Economía filosófica

Economía filosófica

 

Tenía tan poca fe que comenzó en la duda cartesiana y terminó en la duda carterista.

 

Námaste Heptákis

Coletilla. El pasado domingo 29 de junio, en su columna de Reforma, Gabriel Zaid volvió a los temas que nos ha explicado en los últimos cuarenta años y que conviene seguir pensando ante una de las modas intelectuales de nuestros días. Comparto el texto intitulado “Desigualdad”.
Un libro de análisis estadístico de Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI) reanimó el tema de la desigualdad. Cubre siglos recientes de varios países en 970 páginas, y muestra que la desigualdad económica ha venido aumentando, sobre todo por el 1% de la población con mayores ingresos. Es un hecho indudable, aunque su importancia, causas y remedios son discutibles.
1. Reducir los ingresos de ese 1%, como propone, no es más importante (ni fácil de lograr) que acabar con la desnutrición. Socialmente es preferible subir el nivel de abajo que reducir el desnivel entre arriba y abajo. Acabar con la desnutrición es fundamental por sí mismo y reduce en algo la desigualdad. Acabar con la riqueza extrema también reduce en algo la desigualdad, pero no es fundamental por sí mismo. Y exige una revolución que acabaría como todas: con la riqueza extrema en otras manos.
2. Hasta hace relativamente poco, muchos creían lo de Marx: que el Estado es el instrumento de los capitalistas para administrar sus intereses comunes. O sea que la dominación política nace de la explotación económica (la extracción de plusvalía a los obreros). Pierre Clastres (La sociedad contra el Estado) mostró que la desigualdad política no surge de la económica, sino al revés. Las tribus nómadas, recolectoras y cazadoras eran igualitarias. La sociedad desigual aparece con la agricultura y los graneros que atraen a recolectores asaltantes. Sus incursiones provocan la aparición del Estado: guerreros que defienden a los campesinos y acaban siendo sus asaltantes legítimos, recolectores de impuestos. Cuando el Estado no puede con los asaltantes, como hoy sucede en México, se vuelve a la situación primitiva de que la violencia enriquece a unos y empobrece a otros.
3. En las tierras de Arnhem y en el Amazonas se han descubierto tribus que vivían en la Edad de Piedra. ¿Quiénes, cómo, por dónde, les extrajeron plusvalía? Su desnivel frente a los demás australianos y brasileños no se explica por la explotación, sino por el progreso de los otros. La desigualdad económica crece por arriba (por los que mejoran). Se explica en buena parte por las innovaciones que aumentan la productividad. Pueden generalizarse, como los teléfonos celulares; pero los primeros en adoptarlas tienen una ventaja transitoria. Esta desigualdad se prolonga si continúan innovando antes que los demás; y empeora con las innovaciones no generalizables, como las avionetas privadas.
4. Las políticas redistributivas suelen cubrir hasta la clase media baja, pero nada más. La ayuda suele darse en especie, y la distribución física tiene costos crecientes para llegar a rancherías remotas. También es difícil que lleguen los reporteros y fotógrafos que hacen lucir la política benefactora. Finalmente, el voto agradecido (o peligroso) se concentra en distritos urbanos de clase media baja. Un ejemplo: el programa Oportunidades exige que los niños se vacunen y vayan a la escuela, lo cual excluye a la población remota que está peor: la que no tiene escuelas ni centros de salud.
5. Igualar por arriba: buscar que todos tengan estudios universitarios, buenos empleos, automóviles, viajes internacionales, parece generoso, pero es tonto. Los altos funcionarios y ejecutivos no son el único modelo para la especie humana. Encarnan sueños no generalizables: por su especialidad, porque su desempeño requiere inversiones altísimas y porque millones de personas no desean vivir así. Con una fracción de lo que se gasta en producir credenciales educativas (que no garantizan la obtención de buenos empleos), se puede equipar a millones de personas con habilidades prácticas y herramientas para producir por su cuenta.
6. Cuesta poco aumentar la productividad de los pobres, siempre y cuando se entienda que no son empleados potenciales, sino empresarios oprimidos por trámites desproporcionados, escasez de crédito y falta de proveedores de innovaciones productivas baratas.
El gigantismo siente que lo generoso es ofrecer a todos su propio ideal de progreso: mucha escolaridad, experiencia en grandes operaciones, cumplimiento de formalidades y acumulación de méritos demostrables para ir ascendiendo hasta posiciones estelares. Está en la luna.
Hay que recuperar la tradición innovadora que produjo la bicicleta, la máquina de coser, el molino de nixtamal, el microcrédito y el celular. Y hay que frenar la pasión destructiva de las burocracias (como la fiscal) cuyas innovaciones rebuscadas arruinan la productividad.

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