Mal de muchos

Cuando oímos por ahí los queveres de los demás, es muy fácil hacer juicios que comparen lo que nos pasa con lo que ellos están viviendo. Además de que solemos amortiguar mucho en la imaginación lo que es capaz de ocurrirnos a nosotros mismos, solemos querer consolarnos por nuestras faltas con el cuento de cuántos otros pobres sujetos las han cometido antes y hasta peor que nosotros. De a poco se nos van las ganas de que las cosas estén bien. Después ya ni nos importa lo que pase al rededor si no nos estorba demasiado, como el pájaro al que lo tiene sin cuidado que se esté quemando el bosque siempre que el humo no le llegue al nido. Pero no debe hacérsenos el hábito de olvidar que la presencia de cosas peores no le quita lo malo a lo que está mal de por sí.

Por supuesto, siempre encontraremos al que sufre más. Desde que nos medimos con Agamemnón, con Job, con Coriolanus, con Remi, o con cualquier fulano que no haya tenido más que congojas y zozobras, hasta cuando se nos da la vena de pensarnos como país unificado y andamos viendo a otras naciones vivir terrores inusitados, hallamos a quien ha tenido «más razón» para quejarse. ¿Pero en serio es más razón? Yo creo que es la misma razón, nomás que presente con tanta ocasión y diversidad que la vemos más clara y llamativa. Y es que estar en presencia del mal nos mueve. Por más que se nos haga costumbre y dejemos de sentir que se nos tuerce el estómago al presenciar una atrocidad, no podemos vivir como si no existiera el mal. Originalmente nos enoja, nos indigna. ¿Qué mejor nombre que indignación para esa dolorosa convulsión del alma que presencia la violencia y la injusticia? Desdeñar el sufrimiento nos barbariza. Trivializar el mal nos barbariza. Claro, que una cosa es quejarse del daño que le hacen a uno y otra muy distinta actuar inicuamente; pero encarrerados como luego nos vamos, parejamente hacemos de las dos cosas la misma apología: «esto no está tan mal porque hay cosas peores».

Vivir entre la frustración del impotente que no puede corregir las faltas más obvias nos va haciendo insensibles, y hasta ácidos. El cínico opta por burlarse de lo que más demanda solución, y que nunca encontrará ninguna. Pero no pueden ser lo mismo la risa ante el absurdo y la indiferencia frente al suplicio. Con los ojos puestos en un mundo vuelto de cabeza, no debemos descuidar nuestros propios ojos. El primer paso hacia el laberinto de violencia es decir que no la vemos y no sabemos lo que es. Ni es menos malo el vecino por ser peor el otro, ni nosotros mismos somos menos malos por ser peor el vecino. No podemos permitirnos que la insensibilidad nos vuelva ciegos al mal. El buen ánimo ante la injusticia de la vida sólo es posible si aún creemos que hay en lo que hacemos algo que puede valer y que seremos capaces de intentarlo. Envolver nuestra abyección en las telas de fechorías ajenas peores es una cobardía. Es mejor enfrentar el mal con bien. Y esperemos, ojalá, que puedan las cosas ser mejores, en lo poco que sea, después de que hayamos hecho lo que sea que hagamos.

6 Comentarios

  1. martinsilenus dice:

