Grandes hombres de la ciencia

Pregunté cientos de cosas a los que se llamaban grandes hombres de la ciencia. Si no son ellos los que pueden responderlas, ¿quiénes serían? Ellos se dedican a la ciencia de las cosas, a conocerlas, a enseñarlas, a observarlas por entero hasta explicarlas, por adentro y por afuera. Pregunté entonces a éstos, grandes hombres de la ciencia. «Prepárate –me dijeron–, para todas las respuestas: para conocer a fondo abandona la experiencia». Entonces, emocionado, intenté cegar mis ojos burlándome de los colores, haciendo menos las siluetas, aquietando las acciones. Me perseguían, sin embargo, y trataba de olvidar la luz. Traté de ensordecerme desatendiendo toda voz, todo sonido, todo ritmo y todo ruido, hasta llegar a creer que me haría bien tener toneles con cera de abejas y taparme los oídos desde el tímpano hasta las orejas. Me perseguían, sin embargo, y trataba de olvidar las palabras. Traté de hacerles caso, grandes hombres de la ciencia: traté de adormecerme, de olvidar que olía respirando, que mi alimento me complacía, y que mis piernas podían mantenerse tensas, traté de olvidar que me sostenía con mis propias fuerzas. Pero aun casi dormido, anestesiado por mi empeño, con los párpados sellados y la respiración ralentizada, seguía sabiendo todo lo que había estado evadiendo. ¿Cómo hacerles caso para iniciarme en sus secretos, templarios de la ciencia, guardianes de lo oculto, y olvidarme de que veo, olvidarme de que escucho? ¿Cómo olvido qué es decir que alguien es bueno, y cómo olvido qué es decir algo así y equivocarse? ¿Cómo olvido lo que creo que es un buen hombre de la ciencia, cómo olvido lo que miro que me mueve a preguntarle? ¿Cómo puedo prepararme para recibir respuestas si abandono la sorpresa, el sentido y la palabra? ¿Qué preguntas me quedan entonces? ¿Qué serían para mí la claridad y obscuridad? ¿De qué me sirven sus respuestas, grandes hombres de la ciencia, si no les queda rastro de que hubo alguna vez alguna cosa en este mundo que fuera digna de buscar?

Seducción oriental

Al oriente del Oriente, más allá de donde nace el Sol, hay un sitio solitario, cuna de civilización. Es un desierto fértil, progresa día con día, nos destierra y modifica en aras de un mundo mejor.
Al oriente del Oriente, cerca de donde muere el sol, comienza el culto a lo humano sin que haya cabida para la bendición, allá es bueno ser estéril y estar alejado de Dios.
Allá es bueno hablar de oriente sin tener orientación.

Maigo.

Aproximación al sentido del deber

Aproximación al sentido del deber
(de acuerdo a los tiempos difíciles)

 

Revisitando “Termópilas” de Constantino Petrou Cavafis

Honor a los que en su vida
unas Termópilas defienden y señalan.
Quienes jamás de su deber se apartan,
y en sus actos son firmes y justos,
pero también inocentes y compasivos;
que cuando son ricos, son generosos,
y cuando pobres, también en lo poco…
al menos en lo poco que es posible.
Quienes van diciendo siempre la verdad
sin a los mentirosos odiar…

Y mayor honor se les debe
a los que prevén (y muchos lo hacen)
que Efialtes a tiempo llegará
y los medos por fin pasarán.

Escenas del terruño. “En Iguala se libra la guerra por la amapola”, así lo dijo Héctor de Mauleón el pasado jueves 23 en El Universal. Importante tenerlo en cuenta.

Coletilla. “No hay que medir la importancia del sacrificio por la cosa sacrificada, sino por el valor que le adjudicamos”. Jacques Fesch

La historia del viaje sin movimiento (3ª parte)

