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El enviado regresó con el equipo de grabación intacto a la tienda clínica que improvisaron en la sierra la noche anterior. Nunca había estado tan lejos de la ciudad ni tan desvinculado de su gente. Su traje sellado, su máscara limpia y su aparente comprensión de las señas que le hicieron los otros médicos para que se desinfectara antes de entrar, daban buena pinta. Quizá la operación no había fracasado, después de todo.

El enfermero Ramón Ibis pasó todos los puntos de control y se quitó las partes más incómodas de su traje protector. «¿Estás listo para la prueba?», le preguntó el Dr. Cioltar, encargado del proyecto.

«No hace falta –contestó Ramón–, me siento muy bien. Mejor primero el video: creo que tenemos un caso de gente fingiendo. Nada más».

«Bueno, pues a ver».

Dos otros médicos apropiadamente protegidos prepararon el equipo para correr el video que el enfermero había tomado horas antes. En él, se apreciaba la crecida maleza ceder ante una aldea, y el visitante dando fecha y hora; había luego un corte a una mujer indígena, habitante del lugar, quien mirando de frente respondía las preguntas en español: «Me llamo Yatzil», era una de sus respuestas, «aprendí a leer y escribir a los dieciséis, desde antes de que nos mandaran a los maestros estos», era otra. Después de esto, Ramón le pedía que siguiera una luz, que lo dejara medirle la presión, y otras cosas por el estilo, y finalmente le mostraba una cartulina con letras grandes que decían «leer veinte minutos diariamente mantiene saludables la memoria y la mente», pero al preguntarle qué decía, la mujer no podía responder. Ella miraba con mucha atención las letras y entreabría la boca como si estuviera a punto de pronunciar algo, confundida, pero no llegaba a nada. Parecía recriminarle algo con los ojos al enfermero.

El video hubiera seguido para mostrar otros casos, tres más, de gente declarando saber leer y escribir, y no pudiendo hacerlo; pero después del testimonio de Yatzil, el enfermero detuvo el video de golpe y gritó: «¡No, no!, ¡éste no es el video, ésa no es mi cartulina, ahí no dice nada!». Los demás médicos se escandalizaron y sin tardanza confinaron a Ramón a una cámara de cuarentena. Él, llorando, juraba que le habían cambiado su mensaje y pedía que le enseñaran algo escrito para demostrar que sí podía leer aún. El Dr. Cioltar, confirmando su temor, maldijo a los burócratas que no lo habían dejado actuar a tiempo para evitar una epidemia. Pero ahora por lo menos ya tenía pruebas para su caso. ¡Si tan sólo estuviera cerca de la civilización, y no en estas regiones olvidadas del país! Sacó su teléfono con la intención de llamar a la Secretaría de Salud para que se aseguraran de localizar a los trabajadores sociales que habían venido semanas antes a alfabetizar al pueblo, y que habían vuelto sin poder leer ellos mismos ni el calendario. También sus familias tenían que ponerse en cuarentena cuanto antes, hasta que averiguaran qué demonios era lo que les estaba pasando.

El jefe de los médicos se llevó la mano a la frente y exhaló. Le acercó su celular a su colega más próximo y preguntó: «¿Qué número es ése que ves, es el de la Secretaría de Salud?».

«No es… sólo veo un símbolo raro… uno mismo muchas veces, ¿no?… ¿no?».

El doctor lanzó el aparato al suelo y le dijo: «Sí. Yo también».

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