    En general estoy de acuerdo contigo. Sin embargo he de preguntarte desde dónde calificas la indiferencia hacia el suplicio y la risa ante el absurdo. ¿Cómo sabes que quien se ríe no lo hace a partir de la indiferencia, sino de la impotencia y la consciencia de la incapacidad para hacer algo en situaciones concretas (lo cual no implicaría que uno no procurase actuar bien en la medida de lo posible)? ¿Cómo sabes que la apariencia de indiferencia no oculta una profunda indignación e incluso tristeza? ¿Acaso es necesario que uno se la pase escribiendo ya en blogs ya en facebook ya en twitter, o bien pregonando en plazas, calles, universidades o algo similar el desacuerdo? Yo conozco muchas personas que se la pasan publicando sus desacuerdos en facebook, así como algunas que publican y publican cosas en blogs o revistas y cosas así, y también colegas que se la pasan pregonando en las universidades (ya en el salón de clases ya en explanadas, lo cual, por cierto, a veces me parece igual de nocivo o igual de benéfico), y no creo que su indignación, malestar y desacuerdo ante esas situaciones que nos sobrepasan sean mayores que las de personas que no lo pregonan. A mi me parece que no es necesario que tus cuates te aplaudan por lo consciente que eres para que lo seas, o para que seas menos malo ni mejor. Simplemente creo que hay que tener cuidado a la hora de calificar a los que sí se preocupan y a los que no a partir de las apariencias que se originan en opiniones y en discursos públicos, porque corremos el riesgo de simplemente estarnos engañando tan sólo para dormir tranquilos, lo cual sería lamentable. ¿No crees?

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  2. Cantumimbra dice:

    Martinsilenus, desafortunadamente no puedo saber con seguridad de qué se ríe la gente que se ríe. Pero cada uno puede saberlo sobre sí mismo, cada uno puede saber si es indiferente, si está indignado, si está morbosamente esperando el derrumbe de toda civilización para disfrutar de la violencia del cambio. Yo estoy de acuerdo contigo en que no es necesario que tus cuates te aplaudan por lo consciente que eres y también en lo lamentable que sería convencernos de que la pantalla de la indignación basta para considerarnos buenas personas; pues no creo que el problema de la violencia sea que nos tiene «intranquilos» y que a ello haya que buscar una solución que nos brinde relajación. ¿Qué cosa hacer entonces? No me atrevo a dar respuestas que indiquen a todos qué hacer, Martinsilenus. Ni digo que todos deberíamos escribir en blogs ni tampoco que deberíamos evitarlo. Creo que lo único que puedo decir es que me parece necesario que uno mismo lo decida por sus medios, con sus amigos, con los suyos, y que sea serio cuando se juzga a sí mismo.

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  3. martinsilenus dice:

    Pues yo tampoco puedo saber con seguridad de qué se ríe quien ría cuando ría, en eso estoy completamente de acuerdo contigo. De hecho sólo suelo saberlo cuando yo soy el que río. Sin embargo las maneras de escribir que a veces (las más de ellas) noto en tus textos, así como en los de otras personas (casi todos con formación supuestamente «filosófica», por cierto), hace parecer que sí te jactas de saberlo. En efecto, el problema de la violencia no es nuestra intranquilidad, pero justo a eso se dirige la siguiente duda, que me ha estado ocupando desde hace muchos años: ¿qué sentido tiene escribir acerca de nuestras opiniones de asuntos como esos? Yo, ya tiene rato que opté por no hacerlo debido a que no le encuentro sentido, a no ser en platicas individuales (y no en todas). Gracias por responder.

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  4. Cantumimbra dice:

    Cuéntame, Martinsilenus, ¿en dónde me has leído jactarme de que sé ésta o alguna otra cosa por el estilo? O más difícilmente: ¿a qué «manera» de escribir te refieres? En cuanto al sentido de escribir, hay motivos personales -el ensayo de la claridad y la reserva, por ejemplo- y motivos públicos -la posibilidad de comunicar algo que considero importante comunicar-. Si no le ves sentido a depositar tu confianza en la posibilidad, por mínima que sea, de hacer algo valioso, es quizá porque estés haciendo algo de más valor, ¿no? ¿O apoco piensas que no hay empresas más valiosas que otras?