En vez de festejar, el cuantioso grupo de tecnólogos se sumió en un silencio expectante. En el templo, que en esa tan avanzada época era el nombre de lo que para nosotros es un laboratorio, el armatoste que hipotéticamente podía llevar a alguien al pasado estaba programado y listo para una ida, un regreso y una probable destrucción de sus estresados circuitos. Éste había sido un relativamente nuevo descubrimiento arqueológico. La emoción no fue ni cercanamente tanta como en otros tiempos de más ingenuidad; pero hubo un círculo cuantioso de especialistas que entendían la importancia del suceso. Entre estos entendidos, más de uno tenía ya buena reputación sólo por haber estado cerca del lugar en el que el viejo armatoste fue recuperado. Ya había pasado por expertos en autenticidad de piezas de época, curadores, y un grupo de traductores de lo que ya era una lengua muerta transfirieron todos los arcaicos registros, esquemas, dibujos y todo, a palabras comprensibles. ¿Por qué seguían intentando viajar en el tiempo, cuando tantos fracasos habían marcado la absurda e infantil tarea desde hacía generaciones? Nadie sabía bien a bien, era más bien una clase de asentimiento a sus raíces, una prueba del compromiso con la tradición científica que los había llevado desde esos tiempos de tosquedad difusa hasta este momento. Era para ellos una de esas empresas que se admiten como inconsecuentes de dientes para afuera, pero que a la primera sospecha de justificación hacen asentir como si de su persecución se desprendiera toda la nobleza de una bellísima acción. (Bueno, seguro habría muchos honores para los que triunfaran, eso sí). ¿Pero eso era lo que los movía? Los 36 científicos reunidos allí, si acaso tenían algo en común, era más bien una inclinación por curiosear más allá de su época; no tanto por ser recordados en los anales sagrados (los de la historia). Como todo mundo sabía ya, o eso dictaba la sabiduría popular por lo menos, todo el universo funciona de tal modo que estos saltos tramposos fuera del tiempo eran imposibles: el cosmos siempre hallaba un modo de compensar y devolver todo al equilibrio natural. Por eso, se decía, siempre habían fallado los Antiguos en sus intentos de saltos temporales; pero eso había sido hacía tanto que nadie recordaba qué cosas habían salido mal. Este viaje pretendía arreglar ese problema y, de paso, refutar esa imprecisión popular.

Todos tomaron asiento. La maquinaria compleja estaba dispuesta para llegar al momento y lugar aproximados en los que los famosos (por su fracaso) Gublazio y Flántomo habían armado el primer cronoportador registrado. Tenían preparado un discurso en la lengua que allí se hablaba en ese siglo, y uno de ellos había entrenado su pronunciación. Otro estaba listo para entregar un paquete de diagramas y gráficos (lo más elementales e introductorios que pudieron hacerlos) a los doctores. La discusión ahora se centraba más bien en si hacer contacto con los Antiguos cambiaría o no eventos importantes en el lejano futuro. En esta ocasión, hasta un cálculo sobre dónde debería estar la Tierra en ese entonces había sido considerado. Así, los tecnólogos podrían tomar nota de todos los detalles de todos los errores, y hacer lo necesario para corregir cualquiera. O, por lo menos, para preparar el camino para que otros pudieran lograr en el futuro lo que había sido tildado de imposible. Era el momento. En un destello parecido al del relámpago, aparecieron los 36 foráneos en la Tierra hacía muchos siglos, profundamente sorprendidos. Contra todo pronóstico, lo habían conseguido. Todo se veía diferente. Un sólo edificio a lo lejos había bastado para abrir sus bocas con la sorpresa del niño asombrado. Incluso los colores de las cosas en ese entonces les pareció distinto al de su época. Desafortunadamente, no fue la sorpresa del viaje exitoso lo que los embargó la mayor parte de su breve visita, sino una mucho más desagradable. Entre desesperadas bocanadas, los científicos tuvieron un intercambio de miradas aterradas que ensayaba a velocidades casi inhumanas muchísimas hipótesis sobre lo que estaba pasándoles: tuvieron ocurrencias desde aquellas cuyas matemáticas las hubieran hecho incomprensibles a la lengua popular, hasta las más mundanas, como que había cambiado la presión atmosférica de la Tierra, o la composición del aire era significativamente distinta, o la contaminación era excesiva en este punto. Muchas otras cosas pensaron mientras caían al piso como pescados, con la súbita comprensión de que ninguno de ellos podía respirar el aire en ese tiempo.

Contra toda probabilidad, los restos nunca fueron encontrados. Quizá para bien, porque su hallazgo quizá habría ocasionado que el flujo de los eventos fuera bastante diferente y, tal vez, eso habría impedido que estos 36 triunfadores consiguieran lo que con tanta insistencia había sido descalificado por la mayoría de la gente sensible en el curso de los años.

