Reunión familiar

Tradicionalmente, casi religiosamente, nos vimos en casa de la tía Berta. Como siempre: pollo con mole, papas con salsa, canapés con jamón, papa con chorizo. Lejos, junto a la barra del bar casero, vibraban las bocinas resobando una trillada canción que hablaba seguramente de amor o nostalgia, o algo así. El abuelo no se sentaba, sirviendo a todos, sonriendo para que le sonrieran de vuelta, sin escuchar ninguna discusión completa. Los tíos, casi todos con los pómulos sonrosados, reíamos como cientos de veces lo habíamos hecho de las anécdotas que se habían contado ya cientos de veces. Los jóvenes, hartos del ritual (¡y lo que les faltaba!), habían salido a correr por el jardín y golpearse un poco o esconderse. Pronto se metería el Sol. Algo era distinto esta vez, me dije mientras daba un profundo y sabroso trago a mi vino. Por primera vez reí bien en serio de las correrías de mis primos, de la suerte del ya difunto tío Gibrán, de esto, de aquello, de todas las palabras añejas. Por primera vez pensé que no tenía importancia en absoluto que ninguna de estas historias hubiera sucedido así en realidad.

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