De otra gota categórica

De otra gota categórica

Es sencilla la explicación mecánica: los brazos extendidos permiten que la sangre circule más libremente y en mayor cantidad, al tiempo que el movimiento de los brazos libera el pecho que se compensa recibiendo mayor cantidad de aire, lo que estimula la circulación, aumenta la irrigación cerebral, estimula la producción de serotonina y dota al abrazo de ese sentimiento tan agradable que el común de la gente llama felicidad. Pero al tiempo que sencilla, es falsa: no todo abrazo es liberador. Los abrazos diplomáticos son un chaleco apretado; los familiares, una almohada pachona; los amorosos, una tersa frazada… no todo abrazo es liberador.

Es sencillo desperdiciar los abrazos, deshilacharlos hasta hacerlos palmadas, aligerarlos hasta convertirlos en papalotes de la presencia. Pues el abrazo, claramente, toma su densidad de la misma presencia, de la sola presencia de los abrazados. Por eso los hay tan pesados como un balde de agua, o densísimos como lágrimas que se filtran hasta los pies. No todo abrazo es pesado, pero sólo el abrazo pesado, el realmente pesado, es liberador.

Es complicada la mecánica espiritual del abrazo liberador. Pide, en primer lugar, una seria congoja en el pecho: un nudo en el hilo del aliento. Exige, en segundo lugar, que nuestros ojos sean enormes presas que amenacen la aridez del valle de la cotidianidad. Y en el tercer momento, pide que el encuentro de las dos congojas desanude el nudo del llanto para liberar las presas que nos permiten sabernos acompañados en este valle de lágrimas. El abrazo es disolución del diluvio individual en el mar de la amistad.

Námaste Heptákis

Coletilla. “Explicar es perdonar; la explicación es el perdón mismo”. John Maxwell Coetzee