Una pequeña lectura de la muerte de Iván Ilich

Se dice con frecuencia: el hombre es un ser sumamente frágil, nuestras defensas ante una naturaleza hostil son casi nulas, carecemos de un abrigo que nos cubra de fríos extremos o del calor incesante del desierto, no poseemos garras o patas fuertes como las que caracterizan a los grandes animales que cazan para mantenerse con vida; nuestros, ojos, oídos y olfato no son tan potentes como los de aquellos animales que escapan de los depredadores. El deseo de cubrir esas carencias oculta nuestro deseo de prolongar lo más posible nuestra existencia; la necesidad de conservar la vida nos obliga a reunirnos en grupos y a seguir reglas que atentan todo el tiempo contra nuestra libertad y que nos llevan a elegir constantemente entre una vida larga y miserable o una vida corta, pero llena de placeres.
Todo eso que escuchamos en tantas partes es lo que sustenta el constante cuidado de la salud, que tanto parece ocupar al hombre moderno.
Pero, ¿cómo pensar con cuidado al hombre moderno, pues moderno no es el que ha nacido en determinado momento en el tiempo, el cual cabe señalar es constantemente dividido en épocas y etapas de la vida por el hombre ocupado en ver lo que es el hombre en su incesante hacer y deshacer?
Podríamos decir que moderno es el hombre que se ocupa en progresar y producir, es el que busca ante todo avanzar en la vida a costa de la vida misma y es el que pretende prolongar su existencia no tanto porque la vida le signifique algo, sino porque tiene un terrible temor a la muerte. Sin embargo, una caracterización así del hombre moderno peca de simple y comodina, en especial cuando no tenemos claro a qué nos referimos cuando hablamos de progreso y cuando el temor a la muerte no ha sido caracterizado con suficiencia, pues la destructora de sueños siempre se ha presentado ante el hombre, y éste la enfrenta de diversas maneras sin por ello hacer a un lado el temor ante la incertidumbre o ante el sentido que debe tener morir de ciertas maneras.
Los discursos que sustentan a la modernidad en el temor a la muerte y el deseo de prolongar la vida son muchos. Los dispuestos a creer en estos discursos son más, pero pocos ven las consecuencias que tiene para el hombre moderno el deseo de progresar sin ver con claridad lo que es el progreso y la avidez de prolongar la vida por el incesante temor a dejar a un lado los placeres que ésta promete todo el tiempo. Uno de esos pocos bien puede ser Tolstoi, quien en una obra pequeña en extensión es capaz de dibujar la entera vida de un hombre que al buscar avanzar en la escala social para ser feliz, pierde justo aquello que busca, y que al preocuparse constantemente por la muerte que lo asecha pierde lo que la prolongación de la vida le prometía.
La muerte de Ivan Ilich no sólo trata el deceso de un burócrata viviendo entre burócratas, preocupados por el puesto que abandona el que se ha ido; tampoco se limita a señalar el abandono que padece el enfermo que deja de ser útil a la sociedad porque se convierte en una carga insoportable para quien debe avanzar en la vida; menos aún se limita a dibujar la agonía de quien de pronto se percata de su mortalidad. La novela trata también sobre la vida de Iván y sobre la manera en que ésta da un significado tan aterrador al hecho de morir, señala la incesante búsqueda de la salud que bien puede caracterizar al hombre moderno, y nos presenta con una claridad abrumadora las consecuencias que trae consigo la necesidad de progresar en medio de un mundo progresista.
La vida de Iván, es la vida de un hombre desalmado, y no porque sea cruel, pues nunca puede serlo, así como tampoco puede ser bondadoso o valiente, la virtud no tiene cabida en su vida, el vicio tampoco, pues lo que hace en todo momento carece de importancia porque difícilmente lo satisface algo que interfiera con la posibilidad de mantener un estilo de vida caracterizado por la comodidad y la soledad que acompaña a dicho estilo. La vida de Iván, es una vida en solitario, sin comunidad, sin familia que eche en falta su ausencia y sin amigos que se ocupen de él más allá de lo que lo exigen las formas capaces de ocultar la esperanza de ocupar el puesto que deja vacante el difunto. La vida de Iván es, en resumen, esa vida que parece no valer nada pero que es sumamente cuidada porque algún valor puede alcanzar algún día, y por lo general ese día llega cuando la vida ya terminó.

