La tiranía de las buenas conciencias

La tiranía de las buenas conciencias

 

¿haces bien en enojarte tanto?
Jonás, 4:4

 

El progreso moral es el mayor problema moral de nuestros días. Nunca antes se había tenido la oportunidad de que tantos individuos preocupados por la moral estuvieran juntos en un mismo lugar. Nunca antes se había tenido tal número de individuos en lo correcto. Nunca antes cada uno había sido tan autónomo. Y, al mismo tiempo, nunca antes como ahora la moral había sido un problema moral. El progreso moral está exterminando a la moral a nombre de la moral; y a pesar de sonar contradictorio, los progresistas lo exponen como lógico, racional y razonable. Es lógico, dicen, porque el progreso habrá de superar a la moral, y al superarla suprimirla. Es racional, dicen, porque el progreso es el ejercicio más pleno de la razón. Y es razonable, dicen, porque la autonomía es para muchos más deseable que la moral. La autonomía que destruye la moral lleva por nombre libertad.

Un mundo de libertades para los individuos autónomos es la promesa del progreso moral. Un mundo donde cada uno pueda reivindicar autónomamente lo correcto. Un mundo donde cada uno tome por sí mismo la posición responsable que su libertad le permita. Un mundo que pretende ser la suma de los espacios autónomos, la sinfonía de las libertades individuales, la armonía preestablecida de las pasiones que el mercado va haciendo moda. Ahí las feministas, allá los veganos, del otro lado los ecologistas y un poquito más allá los freeganistas; indignados todos, mónadas inflamadas de pasión libertaria, volcanículos de buenas intenciones y lava que se deslava en justificaciones… Un mundo que no es mundo, sino fragmentación incoherente y bienintencionada: destrucción de todas las cosas como última salvación posible. Incoherencia coherente, nihilismo de la buena voluntad, o, acudiendo a una inquietante imagen: soledad de los animales, como bien ha podido expresar Daniel Rodríguez Barrón [México, 1970] en su novela La soledad de los animales [La Cifra, 2014].

La historia es narrada por un periodista mediocre que lo mismo busca su juventud perdida en la seducción ajena, que su propio éxito en los fracasos de otros. Marcado por el mundo del progreso con la indeleble huella de los deseos no cumplidos, intenta a cada tanto mostrar su valía, aunque la realidad a cada instante lo muestra devaluado. Ajeno a los grandes ideales, enmascarado de adusto para no mostrar su conformismo, pretendido realista, al periodista sólo le despiertan dos pasiones: el miedo y la lujuria, que como síntesis del burgués contemporáneo nos muestra en su persona el fracaso inherente a quien no sabe barajar dichas pasiones. Su idealismo de colchón le disminuye en adustez, su adustez que es cobardía lo aleja del colchón. Un burgués, este periodista, para quien los grandes ideales, las grandes pasiones, la libertad, se vuelven ininteligibles, sueños bonitos por inocentes, mas inocentes por ineficientes. Un burgués que no sabe reducir en sus categorías a Laura, una apasionada defensora de animales que tiene en tan alta estima la vida que mucho estima perderla. La clásica muchacha de ideas progresivas, abierta, bastante abierta… pero no tanto como el burgués querría. Una amante de la vida que por amor sólo entiende la pasión que todo lo consume. Una reivindicación autónoma de sí misma que es renuncia a uno mismo. Laura es el apóstol perfecto que renuncia a su vida… pero que no tiene a nadie a quién seguir, ni siquiera a su propia sombra. Renuncia vana de la vida vana, pero apasionada. Darlo todo apasionadamente como sólo puede hacerlo la juventud, aunque sabientes de que ser joven realmente no significa nada. Laura, como los muchos jóvenes apasionados que autónomamente reivindican la dirección de su vida, la toman para sí, para sí la pierden, para sí la ganan, para sí lo mueren… La muerte de los jóvenes endemoniados en la pasión política encuentra en Laura la sonrisa irónica de una realidad lacónica. Inexplicable para el periodista burgués llamado Felipe; comprensible para el vengativo Pablo -¿acaso no es la venganza la pasión que puede comprenderlo todo?-. Fatal, literalmente fatal, para la hija de Laura que lleva el nombre del pecado, la pequeña que lo ha probado todo y que todo lo ha visto, la niña a la que nada le importa y para la que el mundo que le han dejado los burgueses, los revolucionarios vengativos y los apasionados de la política le permite una única resolución autónoma: la destrucción.

Si, como dice algún sociólogo contemporáneo, nuestra época es la de la vida después de la orgía, la intrigante niña llamada Nínive es la imagen de quien se educa después de la orgía. No es la nuestra la época en que falta la imaginación, en que no se tiene seguridad, en que no se tienen ganas de hacer nada; es la época en que se tiene un plan, en que se tiene una determinación: hay que terminar lo empezado. Es la época en que el fin tiene por una razón el haber empezado. Es la época que se asume como destino y el destino que se revela como resolución. Nínive es la responsabilidad resuelta. Nínive sólo confía en una cosa: la palabra. Nínive camina derecho a la destrucción plena de confianza en la palabra. Nínive es la hija del progreso. Nínive es la autonomía del desfragmentado mundo que hemos construido en libertad. Nínive es la cancelación moral de la moral. Nínive es la autonomía que irrumpe para mostrarnos que en este mundo al final quedamos solos como animales.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Que la autonomía sea definitoria de las personas es un dogma contemporáneo tan arraigado que llega al extremo del litigio que en Nueva York presentó el presidente del Proyecto de Derechos de los No Humanos, Steve Wise, quien en la corte de apelaciones solicitó que un chimpancé llamado Tommy fuera considerado como persona legal, pues posee “autonomía y autodeterminación”. Lo informó el New York Times en abril pasado y lo retomó esta semana Animal político.

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Un comentario en “La tiranía de las buenas conciencias

  1. Pingback: El vino viejo se acaba | Big Band Bloggers

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