Vida espejuleante

Vida espejulante

Para leer en el transporte público yo prefiero los libros de bolsillo, no sólo porque son más ligeros y manejables, o porque permiten dejar una mano libre para asir la agarradera o proteger el bolsillo, sino porque con facilidad se vuelven discretos miradores de la vida ajena. La técnica es sencilla: levanto el libro a la altura del rostro y leo, y al paso de las líneas mi mirada escapa de reojo por los bordes superiores. Espiar desde el parapeto de un libro es como ver la televisión con un pequeño recuadro en la esquina para no perderse el instante del gol sin la necesidad de perder el tiempo mirando el partido completo, o como escribir en la computadora mientras está activo el reproductor de audio, o como cuando el lector mal educado presta excesiva atención a la notas al pie.

El otro día, en el tren, leía Persuasión de Jane Austen mientras brincaba la cerca de mi libro para curiosear en los jardines vecinos. Muy cerquita de mí, exactamente a la izquierda –porque dice la corrección política que a la izquierda siempre hay que estar exactamente- una muchachita hablaba suplicante a su galán; él, seguro de su buena apariencia y habiendo notado que ganaba las miradas de más de una en el vagón, jugueteaba con respuestas pragmáticas; ella, con nubarrones que amenazan tormenta en los ojos, le advertía que no quería que lo volviera a hacer. No fue el chisme, lector, y tú lo sabes –que al final también serías partícipe pues ya estás interesado y quieres que te cuente el meollo del asunto, pues sabes que esperas ansioso que deje yo de divagar y me dirija preciso, cual cirujano habilidoso, como arquero de la casta del divino Apolo, o sin tanto rodeo y en la más sencilla desnudez (mas cuándo, querido lector, está uno realmente desnudo en un texto; así como Aristóteles advierte por ahí que no podemos notar que estamos empapados de aire, quizás en los textos estamos tan revestidos de letras, que cada lectura es como un carnaval) al punto que te quiero hoy contar y del que seguramente el libro de bolsillo es, también, un mero parapeto (perdóname, lector, la cacofonía anterior, que sé sólo logra incomodarte metido en tan extensa nota que solamente dilata el acaecimiento de la anécdota que quieres terminar de leer) para un asunto más bien sencillo y simple; pero juzga tú, lector, si en realidad te adentras en la complicidad del chisme o te mantienes en la superficie de los acontecimientos; que no por superficiales son banales, pero esa es una discusión con la que por ahora no quiero distraerte (tanto)-, lo que hizo que atendiera a la escena, sino la sana curiosidad de saber qué era eso que la suplicante pedía no volver a ejecutar.

A mi derecha, todos ternura y empapados de caricias, dos jóvenes se besaban y se decían cosas tiernas. Extrañamente no atraían las miradas que se embelesan con el amor, esa extraña satisfacción de alegrarse por el amor ajeno, el gusto que da contemplar la dulzura que los infelices llaman cursilería. No había abejas en torno a ese panal; sólo zánganos que se consideraban superiores: “par de putos”, dijo un macho de mal ver; “¡vaya desperdicio!”, dijo una mujer de poco pegue; “no los veas”, ordenó una señora que se tiene por dama. Mientras la pareja continuaba perdida en la isla de su ternura y yo me embelesaba entre la ternura de mis páginas y el aire tierno que con sus palabras iba llenando el vagón. ¿Dónde se preguntó Jane Austen si la indiferencia no era la señal infalible del amor?

A la siguiente estación bajó el galán, mientras la muchachita detonaba en llanto. Bajó también uno de los muchachos, mandando un beso antes de salir por entre los vericuetos de las miradas envidiosas y el aire acondicionado. Yo me guarecía en el libro, entre otras mieles y otras lágrimas; la señora Austen lloró tan gruesas lágrimas que en ocasiones parecen melosas, pero prodigó a su vez ternuras tan suaves que a veces crecen rápido como el llanto. Ambas parejas separadas, una en la bella suspensión esperanzada del “mañana volveré a verte”, otra en la tregua cruel del “pedí que no lo hicieras”. Yo avanzaba entre las páginas del libro, como el tren sobre sus rieles. Mientras, envidiosos de la dulzura y ufanos de la bribonería, los pasajeros quedaron tranquilos: los jóvenes dejaron de dar mal ejemplo y el galán le enseñó a su pareja que el noviazgo no es de exclusividad. Al tiempo que en mi novela, Louisa Musgrove sufría una terrible caída que ponía en dramática evidencia el verdadero amor. Distracciones, pausas y escenas, oportunidades para entrever nuestras vidas en los espejos ajenos, y de vez en cuando aprender algo.

Námaste Heptákis

Numeralia. Según cifras de la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, el New York Times y Al Jazeera, la mayor cantidad de muertos identificados y comprobados en Gaza durante el actual conflicto es de hombres entre 20 y 29 años. Mientras que la edad promedio de los habitantes de Gaza es de 17 años, con un promedio de 5.5 hijos por familia. Resalta que, según reportes de la BBC, la mayoría de la población fue concebida en tiempos de la intifada. Viene lo peor.

Escenas del terruño. El 9 de julio de 2011 publiqué aquí un Vago Manifiesto, en que animaba a los siempre aterrados peatones a volver a caminar. A partir del próximo 11 de agosto, podrás consultar, lector, la Carta Mexicana de los Derechos del Peatón.

Coletilla. “No se puede cambiar el mundo sin empezar a cambiarlo. La construcción de la esperanza supone la derrota de nuestro propio pesimismo. Por desgracia, los primeros pasos que se apartan de la norma no suelen ser vistos por quienes piensan que la conciencia crítica consiste en repetir que todo fracasó”. Juan Villoro en Reforma del 8 de agosto.

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2 comentarios en “Vida espejuleante

  1. Namaste. No sé qué te pasó con esta entrada o no sé qué pasó conmigo, pero no me gustó nada. Quizás sólo me quedaría con eso de que leías a Austen, que es maravillosa, pero nada más. Sentí ganas de comentártelo, pero pienso pensar con más detenimiento por qué del displacer de leerte. Cabe anotar que, aunque muchas veces no estoy de acuerdo con lo que dices, casi siempre disfruto de tu modo de decirlo, pero esta vez algo pasó. A ver si mañana logro decirlo. Saludos.

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  2. Me imagino que disfrutarás imaginando a tus lectores exasperarse al leer todo preámbulo, después de despertar el morbo y volvernos tus cómplices.
    Eres todo un voyeur, tu cerradura es el parapeto de los libros; eres el Peepig Tom del subterráneo, en una de esas te quedarás ciego como el personaje de Lady Godiva.
    (NOS quedaremos dijo el otro)

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