Maigo

Aprender a renunciar

Aprender a renunciar

Innegable la razón de la protesta: no deben desaparecer 43 jóvenes por acción de un grupo policial. Irreprochable la necesidad de alzar la voz ante las acciones que nos indignan. Indispensable hacer algo ante los hechos… aunque sea sumamente dificultoso distinguir con claridad qué se deba hacer. Ya estamos indignados; queda saber qué hacer con la indignación. Me da por pensar que por algún lado deberíamos comenzar, y me da por sospechar que podríamos esforzarnos en responder la siguiente pregunta: ¿nuestra indignación nos mueve a buscar un culpable o un responsable? Quizás al intentar responderla hallemos un claro en nuestra indignación.

Algunos de los jóvenes que han tomado las calles, cerrado las escuelas y levantado la voz buscan, me parece, un culpable. En el espectro de sus inculpaciones lo mismo se encuentra tal gobernadojete tropical que el Estado represor, lo mismo el sistema económico que algún grupo del narcotráfico ilegal. Si el culpable es el incompetente que debería gobernar una región, los jóvenes exigen castigo al incompetente: destitución y juicio político; la primera reivindicaría el poder del pueblo, el segundo humilla al que no pudo conservar el poder. Para quien el culpable es el gobernadojete incompetente, la sociedad lastimada tiene la misión de castigarlo mediante la humillación del otrora poderoso. Si el culpable, en cambio, es el Estado represor, su culpabilidad lleva como precio la existencia: destruir al Estado represor. Y las posibilidades históricas de destrucción van desde la romántica guillotina francesa hasta la furibunda guerra de guerrillas latinoamericana. ¿Acaso hay que explicar por qué es humillante la guillotina? Supongo que entre los pocos que aún pueden ver la humillación guillotinante, todavía son menos quienes acaso notan descender la misma mortal navaja sobre los cuellos que estrangulan las guerrillas. Peor es el caso de quien cree que el culpable es el sistema económico o su heredero hedonista: el narcotráfico. Revolución contra el padre; fratricidio entre los hijos. La castración de Urano como novela histórica; la marca de Caín como sistema de seguridad y videovigilancia. Nuestra vida diaria, sólo un spin-off de la realista serie en que se ha convertido nuestra tragedia nacional.

Ante aquellos que han tomado las calles, cerrado las escuelas y alzado la voz, otros más también la alzan, y aunque no lo hacen tan fuerte, los micrófonos hacen el resto del trabajo. En el espectro de sus mensajes también hallan un culpable: los jóvenes revoltosos, la izquierda política y la debilidad del Estado. Son culpables los jóvenes por no portarse como buenas personas, y por eso tienen el castigo que se merecen: en Iguala los desaparecieron y a los del IPN nadie los va a contratar en el futuro; desaparición física o económica; excomunión moral. Es culpable la izquierda porque manipula a la gente cobijando a los revoltosos para atrasar al país: su oposición al libre mercado ha pasado de ancla a iceberg; y nadie decente lo debe permitir. Y son culpables los gobernantes por su permisividad: por permitir la libertad de protesta -y la desocupación que ella implica-, y no anularla; por permitir el bloqueo de calles, y no favorecer el tránsito de los vehículos de la gente productiva; por no abrir las escuelas a la fuerza y obligar a todos los zánganos a estudiar. El Estado es el arma para reestablecer el orden, para proteger el orden económico. Estos buscadores de culpables difieren de los primeros en que no conocen la humillación, pues para ellos la humildad es sólo estupidez. (No es irónico que en la revolución ellos serán los humillados: los estúpidos que no se unieron oportunamente a los revolucionarios). Ambos comparten, empero, su admiración al poder, el recurso a la violencia y la idea del sacrificio del culpable como solución a los males públicos.

Si ante el actual momento nuestra indignación sólo busca culpables, la violencia sacrificial será nuestro futuro.