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  5. martinsilenus dice:

    ¿Qué en dónde te he leído jactarte de que sabes cosas por el estilo? Aquí está un ejemplo:

    «Cuando oímos por ahí los queveres de los demás, es muy fácil hacer juicios que comparen lo que nos pasa con lo que ellos están viviendo. Además de que solemos amortiguar mucho en la imaginación lo que es capaz de ocurrirnos a nosotros mismos, solemos querer consolarnos por nuestras faltas con el cuento de cuántos otros pobres sujetos las han cometido antes y hasta peor que nosotros. De a poco se nos van las ganas de que las cosas estén bien. Después ya ni nos importa lo que pase al rededor si no nos estorba demasiado, como el pájaro al que lo tiene sin cuidado que se esté quemando el bosque siempre que el humo no le llegue al nido. Pero no debe hacérsenos el hábito de olvidar que la presencia de cosas peores no le quita lo malo a lo que está mal de por sí.
    Por supuesto, siempre encontraremos al que sufre más. Desde que nos medimos con Agamemnón, con Job, con Coriolanus, con Remi, o con cualquier fulano que no haya tenido más que congojas y zozobras, hasta cuando se nos da la vena de pensarnos como país unificado y andamos viendo a otras naciones vivir terrores inusitados, hallamos a quien ha tenido «más razón» para quejarse. ¿Pero en serio es más razón? Yo creo que es la misma razón, nomás que presente con tanta ocasión y diversidad que la vemos más clara y llamativa. Y es que estar en presencia del mal nos mueve. Por más que se nos haga costumbre y dejemos de sentir que se nos tuerce el estómago al presenciar una atrocidad, no podemos vivir como si no existiera el mal. Originalmente nos enoja, nos indigna. ¿Qué mejor nombre que indignación para esa dolorosa convulsión del alma que presencia la violencia y la injusticia? Desdeñar el sufrimiento nos barbariza. Trivializar el mal nos barbariza. Claro, que una cosa es quejarse del daño que le hacen a uno y otra muy distinta actuar inicuamente; pero encarrerados como luego nos vamos, parejamente hacemos de las dos cosas la misma apología: «esto no está tan mal porque hay cosas peores».
    Vivir entre la frustración del impotente que no puede corregir las faltas más obvias nos va haciendo insensibles, y hasta ácidos. El cínico opta por burlarse de lo que más demanda solución, y que nunca encontrará ninguna. Pero no pueden ser lo mismo la risa ante el absurdo y la indiferencia frente al suplicio. Con los ojos puestos en un mundo vuelto de cabeza, no debemos descuidar nuestros propios ojos. El primer paso hacia el laberinto de violencia es decir que no la vemos y no sabemos lo que es. Ni es menos malo el vecino por ser peor el otro, ni nosotros mismos somos menos malos por ser peor el vecino. No podemos permitirnos que la insensibilidad nos vuelva ciegos al mal. El buen ánimo ante la injusticia de la vida sólo es posible si aún creemos que hay en lo que hacemos algo que puede valer y que seremos capaces de intentarlo. Envolver nuestra abyección en las telas de fechorías ajenas peores es una cobardía. Es mejor enfrentar el mal con bien. Y esperemos, ojalá, que puedan las cosas ser mejores, en lo poco que sea, después de que hayamos hecho lo que sea que hagamos.»

    En cuanto a la manera que preguntas, es esa manera en que pareces saber que de una cosa se sigue otra (y sólo otra). De las empresas, sí pienso que hay unas más valiosas que otras y también que hay unas menos valiosas que otras. En general me parece menos valiosa la empresa que termina con la admiración o fanatismo de los escuchas o auditores o lectores (lo cual lamentablemente no depende de la voluntad del que escribe o habla sino de la actitud y capacidad de otros), y me dirás que no puedo saber lo que piensan los que te leen, a lo que sólo puedo responder que tienes razón, pues nadie parece ya comentar aquí en el blog; pero también diré que he sido testigo de algunos que dicen que te escuchan (y que probablemente también te lean)…

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  6. Cantumimbra dice:

    Bueno, pues dado que citas todo el escrito, necesitas darme un poco más de explicación. Había entendido que me acusabas de escribir como si entendiera lo que cada quien tiene en el alma cuando se ríe, y por extensión, cuando hace o piensa cualquier cosa; pero no lo veo en lo que citaste. Entonces explícame mejor: ¿a qué te refieres? Sobre la valía de lo que hacemos te tengo también una pregunta: ¿hace mucha diferencia la loa de los observadores a una acción que no pretende obtener esa loa, sino alguna otra cosa?

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