Aproximación y balance

Aproximación y balance

Las intenciones nobles sobreviven incluso en los tiempos mezquinos. A veces toman la forma de una monumental derrota, en otras la de una victoria insignificante y muy rara vez permanecen indistinguibles de nuestra vida diaria, haciéndola un poquito mejor. Lo más notorio es la derrota, no sólo porque quien no intenta nada grande no puede ser derrotado en grande, sino porque quien intenta algo grande suele tener serviciales enemigos que esperan su caída para asumir de refilón un triunfo tan grandilocutido como su envidia pueda lograrlo –logro suyo, al fin-. Lo menos notorio es la realización de los ideales nobles, no sólo porque casi nadie reconoce los bienes que otra persona le ha hecho si el reconocimiento no ayuda a promover su propia grandeza de “humilde y agradecido”, sino, principalmente, porque la realización de los ideales nobles suele volverse propia por habituación, anónima por cotidiana y acostumbrada por excelente. Los tiempos mezquinos, en cambio, se notan con claridad porque permiten a los hombres de su tiempo despotricar, difamar y menospreciar a quienes han tenido la valía de empujar los nobles ideales; de ahí que se pase de la apropiación al plagio, de la anonimación al anatema y de la costumbre al veto; de ahí que los hombres de los tiempos mezquinos deban gritar tanto y tan fuerte para fulminar al otro, ora cantando su magna derrota, ora acusando su alta traición, ora infamando su… Bueno, el lector sabe de esos procedimientos. Sin embargo, no es necesario que sea siempre así. Hay grandes derrotas de los altos ideales que, al verse con un poco de cuidado, son victorias tan sutiles que señalarlas nos está desacostumbrado. Tengo en mente el siguiente ejemplo.
En enero de 1925, en Argentina, Pedro Henríquez Ureña publicó un párrafo por demás interesante: “En 1909, antes de que cayera el gobierno de Díaz, Antonio Caso fue llamado a una cátedra de la que hoy es Universidad Nacional, y su entrada allí significó el principio del fin. Cuando Madero llegó al poder, en 1911, los principales representantes del antiguo pensamiento oficial –que eran en su mayoría personajes políticos del antiguo régimen– se retiraron de la Universidad, y su influencia se desvaneció. Desgraciadamente, eso no quería decir que al primer triunfo político de la revolución (1911), modificara y adoptara orientaciones modernas el mundo universitario de México, ni menos la vida intelectual y artística del país en su conjunto. El proceso hubo de ser más lento. Las actividades de nuestro grupo no estaban ligadas (salvo la participación de uno que otro de sus miembros) a las de los grupos políticos; no había entrado en nuestros planes el de saltar las posiciones directivas en la educación pública, para las cuales creíamos no tener edad suficiente (¡después los criterios han cambiado!) y sólo habíamos pensado hasta entonces en la renovación de las ideas. Habíamos roto una larga opresión, pero éramos pocos, y no podíamos sustituir a los viejos maestros en todos los campos… La Universidad se reorganizó como pudo, y de esta imperfección inicial no ha podido curarse todavía. Nuestra única conquista fundamental, en la vida universitaria de entonces, fue el estímulo que dio Antonio Caso a la libertad filosófica” [“La influencia de la Revolución en la vida intelectual de México” en Obra crítica, FCE, 1960].
Cinco años más tarde, Vicente Lombardo Toledano hablaría del mismo asunto: “La Revolución dispersó al grupo de amigos [los miembros del Ateneo] que siguieron actuando al servicio de su convicción en diversos lugares; pero su doctrina alcanzó bien pronto el valor de la enseñanza sistemática en labios del maestro Antonio Caso, quien al entrar en la Escuela de Altos Estudios, por la vía de la docencia libre, empezó a guiar a la juventud universitaria con palabra brillante y sugestión irresistible […] La exaltación del hombre, la apertura de horizontes espirituales sin límites, se presentaban, así, a las generaciones en formación y a los descontentos de la esterilidad del medio culto de México, como estímulos de acción. El sentido de un nuevo humanismo se apoderó rápidamente de quienes meditaban en la hora” [“El sentido humanista de la Revolución Mexicana” en Revista de la Universidad de México, tomo I, núm. 2, diciembre 1930].
En Pasado Inmediato, Alfonso Reyes lo presenta así: “Poco antes de la muerte del maestro Parra, Antonio Caso había presentado, en la nueva escuela, con éxito ruidoso y lleno de augurios, su curso libre y gratuito sobre filosofía […] A Antonio Caso, que ya había iniciado la obra desde su curso de Sociología en la Escuela de Derecho, corresponde la honra de haber conducido otra vez a la Filosofía hasta la cátedra. Con él se inaugura también la costumbre de los cursos libres y gratuitos que nos permitiría posesionarnos de la Escuela de Altos Estudios” [Obras completas de Alfonso Reyes, tomo XII, FCE, 1960].