Buscar responsables, en cambio, exige superar nuestros deseos de venganza: venganza que los revolucionarios llaman manumisión; venganza que entre los burgueses toma el nombre de competencia. Buscar responsables exige la aceptación de las propias culpas y la acción responsable para remediarlas. Buscar responsables pide que la acción conforme un hábito y los hábitos conformen la vida. Buscar responsables exige responder por nuestra vida pública. Sí, respondamos dónde están los 43 normalistas de Ayotzinapa, pero también respondamos quién mató a Gonzalo Rivas. Respondamos igualmente quiénes son los muertos y desaparecidos de la guerra sucia, pero también respondamos quién mató a Hugo Margáin (Octavio Paz lo expresó insuperablemente en “Los motivos del lobo” [Vuelta, noviembre de 1978]: el lobo cuida la pureza del rebaño; mata para acabar con la muerte). Se acumulan las muertes y se inflaman las venganzas; buscar al responsable exige superar el deseo de venganza.

Sin embargo, superar el deseo de venganza no es atractivo para la mayoría, pues da la apariencia de ser un modo de dejar pasar, de no resolver nada, de dejar todo igual. Y en un sentido limitado es un tanto verdadero, pues la responsabilidad no es inmediata porque no es un producto, sino que es constante, pues es un hábito. La aparición de los desaparecidos será insuficiente, así como lo será el encarcelamiento de quien los haya desaparecido. Superar el deseo de venganza es un esforzado trabajo comunitario que nos habrá de llevar mucho tiempo.

Hace algunos días el historiador Enrique Krauze, amigo del asesinado por la guerrilla Hugo Margáin, advirtió que buscar la concordia y la justicia en el país nos llevará cuando menos una generación. Mi generación difícilmente verá un país justo, pero con un poco de esfuerzo podría aprender a perdonar. Nos invade el terror de los espectros inculpadores, nos ahogamos en un mar de venganza, pero nada nos impide renunciar al poder, poner la otra mejilla y con esperanza confiar en que nuestra destrucción no es vana. Es tiempo de aprender a renunciar, de que el perdón sea innegable.

