la sentencia: “quien ha cometido un error, tiene un defecto, o ha obrado alguna maldad, no tiene la autoridad moral para señalar lo mismo en alguien más”.

Decía que con algo de detenimiento la mayoría accede a la verdad de esta enseñanza; pero con algo más de ese detenimiento, se puede percatar uno de un problema grave. La capacidad para determinar en un caso cualquiera quién es el que ha cometido una injusticia no tiene por qué estar directamente relacionada con los actos en los otros casos de la persona que juzga. Puede ser, por supuesto, que su experiencia sea muy diferente dependiendo del tipo de vida que tenga, y que un vicioso no piense lo mismo de un ladrón, que lo que piensa un juez probo e inmaculado. Pero estos casos extremos son ejemplos un poco truculentos: la vida nos tiene por lo menos un poquito manchados a todos. Escudarse del crimen apuntando a los otros criminales no es más que una cortina de humo, débil y fácil de disipar. El hecho, pues, es que cuando algo es injusto, nombrar el mal no tendría por qué falsearse cuando el que habla lo ha cometido antes. El agraviado sigue estando igual de agraviado, considere su caso un monje tibetano o un burócrata mexicano, y el culpable lo seguirá siendo también.

La razón por la que esta noción frecuentemente se toma como verdadera me parece mucho más importante, sin embargo, que sólo notar que suele comprenderse de modo falaz. Es decir, pienso que lo común es una mala interpretación. Creo que la causa es que muchos de nosotros tenemos una inclinación inconveniente a preocuparnos por el mal que hacen los otros antes que por quiénes somos. La verdad que transmite la sentencia no es la jerarquía moral de los que juzgan un mal, sino la importancia de que cada quien se cuide de la propia injusticia. Especialmente, quizá, de la que no se nota a simple vista. Es probable que nuestra situación actual de violencia sin medida provoque tanta más cuando se propaga su nombre, porque la mayoría que escucha los males ajenos primero se mortifica por la venganza contra el agresor y el deseo de que se haga justicia contra él. Lo hace en su imaginación, azuza su anhelo, nutre sus fantasías de condena y dolor. Primero se aboca a satisfacer, aunque sea alimentando el morbo de admirar la violencia contra un criminal, su intenso deseo de consolarse en el castigo a alguien más. Para él esto vale más incluso que él mismo. Sin embargo, la enseñanza puede tener una profundidad que no aparecía en su vaivén corriente: no es que sea malo juzgar el mal ajeno, sino que hacer tal cosa suele distraernos de nuestro juicio de nosotros mismos. Y tendríamos que admitir, de asumir la verdad de esta sentencia, que consolar nuestras almas con la imaginación del dolor de otros es una grave indicación de un mal que nos inclina a responder al daño con más daño, a sentir placer no por la corrección de una injusticia, sino por el sufrimiento de un malhechor; no por medir con sensatez un castigo, sino por añorar que en el agravio ajeno el nuestro propio se entumezca un poco y dejemos de penar por un momento. Este mal, que no queremos mirar a los ojos, probablemente irritados, no está en los criminales que van haciendo nuestra sociedad pedazos, sino dentro de nuestro propio corazón.

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