Al parecer, la llegada de Antonio Caso a la cátedra universitaria fue, al mismo tiempo, el logro de un proyecto intelectual y la necesaria evolución de un grupo de amigos. En cuanto proyecto intelectual, los tres testimonios anteriores son suficientemente claros: libertad filosófica, docencia libre y cursos gratuitos. No tan claro es, en cambio, la relación necesaria entre los tres elementos que constituyen ese proyecto intelectual. ¿Por qué comenzó el Ateneo por la impartición de cursos gratuitos? En primer lugar, por la traba burocrática que impedía a jóvenes no “calificados” impartir cátedra remunerada; pero esa es la razón más pública. Que los cursos del Ateneo fuesen un ejercicio de la docencia libre implicaba que los jóvenes se consideraban suficientemente facultados para emprender su propio camino en la sabiduría sin las andaderas institucionales, pero con la formalidad de la academia; ambas características son importantes, pues si no se prescinde de las primeras, los cursos no sin libres, sino de extensión, aunque sin la segunda, no es curso, es juerga. Librarse de la institución y reivindicar la actitud académica es lo que en el Ateneo se reconocía como libertad filosófica; libertad para pensar, en pocas palabras. ¿Y por qué buscaban libertad filosófica los jóvenes del Ateneo? Paradójicamente la respuesta está en la segunda consideración: por la necesaria evolución de su grupo de amigos. La libertad filosófica conquistada por el Ateneo permitió que, a pesar de sus hondas diferencias, Antonio Caso y José Vasconcelos fueran –hasta la llegada de los exiliados españoles- la esencia de la filosofía en México; es decir, la libertad filosófica permitió que las diferencias políticas no fracturaran al grupo, y que el anhelo inicial de una renovación espiritual de sus tiempos permaneciese como el impulso vital, o bien de la espléndida cruzada vasconcelista, o bien de la discreta caridad casiana. La evolución necesaria del grupo, “el principio del fin” en palabras de Henríquez Ureña, sólo fue posible por la altura moral de los ateneístas: ni el enorme ego vasconceliano regateó el triunfo que la entrada de Caso a la cátedra significó para su grupo. Sí, después de Antonio Caso entraron a la cátedra los demás ateneístas, y tiempo después Vasconcelos fue el mandamás de la educación, pero el impulso inicial vino de Caso: él creó el Ateneo, él abrió el camino a la cátedra y él llevó a sus compañeros y discípulos de la mano para que lo acompañaran en la refundación de la universidad. Y no hubo alguien lo suficientemente mezquino como para acusar a Caso, tras su caída y reclusión en las aulas, tras su tragedia personal, después de que su rostro sólo dibujara la tristeza que envuelve los ojos más inteligentes, nadie hubo, insisto, lo suficientemente mezquino como para acusar a Caso de haberlo hecho todo por seducción de la historia, por fama, por interés personal. La evolución necesaria de un grupo de amigos que ha alcanzado la libertad filosófica es ajena a la mezquindad, se funda –como enseña Antonio Caso- en la caridad. Por la caridad, en los tiempos mezquinos, sobreviven las intenciones nobles.

Námaste Heptákis

Escenas del terruño. Y todos esos que guardaron silencio por la censura en el diario La Razón ahora claman al cielo denunciando una pretendida injusticia, pues comienzan a decir que la salida de Epigmenio Ibarra de las páginas de Milenio es un acto de censura operada por Carlos Marín y Ciro Gómez Leyva. En su eufórica denuncia ignoran tres hechos claros: primero, que el mismo Epigmenio reconoce, en la columna donde anuncia su salida, que no se le ha censurado durante su estancia en el diario; segundo, que Carlos Marín no se negó a publicar la columna de quien dicen ha sido censurado; tercero, que una de las razones expuestas por Marín para el despido de Ibarra es evidentemente cierta: Epigmenio Ibarra no cumplía puntualmente con su colaboración, cual puede verse en las ediciones del 3 de enero, 14 de febrero y 21 de marzo; por mencionar sólo las de este año. Pero claro, los defensores de la libertad seguirán con el puño en alto gritando “censura”. ¿Les seguirá el juego Epigmenio?

Coletilla. “Nada hay más engañoso que la apariencia de humildad. Con frecuencia es sólo indiferencia ante la opinión ajena y a veces una manera indirecta de presumir”. Jane Austen

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s