Námaste Heptákis

Coletilla. El 30 de septiembre de 1968, el filósofo mexicano Eduardo Nicol publicó en el diario Excélsior el artículo “Sine ira et studio. A los estudiantes”, que comparto a continuación.
A quienes me conocen, de nombre o por haber sido alumnos míos, puede haberles extrañado que no hiciera declaraciones públicas, desde que empezó el llamado conflicto estudiantil. A vosotros, y sólo a vosotros, os debo una explicación. Algunos me la habéis pedido, y que yo mismo siento ahora que este es mi deber, os lo indica el hecho de que, para cumplirlo, habré unas confidencias personales, cosa que me repugna. Diré lo que os hubiera dicho en clase, si vosotros hubieseis aceptado la oportuna recomendación que os hizo el señor rector. Para hablar con vosotros, he de solicitar ahora la tribuna de este periódico. Tal vez esta publicidad llegue a incitar a otros a la reflexión. Por lo menos no contribuirá al encono del conflicto.
Hace más de cuarenta años tomé la decisión de no actuar en política. No fue una decisión fácil, por varias razones, pero la he mantenido sin excepción. Esto no me descargaba de mis responsabilidades cívicas; solamente las mantenía en el nivel en que incumben a un ciudadano común. Consideraba que la vocación del oficio de pensar y la vocación política tienen fuentes distintas, y que no pueden coexistir sin perturbarse la una a la otra. No he pretendido elevar a norma este criterio personal, pero es el que me ha servido a mí; y tratándose de una cuestión de conciencia, no se me puede imponer ningún criterio ajeno.
Tal vez mis orígenes influyeran en aquella decisión, y me han dado fuerza para arrostrar la impopularidad que trae consigo mantenerla en algunas ocasiones, como la presente. Este origen es el pueblo, lo que se llama pueblo sin retórica: las capas inferiores de la población, en las que son familia el hambre, la injusticia, el analfabetismo y la suciedad. No dirá que de ahí procedo: de ahí no he salido nunca, aunque no haga de ello ostentación.
A los del pueblo nos desagradan el señoritismo, de cualquier estirpe, y la arrogancia de casta, cualquiera que sea. El intelectual, como se dice, nos infunde gran respeto, y hasta nos intimida un poco, individualmente. La intelectualidad, como gremio, nos tiene sin cuidado. Políticamente, no creemos que tenga más prerrogativas que el gremio de panaderos. En cambio, nos conmueve hasta las lágrimas el intelectual que se pone anónimamente al lado del panadero, y del albañil, y del labriego; y sale a la calle, con armas en la mano si es preciso, cuando la situación de agobio de la justicia no deja otro camino. El voto y las armas son nuestros medios de expresión política. Pero solamente un insensato, que no será de los nuestros, puede creer que la violencia sea otra cosa que un recurso final. Un recurso de salvación, nunca un medio de acción táctica.
Ahora, amigos míos, la cuestión es esta: la situación de nuestra república ¿justifica la apelación a la violencia? ¿Es esta una situación límite, o hay un camino que lleve a la reconciliación y a la convivencia pacífica? Porque si los trastornos graves que estamos sufriendo no han surgido de un estado de injusticia general e irremediable, entonces son posibles y legítimos varios matices de opinión y varias conductas, todos ellos con su intención de justicia. En este caso, lo que se requiere más bien es el sentido crítico, y nadie está obligado, sea panadero o catedrático, a manifestar en la calle su personal posición ante cada incidente del conflicto.
Creo que el filósofo ha de evitar que su pensamiento quede anegado en la anécdota, en lo episódico. Esta es una situación con muchos contrastes. No es hora de eliminar los distingos y las salvedades que son cosas de razón y los cuales prescindimos sólo cuando el problema es de vida o muerte, cuando la comunidad entera ha perdido el sostén de la justicia.
Hemos de recordar, todos nosotros, que la palabra política designa dos cosas diferentes, aunque conexas. Política es la acción de los políticos, la disputa de los partidos, la lucha por el poder, el afán de predominio de una ideología o de un interés. Política es también la proyección y ejecución de planes de gobierno, en el orden nacional y en el internacional. Pues bien, en este segundo sentido, la política de los gobiernos revolucionarios de México me parece, no solamente buena, sino ejemplar. Mirad a las demás naciones. Ya no diré que ninguna de ellas dedica a la educación el porcentaje más alto de su presupuesto nacional, porque esto parece que ya no tiene mérito. Diré que México es el único país en el que se ha mantenido durante lustros una continuidad en el programa revolucionario de gobierno a través de varias sucesiones presidenciales. Este mérito asombroso no puede ignorarse.
Pero además, me vais a permitir que os recuerde que esta progresión revolucionaria se ha logrado manteniendo un nivel de libertades que también es excepcional en el mundo contemporáneo. Y esto me llega muy adentro. Después de unos días tristes, en que tuve que hacer de pueblo, no en el trabajo o ante las urnas, sino en otro sitio, emigré de España para poner a salvo la posibilidad de una obra que no puede llevarse a cabo sino en régimen de libertad. Adquirí la mexicanidad para ejercerla, y no dejo de ejercerla ahora, aunque me quede en casa sufriendo como todos, pero trabajando.
No me decidió a venir la afinidad política con el régimen del C. Presidente Lázaro Cárdenas; ni siquiera su conmovedora, ejemplar invitación. Vine porque la Revolución Mexicana me ofrecía garantías para ejercer mi oficio de filósofo, en clase y con mis libros, sin ninguna interferencia, fuesen cuales fuesen mis posiciones de doctrina. El Estado mexicano no me ha defraudado. Esto solo bastaría para que me sintiese, no agradecido, porque esta es mi propia casa, sino orgulloso de estar en ella. Y os lo digo, ya sabéis, sin ese acento aflautado de patrioterismo que es vanagloria de hombres ricos. Lo digo como pueblo.
Pero esto me impone la obligación (a mí, no hablo de los demás) de guardar cierto comedimiento, cuando examino todo lo que falta por hacer, y todas las cosas que se hacen mal. Porque los defectos son más bien de procedimiento que de principio. Y cuando se trata de vicios de procedimiento, que tire la primera piedra quien tenga la conciencia limpia, sea banquero, estudiante, profesor, burócrata o diputado. Por mi parte, y a pesar de la impaciencia que no dejo de sentir a veces, no me atrevo a reclamar de mi gobierno un grado de perfección que yo no he alcanzado en mi trabajo.
Por tanto, mis respetos para los amigos y colegas profesores que han tomado en esta ocasión una postura militante, y hasta beligerante; en algunos casos (no siempre) cuentan con mi íntima adhesión. Mis respetos también para aquellos de vosotros que lucháis de buena fe por algo que no habéis acertado a expresar con el famoso documento de los seis puntos. No voy a criticar el movimiento; pero no ocultaré que, a mi parecer, ese documento no toca ninguna cuestión verdaderamente radical. Tiene más de astucia que de poesía. No debéis esperar a que sean los comentaristas quienes atribuyan a vuestro movimiento esa aureola romántica, ese arranque lírico que se observa en todos los grandes movimientos populares.
Ya sé que os desagradan los consejos de los mayores. Por mi parte, me desagrada el proselitismo, en clase y fuera de ella. Soy, pues, consecuente con mi filosofía si os digo que debéis pensar con libertad y podéis actuar en la dirección que sea; pero es indispensable que deis a vuestras ideas y a vuestros actos la altura de nobleza humana que corresponde a unos universitarios, y que puede exigiros nuestra Universidad Nacional.
Entre tanto, y mientras no podamos colaborar en nuestra casa común, no os extrañe que el trabajador trabaje. Porque alguien ha de cuidar de los campos, alguien ha de hacer filosofía. Alguien ha de atender a lo permanente.

ङङङङङङङङङङङङ

El enviado regresó con el equipo de grabación intacto a la tienda clínica que improvisaron en la sierra la noche anterior. Nunca había estado tan lejos de la ciudad ni tan desvinculado de su gente. Su traje sellado, su máscara limpia y su aparente comprensión de las señas que le hicieron los otros médicos para que se desinfectara antes de entrar, daban buena pinta. Quizá la operación no había fracasado, después de todo.

El enfermero Ramón Ibis pasó todos los puntos de control y se quitó las partes más incómodas de su traje protector. «¿Estás listo para la prueba?», le preguntó el Dr. Cioltar, encargado del proyecto.

«No hace falta –contestó Ramón–, me siento muy bien. Mejor primero el video: creo que tenemos un caso de gente fingiendo. Nada más».

«Bueno, pues a ver».

Dos otros médicos apropiadamente protegidos prepararon el equipo para correr el video que el enfermero había tomado horas antes. En él, se apreciaba la crecida maleza ceder ante una aldea, y el visitante dando fecha y hora; había luego un corte a una mujer indígena, habitante del lugar, quien mirando de frente respondía las preguntas en español: «Me llamo Yatzil», era una de sus respuestas, «aprendí a leer y escribir a los dieciséis, desde antes de que nos mandaran a los maestros estos», era otra. Después de esto, Ramón le pedía que siguiera una luz, que lo dejara medirle la presión, y otras cosas por el estilo, y finalmente le mostraba una cartulina con letras grandes que decían «leer veinte minutos diariamente mantiene saludables la memoria y la mente», pero al preguntarle qué decía, la mujer no podía responder. Ella miraba con mucha atención las letras y entreabría la boca como si estuviera a punto de pronunciar algo, confundida, pero no llegaba a nada. Parecía recriminarle algo con los ojos al enfermero.

El video hubiera seguido para mostrar otros casos, tres más, de gente declarando saber leer y escribir, y no pudiendo hacerlo; pero después del testimonio de Yatzil, el enfermero detuvo el video de golpe y gritó: «¡No, no!, ¡éste no es el video, ésa no es mi cartulina, ahí no dice nada!». Los demás médicos se escandalizaron y sin tardanza confinaron a Ramón a una cámara de cuarentena. Él, llorando, juraba que le habían cambiado su mensaje y pedía que le enseñaran algo escrito para demostrar que sí podía leer aún. El Dr. Cioltar, confirmando su temor, maldijo a los burócratas que no lo habían dejado actuar a tiempo para evitar una epidemia. Pero ahora por lo menos ya tenía pruebas para su caso. ¡Si tan sólo estuviera cerca de la civilización, y no en estas regiones olvidadas del país! Sacó su teléfono con la intención de llamar a la Secretaría de Salud para que se aseguraran de localizar a los trabajadores sociales que habían venido semanas antes a alfabetizar al pueblo, y que habían vuelto sin poder leer ellos mismos ni el calendario. También sus familias tenían que ponerse en cuarentena cuanto antes, hasta que averiguaran qué demonios era lo que les estaba pasando.

El jefe de los médicos se llevó la mano a la frente y exhaló. Le acercó su celular a su colega más próximo y preguntó: «¿Qué número es ése que ves, es el de la Secretaría de Salud?».

«No es… sólo veo un símbolo raro… uno mismo muchas veces, ¿no?… ¿no?».

El doctor lanzó el aparato al suelo y le dijo: «Sí. Yo también».